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Todo el storytelling en una tabla periódica de elementos

Aquí está este maravilloso invento para jugar a componer historias. Interactivo, divertido, útil…

Aquí el enlace a la versión interactiva: 

 

Ocho lecciones de comunicación que aprendimos con Pedro Sánchez

Pedro Sánchez es el nuevo líder del Partido Socialista Obrero Español, después de enfrentarse a otros dos candidatos en unas elecciones primarias cerradas. Este artículo se publicó en Infolibre justo después de su victoria.

 

Primera: nunca desprecies a un segundón. Nadie daba un duro por él. Las apuestas estaban todas en nombres más sonoros: Susana Díaz, Carme Chacón, Patxi López, Eduardo Madina. Hasta hace menos de dos meses nadie anticipaba que “ese tal Pedro Sánchez” sería el líder de la oposición en España. (Tampoco, por cierto, había anticipado nadie que otro tal Pablo Iglesias convertiría Podemos en un actor político relevante). Sé que ahora llega el momento en el que alguien dice: “No es cierto: Fulanito en el el diario electrónico Elreducto.es predijo la victoria de Sánchez”. Por supuesto, siempre hay algún friki que se desmarca de la opinión dominante, y ya sabemos cuántos padres y madres tiene la victoria y que la derrota sin embargo es huérfana. Pero seamos sinceros: en el liderazgo de Pedro Sánchez sólo confiaba al principio el propio Pedro y unos cuantos amigos más.

Segunda: de hecho, en procesos constituyentes, desconfía de los “preferidos” en un principio. En un libro ya viejo pero de enorme calado, El arte de la manipulación política, Josep Maria Colomer aplica la teoría de juegos a varios escenarios de la Transición política española. Explica así la elección de Adolfo Suárez por parte del rey, y cómo se maniobró con inteligencia para hacer esa elección posible. ¿Cómo? Por simple descarte de los favoritos, demasiado marcados, demasiado controvertidos, demasiado conocidos. Creo que al autor no le costaría aplicar esos mismos cálculos al comportamiento de los principales actores en la reciente renovación del liderazgo del PSOE. Susana Díaz: demasiado riesgo presentarse a esa elección. Carme Chacón: sería incoherente aceptar un juego al que te has opuesto. Ambas, demasiado conocidas, demasiado controvertidas. Las segundas opciones resultan ser en esos casos las más virtuosas. Y suben así como la espuma liderazgos inesperados, como en su momento el de Suárez, o también Barack Obama o Matteo Renzi.

Tercera: la clave en las elecciones internas son los cuadros intermedios, y si te empeñas en insultarlos, te castigan. En un encuentro privado reciente con Felipe González, a cuenta de otra cuestión que nada tenía que ver con el congreso del PSOE, el expresidente hacía notar algo muy importante, que es muy conocido por los politólogos: el poder se mantiene por coaliciones de tamaño relativamente pequeño. Un solo individuo no puede dominar a una población. Y una población completa no puede sostener a un individuo sin cuadros intermedios que hagan el trabajo. Se refería González al mismísimo Francisco Franco. De nuevo, un segundón, que es capaz sin embargo de canalizar el apoyo de un grupo de oficiales y suboficiales dispuestos a dar el golpe bajo su dirección. Llámalo aparato si quieres. Pero lo necesitas. Son los señores y señoras que van casa por casa con el papel para que te firmen el aval. Los concejales, los alcaldes de pequeños pueblos, los diputados regionales, asesores y empleados del partido. Un respeto por ellos, porque son los que tienen que quedarse hasta las tantas en el pleno municipal para votar una moción aunque sea para perderla. Los profesionales a cargo de la máquina. Es difícil ganar sin su beneplácito. Y contra ellos es casi imposible.

Cuarta: si tienes un escándalo que suscitar, mejor que tu material sea realmente importante, porque si no quedarás como un marrullero. Tengo la certeza que las ridículas acusaciones de que Sánchez estaba vinculado con Bankia –por pertenecer como concejal a su asamblea junto a otras 300 personas más y sin cobrar un duro por ello– fueron aprovechadas no sólo por el equipo de Madina, sino incluso más por el de Pérez Tapias, usando esa vieja táctica que consiste en decir “Mira qué caca más grande, pero de mi perro no es”. Consigues con ello que el olor llegue igual al olfato de tu interlocutor. Por eso a mí me pareció moralmente lamentable y estratégicamente equivocado que ese día en que El Confidencial se prestaba para publicar la acusación, el país desayunara con Madina dando pábulo a la tontería en el foro de Europa Press y se acostara con Pérez Tapias pidiendo explicaciones a Sánchez a las 12.30 de la noche en Telemadrid. “Malas artes”, había denunciado Sánchez, ganando son seguridad unos cuantos cientos de votos más. Y cuanto más insistían algunos en destacar el asunto en sus crónicas del día, más se reforzaba la reputación de Pedro Sánchez y más se ensuciaba la de quienes la ponían en duda.

Quinta: Twitter no es fundamental. Es importante, sin duda, pero no fundamental. Se pongan como se pongan los hipsters –y yo cada vez los veo menos elocuentes– la política sigue dirimiéndose fundamentalmente en los lugares de masas de siempre: los grandes diarios –en papel o electrónicos, pero grandes– y, por supuesto, las grandísimas televisiones y las grandes emisoras. Y además está Twitter.

