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Crowd-tonting… No digamos que no nos habían dicho que nos espiarían…

Publicado en InfoLibre el viernes pasado.

Día 20 de marzo en Nueva York. El director de tecnología de la CIA ofrece una conferencia que bien podría haber sido argumento de Mortadelo y Filemón. Dice el individuo, un tal Gus Hunt (el nombre tiene ya su gracia): “el valor de cualquier pieza de información solo se conoce cuando puedes conectarla con algo más que llega en el futuro”. “Puesto que no puedes conectar puntos que no tienes, eso nos lleva a… digamos que fundamentalmente tratamos de recogerlo todo y mantenerlo para siempre.” Y advierte luego: “Ustedes son ya sensores andantes” y “la tecnología en este mundo se mueve más rápido que los gobiernos o las leyes… Ustedes deberían preguntarse cuáles son sus derechos y quién es propietario de sus datos”.

El bueno de Gus puede decir tal cosa sin que se le caiga la cara de vergüenza hasta que descubrimos, como esta semana, que, en efecto, la CIA está haciéndose con información de millones de personas, que pasa previamente por las manos de jóvenes en zapatillas y sin corbata en empresas privadas. No será porque Gus no nos había avisado…

Hay acontecimientos que nos despiertan del sueño de la ciberutopía. Como pensábamos que Internet es otro mundo, creímos que ahí sí se podían robar libros o canciones o fotos. Y que eso no era lo mismo que robarlos de una librería, una tienda de discos o una exposición fotográfica. Como pensamos que Internet es un mundo nuevo, confiamos en que esa nueva libertad de
internet nos permitiría derrocar a dictadores y sátrapas
. Hasta que llegaron los cañones y liquidaron las esperanzas infantiles de los sofactivistas. Como pensamos que Internet abre un mundo nuevo, pusimos los periódicos gratis, hasta que recientemente hemos redescubierto que la buena información debe pagarse, y ahí están los viejos periódicos volviendo a pasar factura por lo que debe sin duda pagarse. Como supusimos que Internet abría las posibilidades de la participación política,
fomentamos plataformas, campañas y wiki convocatorias, para descubrir que los interesados y los comprometidos son los de siempre, y que sin riesgo, disciplina y perseverancia no se provocan de verdad cambios sociales. Como pensamos que Internet debía ser “neutral”, dejamos en manos las multitudes, lo horizontal y lo aparentemente espontáneo la autorregulación de
Internet
. Para descubrir que lo único que hemos promovido es una increíble concentración de poder en manos de unas cuantas empresas gigantes en Sillicon Valley; eso sí, con un amable aspecto inofensivo de jóvenes en zapatillas y jugando al billar en espacios diáfanos. Como creímos que el futuro estaba en la “libertad” infinita de la red, nos opusimos a la regulación. Y vemos ahora que eso permite tropelías como la persistencia de patrañas en la red, la vulneración de derechos individuales o
la desnudez de la vida privada de uno.

Quienes creemos que es absurdo distinguir Internet de lo real, porque Internet es ya real; o lo on-line de lo offline, porque ambos se funden ya de hecho; o a los cibernautas de los ciudadanos, porque todos somos ya ambas cosas… Quienes creemos que esa distinción es absurda, pasamos por viejos y antiguos. Dicen que queremos manejar el mundo del siglo XXI con normas del XX. Yo digo que los viejos son ellos, que quieren regular el siglo XXI con normas del siglo XV. Lo moderno, con permiso, es entender que los estados, en representación de sus pueblos, deben poner coto a los desmanes de los poderosos, en el mundo real, o en internet, que son exactamente lo mismo.

    Infiltración semántica

     

     

    Mi artículo de hoy en Infolibre dice así:

    Cuentan las noticias de estos días que la izquierda europea está peleando “contra la austeridad” impuesta por las autoridades comunitarias. El problema de tal afirmación es que con dificultad puede estar un ciudadano corriente
    “contra la austeridad
    ”. La austeridad, por definición, es buena: el austero, dice el diccionario, es “severo, rigurosamente ajustado a las normas de la moral”, o también “sobrio, morigerado, sencillo, sin ninguna clase de alardes”. Antónimos de “austero” son disoluto, débil, espectacular, esplendoroso, extremo, licencioso, soberbio, voraz, suntuoso… La austeridad, por lo demás, es una cualidad asociada implícitamente al imaginario conservador.

    He aquí un ejemplo de última hora de lo que desde hace años llamamos “infiltración semántica”. Los conservadores han logrado entrar en la semántica de la izquierda, que ha terminado por aceptar el concepto, aunque fuera para negarlo infructuosamente. Tanto es así, que algunos han tenido que inventar términos imposibles, como “austericidio”. Ahora va a resultar que un progresista tendrá que optar por “matar la austeridad” como línea de su programa político. De
    locos.

    Hay abundantes ejemplos de infiltración semántica. Quienes defendemos el derecho de las mujeres a decidir sobre su maternidad hablamos con naturalidad de los colectivos, las asociaciones o las manifestaciones “pro vida”. Los conservadores se han infiltrado en nuestra semántica, y explícitamente aceptamos que ellos están “por la vida” y nosotros no. Los nacionalistas se han infiltrado en el lenguaje de sus adversarios y han logrado colocar el “derecho a decidir” para esconder el programa independentista, y han logrado poner así a un partido tan honorable como el PSC en la tesitura de tener que contestar si está o no a favor de algo contra lo que nadie puede estar: “el derecho a decidir”.

    Acabo de publicar, con el apoyo de la Fundación Ideas y bajo el sello de Edhasa, el libro Frases como puños, una constatación científica del enorme poder de las palabras en la construcción social de la realidad. Si decimos “funcionario”, “sindicato” o “mercado”, la gente se sitúa en línea con las ideas conservadoras. Pero si decimos “médicos y maestros”, “representantes de los trabajadores” o “especuladores”, el  perezoso cerebro humano se acomoda más fácilmente a los
    postulados típicamente progresistas.

    Cuando el lenguaje se ha extendido y ha colonizado una sociedad, y cuando ha logrado infiltrarse en el imaginario del adversario, ya es difícil sacarlo de ahí. Quizá resulte imposible negar ya que estamos en una batalla imposible “contra la austeridad”, y no tengamos más remedio que librarla. Pero los progresistas del mundo harían bien en reconocer que las palabras no son objetos inofensivos y su tratamiento cosas del marketing. No: las palabras son la materia prima de la política y poderosas armas de influencia en el orden social. En las escuelas de negocios, en las iglesias y en los think tanks conservadores, hace mucho tiempo que se aplican en su uso inteligente.

    Si quieres rastrear el origen de la idea de la infiltración semántica, te dejo aquí un artículo de hace dos años de su “inventor”, el ya fallecido ultraconservador Fred Iklé, que utilizó esas dos palabras por vez primera en los 70. En el artículo acusaba la infiltración progresista con términos como “inmigrante indocumentado” en lugar de su preferido “inmigrante ilegal”, o como “países en desarrollo” o “acción positiva”. Bendita sea la infiltración progresista y qué necesaria es, añado yo. No te pierdas el artículo.

