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Genética y política: más relación de la que creíamos

Aún hoy tendemos a pensar que las actitudes y los comportamientos políticos tienen poco que ver con la genética. Que están más bien influidos por la familia y el ambiente general. Pero esa visión está cambiando en los últimos años, en un proceso lento que de hecho se remonta a los primeros estudios sobre la cuestión, que tienen ya cuarenta años. La resistencia es lógica, porque admitir que la genética determina el comportamiento político evoca sin remedio los fantasmas de la eugenesia, la manipulación biológica o el determinismo, y deja el albedrío humano en peor lugar. Pero setenta años después de los experimentos nazis (y también después de los experimentos secretos de los estadounidenses), ya estamos en condiciones de ver las cosas con más moderación.

Un síntoma de la importancia que el asunto está adquiriendo últimamente es el hecho de que revistas no ya científicas, sino divulgativas, lo están tratando en sus páginas. Hace pocos días, por ejemplo, The Economist se hacía eco del tema en un buen artículo, que mencina la amplísima revisión de la literatura científica (89 estudios, en concreto) que han hecho los profesores Hatemi y McDermott. El artículo académico de Hatemi y McDermott, una excelente pieza para leer y archivar, se publicó en septiembre en la revista Trends in Genetics.

La conclusión de los estudios revisados, todos ellos realizados entre 1974 y 2012 con parejas de gemelos, que es el método habitual para estudiar la influencia de los genes en cualquier cosa, es que el conocimiento político está muy marcado por el ADN, y también lo está la participación política y electoral, la actitud hacia las cuestiones raciales o sexuales, la posición ante asuntos de política exterior o hacia la inmigración. En todos esos casos, entre un 30 y un 60 por ciento de la variabilidad estaría explicada por los genes, dejando el resto a factores familiares o del ambiente general. La identificación con los partidos políticos, sin embargo, no estaría tan influida por la genética.

Los autores del estudio aclaran que estamos hablando de cómo los genes producen una “inclinación” hacia unas posiciones u otras. No puede hablarse de un “gen conservador,” o un “gen progresista,” o un “gen de la participación.” Pero sí de cómo unos determinados genes inclinan al individuo hacia ciertas características biológicas y psicológicas que, a su vez, están en la base del pensamiento conservador, o progresista, o de la participación política.