Sexta: te centra el que tienes a la izquierda o a la derecha. No había grandes diferencias entre los tres candidatos. Por mucho que se empeñara en distanciarse Pérez Tapias, ni siquiera en él había grandes diferencias programáticas. Pérez Tapias hizo notar su ausencia en la votación de la reforma constitucional, pero había votado con su grupo el letal paquete de medidas de ajuste de Zapatero o su controvertida reforma laboral. Y lo hizo porque su voto era necesario para alcanzar la mayoría. Sánchez lo sabía y podría haberlo usado si la cosa se hubiera puesto difícil, por ejemplo en el debate. Pero a lo que vamos: las diferencias eran perfectamente salvables a la hora de la verdad. Incluso ese supuesto republicanismo o su opción favorable a una consulta en Cataluña, resultaban ser la excepción que confirmaba la unidad esencial. El republicanismo más radical o la condescendencia con la consulta resultaban relativamente exóticas dentro del PSOE. Por eso hizo bien Sánchez en señalar todo el tiempo que Pérez Tapias e Izquierda Socialista eran necesarios. Pero como corriente, claro. Reforzando el papel de la corriente minoritaria, la mantienes minoritaria.

Séptima: es el relato moral, no las propuestas; es quién habla, no lo qué dice. Si las diferencias no eran programáticas, debían ser entonces personales. Hace tiempo que el PSOE no tiene un problema tanto de ideas –hay una Conferencia Política en la que participaron cientos de personas– como de credibilidad. Dice Sánchez que la clave es “hacer lo que decimos y decir lo que hacemos”. Por eso me parece a mí –que no soy objetivo ni neutral en absoluto, advierto– que tiene un enorme poder esa historia de la carretera, del coche, de las noches en las casas de los militantes. Pero para poder contarla, había que haberla vivido (recordemos que lo importante no es el storytelling, sino elstorydoing). No vamos ahora a pedir la canonización del secretario general electo, pero su narrativa resultaba más convincente que aquello del “shock de modernidad“, las gafas y el flequillo o el toque naïf de “Edu”, dicho sea con todo el respeto por mis amigos, que se dejaron la piel en la campaña de Madina. A fin de cuentas, los españoles habíamos visto una y otra vez a Eduardo sentado en el escaño detrás de Rubalcaba o a su lado en la ejecutiva del PSOE. Y ya puestos, es probable que los militantes del PSOE, en la situación en la que está el país ahora, prefieran un “don Eduardo” que un “Edu”, si se me permite la broma.

Octava: la mejor acusación que pueden hacerte es que sólo eres marketing. No siempre, pero en muchos casos la afirmación según la cual un producto o un servicio es “puro marketing” esconde un cierto punto de admiración por ese producto o servicio. Coca-Cola es puro marketing, Apple es puro marketing… Podemos es puro marketing o Pedro Sánchez es puro marketing. No hay problema: eso significa que funcionan. La clave es vigilar para que los críticos no lo aprovechen y pongan la atención sólo en la forma y no el contenido. Tomando una buena carne cerca del Congreso, me decía mi amigo Javier Valenzuela con simpática ironía: “Pedro Sánchez debería equivocarse en algo, para que no parezca tan estudiado”. Y otra buena amiga, Joana Bonet, me explicaba lo mismo. Y ella sabe bien lo que dice: los guapos y las guapas, ya se sabe, tienen que hacer un esfuerzo adicional para no parecer tontos.

Postdata: Declaración de intereses. He colaborado en la campaña de Sánchez.

Él me ofreció participar en su campaña y lo hice. Voluntariamente, en los dos sentidos de la palabra: sin remuneración alguna y sin que ningún tercero me lo pidiera. De manera que cuanto digo aquí tiene ese sesgo inevitable. Aun así, en mi análisis trato de no dejarme llevar por mis querencias, y confío en que el lector o la lectora sepa perdonarme si lo hago.

Matar a un niño y esconderlo tras las palabras

Publicado en @infolibre

 

 

Desde los años 50, tras la creación del Estado de Israel, los rabinos, los intelectuales, los periodistas, los artistas y los políticos del país, han puesto un esmero exquisito en el cultivo, el riego y la diseminación de determinadas palabras que permitan custodiar el relato milenario del pueblo judío. Ben Gurion, el fundador del Estado, se vinculó personal y activamente en esa tarea. Entendió algo que saben muy bien los padres y las madres de la patria, y que hace décadas dijo Benedict Anderson: que las naciones son “comunidades imaginadas”, construcciones sociales. Requieren referencias a un origen común –quizá mítico– a unas características específicas –puede que étnicas– a una historia compartida, un enemigo con el que contrastar, unos héroes que admirar, una bandera que honrar, un himno que cantar…

En otras palabras, las naciones, todas ellas, son realidades inventadas.El pueblo judío también es una invención. Shlomo Sand, profesor de la Universidad de Tel Aviv e hijo de supervivientes del Holocausto, recorre precisamente ese proceso de creación en un libro muy riguroso y con título poco dudoso: La invención del pueblo judío. Nada que objetar. Está en la condición humana crear culturas, lenguas, tradiciones, ritos y liturgias para distinguirse del otro.

Pero a veces ese ejercicio colectivo es obsceno, y eso es lo que está pasando estos días en Gaza. Basta echar un vistazo a la cobertura que los medios israelíes están haciendo de los ataques contra la Franja, para indignarse ante tan despreciable tergiversación. Veamos, por ejemplo, el Jerusalem Post.

En el mundo inventado por los israelíes, los niños muertos que nosotros vemos no están. No hay familias palestinas hostigadas bajos salvajes bombardeos indiscriminados, ni casas ni hospitales ni aeropuertos ni centrales eléctricas destruidas. No hay referencias, como las que ve el resto del mundo al hacinamiento, el desempleo, la pobreza y la humillación a los que Israel somete desde hace 50 años a los palestinos, cuyo territorio ha ido invadiendo y ocupando y colonizando progresivamente, justificando la invasión con el retorno a una “Tierra Prometida” siglos después del éxodo según el mito bíblico.

