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¿Obama o “Gran Hermano”? Test de conocimientos

(Publicado en InfoLibre: )

Las ventas de “1984”, la famosa novela de George Orwell que describe la acción totalitaria de un Gran Hermano que controla el pensamiento y la acción de sus ciudadanos, se han multiplicado por cuatro en las últimas semanas en Estados Unidos, según datos de Amazon. El renovado interés por el libro se debe al descubrimiento de que la Administración estadounidense, bajo la dirección de Bush, pero también de Obama, ha estado controlando cientos de millones de llamadas telefónicas y de mensajes de correo y otras informaciones de ciudadanos corrientes dentro y fuera del país. Sabemos que el agente que desveló tales prácticas está escondido en algún lugar del mundo. Los comentaristas tiraron en seguida de la icónica novela, publicada en 1949 para describir la impresentable política de vigilancia desarrollada por la NSA (la Agencia de Seguridad Nacional). Sí, de acuerdo, comparar nuestra sociedad democrática y libre con la Oceanía controlada por el Gran Hermano que imaginó Orwell puede ser excesivo…. O quizá no tanto. Responde este breve test (que encontré en una versión previa en inglés en BuzzFeed Politics), para que tú juzgues hasta qué punto la comparación es impropia. (Respuestas correctas al final).

1.       ¿Dónde se habla de “metadatos de telefonía”?

a. En 1984.

b. En la documentación del Gobierno de Obama.

 2.       ¿Qué es el “Teledep”?

a. El departamento que en 1984 se encarga de re-escribir la historia a través de los medios de comunicación.

b. El departamento del Gobierno de Obama encargado de obtener información de las comunicaciones de los ciudadanos.

 3.       ¿Quién tiene un “Custodio de las Grabaciones”?

a. El Gran Hermano de Orwell.

b. El Gobierno de Obama.

 4.       ¿Quién y para qué aplica la “minería de datos”?

a.- El Gran Hermano que cuida de la seguridad de sus ciudadanos en 1984.

b. El Gobierno de Bush y de Obama que cuida de la seguridad de sus ciudadanos desde el 11S.

 5.       ¿Qué es la “neolengua”?

a. El lenguaje de 1984 caracterizado por el eufemismo y la propaganda.

b. El lenguaje de la Administración Obama caracterizado por el eufemismo y la propaganda.

 6.       ¿Qué es la “Corte de Vigilancia de la Inteligencia Exterior”?

a. Un tribunal secreto de 1984 que vigila las iniciativas que se creen relevantes para la seguridad del país imaginado por Orwell.

b. Un tribunal secreto de EE.UU. que vigila las iniciativas que se creen relevantes para la seguridad de los Estados Unidos de América.

 7.       ¿Qué es la “Pornosec”?

a. La Sección orwelliana del Departamento de Ficción del Ministerio de la Verdad que proporciona porno para distraer a las masas trabajadoras.

b. La división de la Administración de Obama encargada de supervisar las comunicaciones de supuestos terroristas escondidas en páginas con contenido pornográfico.

RESPUESTAS CORRECTAS:

1b. Efectivamente, “Telephony metadata” es el término que utiliza la Administración Obama para referirse a las llamadas recogidas de los ciudadanos estadounidenses, sistemáticamente analizadas por el Gobierno.

2a. El “Teledep” es el “Departamento de Teleprogramas del Ministerio de la Verdad” en la novela de Orwell.

3b. Sí, por grandilocuente que suene, “El Custodio de las Grabaciones producirá para la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) … de forma diaria durante la vigencia de esta Orden, a menos que los Tribunales digan lo contrario, una copia electrónica de los siguientes tangibles: todos los detalles de las llamadas grabadas o “metadatos de telefonía” creados por Verizon para la comunicación entre los Estados Unidos y el exterior, o dentro de los Estados Unidos, incluyendo llamadas de teléfono locales.”

4b. He aquí una de las consecuencias de esas dos prácticas tan admiradas por los especialistas en publicidad, marketing y comunicación: el “data mining” y el “big data”.

5a. Pero podría haber sido también 5b. Al menos eso dicen estos días muchos comentaristas.

6b. Sí, tal cual. Un tribunal que en realidad existe desde hace décadas y que delibera en secreto.

7a. Pero todo se andará…

 

Pequeña sociología del abucheo. Dos casos prácticos.

