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En qué no ayudan las jóvenes con pechos desnudos a la causa de la interrupción voluntaria del embarazo

Publicado en InfoLibre

 

Esas tres jóvenes quitándose la camisa, agitando brazos, gritando y subiéndose a la barandilla del Congreso, han logrado su objetivo principal: hacerse notar, “molestar”, como decía la portavoz española, dar a conocer su organización, llamada Femen, captar voluntarias y simpatizantes para su causa en España, calentar el ambiente para la apertura de su brazo español. Después de interrumpir al ministro Gallardón en el hemiciclo, la imagen de sus pechos desnudos dio la vuelta al mundo como un reguero de pólvora, poniendo en evidencia la contrarreforma que prevé el Gobierno español en materia de derechos de las mujeres sobre su maternidad. Felicidades, pues: todo un éxito mediático, nacional e internacional. Siempre que suceden estas cosas en la tribuna de invitados (esto no es obviamente nuevo: recordemos a los trabajadores de Sintel, los activistas de Nunca Mais, los artistas contra la Guerra de Irak…) muchos nos congraciamos con esas protestas pacíficas que rompen la rigidez de la vida parlamentaria y la frecuente sordera y arrogancia de los gobernantes. Nada que objetar por este lado.

No hay nada nuevo en el desnudo como herramienta política. Cada pocos días hay en el mundo alguien que se desnuda para llamar la atención sobre su causa: echándose al suelo cubierto de sangre ficticia contra el comercio de pieles de animales, montando en bicicleta por la paz, plantándose frente a un glaciar para denunciar el calentamiento del planeta, quedando en biquini ante una veintena de líderes mundiales para protestar por la contaminación de los ríos… En España, el impecable Albert Rivera, de Ciudadanos, se desnudó para hacer campaña cubriendo solo lo imprescindible. En un libro reciente (Naked Politics: Nudity, Political Action, and the Rhetoric of the Body), el profesor Brett Lunceford da un buen repaso al fenómeno del desnudo como táctica reivindicativa.

El problema es que en el caso español no se trata sólo de armar ruido, sino de evitar que el PP logre con su mayoría absoluta situar a España en los años 70 en lo que respecta a su legislación sobre interrupción voluntaria del embarazo. Y creo que el PP, después de la acción de las jóvenes de Femen, se siente un poco más fuerte. ¿Por qué? Porque la acción, el eslogan y el discurso antirreligioso de Femen, sitúa a sus militantes en el plano en el que ellas desean libremente ubicarse: en un movimiento antisistema y contracultural. Veamos:

Lo que sí es nuevo es que Femen es un grupo de jóvenes mujeres (con cuerpos jóvenes, lo que añade interés al espectáculo) y con un tono nítidamente anticlerical. En otros lugares han entrado en iglesias y han derribado cruces. En su acción del pasado martes escribieron en su torso “aborto sagrado” y luego señalaron que ellas pueden hacer con su cuerpo lo que les dé la gana, y declararon que sus acciones pretendían liberar de la imposición de la moral cristiana y de “los cilicios que aprietan la mente” de los promotores de la nueva ley. En
el imaginario colectivo evocado y reforzado tras su acción, por tanto, la causa por la libertad de la mujer en su maternidad, por el derecho a la elección, queda en manos de jóvenes antisistema que reclaman hacer lo que quieran con su cuerpo, y que consideran que el aborto es sagrado. Es legítimo pensarlo y divertido ver cómo lo defienden a su manera, con gran éxito de público.

El inconveniente es que ese discurso fugaz, gamberro y molestón, puede opacar el verdadero interés del asunto y la verdadera amenaza. No es que las mujeres puedan hacer lo que quieran con su cuerpo. Hasta la ucraniana fundadora de Femen probablemente estaría de acuerdo en que una madre embarazada de ocho meses no debería abortar. El problema es que Gallardón, en un lenguaje que creíamos superado, nos dice que desde la concepción hay un bebé, una aberración para la mayoría de los ginecólogos.
No es tampoco la religión el problema (no hay ni una sola sociedad en la que no haya religión y la mayoría de la población del mundo se declara de una u otra manera religiosa). El problema es que el Catecismo se imponga sobre la Constitución vulnerando la libertad de las mujeres a decidir sobre su maternidad. Eso – la libertad de la mujer – sí es sagrado: no el aborto, que más bien es una circunstancia penosa para quien se ve obligada a sufrirlo. Con respecto al anticlericalismo de la izquierda, he defendido en otro sitio (Frases como puños), que quienes somos ateos y nos resistimos a que nadie nos imponga sus ideas apelando a historietas míticas, haríamos mejor situándonos no contra la religión, sino a favor de cualquier religión o cualquier idea, incluido el ateísmo, por supuesto, de manera que ninguna prevalezca sobre las otras. Esa posición – la defensa de la libertad – es la que verdaderamente mina a la credibilidad de las iglesias dominantes, y no un enfrentamiento general con la religión.

La actuación de las jóvenes de Femen resultó divertida, exitosa e impecable desde el punto de vista de la publicidad. Ahora viene lo serio: que apelando a la libertad de las mujeres para decidir sobre su maternidad, dentro de plazos determinados, las mujeres – jóvenes y mayores, delgadas o gruesas, creyentes o ateas – y también los hombres que estamos con ellas, salgamos a la calle y exijamos al Gobierno que no dé un paso atrás en los avances sociales recientemente logrados, y que no permita que el Catecismo de la Iglesia Católica se imponga sobre los derechos de la mujer y sobre la Constitución. Iremos vestidos, será más aburrido y no seremos primera página en la prensa internacional, pero del tamaño de esa presión duradera, constante, central y percibida como mayoritaria (y no sólo de la acción pintoresca de tres chicas con sus seis pechos al aire), dependerá que este Gobierno ejecute lo que pretende o archive su proyecto, sintiendo la resistencia mayoritaria de la ciudadanía.

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