      Frases como puños. El lenguaje y las ideas progresistas

      Frases como puños

       

      Aquí está, después de mucho esperar, el libro que escribimos a partir de una investigación sociológica, y con la ayuda de mis amigos y colegas Oscar Santamaría, Corina Contaris, Josué González, y Metroscopia, con financiación de la Fundación Ideas.

      Se trata de una interesante descripción del fenómeno del framing, probablemente el primero experimental hecho en español y con contenido estrictamente político. Añadimos una guía para una mejor comunicación de los principios y las ideas progresistas en competencia con los principios y las ideas conservadores.

      Aquí puede verse la referencia editorial completa y leerse las primeras páginas:

      http://www.edhasa.es/libros/libro.php?id=13821&t=Ensayo+sociol%C3%B3gico&e=Edhasa&idt

       

        ¿Más tuits, más votos? No tan rápido

        Se ha publicado recientemente un artículo académico con un título bien glamuroso: “Más tuits, más votos: los medios sociales como indicador cuantitativo del comportamiento político (More Tweets, More Votes: Social Media as a Quantitative Indicator of Political Behavior)”. El artículo es muy interesante, aunque sólo sea porque recoge un buen listado de referencias de estudios similares sobre la relación entre el mundo online y offline, en el ámbito político, económico, comercial y social.

        El gráfico más interesante del estudio es éste, en el que se observa en efecto una correlación entre el número de tuits que menciona al candidato republicano x y el margen de distancia en votos que obtiene tal candidato. A simple vista, cuantos más tuits, más votos.

        El resumen del artículo dice así:

        ¿Son los medios sociales un indicador válido del comportamiento político? Respondemos a esta pregunta utilizando una muestra aleatoria de 537,231,508 tuits desde el 1 de agosto al 1 de noviembre de 2010, y datos de 406 elecciones al Congreso de Estados Unidos, provistos por la Comisión Federal Electoral. Nuestros resultados muestran que el porcentaje de menciones de los candidatos republicanos correlaciona con el margen de voto republicano en la elección siguiente. Esto sucede incluso cuando se controla el hecho de estar ya en el Congreso o no, el voto tradicional en el distrito,  la cobertura de la campaña en los medios, el tiempo, y variables demográficas como la composición racial o de género del distrito. Con más de 500 millones de usuarios activos, Twitter representa una nueva frontera en el estudio del comportamiento humano. Esta investigación proporciona un modelo para incorporar este medio emergente a la caja de herramientas de la ciencia social computacional.

        Suena bien, y se ve bien en el gráfico. Y, efectivamente, más tuits, más votos. Pero las conclusiones, como casi siempre cuando se habla de las redes sociales electrónicas, son demasiado pretenciosas y voluntaristas. Dicen los autores que “el modelo muestra que los medios sociales importan…”. Bueno, en realidad, el modelo muestra que a más votos más tuits, o viceversa, pero en absoluto que haya una causalidad Twitter- Voto. Es decir, que por mucho que te mencionen en Twitter, eso no significa que vayas a ganar. Los autores llegan a decir incluso que da igual que el tratamiento en el tuit sea positivo o negativo. Y que, por tanto, vale la máxima “que hablen de ti aunque sea mal”.

        En una ácida crítica de la ingenuidad de los autores, Andrew Gelman, de Columbia, (en el excelente blog The Monkey Cage), discute que podamos predecir el resultado electoral mirando los tuits. Se pregunta Gelman qué pasa en elecciones que son muy reñidas en comparación con las que no lo son.  Porque está claro, señala, que en elecciones al Congreso que son previsibles, y la mayoría lo son, el descubrimiento de los autores del artículo no llega muy lejos, puesto que, evidentemente, los candidatos claramente más populares que sus adversarios son más citados que sus contrarios en las redes sociales. No es un gran descubrimiento. Y desde luego no tiene por qué haber en absoluto relación causal entre la presencia en Twitter y la victoria electoral, sino que ésta última es probablemente independiente de la red, aunque se refleje en ella.

        Otra cosa son las elecciones más reñidas (las menos). Y ahí seguramente la predicción no es en absoluto como muestra la curva general.

        Señala el autor, además, que sería bueno que los autores pusieran a disposición de la comunidad científica los datos que manejan para que el resultado se pudiera replicar, una exigencia ya extendida con la que los autores del estudio no cumplen.

        Por cierto, hoy viernes y mañana sábado, la Universidad de Nueva York organiza un simposio sobre Internet y la participación política, ¡¡y se puede seguir en streaming, aquí.!!

          Si te quieres ir, no vayas

          Qué impresión tan triste, tan impresentable, tan torpe, la que dio recientemente el ministro de Economía Hernán Lorenzino en una entrevista que, de no haber sido por el incidente, no habría tenido la más mínima repercusión, puesto que se producía ante una periodista griega y en Grecia.

          Es sabido que hay en Argentina una encendida polémica sobre la credibilidad de los datos económicos que el Gobierno proporciona, y que, según los críticos, tiende a minimizar la inflación. Pues bien, la entrevistadora se limita a hacer la pregunta más previsible y simple del momento: “¿Cuál es la inflación en Argentina?” Lo curioso del caso es que el ministro contesta: 10,2, décima arriba o abajo, viene a decir. Pero se complica luego, corta la conversación… “Me quiero ir”, dice. Y luego una ayudante explica que hablar de eso es complicado y que por eso el ministro ha cortado. El corte se expandió a toda velocidad, generó amplia cobertura en el país y fuera, y hasta Cristina Fernández hizo broma del sucedido, salvando la cara de su ministro.

          Surgen varias preguntas que son muy ilustrativas del funcionamiento de una entrevista como esta:

          • Si se quería ir, ¿por qué fue?
          • Si tenía la respuesta, y la dio de hecho, ¿por qué se quiere ir después de darla?
          • ¿No había previsto el ministro que le preguntarían esas cosas cuando el mundo entero se cuestiona sobre la credibilidad de las cuentas argentinas?
          • ¿No sabía el ministro que su espantada en la entrevista generaría una polémica infinitamente mayor que si simplemente hubiera dicho la inflación estimada, tal como hizo y sin más?

            No, presidente, el Gobierno no sabe lo que hace

            Artículo publicado en InfoLibre el pasado viernes 3 de mayo:

            Mi despacho estaba dos pisos por encima de la sala de prensa del Palacio de la Moncloa, y desde allí escuché en directo al presidente Zapatero decir, el viernes 29 de diciembre de 2006, que el año siguiente “estaríamos mejor que hoy” en la lucha contra ETA. Al día siguiente, a las 9 y un minuto de la mañana, ETA voló por los aires el aparcamiento de la T4 del aeropuerto de Madrid, matando a dos ciudadanos y liquidando de esa manera el diálogo que el Gobierno y los terroristas habían inaugurado meses antes. Obviamente, el presidente del Gobierno no sabía lo que hacía cuando decía lo que decía.