Para el Estado de Israel y todos sus poderosos amigos, eso que vemos es la operación Margen Protector. Una operación militar, dentro de una larga “guerra” en la que “los terroristas” matan soldados israelíes que sólo se defienden. Palestina no existe en las crónicas, y menos aún los palestinos. Se dice que se han atacado unos 3.000 “objetivos terroristas”. Con la excusa de que los “terroristas” esconden sus arsenales en las casas de la población civil, arrasan sin contemplación barrios enteros. Y si mueren civiles serán “bajas”, efectos colaterales involuntarios por culpa de Hamás.

La desproporción del conflicto se percibe muy bien al leer la cobertura de los mismos acontecimientos en la prensa palestina. Por ejemplo, allí se celebra a lo grande la captura (el “secuestro” dirían al otro lado) de un soldado israelí. Lo celebran alegremente porque hace un par de años,Israel liberó a mil presos palestinos a cambio de la entrega de un solo soldado de Israel. En otras palabras, esa gente sale a la calle, entre cascotes y escombros (en pleno Ramadán, por cierto, crueldad adicional de los judíos, tan ortodoxos con sus propios ritos y tan displicentes con los del otro), porque de pronto para miles de familias se abre la esperanza de que entregando a ese soldado, quizá liberen a otros mil palestinos.

En las dos semanas de ataque brutal a Gaza, ha muerto un millar de personas inocentes, pero “sólo” dos decenas de soldados israelíes. Sin embargo, la prensa judía presenta el conflicto como la defensa propia de un país democrático que sólo quiere vivir en paz y protegerse de los terroristas.

Es probable que alguien de la embajada de Israel mande una nota protestando por este artículo, o que me llame por teléfono (ya he tenido alguna de esas amables conversaciones). Tambien es probable que ese alguien vuelva a aplicar el argumentario apelando por enésima vez al Holocausto, sugiriendo así sutilmente que al escribir yo estoy justificando la barbarie de aquel genocidio. Atenderé la llamada con todo respeto. Pero yo creo que ha llegado la hora de perder el complejo y de decir alto y claro que Israel está actuando de manera criminal y aplicándose sin pudor en una aniquilación salvaje del pueblo palestino.

Guía para que parezca que has leído el libro del que todo el mundo habla

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Publicado en InfoLibre el día 1 de mayo de 2014

No porque no quieras leerlo: yo llevo una cuarta parte de sus 500 páginas (sin contar notas y apéndices), y te aseguro que merece la pena. No. Te doy esta guía porque no podrás leerlo de momento a menos que quieras hacerlo en inglés y compres la edición electrónica o lo cojas en una biblioteca si es que lo tiene alguna. Está completamente agotado. Pregunté por él en dos librerías de Nueva York, la muy comercial Barnes& Noble de Union Square y la muy fascinante Strand de Broadway. Nada. Volví a preguntar en la librería del Banco Mundial en Washington, que lo tiene todo. “Lo siento, el libro está agotado. Se supone que van a tirar otros 20.000 o 30.000 ejemplares”.

Sorprendente, porque se trata de un auténtico tratado de Economía, larguísimo, salpicado de conceptos complejos, que está escrito por un francés (y sabemos que lo francés no cuenta con la simpatía inicial de los estadounidenses) y porque no hace muchas concesiones a la literatura, más allá de algunas menciones cultistas al realismo de las novelas europeas del siglo XIX.

Hablo, por supuesto, del libro de Thomas Piketty, Capital in the Twenty-First Century. ¿Por qué ese éxito? ¿Qué dice? Y también, ¿por qué debemos ayudar a que sus ideas se extiendan?

Thomas Piketty (pronúnciese “Tomás Piketí”) ha revisado más de un siglo de datos de la economía de dos decenas de países. Los cálculos sobre lo que esos países produjeron e ingresaron. Los datos de cómo distribuyeron sus ingresos. El economista ha recogido los cálculos sobre la riqueza mundial y cómo llega. Ha mirado en cada rincón de la economía mundial y de su historia. El trabajo y su muy fluida exposición a lo largo del libro, que se recorre más como un paseo que como una escalada, proporciona decenas de datos curiosos y de ejemplos e ilustraciones interesantes. Pero la línea argumental es muy poco anecdótica, muy sustancial y muy inspiradora.

Piketty plantea el problema nada más empezar el libro: “Cuando la tasa de rendimiento del capital supera la tasa de crecimiento de la producción y el ingreso, como sucedió en el siglo XIX y parece bastante probable que pase en el XXI, el capitalismo genera automáticamente desigualdades arbitrarias e insostenibles que dañan radicalmente los valores meritocráticos sobre los que se asientan las sociedades democráticas”.

Pese a la complejidad de los análisis, sobre los que, sin embargo, el economista francés te guía de manera sumanente didáctica, la tesis es bastante sencilla: no es verdad ese axioma conservador según el cual “el aumento del caudal eleva a todos los barcos”, es decir, que el crecimiento favorece a todos de forma similar. No: hay momentos en la historia, explica y demuestra el libro, en que a través de incrementos muy superiores del rendimiento del capital (inmuebles, por ejemplo), una concentración de la riqueza en unas pocas manos, salarios estratosférios, autoconcedidos y completamente injustificables a los grandes directivos, y unas leyes que permiten que eso se perpetúe y aún aumente (eliminando impuesto de sucesiones o facilitando transmisiones patrimoniales), crece la desigualdad y el famoso 1% se refuerza en sus privilegios y su extraordinario poder.

