Sencillamente no: de hecho, es una monstruosa maquinaria para su propagación.
Hace un año y medio comenzó en Estados Unidos el llamado “Movimiento Birthie”: unos cuantos chalados que afirman que el presidente Obama es ilegítimo porque no nació, como exige la Constitución, en Estados Unidos, sino en Kenia. Recurren a pruebas “irrefutables”, a su vez refutadas implacablemente por decenas de pruebas realmente irrefutables (por ejemplo aquí). Pero la cosa sigue, y hoy en día sólo la mitad de los republicanos no tienen duda alguna de la legitimidad de Obama. El resto la niega directamente (28 por ciento) o están dubitativos (30 por ciento). Mira aquí a esta pobre señora mostrando su certificado. El vídeo corrió y sigue corriendo por la web.
A pesar del esfuerzo titánico y encomiable que el Gobierno y el propio Obama han hecho por disipar los rumores absurdos (como que fue educado en el Islam, o que es amigo de terroristas…), la web ha extendido la basura a velocidad de vértigo, y esa basura ha llegado a medios como Fox tv o algunos periódicos extremistas.
El prolífico Cass R. Sunstein acaba de publicar un libro sobre la expansión de los rumores en la era de Internet: “On rumors: how falsehoods spread, why we believe them, what can be done”, y sus conclusiones no son muy optimistas.
Sunstein reconoce que la web incrementa la capacidad de la gente para filtrar la información. Sin embargo, explica, la gente prefiere ir a los lugares que confirman una y otra vez su visión del mundo, de manera que los conservadores van a webs, medios y blogs conservadores, y los progresistas acuden a fuentes progresistas. Los datos son abrumadores. De manera que, en lugar de incrementar realmente el contraste de información, los ciudadanos más bien refuerzan sus visiones. No es ya “ver para creer”, sino “creer para ver”, si vale la expresión. Desde los años 70, además, sabemos que cuando una persona se rodea de gente extremista, se vuelve más extremista. Y cuando alguien moderado se rodea de moderados, se vuelve más moderado.
De manera que la web no está ayudando mucho a este “debate democrático” del que tanto se habla. Mucho más sobre esta cuestión en este delicioso artículo del New Yorker.