            “El Gobierno sabe lo que hace, y antes de que termine la legislatura crearemos empleo (…) El año que viene a estas alturas estaremos mejor”, dijo el domingo pasado Mariano Rajoy. Es posible –y yo lo deseo sinceramente– que estemos mejor en 2014. Pero no: el Gobierno no sabe lo que hace. No porque sea estúpido (eso podríamos discutirlo), sino sencillamente porque, en realidad, en unas circunstancias como las actuales, nadie sabe muy bien lo que hace.

            Nadie anticipó esta brutal recesión. Cuando éramos ricos y famosos por el éxito de nuestra economía, hace tan solo cinco años, España era admirada en el mundo entero por el dinamismo y la fuerza de su crecimiento. Sí, claro, algunos anticipaban el estallido de la burbuja inmobiliaria, pero la mayoría seguía hipotecándose con créditos de nuevo rico, los bancos seguían prestando y los expertos pensaban que no había motivos para alarmarse. Tanto es así, que el nuevo fichaje económico de Rajoy, Manuel Pizarro, quedó como un auténtico cenizo ante un Pedro Solbes más optimista (dentro de lo que admitía el personaje), en el debate que éste último ganó con rotundidad en la campaña de 2008. No: tampoco Solbes sabía lo que hacía, porque partía de previsiones erróneas y predicciones falsas. Recuerdo nítidamente cuando, siendo yo director de gabinete de la ministra de Vivienda, Carme Chacón, en el verano de 2008 y ante la debacle de las subprime estadounidenses, llamé a mi homólogo en Economía, el jefe de Gabinete de Solbes, para preguntar cuál era la línea del Gobierno. “No hay peligro de contagio”, me dijo. “Nuestro sistema bancario es mucho más sólido y nuestras hipotecas mucho más fiables”. De manera que nosotros desde Vivienda podíamos seguir diciendo aquello de que estábamos ante un “aterrizaje suave de los precios de la vivienda”. Con algunos de los
            mejores expertos del país
            (respetables funcionarios que hoy habitan las mismas instancias), ni Economía ni Vivienda sabíamos muy bien lo que hacíamos. Nadie mentía y nadie tenía la menor mala intención. Pero errábamos como gilipollas.

            Después de analizar durante década y media las predicciones de 284 expertos de todo tipo – científicos, economistas, politólogos, sociólogos, tertulianos, think tanks – el profesor Philip Tetlock nos descubrió en su libro Expert Political Judgement (2006), que igual nos daría fiarnos de un mono con un dardo: los expertos no aciertan por encima de las leyes del azar. Es difícil de creer, porque hay miles de personas cada día haciendo con una pasmosa seguridad previsiones de todo tipo: sobre las acciones que debemos comprar o vender, sobre el futuro económico del mundo, sobre quién ganará esta o aquella elección, sobre conflictos inminentes o futuros, sobre grandes tendencias… Nadie “respetable” o “digno” de ser escuchado por la
            mayoría, predijo sin embargo ni la Primera ni la segunda Guerra Mundial, ni la caída del Muro de Berlín, ni la llegada de Internet, ni, por supuesto, esta inmensa recesión que nos aflige. Si observamos predicciones más concretas, año tras año fallan esos expertos con apariencia tan impecable, esos “hombres de negro” del Fondo Monetario Internacional, de los bancos centrales o de las instituciones europeas, que prevén el crecimiento del PIB o la tasa de desempleo. Aunque fallen sistemáticamente, seguimos orientándonos por sus previsiones, como seguimos tomando en serio a esas malditas agencias de calificación a pesar de sus desmanes.

            El problema es que esas previsiones son entretenidas para el espectador, e imprescindibles para el ser humano en general. Necesitamos creer que tenemos el control de nuestro futuro y para eso es necesario preverlo e imaginarlo. Sucede así, nos descubre también Tetlock en su libro, que quienes más éxito tienen en los medios de comunicación haciendo predicciones
            simples, contundentes y directas, son quienes más se equivocan. La gente premia a los profetas más locuaces y carismáticos, que resultan ser –qué paradoja– los peores. Quienes más aciertan, porque consideran varios escenarios, hipótesis diversas y soluciones intermedias, resultan ser más aburridos para las tertulias de radio y televisión, y por eso se
            les llama y se les escucha menos. A los primeros, Isaiah Berlin los llamaba, inspirándose en una vieja fábula griega, “erizos”: son capaces de someterlo todo a una simple idea. Los segundos, más sinuosos, eclécticos y con más matices, son los “zorros”. En las tertulias encendidas de Telecinco o de Intereconomía, los  zorros tienen poco que hacer. Los erizos dan más juego. Imaginemos lo que
            sucedería si el presidente, en lugar de decirnos, “el Gobierno sabe lo que hace”, reconociera su impotencia ante una economía que sólo en una pequeña parte está bajo su control.

            Es en este contexto de incertidumbre y ansiadas certezas en el que tenemos que entender que un solo artículo académico, el famoso paper de los muy prestigiosos Reinhart y Rogoff, haya servido sistemáticamente a la Unión Europea para justificar las políticas de austeridad que nos están llevando al desastre. Desde 2010, ese artículo que explica que pasando de una deuda superior al 90 por ciento del PIB no hay crecimiento posible, y que luego ha sido denostado por tener algunos errores, ha sido citado en cinco de las siete Previsiones Económicas de la UE, además de en innumerables documentos de expertos de todo el mundo, defendiendo la sacrosanta “austeridad”. Los propios autores se han encargado (ayer mismo en el
            Financial Times por última vez), de matizar sus recomendaciones y renegar del uso simplista que se está dando a su (defectuoso análisis).

            Tomando lo que les interesa de ese informe y de otros (que podrían ser rebatidos con argumentos económicos igual de contundentes), los erizos de la austeridad apelan a una seductora idea aparentemente llena de sentido común (“no podemos gastar lo que no tenemos”, o “gastamos demasiado y estamos sufriendo las consecuencias” o “lo primero es pagar las deudas”). Un artículo académico lleno de cuadros, gráficos y números ayuda a dar solvencia a esas ideas, por lo demás
            tan simples, aunque podrían haberse buscado cuadros, números y gráficos para demostrar lo contrario (“el Estado tiene que invertir para recuperar el crecimiento”, “nosotros no gastamos demasiado; el problema no lo provocamos nosotros, sino los bancos”, o “no podemos pagar las deudas si no crecemos”).