Sucedió, dice Piketty, en el siglo XIX, y podría estar pasando ahora, especialmente desde los años 70 y 80. No sucedió en el siglo XX porque las guerras mundiales actuaron como un nivelador que alivió las desigualdades por la vía más trágica y porque en los años 50 se optó por el Estado Social como modelo, con fuertes inversiones públicas en igualdad a través de la educación pública, la salud pública, las pensiones y los subsidios, etc. Naturalmente, eso implicó la instauración de un sistema fiscal progresivo, improvisado en buena parte en el periodo caótico de las dos guerras. Pero en sociedades como la nuestra, con tiempos de paz muy sostenida, con crecimientos que tienden a estabilizarse –convenientemente, dice Piketty– entre el 1 y el 2% –sucede que unos pocos cada vez tienen más, se fijan a sí mismos sus propios privilegios, copan los accesos a las mejores universidades –Piketty detiene su atención particularmenten en la educación superior– establecen sus propias normas y las de los demás, y fijan sus propios impuestos. Al mismo tiempo aumenta la distancia con el resto y la desigualdad se hace más patente.

Las propuestas de Piketty son tan concretas que dan título a sus subcapítulos: un sistema fiscal verdaderamente progresivo, que no admita lo que sucede ahora en Estados Unidos o en Europa, donde los más ricos entre los ricos pagan proporcionalmente menos que los demás. Un impuesto “confiscatorio” del entorno de un 80% sobre las rentas del capital excesivas (intereses, rentas inmobiliarias, dividendos), y sobre los salarios de infarto que se autoasignan las grandes compañías, como el que se ha aplicado de hecho en Estados Unidos desde la Gran Depresión y hasta los años 80 del siglo XX. Un impuesto global a la riqueza –utópico reconoce el propio autor– que grave los ingresos no productivos. Por ejemplo sugiere Piketty, en un 1% si el ingreso es de entre 1 y 5 millones de euros, o en un 2 si los ingresos son superiores a 5 millones. O un incremento inmediato de la transparencia en las transacciones internacionales. Por ejemplo con una transmisión automática de los datos de la banca mundial.

Dos centenares de líderes de opinión europeos discutían el otro día en Amsterdam posibles medidas para “hacer que las políticas progresistas funcionen”. En Economía no estábamos de acuerdo en nada. Para unos había que subir impuestos; para otros, bajarlos. Si alguien decía que había que imponer el impuesto de sucesiones, a otro eso le parecía casi trotskista. Basta mirar el lamentable manifiesto de los socialistas europeos para las próximas elecciones al Europarlamento, para constatar la lamentable vaguedad de la socialdemocracia y su aburguesamiento. Cómo no iba a ser así si en la propia Unión Europea se permite que haya paraísos fiscales como Luxemburgo o Andorra, o limbos como Irlanda o la propia Holanda.

Puede que en Piketty haya algo de marketing editorial y de este déficit de atención que nos aflige al ritmo de trending topics, pero creo que hay mucho más. Con conocimiento de causa, con elegancia, y sin dogmatismos Piketty le dice al mundo lo que el mundo intuye: Que hay una ínfima minoría con enormes e indecentes privilegios. Y también le dice al mundo lo que el mundo quiere oír: Que hay soluciones científicas, concretas y sí, de fuerte inspiración ideológica, para que eso deje de ser así.

La guía del titular irresistible en 5 minutos: 8 fórmulas radicalmente eficaces para conseguir que tus lectores no pasen de ti olímpicamente

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Bueno quizá no sean siempre tan eficaces, pero si has llegado hasta aquí no empezamos mal.

Me acabo de encontrar con un artículo interesante que fija las ocho cosas que hacen que en Internet los artículos, los posts, los tuits, tengan especial interés. Obviamente, son las mismas ocho cosas que funcionan en el mundo analógico de toda la vida. Pero ya sabemos que a la gente que anda en Internet aún le gusta que le hablen de Internet…

Aquí estás las ocho cosas:

1. La sorpresa

Obama, por ejemplo, consigue según parece especial viralidad cuando pone esas exclamaciones del tipo “¡Pues sí, me gusta Obamacare!” o preguntas sorprendentes como “¿Quieres cenar conmigo?”. Esa disonancia de “escuchar” a un presidente decir cosas con tanta naturalidad, produce una sorpresa que invita a compartir.

2. Las preguntas

Es un clásico. La pregunta fia la anteción y predispone a la lectora a saber qué podrá encontrar. No tiene mucho secreto. Los publicitarios conocen el efecto desde antiguo.

3. La curiosidad

Por ejemplo: “El secreto mejor guardado en la mesilla de noche del presidente”, “Adivina quién estaba cenando el lunes con Messi…” El cotilleo, la información “confidencial”, los “nos cuentan qué…”, las campañas teaser… Y las propias curiosidades. Según parece uno de los libros más comprados en Navidad para los muy curiosos niños y adolescentes es el famoso catálogo de los récords del mundo. No nos resuelven la vida, pero en la sala de espera de un dentista el libro triunfaría.

4. Lo negativo.

El artículo que estamos adaptando aquí cita un estudio de 65.000 titulares y descubre que el uso de superlativos negativos incrementa un 30 por ciento la lectura del contenido.

5. El uso del “Cómo..”

Está estadísticamente demostrado que funciona muy bien el “Cómo llegar”, el “cómo hacerse rico” o “cómo hacer amigos”. Los lectores no buscan tanto información como una cierta estructuración de su mundo. Y el “cómo” ayuda. Pero también muestra la estadística que funciona mejor aún la fórmula “guía para principiantes”, o el “paso a paso”, o el “hazlo tú mismo”, o “lo que sea para torpes”.

6. Los números

Por supuesto, puede que los números sean la estrella de los buenos titulares. Números en general y números en forma de lista. Los decálogos, las listas de éxitos, los 40 principales, las cien primeras medidas… De nuevo, un estudio bien interesante, comparando el uso de varias técnicas con un mismo titular, demuestra que el número sigue siendo el rey. Vamos a por la séptima fórmula:

7. Las referencia a la audiencia

Otro estudio compartivo: En Noruega se midió la eficacia de hacer referencia a la audiencia en un titular comparándolo con otro similar genérico. Tenía más éxito el titular “¿Es éste tu Iphone 4?” que un simple “Se vende Iphone 4″.

