Muchos estamos perplejos por la popularidad que mantiene el primer ministro italiano Silvio Berlusconi, a pesar del esperpento que protagoniza cada día a cuenta de sus pasiones y ocurrencias.
En la revista Time, el periodista Beppe Severgnini explica el fenómeno en un artículo que me permito traducir aquí, y que es una justificación verosímil. En resumen, Berlusconi es el espejo en que se miran los italianos.
Un Espejo Italiano, por Beppe Severgnini, Time, 11 de mayo 2009
¿Qué piensan los italianos de Silvio Berlusconi? Fácil. La mayoría piensa “es uno de nosotros”. Adora a su familia, adora su fútbol, sus amigos, su comida. Y su dinero, claro. Se acoge a la Iglesia por la mañana, a los valores familiares por la tarde, y por la noche coquetea con mujeres jóvenes – a sus 72 años, es un logro notable. Es divertido, no hay duda. En la izquierda, la mayoría de los políticos son aburridos. Ganarles? Pan comido ara Silvio el mago.
A muchos italianos no les importan sus conflictos de intereses (¿quién no tiene unos pocos?), o sus problemas con la ley (los defensores son más simpáticos que los fiscales). ¿Promesas incumplidas, medias verdades, preguntas sin respuesta? La palabra accountability no se traduce bien al italiano. Esta es la tierra de la naturaleza humana, como dijo algún viajero americano alguna vez. Y de la política emocional. Francia es un poco así también. No es una coincidencia que un populista bajo, brillante y rápido, que también es amante de las mujeres, protagonice el show en París. Como nosotros, los franceses ven a los políticos como los británicos ven a los banqueros de la City. Olvidamos y perdonamos, incluso aunque no debamos.
¿Sus meteduras de pata? La mayoría de los italianos cree sencillamente que dice lo que piensa, y no les importa si los extranjeros se sorprenden. Algunas citas son inolvidables, está claro: El bronceado de Obama, las bromas sobre los campos de concentración, comentarios sexistas. Si lideras un gobierno debes saber que tus palabras – cubiertas de manera instantanea y comprimidas en eslóganes – pueden ofender a los de fuera. Los italianos que viven fuera lo saben. Se quejan, con razón, de que las pasadas de Berlusconi permiten que quienes no quieren a Italia nos ridiculicen, ignorando las cosas buenas que hacemos en el mundo.
Para ser justos, los medios internacionales a veces exageran los incidentes. Llamar al presidente estadounidense en frente de la reina Isabel II, después del la foto de familia en la Cumbre del G-20 en Londres (”¡Señor Obama, soy el Señor Berlusconi!) fue un encantador momento Borat – inocuo y bastante divertido. ¿ Que habló por el móvil mientras Angela Merkel le esperaba en la Cumbre de la OTAN? Sencillamente se estaba exhibiendo (”Puedo convencer al líder turco Erdogan que acepte a Rasmussen como jefe de la OTAN. Dejádemelo a mi, chicos”). Y cuando les dijo a las víctimas del terremoto en Abruzzo que pensaran en su situación como si fuera “un fin de semana de camping”, seguro, no debió sonar muy bien para los de fuera. Pero la mayoría de los italianos entendieron que el Sr. B. estaba intentado desdramatatizar, bajar, difuminar la tensión de la situación.
Berlusconi es un político experimentado (estuvo en el Gobierno por primera vez en 1994, y es el único líder europeo nacido antes de la II Guerra Mundial), y sabe que las incomprensiones internacionales no le hacen daño en casa; con frecuencia más bien al contrario. Los que le critican no votan por él en cualquier caso.
Sus meteduras de pata no son parte de una estrategia mayor. Más bien son espontáneas, el resultado de las inseguridades de un nuevo rico, fermentadas en autoestima y convertidas en pavoneo. Orgulloso de sus logros - primero en el sector inmobiliario, luego en la televisión y el fútbol, fianalmente en la política – el tipo cree que puede decir lo que le guste, cuando le guste y a quien le guste.
Es popular. Una mezcla de Juan Perón y Frank Sinatra. Nunca un momento plano. ¿Le critican los medios italianos? Nos sus periódicos y sus televisiones. No, con unas cuantas excepciones, los medios controlados por el Estado como la Rai. La prensa de la derecha le adora. La prensa de la izquierda le desprecia. Sólo unos pocos periódicos – incluyendo el mío, el Corriere della Sera – comenta día a día, caso a caso, columna por columna.
¿Hace esto de Italia un país autoritario? Por supuesto que no. Somos demasiado anárquicos como para permitir a alguien que nos diga qué hacer durante mucho tiempo (todos cayeron, desde César Augusto hasta Benito Mussolini). Berlusconi ha ganado tres elecciones, ha perdido dos, y la democracia está viva y (casi) bien. Italia es como una posmoderna signoria – como la de los Sforza en Milan, los Medici en Florencia – dirigida por un buen anciano amado por sus súbditos.
¿Es Berlusconi un buen primer ministro? Baste con responder que no es mucho peor que sus predecesores, y que se vende mejor. No ha resuelto los ancestrales problemas de Italia – la deuda pública desatada, el crimen organizado, la corrupción, un sistema judicial pulverizado y unas viejas infraestructuras – pero al menos ha proporcionado estabilidad. Italia tuvo una media de un gobierno al año entre el final de la II Guerra Mundial y el fin de siglo. Berlusconi completó su legislatura entre 2001 y 2006, fue reelegido en 2008 y podría durar hasta 2013.
La verdad es que Berlusconi no es el jefe de Gobierno de Italia, sino su autobiografía. Combina la generosidad, la inconsistencia, el talento en accion, la estamina, los lapsos tácticos de memoria y lealtad. Promete cosas que no hace, y hace cosas que nunca mencionó. Sus oponentes italianos – incluos los mejores, lo más honestos y lúcidos – hacen bien en preocuparse. No sobre el propio Berlusconi, sino sobre e Berlusconi que hay en ellos.