            En el fondo, como explica magistralmente en su libro recientísimo Mark Blyth (Austerity, the History of a Dangerous Idea), esa idea de la austeridad está lejos de ser tan simple y tan de sentido común como parece. A lo largo de la historia, sus defensores conservadores la han utilizado para exorcizar los fantasmas que les asustan: el Estado que iguala y protege, el bienestar que es fomentado desde lo público, el papel nivelador de las instituciones… “Austeridad”, bonita palabra contra la que nadie puede estar en contra, esconde una liquidación de
            lo público muy del interés de los poderosos. En lo que respecta a la economía el Gobierno no sabe bien lo que hace: experimenta sobre la marcha, se somete al criterio particular de los socios prósperos del norte, se desespera al confirmar que eso de la confianza no se gestiona con tanta facilidad como esperaba, observa atónito el movimiento caótico y caprichoso de los especuladores. Pero usar cada vez el mantra de la austeridad, ahí sí, el presidente y sus ministros sí saben bien lo que hacen: saben que esa maldita palabra, tan bella e indiscutible sin embargo, lleva a un destino final con el que sí se sienten cómodos: la reducción de lo público – el soporte de la gente más vulnerable – en beneficio de lo privado – el coto de caza de los poderosos.

              ¿Y si no han sido los hermanos chechenos?

              Publicado hoy en InfoLibre

              Hay historias que necesitan un cierre. La madre que desespera al no encontrar el cuerpo de su hija asesinada. Los nietos que buscan el cadáver enterrado de su abuelo en quién sabe qué fosa común (es una estupidez decir que se “reabren las heridas” buscando los restos de los represaliados por el franquismo cuando lo que se quiere es precisamente que cicatricen). Como saben muy bien los guionistas, los novelistas y los dramaturgos, el bueno, o su causa, han de sobrevir. El malo debe ser castigado y su causa defenestrada.

              En El poder político en escena relaciono la caza y muerte de Bin Laden con un descubrimiento neurológico bien interesante. Michael Gazzaniga ha descrito casos en los que personas con miembros amputados siguen sintiendo dolor en los miembros ya inexistentes… hasta que por algún procedimiento de espejos, se les hace pensar en la ilusión de que el brazo o la pierna que duele, de pronto están en su sitio. El dolor desaparece. Según parece, esa argucia demuestra que el cerebro, en efecto, sufre cuando el relato – sobre tu cuerpo o sobre tu hija o sobre tu abuelo, o sobre los ataques del 11S – no queda bien cerrado. Y se produce alivio cuando de alguna manera adquiere sentido cerrándose bien. Por eso, explico allí, nadie cuestionó la evidente vulneración del derecho internacional y los derechos humanos en la operación que dio muerte al mayor villano que existía sobre la tierra en ese momento.

              La historia del maratón de Boston ha quedado cerrada de manera magistral, pese a lo doloroso de su desarrollo. Alguien rompe el equilibrio en la gran ciudad, mata a tres inocentes y deja malheridas a decenas. De manera inmediata actúa la policía, que asedia sin compasión la ciudad en busca de los malvados. Los ciudadanos de Newtown aguantan estoicamente. Se encuentra a dos sospechosos, cuya foto con gorra, gafas de sol y mochila resuena en el imaginario del mundo entero. Resultan ser hermanos chechenos. Nadie allí sabe muy bien dónde está Chechenia, ni los detalles de su historia, pero su nombre evoca de manera inmediata las mayores atrocidades. El primero es liquidado en un tiroteo sin contemplaciones. El segundo, casi. Se aplica el “primero disparar y luego preguntar” tan poco bostoniano pero muy del admirado arquetipo del cow boy, tan ajeno a Obama como cercano a su antecesor. Putin felicita a Obama, porque los tipos son, se da por hecho, radicales musulmanes chechenos, la pesadilla de Rusia.

              Poco importa que los hermanos tuvieran una vida tan americana, según todos y cada uno de quienes les conocían, como la del Pato Donald. Nada importa que ninguno de los dos presuntos asesinos haya podido defenderse ante nadie, ni siquiera ante un abogado. Nada importa lo que digan sus padres y sus amigos, que defienden la inocencia de los dos jóvenes o se extrañan de la imputación. Nada importa que haya más indicios a su favor que en su contra. Algunos hechos se hacen cuadrar con la narrativa: según parece, el mayor ya muerto había estado unos meses en Chechenia recientemente, aunque llevaba en Estados Unidos una década y era ciudadano americano como su hermano; había afirmado que no tenía ningún amigo americano; e incluso, se dice, de pronto había empezado a hacer las cinco oraciones diarias… Suficiente para dar a las buenas gentes del mundo el alivio del brazo fantasma que quita el dolor. Suficiente para consolar a la aturdida humanidad que necesita saber que si los malos nos atacan, serán buscados y castigados. Suficiente para dar sentido narrativo a la tragedia.

              No defiendo aquí la inocencia de esos dos hermanos (en las redes sociales hay algunos que lo hacen, y no son afganos ni chechenos ni extremistas musulmanes, sino compañeros muy americanos de la universidad). Defiendo que, aun comprendiendo que en muchas ocasiones tenemos prisa por encontrar explicaciones, que la historia acabe bien no debería ser a costa de los más elementales principios del derecho, tan largamente peleados por el ser humano.

                Cierre de filas, como borrar una hilera de hormigas

                Artículo publicado en InfoLibre

                Como la de cualquier otra especie sobre la tierra, podríamos interpretar la vida humana como una constante lucha por la energía. No solo como metáfora, sino como la más real de las exigencias de los seres vivos: la lucha por el alimento y por el agua en primera instancia. Después, la lucha por el dinero, por el hogar que te acoge para descansar y levantarte al día siguiente para reanudar el ciclo y la búsqueda de los recursos que te permiten subsistir a ti y a los tuyos.

                Cuando con un simple pisotón rompes el equilibrio de una hilera de hormigas que van y vienen laboriosas guardando sus reservas de energía en el hormiguero, se producen interesantes fenómenos sociales, comparables a los que observamos cuando una cuantas cacerolas llenas de metralla rompen el equilibrio de un maratón en Boston. Por un tiempo esas hormigas huyen para cada lado, rompen su disciplina en ausencia de guía; algunas se pierden durante días. Su genética pronto indica que cuanto antes ha de restaurarse el orden por el bien de la comunidad. Se restablece el orden en cuanto las de menor rango ubican a sus líderes, aquellos especímenes más fuertes que son capaces de transportar el alimento más grande. Sucede entre los humanos que ante la angustia que produce un ataque externo inesperado, en la forma de un atentado terrorista, de un desastre natural, o de la muerte inesperada de un líder de la nación, por ejemplo, la población cierra filas con su líder. Los anglosajones lo llaman “rally ‘round the flag” y yo lo llamo “cierre de filas”. Al día siguiente del ataque de Boston, la aprobación de Obama aumenta tres puntos (la de Bush tras el 11 de septiembre subió 35). Hay incluso una vieja comedia, Cortina de humo, que utiliza el fenómeno como argumento: Dustin Hoffman, un productor de Hollywood, conspira con un consultor de comunicación, Robert de Niro, para ayudar al presidente de Estados Unidos a sobrellevar un escándalo de faldas, montando un inventado conflicto con Albania. El pequeño cierre de filas a Obama le ha durado poco, porque su popularidad viene bajando desde que se produjo el conocido subidón postelectoral de los ganadores, pero el efecto se notó los primeros días de la semana.