Dando continuidad al post de ayer (Pequeña sociología del abucheo):

  • Zapatero en el incendio de Guadalajara. Después del incendio en el que perdieron la vida 11 agentes forestales, la vicepresidenta de la Vega visitó la zona afectada. Aunque viajó de noche de manera inmediata tras el accidente, tuvo que aguantar los abucheos de parte de los ciudadanos. Incompresible, porque la vicepresidenta tenía muy buena valoración, cumplió de inmediato con su deber y estuvo cercana. Pero no parecía ser suficiente y se llevó una bronca. Los requerimientos pronto se elevaron al presidente del Gobierno. Era julio de 2005 y Zapatero no llevaba ni un año en el Gobierno. El problema era si cancelar o no un viaje a China que el presidente tenía con una importante delegación de empresarios españoles. Cancelar el viaje era claramente un exceso: se había estado preparando el viaje con todo cuidado y el presidente, a efectos prácticos, no hacía “nada” en Guadalajara. Pero no ir significaba que te acusarían de cobarde, de inhumano o de lindezas parecidas. Finalmente, Zapatero fue a China. La presión siguió durante la semana. El PP no hacía más que preguntar por qué el presidente había dejado abandonados a los manchegos tras el accidente. El fin de semana del 23 y 24 de julio de 2005, Zapatero volvía de China. El avión aterrizaba como a las 8 de la mañana. Una hora perfecta para que pudiéramos evitar los abucheos sin problema. El helicóptero del presidente fue directamente hacia la zona incendiada con un aviso a la prensa de apenas unos minutos. Siendo domingo, a primera hora de la mañana, y por sorpresa, los organizadores potenciales del abucheo no pudieron estar presentes. Zapatero pudo decir aquello de “Quería venir a Guadalajara en cuanto llegara a España”. Lo que no hacía falta que dijera es que en su movimiento estaba también, por supuesto, evitar el abucheo por parte de unos cuantos aguerridos voluntarios de las juventudes del PP.

  • Los príncipes en el Liceo. El pasado 30 de mayo, los príncipes de Asturias sufrieron un sonoro abucheo en el Liceo de Barcelona (vídeo), justo antes de la representación de la ópera L’elisir d’amore. Fue sorprendente porque invitaba el propio Liceo y porque en ese prestigioso teatro no es frecuente escuchar broncas. Naturalmente, todo el mundo tendió a interpretar que era un rechazo a los príncipes como símbolo de España (en un momento de máxima expresión de la efervescencia independentista), y como símbolo de la crisis de la Casa Real. Puede que algo de eso hubiera. Pero hay causas más prosaicas. Me cuenta una persona que ha organizado decenas de actos en Cataluña, que el motivo real del abucheo es que mucha parte del público era gente que había pagado por su entrada para asistir a la representación. Entradas que suelen costar en torno a los 200 euros. No era por tanto un público invitado y por tanto cautivo, sino un público comercial, más exigente. Y que a esa gente probablemente no le gustara que la representación empezara con más de media hora de retraso, esperando la llegada de los príncipes. No podemos saber qué habría en otras condiciones, pero es probable que si los príncipes hubieran llegado a la hora, al son de la música de bienvenida bien alta, o de los aplausos promovidos por la claque correspondiente, no habría habido abucheos. Quién sabe…

 

Pequeña sociología del abucheo

 

Son tiempos de abucheo. Príncipes y empresarios, políticos y periodistas, tienen que aguantar todos ellos la enorme desafección del común de la gente con respecto a los poderosos. Eso se traduce cada día en boicots, escraches y abucheos en actos públicos. Quizá sea oportuno recordar lo que sabemos del abucheo. Algo tan útil para quien quiere promover un abucheo como para quien prefiere evitarlo.

Primera cuestión fundamental: a diferencia del aplauso, que casi siempre es espontáneo y rápido, el abucheo tarda más en llegar y es fruto de una consideración previa por parte de la audiencia. Digamos que cuando hay que aplaudir (porque toca en la liturgia o porque el orador así lo indica con sus frases o su entonación), el público responde de manera casi siempre consensuada en un tercio de segundo. El abucheo, por el contrario, requiere que una o unas pocas personas lo inicien, y que luego otras cuantas lo continúen, después de haber “escaneado” brevemente cuál es la situación. En otras palabras: tanto si quieres abuchear como si quieres evitar un abucheo, deberías empezar a abuchear o a aplaudir, respectivamente, en cuanto puedas. Si empiezas demasiado tarde, puedes perder la batalla del ruido. (Sobre la diferencia de la dinámica del aplauso y del abucheo, Steven Clayman, “Booing: the anatomy of a disaffiliative response”, en American Sociological Review, 58, 1993).