8. La concreción

Nunca lo dijo de esa manera, aunque sí parecido, pero se atribuye a Stalin la frase “un millón de hombres muertos son una estadística; un hombre muerto es una tragedia”. Las historias concretas son mucho más poderosas que los conceptos abstractos.

¿Quién tiene la culpa? Los recortes provocan conflictividad social

(Continued)

El selfie: cinco consejos

Incluso la muy estudiada y bien cobrada foto de Ellen DeGeneres en la ceremonia de los Oscars parece ingenua y espontánea. Es la gracia de una foto tomada por uno mismo alargando el brazo. Aquel selfie tan bien pensado por Samsung fue la foto más retuiteada hasta hoy. No nos engañemos: no lo habría sido si no se  hubieran puesto en marcha las maquinarias de la comunicación convencional. Si no hubieran hablado de esa foto los grandes diarios (electrónicos o de papel), las grandes televisiones, las grandes radios. A fin de cuentas, la inmensa mayoría de los espectadores del momento estaban siguiendo la ceremonia por la televisión o con las imágenes de la televisión, y la autofotografiada es ella misma una estrella de la televisión.

En broma, pero con una carga de profundidad que su equipo seguro que había premeditado, el mismo Obama hace unas horas le ha dicho a Ellen que aquello fue “un truco bastante barato, conseguir posar con un montón de celebrities de fondo”. Es sabido que la foto de Obama y Michelle el día de su reelección (no un selfie, sino una foto del extraordinario fotógrafo oficial de la Casa Blanca, Pete Souza, que tiene una superrecomendable cuenta en Twitter) había sido hasta entonces la más reenviada de la corta historia de Twitter.

Hay algo fascinante en esa foto de uno mismo, cuando es hecha por un político o por un líder social. El selfie sugiere espontaneidad, sí, pero también autonomía (“no necesito que nadie me haga la foto”), simpatía (sigue teniendo cierta gracia sacarse una foto uno mismo desde su móvil), y sentido de compañerismo (porque en muchas ocasiones, la foto se hace en compañía de otros).

Aquí van cinco consejos para hacerlo bien:

1. Cuando alguien te pida un selfie, acepta (pero mira el punto 5). Incluso toma tú la foto. He visto varias veces a las celebridades más habilidosas que, cuando alguien les pregunta si pueden sacarse una foto con un móvil, son ellos mismos o ellas mismas quienes cogen el aparato y se hacen la foto pegando su cabeza a la del admirador… Como diciendo: “soy yo mismo quien te saco la foto, y así el docuemento gana en calidad”.

2. Aprovecha el selfie para ocasiones curiosas que de otra manera serían imposibles de fotografiar. Por ejemplo, imágenes de backstage o de bambalinas, imágenes familiares, momentos en los que no hay fotógrafos delante, ocasiones inesperadas. Es siempre mejor, porque es más auténtico, que seas tú mismo quien tome esas fotos, y no que se lo pidas a otra persona. Es curioso, pero posar para uno mismo es posar menos.

3. Distribuye tú mismo el selfie en tu cuenta de Twitter. A la espontaneidad de la foto se le añade la frescura de la red electrónica por excelencia.

4. Pero el truco son los grandes medios. No te quedes en Twitter. Si tienes un buen selfie, hazlo llegar a alguna agencia o algún medio relevante. Probablemente lo tomarán ellos mismos de Twitter, pero no abandones la maquinaria clásica de difusión. Trabaja para hacerlo notar donde verdaderamente es importante: en las televisiones, en las radios, en los grandes diarios… Muchos, millones, vimos a Ellen & Friends en Twitter, pero fueron miles de millones quienes la vieron en los medios convencionales. Ese es el truco que se aprende en “primer curso de redes sociales”. Por cierto, los medis compran muy bien las fotos de selfies. Es decir: la foto de Obama con Hellen Thorning-Schmidt tomándose la foto. O la foto de Ellen con sus amigos tomándose la foto. O la foto de los jovencitos con el papa Francisco tomándose la foto…

5. !Cuidado, piénsalo dos veces! El selfie sugiere broma, entretenimiento, ocio, diversión. Si tu asunto es serio, mejor dejar el selfie aparte. Por otro lado, al candidato Weiner le costó la elección la excitación que el muy torpe debía sentir enviando autorretratos con su torso desnudo a alguna amante. Ya sabemos que los actos autónomos de hoy los carga el diablo: rápidos, muchas veces sin pensar, impulsivos… A veces quizá sea mejor negarse a una foto. Por poner dos ejemplos excéntricos: si quien la pide es un borracho; o un conocido personaje proscrito por la opinión pública; o nos pide que nos pongamos algo en la cabeza (“regla de oro número uno”, dijo Obama: “si eres presidente no te pones nada en la cabeza”).

Cumpliendo más o menos las normas y el sentido común que indica que uno no debe hacer nada con sus utensilios electrónicos que no haría con los analógicos, el selfie es, sin duda, un gran invento.

Las seis comunidades de Twitter

Una excelente investigación de Pew Research acaba de describir seis tipos de “conversación” que se producen en Twitter. Es sumamente interesante observar sus configuraciones reales, y muy estimulante imaginar qué diversas estrategias podríamos abordar en función de la forma que adquieren nuestros públicos.

Este es el esquema de los seis tipos, de derecha a izquierda y de arriba abajo. Los nombres de los tipos de comunidad los pongo yo. Los autores prefieren nombres menos metafóricos.

1. Las dos tribus. En la conversación política y las grandes controversias sociales, dos grandes grupos hablan del mismo tema con furtes relaciones internas entre sus miembros y pocas conexiones entre grupos.