                Como Maduro aprendió bien de su maestro, el malogrado Hugo Chávez, sabe bien que lo “mejor” que le puede ocurrir al líder de un pueblo es que le ataque una fuerza exterior. Nuestro ministro Margallo fue muy torpe dándole esa baza al presidente electo de Venezuela, que pudo el martes amenazarnos con ese belicoso “¡¡Cuidado, España, que sabremos defendernos…No se metan con nosotros. Cuidado con Venezuela que derrotamos al Rey hace tiempo!!”. Margallo debería estudiar algo de ecología humana, o algo de sociología, para aplicarse con la misma inteligencia con que Henrique Capriles, el líder de la oposición, supo entender las dinámicas animales de los humanos, al retirar su convocatoria de manifestación masiva en Caracas, que podría haber terminado en tragedia.

                Claro que nada dice que en la evolución de las especies triunfen siempre las pulsiones solidarias y unificadoras. No habría guerras ni conflictos. Al contrario: cuando los recursos son escasos y el enfrentamiento de grupos enemigos es muy enconado, se producen fenómenos disgregadores y conflictivos. Si la búsqueda de la energía que en última instancia nos guía no encuentra satisfacción, se forman coaliciones que terminan por enfrentarse entre sí, a veces a muerte. Se deponen líderes y se subvierte el orden establecido. Esta persistente crisis institucional, social y política que asola España podría crear una gran coalición “del pueblo frente a los poderosos”. Quizá cuando Felipe González advierte de que esto está a punto de estallar se refiera a eso. Porque desde el rey hasta Isabel Pantoja, desde los escraches a las manifestaciones en el hemiciclo del Congreso o unos metros más allá de sus muros, todas esas personalidades y personajes acosados son el poder. Por eso, con permiso, también se equivoca Rubalcaba cuando dice que los españoles no están preocupados por quién lidera el PSOE. Lamentablemente, esas siglas hoy no importan mucho a la mayoría, es cierto. Pero también lo es que, como las hormigas desorientadas tras el pisotón, muchos españoles quisieran encontrar un liderazgo en la izquierda que fuera capaz de renovar la esperanza de millones que están cansados de que unos cuantos, en la peor de las crisis, se lo lleven crudo.

                  Cómo dejar el trono sin abdicar

                  Artículo publicado hoy viernes 5 de abril en InfoLibre: 

                  La foto que el hijo tomó de su padre Adolfo Suárez y del rey

                   

                  Da igual lo que a mí personalmente me parezca ético o no, y dejo a un lado el debate “monarquía o república”. Pero si se trata de dar continuidad a nuestro régimen actual, y en términos puramente estratégicos, no podemos pedirle al rey que abdique ahora. Pedirlo es desconocer el código de instituciones milenarias como la monarquía. Si el rey lo dejara ahora pasaría a los libros de historia como el monarca que tuvo que abdicar por casos de corrupción en su familia. Dejarlo es rendirse, y un militar como él, jefe de los ejércitos, no se rinde (eso proclaman los militares, al menos). Por lo demás, el reconocimiento de la generosidad de quien abdica, renuncia o dimite, es flor de un día. Tenemos muy cerca el caso de Benedicto XVI, que hace unos días era un hombre valiente y generoso, y hoy es una página más, y no precisamente la más inspiradora, en la historia de la Iglesia.

                  Por supuesto, el caso último es grave. Lamentablemente, después de cuatro décadas de reinado bastante digno, probablemente impecable, a Juan Carlos I se le complican las cosas. España, que no suele serlo, es hoy objeto de atención en los medios de comunicación internacionales por la imputación de la infanta. Pero tan perjudicial para la imagen de España (¡qué obsesión la del ministro con la marca España!) es la imputación como beneficioso que se confirme que en España la justicia actúa hasta con la familia real. Lo que sucede es que el asunto es tan interesante que va a seguir siéndolo por mucho tiempo. Lo peor que puede pasarte es que un tema feo se judicialice, porque eso son años de noticias e imágenes: la infanta entra en el juzgado, la infanta sale del juzgado, el juez dice una cosa, el fiscal otra, Torres contrataca, hay o no vista oral, se toma declaración a los testigos, se sentencia, se recurre, y así en un bucle larguísimo. Si además ahora los oportunistas como Andrew Morton aprovechan las penurias del rey y su familia para vender libros con las supuestas 1.500 mujeres de Juan Carlos, lo que empezó siendo un padrastro puede terminar gangrenando y requiriendo amputación del brazo.

                  Aunque el rey no abdique sí puede “dejar el trono”. El rey tiene 75 años. Incluso aunque viviera otros 20 (que Dios le guarde muchos años) está en el final narrativo de su reinado. Hace tiempo, probablemente desde la boda del príncipe, que en su reinado “no pasa nada”. Los adolescentes y jóvenes de hoy no vivieron el golpe de Estado, y el papel del rey en la transición es para ellos sólo una párrafo en una pregunta de examen de examen de Conocimiento del Medio. Sin aquellos antecedentes mitificados por sus mayores, les resulta muy extraño que la hija del monarca tenga que bajar la ya famosa cuesta mallorquina que da al juzgado.  Por eso se reduce el porcentaje de quienes se identifican con la monarquía como forma de Gobierno. Pues bien, el rey puede irse en la decadencia de la monarquía, o irse como el reformador de la institución y quizá así protegerla o, incluso, reforzarla.

                  Estratégicamente me parece interesante, pues, que vaya dejando el trono sin dejarlo. ¿Cómo? En parte, como ya lo está haciendo: cediendo el protagonismo a quien es el verdadero futuro de la monarquía, que es obviamente su hijo. Ni siquiera su nuera (que se lo pregunten a la reina de Inglaterra). Ni, por supuesto, tampoco sus hijas, y menos aún su yerno. El príncipe es percibido por la mayoría como un buen hombre, formado, sensible, cercano y profesional (insisto, no defiendo una posición personal o política, sino una estrategia de comunicación). Pero no basta con que el príncipe ocupe cada vez más espacio como ya sucede. Eso no sería suficiente. El rey y su hijo deben dar señales de que abordan los cambios necesarios.

                  Por ejemplo, es necesario regular las previsiones constitucionales con una Ley Orgánica de nuestro tiempo, que fije claramente su funcionamiento. Tendrían sin ningún problema el consenso suficiente en las Cortes. La Casa tiene que tener bien claras sus funciones y sus límites y debe ajustarse a los estándares de transparencia del resto de las instituciones del Estado. Lo contrario sería desastroso y la ciudadanía no lo entendería.

                  Pero estaría muy feo que, por esta decadencia progresiva de la institución a la que asistimos últimamente, pareciera que el parlamento se ve obligado a “meter en cintura” a la Casa Real. Eso dejaría en mala posición al príncipe. No: al contrario. Que se sepa de alguna manera, por ejemplo sencilla y llanamente diciéndolo, que el rey y su heredero son los promotores o los solicitantes de la reforma de su Casa. No estoy hablando de ir al parlamento, ni de montar shows, ni de imposturas, ni tampoco de pedir perdón como cuando el elefante. La situación requiere que el rey complete su trabajo como debe ser: con reformas legales efectivas que impidan sucesos como los que hemos visto en los últimos días o que los dificulten.

