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Pequeña sociología del abucheo

 

Son tiempos de abucheo. Príncipes y empresarios, políticos y periodistas, tienen que aguantar todos ellos la enorme desafección del común de la gente con respecto a los poderosos. Eso se traduce cada día en boicots, escraches y abucheos en actos públicos. Quizá sea oportuno recordar lo que sabemos del abucheo. Algo tan útil para quien quiere promover un abucheo como para quien prefiere evitarlo.

Primera cuestión fundamental: a diferencia del aplauso, que casi siempre es espontáneo y rápido, el abucheo tarda más en llegar y es fruto de una consideración previa por parte de la audiencia. Digamos que cuando hay que aplaudir (porque toca en la liturgia o porque el orador así lo indica con sus frases o su entonación), el público responde de manera casi siempre consensuada en un tercio de segundo. El abucheo, por el contrario, requiere que una o unas pocas personas lo inicien, y que luego otras cuantas lo continúen, después de haber «escaneado» brevemente cuál es la situación. En otras palabras: tanto si quieres abuchear como si quieres evitar un abucheo, deberías empezar a abuchear o a aplaudir, respectivamente, en cuanto puedas. Si empiezas demasiado tarde, puedes perder la batalla del ruido. (Sobre la diferencia de la dinámica del aplauso y del abucheo, Steven Clayman, «Booing: the anatomy of a disaffiliative response», en American Sociological Review, 58, 1993).

Segunda cuestión: no hay abucheo pequeño. Si un tipo se pone a aplaudir solo, lo más probable es que no llegue al segundo aplauso. En el tercero dejará de hacerlo por la presión del público. Pero un abucheo es otra cosa: se trata precisamente de una conducta desafiliativa (perdón por el palabro), de ruptura. Y para que se produzca la ruptura del consenso basta con unos pocos. Incluso con uno. Así, vemos en televisión constantemente imágenes de líderes interrumpidos por un único sujeto, o dos o tres. Lo que se comunica es la ruptura del consenso, aunque sea muy minoritaria.

Tercera: el abucheo es muy contagioso. A pesar de los mitos sobre la irracionalidad de las multitudes, su excesiva carga emocional, etc., los públicos son bastante racionales. Supervisan cómo está el clima y se adaptan a él. Ver que alguien es abucheado allá donde va fomenta que quienes quieran abuchear se sientan más legitimados para hacerlo, y que quienes rechazan el abucheo tiendan a callarse. Conocemos ese efecto desde antiguo, y especialmente desde que Elisabeth Noelle-Neumann nos regalara su libro La espiral del silencio. Por tanto: si quieres abuchear, hazlo durante unos cuantos días de manera constante. Y si quieres evitar el contagio, quizá te venga bien esperar pacientemente en casa un tiempo de cuarentena.

Cuarta: se trata de una competición, pero nada igual en sus condiciones. La condiciones determinan de forma definitiva el éxito de unos u otros. Si quieres evitar un abucheo, no permitas que quienes te apoyan estén incómodos por nada (por ejemplo, empezando tarde un acto o molestando demasiado en el control de los accesos). Sin embargo, si quieres evitar un abucheo, es también mejor conocer y controlar bien a quien accede. Por otra parte, siempre será mejor que las imágenes sean de un coche entrando en un garaje, a que sean las de un orador que no puede hablar porque no le dejan. Del lado de los abucheadores, basta con romper las normas para lograr atención: saltar semidesnudo al escenario, empezar a gritar en medio del discurso, silbar… La guerra es muy desigual en esto: basta con que rompas la armonía para generar atención y titulares. Como bien sabe Greenpeace, si además te arrestan unos cuantos días, con perdón por la frivolidad, pues aún tienes un poco más de gloria.

 

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