2. El concierto. Los fans, los aficionados a un tema, los profesionales… Un único grupo con poca gente aislada y fuertes relaciones internas.

3. El supermercado. Cada cual entra y compra, sin que haya relaciones entre los presentes. Muchos individuos aislados y pocas relaciones entre ellos.

4. El gran bazar. Pocos grupitos, aunque dentro de llos haya relaciones relativamente densas. Como en un gran bazar: por un lado los fabricantes de calzado, por otro los de textil, más allá los de especias…

5. El predicador. Un solo individudo (los investigadores ponen el ejemplo de Krugman) emite. Los demás expanden.

6. El servicio al cliente. Muchos individuos dirigen sus quejas, comentarios o demandas a un mismo y único sujeto.

 

 

 

 

 

Basta de risas

Publicado en @infolibre

En El lobo de Wall Street, ese depredador del mundo real que se llama Jordan Belfort, un operador salvaje de bolsa de unos 50 años, interpretado por Leonardo DiCaprio, habla al teléfono con un pobre hombre a quien intenta estafar vendiéndole acciones de una compañía que según las mentiras del bróker, tiene gran potencial. Mientras conversa con el incauto comprador, que termina por aceptar la mierda que le ofrecen, Belfort hace gestos obscenos que ridiculizan al ciudadano víctima del robo. Una decena de compañeros brokers de Belfort lloran de la risa conteniéndose para que el tonto al otro lado del teléfono no se percate.

La película es un retrato barroco de los excesos de los años 90, en plena efervescencia especuladora en el mercado de Nueva York. Y de la vida real del tal Berfort, arquetipo máximo del ladrón de guante blanco.  Pero también es una metáfora de la condición humana. Unos cuantos se enriquecen a costa de la mayoría y se ríen a sus espaldas. Belfort pasó 22 meses en prisión en Estados Unidos y fue obligado a devolver algo más de cien millones de dólares a los estafados. Según crónica de la revista Time, debe el 90 por ciento. Y va por ahí dando conferencias sobre técnicas de ventas y cobrando unos cuantos millones en derechos de imagen para la explotación de su historia en cine y en libros. Un crack el tal Belfort.

La semana pasada el presidente del Banco Santander, después de habernos dicho que en la economía española “hay un cambio de ciclo clarísimo”, certificaba que su banco había ganado 4.370 millones de euros en 2013 , el doble que el año anterior. En España el beneficio fue un buen pellizco de cerca de 500 millones. Como en una Asamblea de accionistas uno se dirige fundamentalmente a sus inversores, el presidente señaló que “somos uno de los cuatro bancos del mundo que no ha dado pérdidas en ningún trimestre desde el comienzo de la crisis”. Por eso el Santander es un orgullo patrio y el señor Botín un modelo de empresario ante el cual yo me quito el sombrero y los gobiernos españoles guardan reverencial respeto.

Sucede sin embargo que tengo un amigo que le debe su banco aproximadamente 160.000 euros. Un listo ahora jubilado, entonces director de una sucursal de provincias, le recomendó a mi colega que pidiera un crédito para comprar un coqueto inmueble en la costa. Se lo tasaron en unos 200.000 y el banco se los prestó casi en su totalidad. “No te preocupes: la vivienda no bajará. Lo sabe todo el mundo”. Como millones más, creyó lo que el emperifollado director le dijo, y compró. Eso fue en 1999. Años más tarde, ya con  55 de edad, mi amigo perdió el empleo. Como millones más, trató de vender la casa. Como millones, no pudo y tuvo que bajar su precio. Ahí sigue, sin venderse. Cuesta ya menos que el precio que se pagó por ella. Ignoro cómo la tiene apuntada en sus cuentas esa sucursal: si por 200.000 o por 160.000. Pero mi querido amigo no puede poner la calefacción en su vivienda habitual porque tiene una deuda asfixiante con el banco; ha tenido que llamar a un abogado de oficio para que le asista ante un posible desahucio; y no sabe ya qué más hacer para vivir el resto de su vida con un poco de dignidad. No tiene ingresos. No tiene empleo. El día menos pensado vienen a sacarle de su casa si unos cuantos no le echamos una mano.

Vuelvo a mis palomitas y veo a Leonardo DiCaprio haciendo gestos cómicamente obscenos al teléfono interpretando al ladrón Belfort, mientras le vende basura a ese pringado. Y, fíjate tú qué cosas, se superpone en mi cabeza la imagen de un banquero bronceado y con impecable corbata, jactándose del resultado de su impresionante empresa. Mientras Belfort, en la piel de DiCaprio, encula imaginariamente a su pobre víctima al otro lado del teléfono, yo me imagino a un banquero partiéndose de la risa a cuenta de la miseria de mi amigo. Que dios me perdone por tan grosera comparación.

Contra la maternidad forzada: guía de campaña para evitar la contrarreforma de la Ley del aborto en España

Publicado en InfoLibre

Primero. Pelear contra el silencio. Cuando yo tenía 13 años, en el Colegio San Agustín de Madrid a los niños se nos mostraban en diapositivas piernas y bracitos diminutos ensangrentados, aspiradoras intrauterinas, enormes tijeras quirúrgicas, papeleras llenas de restos humanos. En esos años, a principios de los 80, la Iglesia y los conservadores – ahí estaban ya quienes nos gobiernan ahora, o sus padres, literalmente – utilizaban cada uno de sus terminales, incluidos los auditorios de los colegios concertados para su cruzada contra el “asesinato de bebés” o “la muerte de inocentes en el vientre de sus madres”. Así veían ellos la amenaza de la ley del aborto que ahora reivindican, y que tanto sudor le costó al Gobierno socialista de entonces. Fracasaron en el intento de impedir su aprobación, a pesar del inmenso ruido que hicieron con sus exhibiciones de diapositivas salvajes en los colegios religiosos, cartas pastorales en las iglesias, manifestaciones en las calles, coro de los medios conservadores dominantes y feroz oposición de la derecha en las Cortes.