                  Ese sí sería un final interesante para el primer capítulo de la monarquía española contemporánea. Un rey que es capaz de reconocer su propio desgaste y las disfunciones de su reinado, que se sobrepone, se levanta y hace los cambios necesarios para terminar dejando el escenario adecuado para que su hijo comience, cuando toque, el segundo capítulo.

                    ¿La ciberutopía era ésto? Los efectos colaterales de Internet: sofactivismo, tribalismo, trivialización y nueva censura

                    Transcripción traducida de mi conferencia en el seminario del Consejo de la UE y del Club de Venecia sobre Internet y la comunicación pública. Bruselas, 22 de marzo, 2013 (((videos, presentaciones y otros recursos)))

                     Para ver la presentación en ppt / pdf haz click aquí abajo, ¡y no te pierdas las imágenes de la blogosfera!

                    En Junio de 1989 Ronald Reagan anuncia el fin del totalitarismo gracias al microchip. 20 años después, Gordon Brown nos dice que “Ruanda” nunca volverá a suceder gracias a Internet. Es una pauta persistente en la reciente historia de la humanidad. Cada vez que surge un nuevo medio de comunicación, llegan profetas que anuncian la liberación del ser humano, la expansión de la participación democrática, y un nuevo paso, quizá definitivo, hacia la paz mundial. Pasó con el telégrafo, el teléfono, la prensa escrita, la radio y la televisión.

                    Por dar sólo un ejemplo prominente, el mismísimo Marconi llegó a afirmar que ”la llegada de la comunicación sin cables hará que la guerra sea imposible, porque será ridícula”. Por supuesto,  Marconi no pudo verlo. Murió en 1937, cuando el totalitarismo estaba más fuerte en Europa, unos pocos años antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial.

                    Internet no ha sido ajeno a esa pauta, y lo que podemos llamar la “ciberutopía” nos ha hecho tantos anuncios que sería bueno ver, 20 años después de su nacimiento, si alguno de ellos se ha cumplido o no. Porque lo primero que debemos señalar es que no: Internet no es ya un “nuevo medio”. Tiene dos décadas de edad y ya es un invento maduro.

                    Sin embargo, más o menos recientemente, se nos ha dicho:

                    • Que seremos capaces de organizarnos sin organizaciones.
                    • Que la web nos permitirá construir super-redes.
                    • Que aprenderemos infinidad de nuevas cosas gracias a esos billones de links.
                    • Que nuevos poderes transformarán nuestra economía.
                    • Y, por supuesto, que se producirá una revolución en la política.
                    • Alguien, incluso, más pesimista, nos dice que Internet destrozará nuestra cultura.

                    Y así seguimos, como señala un analista:

                    “Y así vamos dando vueltas. El flujo y reflujo del futurismo es curioso. La tecnología no es cíclica pero sí parecería que las predicciones tecnológicas estuvieran repitiéndose. Para siempre. Y por siempre”.

                    Sí, Intenet tiene características que harían que la conversación política, social y económica fuera mucho más productiva, al menos en potencia. James Fishkin, uno de los padres de la llamada “democracia deliberativa”, en la que los ciudadanos se implican en una discusión racional de diferentes argumentos para llegar a una conclusión, afirma que este tipo de decisión democrática fría, analítica y racional, necesita las siguientes condiciones:
                    • Una información precisa y relevante. Internet tiene una enorme potencia para ello. Si buscas esa información en Internet la puedes encontrar fácil y gratutitamente.
                    • Un equilibrio entre las diversas posiciones sobre una misma disputa. En Internet puedes tener ese equilibrio, también gratis y fácilmente.
                    • Diversidad de opiniones. Por supuesto, todas ellas están en Internet. Puedes encontrar desde un extremo hasta el otro, y todas las opiniones intermedias.
                    • Y el deseo de los ciudadanos de sopesar objetivamente los argumentos y con independencia de quién sea quien los defienda. Aquí es donde está el problema, como veremos.

                    Por tanto… Aquí tenemos un lugar que es el sueño de los anarquistas, los liberales, los libertarios, los racionalistas, los activistas antisistema y los líderes de religiones, sectas y movimientos sociales:

                    Abierto. Directo. Potencialmente transparente. Diverso. Participativo. Inmediato. Multimedia. Gratis.

                    Bueno… Todo esto suena genial, pero lo que encontramos en Internet está muy lejos del uso racional de todas esas potencialidades, y ésa es la hipótesis que quisiera formular en mi presentación: Internet reproduce – y a veces refuerza – ciertas pautas en la discusión de los asuntos públicos, que son persistentes en el ser humano, y que no cuadran bien con las profecías de la ciberutopía. Que Internet no es más que un sitio, con todas sus maravillosas capacidades y ventajas, en el que los seres humanos se comportan como siempre lo hicieron.

                    Esto significa:

                    • Un lugar para el clickactivismo, o lo que yo he bautizado como “sofactivismo”. Un lugar en el que puedes tener a millones haciendo click aquí y allá, pero en el que sólo unos cuantos verdaderamente comprometidos e interesados producirán de verdad algún cambio, y será a través de activismo real y offline.
                    • Un lugar para el eterno tribalismo, en el que la gente se junta como siempre hizo: con sus similares, formando tribus, bandas, pandillas y equipos. Donde unos pocos lideran y el resto observa y sigue.
                    • Como consecuencia, un lugar para la trivialización  del debate público, en el que las “conversaciones” políticas y sociales son tan simples y triviales y arquetípicas y en blanco y negro como siempre lo fueron: en los viejos cafés europeos, los bares y los hogares y los lugares de trabajo.
                    • Un lugar en el que la vieja censura adquiere nuevas formas. En el que el los poderosos controlan y la gente es tan vulnerable como siempre. Más aún: en el que nuevos o viejos poderes están controlando incluso más.

                    Veamos esas pautas con una mirada más cercana.

                    Sofactivismo

                    En inglés se le llama “slacktivism”, o ”clickativism”. Una movilización de baja intensidad, perezosa y con bajos niveles de compromiso. Cinco ejemplos o comentarios:

                    1. Se dijo que la Primavera Árabe fue un encadenamiento de ”revoluciones de Twitter”. Pero el hecho es que varios estudios demostraron que esa suposición era pura exageración. Por ejemplo, un estudio del activismo en Twitter esos días de 2011 demostró que la mayoría de los tuits llegaban de países ajenos a los lugares afectados, y que la mayoría de la actividad en Internet estaba siguiendo eventos que la gente seguía en la televisión. Particularmente en la televisión más influyente de todas: Al Jazeera. El estudio demuestra lo obvio: primero eran los medios de masas. Después de ellos, Twitter. Aparte de eso, los llamados “medios sociales” son influyentes cuando rompen el umbral de atención a través de los medios de masas (televisión, radio y prensa).

