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Mayorías silenciosas, espirales de silencio y silenciosas reuniones

Publicado en InfoLibre

 

Dice el Gobierno que hay una “mayoría silenciosa” de catalanes que no se ha manifestado durante la Diada en esa cadena humana impresionante que ha recorrido Cataluña de Norte a Sur. Se trata del típico argumento que, siendo objetivamente verdadero, resulta sin embargo falaz y, sobre todo, poco inteligente. Desde la explosión independentista de la Diada del año pasado, que sorprendió por su volumen al resto de España, hay pocas cosas tan ciertas como que en Cataluña ha ido creciendo el sentimiento colectivo de que el país –como allí se denominan sin el más mínimo problema, en contraste con el uso de “el Estado” o “España” para denominar a la otra parte– tiene por primera vez la ocasión de decidir sobre su futuro. Sin duda, serán siempre más los que se queden en casa –por pereza, por fuerza mayor o por discrepancia ideológica– que los que salgan a la calle a manifestarse por la independencia, pero todas las encuestas, las haga quien las haga, dan ya mayoría a la opción independentista en caso de referéndum. De manera que sí, cierto, una “mayoría silenciosa” no se manifestó el miércoles, pero muy probablemente esa misma mayoría silenciosa votaría “sí” a la independencia si se le planteara la decisión.

Dicen otros que los defensores de la permanencia de Cataluña en España están sometidos a la famosa “espiral del silencio”: callados, con temor a manifestar su opinión, que sienten minoritaria o menos prestigiosa socialmente. Y es verdad también. Las banderas esteladas, las camisetas amarillas del miércoles, las pegatinas independentistas y los comentarios de café dentro del universo “España nos roba”, son mucho más locuaces y visibles que un hoy increíble y poco prestigioso mensaje que dijera “Viva España” o “Cataluña sin España es menos”. Pero el liderazgo político consiste precisamente en crear –o mejor, recrear y reforzar– esas corrientes de opinión. Y nadie puede negar hoy habilidad a los independentistas, que han encontrado el ansiado momentum, los argumentos sencillos, los símbolos fáciles y los procedimientos adecuados para que los catalanes, en una mayoría cada vez más notable, sientan que nadie debería hurtarles el “derecho a decidir”. La pérdida estrepitosa de apoyo a CiU en las últimas elecciones no hace sino confirmar ese hecho. Las encuestas y sus analistas explican que la sociedad catalana se ha polarizado naturalmente entre las opciones más nítidas, dejando en una posición más precaria a los partidos más centrales, CiU y PSC particularmente. Es esta una de esas ocasiones en las que las posiciones más moderadas, del “no pero sí” o del “sí pero no”, como la vía federal planteada por el PSC, no logran apoyo suficiente, fagocitadas por las propuestas maximalistas, del “no” o el “sí” sin matices. Por eso, una opción tramposa en una consulta que ya parece inevitable, en la forma de una pregunta con tres opciones, o haciendo contorsionismo con la pregunta, resulta ya poco probable, porque con seguridad el Gobierno catalán no la aceptaría.

Es una lástima observar lo mal que el Gobierno español ha afrontado en los últimos años, incluidos los de Zapatero, este desafío. Conviene recordar que todo empieza con un gobierno autónomo de Maragall, que no por socialista dejaba de ser, como mínimo, filo-independentista. Que la cosa siguió luego con la complicidad inteligente de Zapatero, que permitió una negociación amplia y generosa inicialmente del nuevo Estatuto catalán. Revisitar hoy las sesiones de control al Gobierno en que se preguntaba a Zapatero de manera insidiosa si estaba de acuerdo con que Cataluña fuera declarada nación, resulta enternecedor pero triste. Finalmente, ya en época de Montilla, que también desempeñó el papel de líder de una nación maltratada, al Estatut se le pasó el peine, con un Zapatero que de pronto cede a las posiciones más centralistas, intuyendo lo que luego ocurriría: que el Tribunal Constitucional prácticamente anularía los cambios estatutarios. Aunque con seguridad la inmensa mayoría de los catalanes no sabrían decir en qué quedó demediado su texto, o cuántos miles de millones de euros se perdieron luego en la negociación también frustrante de su financiación, prácticamente todos saben que “España” negó sus pretensiones y recortó sus dineros. Lo que parecía una solución inteligente, una España federal con una Cataluña con más competencias y una identidad reforzada, finalmente quedó en una gran decepción.

Añadamos a eso una crisis económica brutal, que incrementa de manera automática el patriotismo y el egoísmo, y un Gobierno del PP en España que cuanto más se empeña en demostrar que “le gusta Cataluña” más constata que en realidad no sabe cómo tratarla, y ya tenemos el ansiado momentum: de pronto aparecen esas imágenes emocionantes de padres llevando a sus hijos en la bicicleta enarbolando la bandera catalana, o de niños y mayores dándose la mano en una inmensa cadena, de portentoso atractivo mediático. Todos en pos de un objetivo común e inspirador: una nación que se emancipa. En estos casos, es bueno mirar la prensa internacional, siempre menos implicada emocionalmente, y lo cierto es que lo que el mundo ve es simple y llanamente, un proceso pacífico de emancipación nacional.
Esa enorme ola nada silenciosa, pacífica, democrática, lúdica, irresistible, contrasta con la imagen que solo podemos intuir, porque la reunión o reuniones fueron secretas, de los dos líderes de las dos naciones reunidos tratando de negociar una salida. Lamentablemente, nos imaginamos a Rajoy como un hombrecito pequeño e incapaz frente a esa cadena humana inmensa. Las pataletas de los medios conservadores, de los analistas de la derecha más rancia, y, no digamos, de unos cuantos imbéciles exaltados y violentos, no hacen sino incrementar la fuerza de los líderes independentistas, las ganas de hablar de esa “mayoría silenciosa”, y la impotencia de quienes creemos que España debería ser un Estado federal.

A algunos nos parece hoy mucho más probable que ayer que Rajoy pase a la historia como el presidente bajo el cual España se rompió en pedazos. Ironías del destino: “España está en estado de disolución”, nos decía Aznar hace cuatro años, cuando las pulsiones independentistas eran aún minoritarias y mucho menos locuaces y centrales que hoy. Yo siento que al designado de Aznar le falta estatura para mantener unidas las débiles costuras de España que, ahora sí, se les rompen sin que sepan siquiera por dónde empezar a coser.

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