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Piñera y los mineros chilenos: uno de los mayores espectáculos de los últimos tiempos

 

Ahora que Piñera agota sus últimos días como presidente de Chile, para dar paso a Michelle Bachelet, no está de más recordar lo que pasó en los inicios de su mandato, marcado por dos crisis repentinas. Primero fue el terremoto brutal que incluso sacudió el salón en el que tomaba la banda presidencial, precisamente de manos de Bachelet. Pero al poco tiempo fue el accidente que dejó encerrados a 33 mineros en la profundidad de un agujero de la mina San José en el desierto de Atacama.

En Los 33: el círculo secreto, el escritor valenciano Alfonso Aguado reconstruye la historia con final feliz, concentrándose en lo que no se vio. En el libro, que es de lectura fácil y muy interesante, Aguado relata el papel del presidente Piñera y su actuación en el que fue uno de los mayores espectáculos televisivos de los últimos años. Recordemos que finalmente fueron sacados con una grúa monumental llevada al lugar para la ocasión, después de mucha angustia y mucha preparación, y a la vista de miles de millones de personas.

Algunos pasajes sobre el papel del presidente:

Página 77: Antes de la visita inicial al agujero, cuando los mineros están ahí dentro y no se sabe aún qué pasará con ellos:

Desde su llegada al aeropuerto de Copiacó hasta la reunión que ha celebrado con sus ministros de Minería, Trabajo, Salud, la Intendenta de Atacama y otros cargos gubernamentales y regionales, ha estado recibiendo presiones:

– Los ánimos de los familiares están muy caldeados y su reacción resulta impredecible; no debería arriesgarse a presentarse en la mina.

– Hay muchos medios de comunicación, presidente, y todo apunta a que el recibimiento no será amistoso.

– Los abucheos de los familiares no serían nada buenos para su imagen política.

Pero Piñera responde:

– Me voy a la mina y si me quieren decir que no, me voy igual.

Página 129: Cuando se confirma que los mineros están vivos y se espera a que llegue Piñera para contarlo a la prensa mundial:

El presidente ha visto esa misma mañana morir en sus brazos a Eduardo Morel, padre de su mujer, en su casa del barrio residencial de Las Condes, en Santiago. Sentía un gran afecto por él y le gustaba pasar a su lado horas conversando sobre todo tipo de temas relacionados con la historia. Desde que ha llegado a la casa, a las 8 de la mañana, hasta las 12, hora en la que ha muerto su suegro, ha estado pegado a él y al teléfono, permanentemente comunicado con la mina. Su mujer, Cecilia, está también en la casa junto a sus cinco hermanos. Cecilia necesita en esos momentos más que nunca el consuelo de su marido; hace un año murió su madre y ahora acaba de morir su padre. Pero su marido es el presidente y el presidente no debe demorar más su partida para coger un vuelo urgente hacia Copiacó.

Durante el trayecto aéreo se entera de que están todos sanos y salvos. No hay que ser muy listo para deducir el impacto mediático nacional y mundial que supone dirigirse a los medios de todo el planeta para dar la noticia y mostrar el papel escrito por los mineros. Tiene que ser él quien dé al mundo la buena nueva, así que tendrán todos que esperar su llegada.

Nada más aterrizar en Copiacó, sale corriendo del avión y se sube a un helicóptero que le lleva hasta la mina. Cuando finalmente llega, todo son abrazos, sonrisas, cánticos patrióticos y ondear de banderas chilenas. Familiares, técnicos y autoridades, que hace solo tres días estaban reñidos, celebran juntos y unidos por la emoción el final de la difícil búsqueda.

Piñera luce una sonrisa abierta en los labios y un gesto de enorme satisfacción en el rostro. Es su momento de gloria y el “pantallazo” televisivo más grande que ha tenido nunca. Personalmente, el momento es convulsivo; viene de secar de los ojos de su familia las lágrimas de dolor que causa la muerte, para compartir lágrimas de alegría por una increíble victoria de la vida en el campamento esperanza. Coge la bolsa de plástico con el mensaje de los mineros y lo muestra al mundo a través de las numerosas cámaras de televisión que hay apostadas a su alrededor. Ha ganado. Ha hecho una apuesta fuerte y la ha ganado.

– Muchas noches soñé con un día como este. Soñé con esta explosión de alegría, emoción y lágrimas de felicidad – dice exultante, rodeado de periodistas y familiares de los mineros.

Después de un sentido discurso de diez minutos, se disculpa por la ausencia de su mujer, aunque no especifica que se ha debido a la muerte de su padre, para no poner un punto negro entre tanta alegría.

– ¡Viva Chile, mierda! – es el grito populista, coreado por todos los presentes, con que acaba el discurso.

Página 11. Cuando los mineros salen de la mina.

Una cápsula metálica está sacando con éxito uno a uno a los mineros atrapados. Todo parece estar saliendo tal y como estaba preparado. Más de mil millones de personas de todos los rincones del planeta asisten a la emotiva escena a través de las pantallas de sus televisores, superando la audiencia de la llegada del hombre a la luna.

Al salir del agujero son recibidos como héroes. Han logrado derrotar a su propio destino, que parecía haberles condenado a morir bajo tierra. Resulta conmovedor ver brillar tanto orgullo en los rostros de unos hombres con existencias marcadas por la marginación social e incluso la humillación. Seres invisibles que parecían no existir para el resto de los mortales, convertidos en el centro del mundo, tras su victoria sobre el enemigo más implacable… la muerte.

Un enjambre de cámaras de televisión transmite al resto del mundo cada uno de sus movimientos: los efusivos abrazos del presidente Piñera, las lágrimas de emoción de los familiares, el beso del hijo, la sonrisa del padre y el aplauso entusiasta de todos los invitados a la celebración. Los dos mil periodistas acreditados para cubrir el insólito espectáculo iluminan con sus flashes la escena. “El mundo entero nunca olvidará esta noche,” dice el presidente, con una sonrisa de oreja a oreja.

Todo se desarrolla según el guión previsto, sobre el enorme escenario donde se representa una de las más grandes epopeyas humanas de los últimos tiempos; sin embargo, muy pocos saben lo que hay detrás de ese escenario, oculto a los ojos de los espectadores. Si esta historia ha logrado cautivar a tanta gente de tan diferentes lugares, edades, credos y condiciones sociales es porque tiene algo que muy pocas tienen: magia, pero como toda magia, esconde trucos que solo el mago conoce.

Los políticos, los jefes oficiales del rescate, los familiares y los mineros se funden en abrazos interminables y felicitaciones mutuas en el pequeño plató montado por la televisión chilena alrededor de un agujero.

El guión del espectáculo de la salida  a la superficie de cada minero tiene una estructura básica: el minero sale de la cápsula, besa y abraza al familiar que está esperándole y se dirige al presidente Piñera, quien le dedica un pequeño discurso personalizado y un abrazo tan efusivo con el del familiar… pero sin beso. Luego, se acerca a saludar a una larga fila de personas, entre quienes se encuentran la mujer del presidente y un número considerable de políticos. La fila aumenta y disminuye su longitud según diversas circunstancias, entre las que destacan la hora y el cansancio de sus componentes, factores que también afectan al presidente, ausente durante algunas horas para dormir a pierna suelta en la habitación que le han fabricado en uno de los barracones.

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