                    2. Hay alguna investigación que muestra lo contrario, pero la mayoría de los análisis confirma que  Internet no fomenta que la gente participe más.  Los activos (una minoría) siguen siendo activos. Y los inactivos siguen siendo inactivos, sin aprovechar las maravillas de Internet.

                    3. Esto explica por qué la petición más popular en la nueva sección “We The People” en la web de la Casa Blanca tiene cerca de 350.000 firmas, menos de un 0.002 del censo de electores. La petición más popular, por cierto, quiere ”reconocer por ley a la Iglesia Baptista de Westboro como grupo ’de odio’” Lo que quiera que eso signifique, pero probablemente no es ésa la causa más urgente en Estados Unidos. Si miras un poco más, encontrarás una curiosa mezcla de propuestas extremas (repetir las elecciones o retirar la reforma sanitaria conocida como Obamacare), que se combinan con otras excéntricas, como sustituir el himno nacional por una canción de un conocido rapero (11.000 firmas).

                    Como podrán ustedes imaginar, y ha sido demostrado por algunos estudios, estas campañas no tienen el más mínimo impacto en los funcionarios o los políticos, a los que les trae sin cuidado esa actividad extraña y mínima, aunque luzca muy bien en sus sitios web.

                    4. Algunos sociólogos dicen que esto podría incluso producir el efecto conocido como social loafing o “flojera social”: cuanta más gente sientes que está participando en algo, menos esfuerzo haces tú en ese algo. Este fenómeno fue detectado hace mucho tiempo en el famoso juego de la cuerda: cuanta más gente tira de la cuerda, menos esfuerzo hace cada individuo tirando de ella. ¿Pasa esto también en las redes sociales? No hay pruebas, como he señalado antes. Parece que Internet ni aumenta ni disminuye el esfuerzo en la participación.

                    5.  Muchas veces, lo que es aparentemente un activismo espontáneo es en realidad mentira, teniendo como base identidades falsas, los llamados “trolls” que invaden nuestro espacio público en Internet. En una manifestación en la calle no puedes ser 15 personas a la vez, pero en Internet ciertamente puedes. En otros casos hay grandes intereses detrás de la aparente espontaneidad de los sofactivistas. Lo mismo pasa en el mundo offline o “real”, pero parece que Internet es un lugar especialmente diseñado para ese anonimato, a veces para bien, otras para mal.

                    Como señaló Malcolm Gladwell en su famoso artículo del New Yorker, el activismo social y la movilización requieren, siempre requieren, disciplina, compromiso, estructura, organización, jerarquías. El sofactivismo no facilita ninguno de ellos. Gladwell pone el ejemplo de la lucha por los derechos civiles en la América de los 60. Cito:

                    “Si Martin Luther King hubiera intentado un wiki-boicot en Montgomery, habría sido arrastrado por la estructura del poder blanco. ¿Y de qué habría servido una comunicación digital en una ciudad en la que el 98 por ciento de la comunidad negra se encontraba cada domingo por la mañana en el templo? Las cosas que King necesitaba en Birmingham—disciplina y estrategia – son cosas que los medios sociales online no pueden ofrecer”.

                    Los efectos segundo y tercero que hemos notado en la actividad social en Internet a propósito de los asuntos públicos son:

                    Tribalismo y trivialización

                    Uno estaría tentado de pensar que, si no la cantidad de participación, al menos Internet podría favorecer la calidad de esa participación. Que si Internet proporciona recursos inmensos, infinitos, para comunicarse, el ciudadano medio podría hacer buen uso de esa cualidad. Por ejemplo, leyendo no sólo un periódico o siempre el mismo periódico, sino leyendo dos o al menos alternando los puntos de vista de vez en cuando.

                    Lo lamento, pero eso no sucede. Sencillamente no sucede. Cuando echamos un vistazo a esas maravillosas y fascinantes imágenes de la blogosfera, encontramos a un lado a los rojos y al otro a los azules. Los verdes ocupan su espacio. Los amarillos el suyo. La tribu de los conservadores no se habla con la tribu de los progresistas, por supuesto. La gente quiere oír y leer los argumentos de su tribu. Podría haber “ciberpuentes” uniendo a la gente, pero el hecho es que no los hay. La ciudadanía no habla con sus adversarios, si se prefiere decirlo así. Habla en círculos endogámicos.

                    Sucede en Estados Unidos, como puede verse en las imágenes de su blogosfera política, con los republicanos a un lado y los demócratas al otro. Sucede con la compra de libros online. Nadie compra libros conservadores siendo progresista, ni libros progresistas siendo conservador.

                    Sucede con la blogosfera política en Francia, con más colores por la existencia de un sistema multipartidista. Sucede en Alemania. Sucede en todos sitios. Por ejemplo, en Irán.

                    Sucede no solo con los blogs. También en Twitter. Observemos cómo tuiteó la gente sobre el discurso de Obama en el debate del Estado de la Unión. Una vez más, se observa una drástica polarización de las opiniones: a favor de Obama a la izquierda, en contra a la derecha.

                    En resumen, Internet no conecta diferentes argumentos de gente diversa. Internet no promueve una fría y equilibrada conversación. Internet conecta tribus y opiniones parecidas entre sí, y reproduce el viejo tribalismo de la especie humana.

                    La cuarta tendencia o pauta de la que quisiera hablarles es

                    La nueva censura

                    Miremos ahora la regulación europea sobre la televisión o la radio o las leyes referidas a la difamación o la libertad de expresión en la prensa escrita. Son bastante claras. Si obtienes la concesión de un canal de televisión, tienes justamente eso: una concesión. El espacio radioeléctrico es limitado, por lo que tienes que cumplir con ciertas normas si quieres hacer negocio con él.

                    Esto no sucede igual en Internet. Aquí tenemos un espacio en el que un niño de seis años puede teclear “porno” y obtener de inmediato imágenes explícitas para empezar. O “terrorismo” si se prefiere. No digo que esto sea necesariamente malo. Depende mucho de lo que cada cual considere o no aceptable. Pero lo que sí digo es que esto no es resultado fundamental de la voluntad de los legítimos gobiernos. Depende, al menos por ahora, de las decisiones de Google, Twitter, Yahoo, Microsoft y otras compañías; la mayoría de ellas, por cierto, estadounidenses.

                    Tienen la libertad de cerrar cuentas – como hizo unilateralmente Twitter con una cuenta falsa del nuevo papa Francisco el primer día tras su nombramiento. Pueden incluso manejar los datos de sus usuarios, comenzar a facturar sin previo aviso por servicios prestados,  promover ciertas marcas o mensajes para sus patrocinadores, etc., etc.

                    Los gobiernos en los regímenes autoritarios no son estúpidos y por eso crean plataformas controladas por ellos. Como hacen los chinos, con su red Weibo, un sustituto muy digno de Google y Twitter juntos, pero con el estricto control de los funcionarios. O como hacen los rusos, cuya Duma aprobó el año pasado una ley que permite la censura de una lista negra de webs que no cumplen con los deseos del Gobierno de Putin.

