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La falacia “post hoc,” otras trampas del juicio, y la campaña de Chacón

La falacia más frecuente entre los analistas políticos poco finos es la que llamamos “post hoc, ergo procter hoc.” Como algo ha salido mal, todo lo anterior estaba mal. Si Carmen Chacón ha perdido frente a Alfredo Pérez Rubalcaba, todo lo que hizo la primera estaba mal y todo lo que hizo el segundo estaba bien. Es una trampa del cerebro muy frecuente en la vida cotidiana y en la política: tratamos de justificar las cosas de una manera pretendidamente lógica y secuencial, cuando la realidad es generalmente mucho más compleja. Huyo como de la peste de esa tendencia porque creo que para aprender y mejorar en este oficio hay que ser muy frío. Por eso trataré de explicar cómo he visto cada elemento del trabajo de Carme Chacón, a la que admiro como política, estoy agradecido como ex jefa, y quiero como amiga. Vaya por delante que, a pesar de que El País, y aún ayer Fernando Garea en sus páginas, me han querido situar en el equipo de Chacón, yo no he estado en él. He ayudado en lo que se me ha pedido, de manera informal y esporádica, pero ni he escrito el discurso, ni he participado en reuniones estratégicas ni he tomado decisiones, ni he formado parte ni visible ni invisible de su equipo de campaña. Por eso mi criterio, aunque sesgado por mi relación con la candidata, puede ser algo más frío.

¿Hizo Carmen Chacón  una buena campaña? Por supuesto que sí. Lo que era un consenso el sábado por la mañana, antes de la votación, no puede convertirse en lo contrario solo horas  después. Hay quien dice que sólo son campañas buenas las que ganan. Eso es una tontería: hay campañas buenas que pierden y campañas malas que ganan, porque ganar o perder no depende sólo, ni mucho menos, de la campaña, sino de otras claves añadidas: el candidato o candidata, el estado de ánimo de la gente, el papel del adversario y, en este caso, los intereses y equilibrios internos de la organización.

Por lo demás, el resultado dice mucho de la eficacia de todos esos elementos en el caso de Carmen Chacón. Quedarse a 12 delegados de casi mil de haber ganado la secretaría general del PSOE, cuando has tenido en contra al Grupo Prisa, a Felipe González, a Alfonso Guerra y a la maquinaria de Ferraz, es una proeza indiscutible y objetiva. Aquí lo relevante políticamente es perder o ganar, obvio, y ella ha perdido. Pero para técnicos como este servidor lo relevante es, además, la eficacia estratégica y táctica de cada elemento de la campaña. Y es indiscutible que el equipo de Chacón sorprendió primero con su manifiesto “Mucho PSOE por hacer,” que fue distribuido, comentado y expandido como un elemento para la autocrítica, el cambio, la fuerza y la coherencia. Se sumaron cientos de personas y el tono fue claramente positivo. Nadie puede negar que esos principios – cambio, fuerza, coherencia – son estratégicamente adecuados, porque de hecho son los mismos que ha utilizado Alfredo Pérez Rubalcaba. Chacón sorprendió luego en su presentación en Olula del Río, el pueblo andaluz de su padre, y exorcizó así (al menos parcialmente) el fantasma que el adversario trataba de invocar, el de su “catalinidad.” Cuando me contaron cuál era el planteamiento, confieso que me dio miedo el lugar elegido, porque pensé que podía ser tomado como una frivolidad, pero me equivoqué. El equipo de Chacón formuló bien la idea de “catalana andaluza,” que es quien ella es: y esa fue la línea seguida por la prensa. Funcionó, sin duda.

Se hizo luego una campaña al uso, pero muy eficaz: Chacón llenó en todos sitios y la ola de cambio fue creciendo día a día. En esta campaña, como dijo Felipe González en la suya contra Aznar en 1996, “ha faltado una semana o un debate.” De hecho, Chacón formuló bien su desafío a un debate y la sensación de que quien no quería debatir era Rubalcaba, aunque ni uno ni otra tuvieran especial interés en ese debate.

Chacón fue sumando apoyos cada día. Y no entró en las provocaciones de El País, que de hecho se volvieron contra el periódico y contra el propio Rubalcaba, como reconocieron tanto el primero (véase la sección de la defensora del lector del domingo 5 de febrero) como en el equipo del segundo (en conversaciones privadas y anónimas).

¿Fue bueno el discurso de Chacón? Antes de que perdiera yo recibí decenas de mensajes diciendo que sí. Muchos eran de gente que está implicada, y hay por tanto que ponerlos aparte por demasiado amables y cariñosos. Pero recibí también mensajes de gente de la profesión, de amigos no implicados y de ajenos a la política partidaria. Unos y otros, sin fisuras, señalaron que el discurso fue excelente, en ascenso, emocionante, con un cierre espectacular. Algunos – del grupo de los “fríos” – decían que empezó demasiado alta, algo “gritona,” pero eso es una cuestión menor en el contexto general de un discurso que no se dejó nada, que contenía un proyecto sólido y comprometido para España y para el PSOE. Que los comentaristas críticos con ella, de la derecha o de la izquierda, digan que fue un discurso frívolo, de marketing, de frases huecas, etc. es lo normal. Ya sabemos que las predisposiciones determinan la manera de ver. Pero un analista frío debe verlo con menos apasionamiento. Si se dejara a cualquiera (por ejemplo alguien de fuera sin lineamientos políticos locales), ver el discurso observaría que se trata de una excelente pieza. A la que, a tenor del número y volumen de las aplausos, el medidor más objetivo de la eficacia de un discurso, la oradora sacó lustre con su intervención. Algún amigo me dice que tenía que haber ido al foniatra (al logopeda, dice él erroneamente). Carmen estaba nerviosa porque tenía delante el mayor desafío de su carrera política y la atención de millones, y por eso su voz flaqueó en algún momento. Pero eso fue objetivamente muy poco relevante en el conjunto del discurso. Pero ya se sabe: “post hoc, ergo procter hoc.” Como perdió, el discurso fue malo. Absurdo.

¿Podría haber ganado? Por supuesto. Ha estado a punto. Si Felipe González no se hubiera alineado con Rubalcaba. Si El País la hubiera tratado con algo más de ecuanimidad. Si los recursos de Ferraz se hubieran puesto al servicio de los dos candidatos por igual… Chacón habría ganado. Claro que nada de eso dependía de ella.

Sí creo, sin embargo, que la candidata quizá tenía que haber dedicado más tiempo a verse y hablar con los delegados uno a uno para escuchar cuáles eran sus intereses  particulares. Y sí creo que ahí se cometió un error, debido a otra trampa del cerebro: la sobrestimación de tu propia fuerza, el exceso de optimismo. La sensación que tenía el equipo de Chacón, y también los que la conocemos desde fuera, era de que se ganaba. No era sólo una sensación: además salían las cuentas. Pensando en que sólo 12 personas podrían haber cambiado la decisión del Congreso, y que no estaba en manos de Chacón decirle a González o a El País lo que tenían que hacer, ni evitar lo que hicieron, el único flanco objetivamente débil que yo creo que tuvo la campaña de Chacón fue el contacto directo de la candidata y de otros líderes con más delegados y delegadas, algo que no tuvo tiempo de hacer.

Dicho esto, por supuesto: lo relevante es que ha ganado Alfredo Pérez Rubalcaba. Eso es lo políticamente relevante. A partir de ahora tiene una tarea titánica por delante. Yo espero que le vaya muy bien, por el bien de los progresistas en España y en Europa.