Tras quince años callados, los conservadores volvieron a generar algo de ruido en 2009 y 2010, cuando Zapatero y la ministra Bibiana Aído lideraron un nuevo cambio en la ley para igualarla a las legislaciones de la mayoría de los estados de la Unión Europea, alcanzando un amplio consenso en las Cortes, que incorporó incluso votos del PNV y de CiU, dos partidos de extracción cristiana. Pero en aquella ocasión la derecha pensó que no convenía asustar a su electorado más centrista, que podría darle el gobierno unos meses después. El Gobierno de Zapatero estaba ya herido de muerte por las penurias de la crisis, y caería solo. Sí, se organizaron unas cuantas manifestaciones por aquí y por allá, pero el PP eligió la discreción… y esperar.

Y aquí está de nuevo, aplicándose en la realpolitik: unos días antes de Navidad, con el Parlamento cerrado, con el soniquete del sorteo de la Lotería y la gente pensando en los langostinos y el turrón, el Gobierno anuncia su contrarreforma. Al día siguiente de la presentación del proyecto por el ministro, nadie del PP comenta. Curioso. Primera advertencia, pues: el Gobierno y el PP van a tratar de no decir mucho. Hará como con los desahucios, la ley de transparencia, los cambios en las normas de los registradores, Bárcenas, o las vallas con cuchillas… aguantar en silencio y no discutir… Muy Rajoy: total, ¿para qué líos? Tienen un inmenso poder institucional y pueden aprobar lo que les venga en gana con su mayoría parlamentaria. La izquierda progresista debería pues redoblar el esfuerzo para generar atención, porque el Gobierno no va a entrar en debate. Incluso podría en el trámite parlamentario ceder un poco y pasar por magnánimo.

Será necesaria una gran alianza, que cuente no solo con las feministas, sino con todas las mujeres. Y con los hombres. Y con los médicos, los intelectuales, los artistas, los indignados, los sindicatos, los universitarios… O logramos que el grito sea clamoroso, o el Gobierno volverá a aplicarse en el genuino modelo Rajoy: “La segunda ya tal…”, “lloviendo mucho, gracias…”, “las cosas son como son”, “me voy que estoy un poquillo cansao…” No hay nada más agotador en una campaña que la ausencia de respuesta del adversario. El empeño inicial debería ser mantener la tensión para evitar que la causa caiga en el olvido.

Segundo. Estamos en una cruzada contra la maternidad forzada. Es importante entender que más allá de la desidia estratégica del Gobierno, quienes quieren forzar a las mujeres embarazadas a ser madres – digámoslo como lo vemos – se consideran auténticos cruzados salvadores de niños. Lo viven con verdadera pasión. Se sienten “defensores de la vida”. Son apasionados, están movilizados, cuentan con la fuerza de la llamada de Dios, actúan convencidos y se sienten héroes que esconden a pequeños bebés contra la ira de Herodes. Por eso salen a la calle en familia con sus niños en brazos, se dicen “pro-vida”, y nosotros se lo compramos muchas veces llamándoles “pro-vida”; bonito regalo les hacemos.

Ya está bien. Ni un regalo semántico más. Esta contrarreforma que el Gobierno anuncia bajo el nombre “Anteproyecto de Ley Orgánica para la protección de la vida del concebido y de los derechos de la mujer embarazada”, es ni más ni menos que una “ley de maternidad forzada” y una pura y nítida supresión del derecho de las mujeres a decidir cuándo quieren ser madres. Algunos carecemos seguramente de la fuerte motivación trascendental que llena los templos religiosos, pero estaríamos dispuestos a salir a la calle por la libertad de las mujeres y para que las compañeras, las esposas  y las hijas de padres como yo – de cinco hijos, por cierto, que nadie me dé lecciones  en esto – puedan interrumpir su embarazo si es en un plazo determinado, para no arruinar su vida o la vida de su hijo.

Reclamar esa libertad de las mujeres a ser madres cuando quieran, exige dar algo a cambio: hay un momento a partir del cual sólo un descerebrado no reconocería que ahí dentro hay un bebé. Un embrión de ocho semanas no es un feto de seis meses. Por eso tienen sentido las leyes de plazos. Y por eso a individuos como yo nos suenan un poco chirriantes eslóganes como “mi bombo es mío” o “tu ley me la paso por el coño”, como han vociferado algunas organizaciones especialmente cabreadas. Con todos los respetos por las organizaciones feministas, que siempre han estado y están en la vanguardia de la defensa de los derechos de las mujeres, esta no es una causa ya sólo de las feministas más militantes. Nos corresponde a muchos más. También a los hombres, aunque el derecho a decidir sobre la maternidad les corresponda a las mujeres y no a nosotros.