Segunda cuestión: no hay abucheo pequeño. Si un tipo se pone a aplaudir solo, lo más probable es que no llegue al segundo aplauso. En el tercero dejará de hacerlo por la presión del público. Pero un abucheo es otra cosa: se trata precisamente de una conducta desafiliativa (perdón por el palabro), de ruptura. Y para que se produzca la ruptura del consenso basta con unos pocos. Incluso con uno. Así, vemos en televisión constantemente imágenes de líderes interrumpidos por un único sujeto, o dos o tres. Lo que se comunica es la ruptura del consenso, aunque sea muy minoritaria.

Tercera: el abucheo es muy contagioso. A pesar de los mitos sobre la irracionalidad de las multitudes, su excesiva carga emocional, etc., los públicos son bastante racionales. Supervisan cómo está el clima y se adaptan a él. Ver que alguien es abucheado allá donde va fomenta que quienes quieran abuchear se sientan más legitimados para hacerlo, y que quienes rechazan el abucheo tiendan a callarse. Conocemos ese efecto desde antiguo, y especialmente desde que Elisabeth Noelle-Neumann nos regalara su libro La espiral del silencio. Por tanto: si quieres abuchear, hazlo durante unos cuantos días de manera constante. Y si quieres evitar el contagio, quizá te venga bien esperar pacientemente en casa un tiempo de cuarentena.

Cuarta: se trata de una competición, pero nada igual en sus condiciones. La condiciones determinan de forma definitiva el éxito de unos u otros. Si quieres evitar un abucheo, no permitas que quienes te apoyan estén incómodos por nada (por ejemplo, empezando tarde un acto o molestando demasiado en el control de los accesos). Sin embargo, si quieres evitar un abucheo, es también mejor conocer y controlar bien a quien accede. Por otra parte, siempre será mejor que las imágenes sean de un coche entrando en un garaje, a que sean las de un orador que no puede hablar porque no le dejan. Del lado de los abucheadores, basta con romper las normas para lograr atención: saltar semidesnudo al escenario, empezar a gritar en medio del discurso, silbar… La guerra es muy desigual en esto: basta con que rompas la armonía para generar atención y titulares. Como bien sabe Greenpeace, si además te arrestan unos cuantos días, con perdón por la frivolidad, pues aún tienes un poco más de gloria.

 

Crowd-tonting… No digamos que no nos habían dicho que nos espiarían…

Publicado en InfoLibre el viernes pasado.

Día 20 de marzo en Nueva York. El director de tecnología de la CIA ofrece una conferencia que bien podría haber sido argumento de Mortadelo y Filemón. Dice el individuo, un tal Gus Hunt (el nombre tiene ya su gracia): “el valor de cualquier pieza de información solo se conoce cuando puedes conectarla con algo más que llega en el futuro”. “Puesto que no puedes conectar puntos que no tienes, eso nos lleva a… digamos que fundamentalmente tratamos de recogerlo todo y mantenerlo para siempre.” Y advierte luego: “Ustedes son ya sensores andantes” y “la tecnología en este mundo se mueve más rápido que los gobiernos o las leyes… Ustedes deberían preguntarse cuáles son sus derechos y quién es propietario de sus datos”.

El bueno de Gus puede decir tal cosa sin que se le caiga la cara de vergüenza hasta que descubrimos, como esta semana, que, en efecto, la CIA está haciéndose con información de millones de personas, que pasa previamente por las manos de jóvenes en zapatillas y sin corbata en empresas privadas. No será porque Gus no nos había avisado…

Hay acontecimientos que nos despiertan del sueño de la ciberutopía. Como pensábamos que Internet es otro mundo, creímos que ahí sí se podían robar libros o canciones o fotos. Y que eso no era lo mismo que robarlos de una librería, una tienda de discos o una exposición fotográfica. Como pensamos que Internet es un mundo nuevo, confiamos en que esa nueva libertad de
internet nos permitiría derrocar a dictadores y sátrapas
. Hasta que llegaron los cañones y liquidaron las esperanzas infantiles de los sofactivistas. Como pensamos que Internet abre un mundo nuevo, pusimos los periódicos gratis, hasta que recientemente hemos redescubierto que la buena información debe pagarse, y ahí están los viejos periódicos volviendo a pasar factura por lo que debe sin duda pagarse. Como supusimos que Internet abría las posibilidades de la participación política,
fomentamos plataformas, campañas y wiki convocatorias, para descubrir que los interesados y los comprometidos son los de siempre, y que sin riesgo, disciplina y perseverancia no se provocan de verdad cambios sociales. Como pensamos que Internet debía ser “neutral”, dejamos en manos las multitudes, lo horizontal y lo aparentemente espontáneo la autorregulación de
Internet
. Para descubrir que lo único que hemos promovido es una increíble concentración de poder en manos de unas cuantas empresas gigantes en Sillicon Valley; eso sí, con un amable aspecto inofensivo de jóvenes en zapatillas y jugando al billar en espacios diáfanos. Como creímos que el futuro estaba en la “libertad” infinita de la red, nos opusimos a la regulación. Y vemos ahora que eso permite tropelías como la persistencia de patrañas en la red, la vulneración de derechos individuales o
la desnudez de la vida privada de uno.

