Si hasta Correa tiene que alabar en público el papel de la Iglesia Católica, reconocerse admirador de Juan Pablo II… Si ni el provocador y esperpéntico Chavez se atreve con la Jerarquía, entonces los principios que mandan aquí, en Latinoamérica, están claros: ni interrumpir el embarazo en ningún caso (el debate ha sido negado en prácticamente todo el continente), ni educación sexual, ni control de la natalidad, ni derechos de los homosexuales, ni igualdad real de la mujer…
Me envía David Redoli (que siempre está pescando joyas en la web), el texto del discurso del presidente de Ecuador, Rafael Correa, en Oxford a finales de octubre. El tipo se educó en Estados Unidos, no se olvide, y la elitista y sofisticada New Yorker habló de él como el posible Obama latinoamericano (con interrogante, es cierto). Correa explica que el Estado no puede llegar a los que tienen discapacidades graves y que siempre ha creído en el valor cristiano de la caridad. El problema es precisamente cuando esto se entiende como caridad y no como justicia, un marco bien distinto.
Uno de los problemas de Latinoamérica es que nadie ha roto el monopolio de los valores sustentado por la Iglesia Católica, con un discurso más secular. Son notables excepciones Chile, Argentina y Uruguay. Estoy en Santo Domingo, República Dominicana, y en el Listín Diario publica hoy Fray Junípero Casablanca un artículo (“Ni derecha ni izquierda“), que afirma que en este país ya no importan las idelogías. Pues vale: así les va. Da igual todo, la política se convierte en un politiqueo cotidiano sin sentido, los gobernantes llegan pobres y se van ricos, los partidos políticos, con décadas de historia aquí, no se distinguen uno de otro, no tienen fuerza, y el Estado tiene tan poca relevancia que se deja usurpar por la “caridad cristiana”.
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