Tercera. Es sencillamente mentira que con esta ley se restaure el orden constitucional. No se lo admitamos. Paremos esa mentira en cada ocasión. Alberto Ruiz Gallardón, hijo de José María Ruiz Gallardón,  ponente del recurso de inconstitucionalidad contra la ley de 1985, en una suerte de venganza personal por la memoria de su padre, afirma que el Tribunal Constitucional reconoció entonces al nasciturus como “un bien jurídico protegido”. Y con esa cantinela tiñe de apariencia jurídica una decisión netamente religiosa. Sí, el Constitucional dijo que “el nasciturus es un bien jurídico protegido”, pero negó taxativamente que “al nasciturus le corresponda también la titularidad del derecho a la vida”. Punto: acogiéndonos a la doctrina constitucional, un embrión fecundado, un nasciturus, no es titular de derecho a la vida. Y luego dijo el Constitucional: “… Esta protección que la Constitución dispensa al nasciturus implica para el Estado con carácter general dos obligaciones: La de abstenerse de interrumpir o de obstaculizar el proceso natural de gestación, y la de establecer un sistema legal para la defensa de la vida que suponga una protección efectiva de la misma y que, dado el carácter fundamental de la vida, incluya también, como última garantía, las normas penales.” Y aquí suelen dejar de leer los muy tramposos coristas del Gobierno. Pero resulta que la frase siguiente de la sentencia dice: “ Ello no significa que dicha protección haya de revestir carácter absoluto; pues, como sucede en relación con todos los bienes y derechos constitucionalmente reconocidos, en determinados supuestos puede y aun debe estar sujeta a limitaciones, como veremos posteriormente”. Y, efectivamente, luego el Tribunal dijo que los supuestos de aquella ley (violación, malformaciones, daño para la madre) eran aceptables porque la libertad y la dignidad de las mujeres sí son derechos. Es cierto que luego se pidió (antes los recursos se resolvían previamente a la entrada en vigor de las leyes), que la ley fijara las cautelas (informes médicos, etc.) para garantizar el cumplimiento de esos supuestos, pero la sentencia fue clara en cuanto a la legalidad de los supuestos y la primacía de los derechos de la mujer en determinadas condiciones.

Si tanto respeto tiene el ministro de Justicia por la Constitución, ¿por qué no espera a que su Tribunal sentencie sobre el recurso que los conservadores presentaron contra la Ley de 2010, que amplió los derechos de las mujeres con una ley mixta de plazos y de supuestos, en línea con las legislaciones europeas? Es muy sencillo: no quiere esperar porque sabe que el Tribunal sentenciaría a favor de aquella Ley, cuya redacción se completó con cien ojos y mil precauciones precisamente porque se sabía que habría recurso inmediato. Pareciera que Gallardón hijo no quería someterse al bochorno que ya sufrió su padre hace 29 años: que el Tribunal diga que en España manda la Constitución y no el Catecismo. Así que antes de que lo diga (como hizo con el matrimonio homosexual, por cierto), mejor liquidar el asunto. Pues bien, deberíamos tener ya preparados media docena de grupos de juristas pluma en mano dispuestos a redactar recursos de inconstitucionalidad en cuanto la ley se apruebe. Ya que tanto les gusta la Constitución, hablemos de Constitución.

Cuarto. Esta es la aplicación de un principio religioso inaceptable desde cualquier otro punto de vista. Se inventan principios jurídicos y médicos para justificar decisiones religiosas. No son muy valientes, no: más les valdría decir lo que piensan: que un óvulo fecundado es un ser humano y abortar un asesinato. Los ginecólogos que no son religiosos saben que esa presunción solo vale para quien aplica un axioma religioso. La biología y la medicina consideran que hay un ser humano independiente cuando su vida es ya independiente de la de la madre. Y el derecho laico considera que hay una persona, es decir, un sujeto de derechos, en esas mismas condiciones. Gobiernos con fuerte ascendencia religiosa como el nuestro o como los de América Latina, rechazan por ese motivo las leyes de plazos de corte europeo avanzado. Aceptar los plazos es aceptar la relativización del concepto de “vida”. Pero todas las cartas de derechos universales de cualquier tipo, excepto, obviamente, las que están de una u otra manera influidas por las iglesias, entienden que “vida” como derecho es un concepto “indeterminado”. Que hable el Tribunal Constitucional español, de nuevo: “La vida es un concepto indeterminado sobre el que se han dado respuestas plurívocas no sólo en razón de las distintas perspectivas (genética, médica, teológica, etc.), sino también en virtud de los diversos criterios mantenidos por los especialistas dentro de cada uno de los puntos de vista considerados”. Una vez más, solo con un catecismo en la mano puede defenderse que un embrión fecundado o un embrión de 8 semanas tenga derecho a la vida.

Quinto. Forzar a las mujeres a ser madres afecta a la libertad de todas, pero más aún a las más pobres. Ese rosario de informes que el ministro Gallardón quiere pedir a las mujeres para que puedan interrumpir su embarazo en los dos supuestos aún contemplados (violación y peligro para la madre), es menos tortuoso y menos inhibidor para la mujer rica. Las mujeres ricas o simplemente pudientes, cogerán un Easyjet y se plantarán en Londres. Las mujeres ricas tienen amigos médicos con los que orientarse. Las mujeres ricas tienen más recursos, también para entender que, bajo el supuesto “grave peligro para la salud psíquica de la mujer” pueden colarse abortos de otro modo ilegales. Las mujeres pobres se rinden antes. Conocen menos. Tienen menos recursos. No olvidemos lo que sucedía en España justo cuando los socialistas preparaban su famosa ley de los 80: heroicos ginecólogos y heroicas monjitas salvaban a bebés no deseados, o de madres que los héroes consideraban pecadoras, o poco preparadas, para darlos en adopción a familias pudientes de la sociedad burguesa bienpensante. Puede que esas historias de niños robados, monjas “salvaniños” y madres solteras desvalidas, no fueran posibles hoy, pero los elementos de la trama nos siguen pareciendo tan vigentes como entonces.

Tres ideas para resumir:

-         Esta ley que se anuncia fuerza a las mujeres a ser madres contra su voluntad: podríamos llamarla “ley de maternidad forzosa”.

-         Sólo conforme al catecismo se puede justificar esta ley, porque el Constitucional ha señalado taxativamente que a un embrión no le corresponde el derecho a la vida.

-         La ley de maternidad forzada que se anuncia permitirá abortar las mujeres ricas que sepan usar el supuesto de peligro psíquico, pero se lo pondrá muy difícil a la mayoría de las mujeres con menos recursos.

No claudiquemos: España no puede dejar pasar esta contrarreforma lamentable.

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