                    Los gobiernos más democráticos tampoco son tontos, claro. Y hacen lo que pueden para controlar las comunicaciones no necesariamente en beneficio de la paz mundial o el bienestar de las naciones. Hace sólo dos días, el miércoles, en Nueva York, el responsable tecnológico de la CIA, decía en una conferencia:

                    “El valor de cada pieza de información solo es conocido cuando puedes conectarlo con algo más que surge en el futuro. Puesto que no puedes conectar puntos que no tienes, esto nos lleva a…. lo que intentamos es fundamentalmente recoger todo lo que podemos y mantenerlo por siempre”.

                    Así que aquí está la CIA. Te estamos mirando. Y eres un “sensor andante”. Y queremos “tener toda la información del mundo entero”. Y sí: “deberías preguntarte por tus derechos”. Pero nosotros vamos más rápido que tú. Por cierto, la conferencia tenía lugar después de que supiéramos que la CIA y Amazon habían firmado un acuerdo de 600 millones de dólares para hacer análisis computacional en la nube.

                    Sí, suena maravilloso cuando hablamos de Libertad, Apertura, y Gobierno Abierto, pero estamos muy lejos de esa Arcadia feliz. Estamos lejos del sueño de libertarios y fundadores de sectas, religiones y movimientos. Por no decir que es probable que estemos yendo en la dirección opuesta. Ausencia de controles legales en estados democráticos; en potencia, control masivo de las vidas privadas y una censura de segunda generación en regímenes autoritarios; todo ello nos permite hablar de un desplazamiento del poder, y de una nueva forma de censura, tanto pública como privada.

                    Para terminar, y en resumen, sería una exageración comparar Internet con un lavavajillas, como hace un historiador cuando dice:

                    “Internet es una oficina de correos, un quiosco de prensa, un videoclub, unos grandes almacenes, una sala de juegos, una gran enciclopedia, una tienda de discos, un sex shop y un casino, todo ello en un solo sitio. Sinceramente, eso ya es bastante increíble. Pero es increíble en la misma manera en que es increíble un lavavajillas: te permite hacer algo que siempre has hecho de manera más fácil que antes”.

                    Sí, probablemente no es más que una exageración, pero no mayor que la de la ciberutopía que domina hoy en el debate público sobre Internet.

                    Entonces, ¿cómo podemos “adaptarnos”, como sugiere el título de esta jornada? ¿Cómo podemos adaptarnos a este ambiente en el que, evidentemente, Internet está para quedarse? Permítanme terminar con cuatro ideas, aunque sea sólo para abrir el debate:

                    1. Enfoquémonos no más en Internet que en el ser humano que lo utiliza. Movámonos hacia una comunicación centrada-en-el-ciudadano y no en esta comunicación centrada-en-Internet. Esto probablemente significa contar más con los sociólogos, los antropólogos y los psicólogos, y no tanto en los expertos en Internet, con perdón por los expertos en Internet que hay en esta sala.

                    2. No creemos problemas donde no existen. Dejemos de invertir dinero y recursos y tiempo tratando de forzar a los ciudadanos a ser racionales, participativos, implicados, comprometidos con los asuntos públicos, cuando la inmensa mayoría es emocional, poco comprometida y básicamente perezosa con respecto a los asuntos públicos.

                    3. Movámonos con rapidez en lo que se refiere a la regulación. Si no ponemos límites al control y la comercialización de la información privada, puede que cuando sintamos la necesidad de hacerlo sea demasiado tarde. El espacio en Internet es ilimitado, pero de alguna manera es público. No tiene sentido que permitamos que en la web sucedan cosas que no permitimos en la vida offline.

                    4. Cuando tengo entre manos un proyecto específico que se desarrolla en Internet, nunca considero la red de manera aislada, como no considero la televisión, la radio, el cine, los periódicos o la comunicación cara a cara de manera aislada. No pregunto qué puede Internet ofrecer de manera que yo me adapte a su oferta. Al contrario: pregunto qué necesita mi cliente para que Internet pueda adaptarse a sus necesidades. En una manera kennediana de decirlo: “Pregunta no lo que tú puedes hacer porInternet sino lo que Internet puede hacer por tí”. Es una aproximación muy distinta, y a mi me funciona mucho mejor.

                    Señoras y señores, ojalá podamos pronto equilibrar las fuerzas de la ciberutopía y del ciberpesimismo, situándonos en el centro virtuoso del ciber-realismo. Confío en que esta presentación sea útil al menos para comenzar a debatir sobre ello.

                    Muchas gracias.

                     

                    Refencias y lecturas:

                     

                    Arroyo, Luis. 2012. El poder político en escena. Historia, estrategias y liturgias de la comunicación política. RBA.

                    Arroyo, Luis. 2012. “Diez razones por las que Twitter no sirve para (casi) nada en política”, en www.luisarroyo.com, 6 de mayo. Accesible en Internet: http://www.luisarroyo.com/2012/05/06/10-razones-por-las-que-twitter-no-sirve-para-casi-nada-en-politica/

                    Arroyo, Luis, Martín Becerra, Ángel García Castillejo y Oscar Santamaría. 2012. Cajas mágicas. El renacimiento de la televisión pública en América Latina. Tecnos.

                    Briggs, Charles y Augustus Maverick. 1858. The Story of the Telegraph and a history of the great Atlantic cable. Rudd & Carleton.

                    Bryden, John, Sebastian Funk y Vincent Hansen. 2013. “Word usage mirrors community structure in the online social network Twitter”. En EPJ Data Science, 2:3. Accesible en Internet: http://www.epjdatascience.com/content/pdf/epjds15.pdf

                    Coleman, Stephen y Jay Blumler. 2009. The Internet and Democratic Citizenship: Theory, Practice and Policy. Cambridge University Press.

                    Ekman, Joakim. 2009. “Political Participation and Civic Engagement: Towards A New Typology”. En Youth & Society, Working Paper 2009:2. Accesible en Internet: https://inforum.oru.se/PageFiles/14371/Ekman%20and%20Amn%C3%A5%202009-1.pdf

                    Farrell, Henry. 2012. “The Consequences of the Internet for Politics”. En Annual Review of Political Science, 15: 35 -52. Accesible en Internet: http://crookedtimber.org/wp-content/uploads/2011/09/ARPS.pdf

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                    Kahneman, Daniel. 2003. “Maps of Bounded Rationality: Psychology for Behavioral Economics”. En The American Economic Review, 93: 5, pp. 1449-1475. Accesible en Internet: http://www.cs.unibo.it/~ruffino/Letture%20TDPC/Kahneman.%20am.ec.rev.,%205,%202003.pdf

                    Kahneman, Daniel. 2012. Pensar rápido, pensar despacio. Debate.

                    Kalathil, Shanthi y Taylor C. Boas. 2003. Open Networks, Closed Regimes. The Impact of the Internet on Authoritarian Rule. Carnegie Endowment for International Peace. Accesible en internet: http://people.bu.edu/tboas/open_networks.pdf

                    Morozov, Evgeny. 2012. El desengaño de Internet. Los mitos de la libertad en la red. Destino.

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