Quienes creemos que es absurdo distinguir Internet de lo real, porque Internet es ya real; o lo on-line de lo offline, porque ambos se funden ya de hecho; o a los cibernautas de los ciudadanos, porque todos somos ya ambas cosas… Quienes creemos que esa distinción es absurda, pasamos por viejos y antiguos. Dicen que queremos manejar el mundo del siglo XXI con normas del XX. Yo digo que los viejos son ellos, que quieren regular el siglo XXI con normas del siglo XV. Lo moderno, con permiso, es entender que los estados, en representación de sus pueblos, deben poner coto a los desmanes de los poderosos, en el mundo real, o en internet, que son exactamente lo mismo.

Infiltración semántica

 

 

Mi artículo de hoy en Infolibre dice así:

Cuentan las noticias de estos días que la izquierda europea está peleando “contra la austeridad” impuesta por las autoridades comunitarias. El problema de tal afirmación es que con dificultad puede estar un ciudadano corriente
“contra la austeridad
”. La austeridad, por definición, es buena: el austero, dice el diccionario, es “severo, rigurosamente ajustado a las normas de la moral”, o también “sobrio, morigerado, sencillo, sin ninguna clase de alardes”. Antónimos de “austero” son disoluto, débil, espectacular, esplendoroso, extremo, licencioso, soberbio, voraz, suntuoso… La austeridad, por lo demás, es una cualidad asociada implícitamente al imaginario conservador.

He aquí un ejemplo de última hora de lo que desde hace años llamamos “infiltración semántica”. Los conservadores han logrado entrar en la semántica de la izquierda, que ha terminado por aceptar el concepto, aunque fuera para negarlo infructuosamente. Tanto es así, que algunos han tenido que inventar términos imposibles, como “austericidio”. Ahora va a resultar que un progresista tendrá que optar por “matar la austeridad” como línea de su programa político. De
locos.

Hay abundantes ejemplos de infiltración semántica. Quienes defendemos el derecho de las mujeres a decidir sobre su maternidad hablamos con naturalidad de los colectivos, las asociaciones o las manifestaciones “pro vida”. Los conservadores se han infiltrado en nuestra semántica, y explícitamente aceptamos que ellos están “por la vida” y nosotros no. Los nacionalistas se han infiltrado en el lenguaje de sus adversarios y han logrado colocar el “derecho a decidir” para esconder el programa independentista, y han logrado poner así a un partido tan honorable como el PSC en la tesitura de tener que contestar si está o no a favor de algo contra lo que nadie puede estar: “el derecho a decidir”.

Acabo de publicar, con el apoyo de la Fundación Ideas y bajo el sello de Edhasa, el libro Frases como puños, una constatación científica del enorme poder de las palabras en la construcción social de la realidad. Si decimos “funcionario”, “sindicato” o “mercado”, la gente se sitúa en línea con las ideas conservadoras. Pero si decimos “médicos y maestros”, “representantes de los trabajadores” o “especuladores”, el  perezoso cerebro humano se acomoda más fácilmente a los
postulados típicamente progresistas.

Cuando el lenguaje se ha extendido y ha colonizado una sociedad, y cuando ha logrado infiltrarse en el imaginario del adversario, ya es difícil sacarlo de ahí. Quizá resulte imposible negar ya que estamos en una batalla imposible “contra la austeridad”, y no tengamos más remedio que librarla. Pero los progresistas del mundo harían bien en reconocer que las palabras no son objetos inofensivos y su tratamiento cosas del marketing. No: las palabras son la materia prima de la política y poderosas armas de influencia en el orden social. En las escuelas de negocios, en las iglesias y en los think tanks conservadores, hace mucho tiempo que se aplican en su uso inteligente.

Si quieres rastrear el origen de la idea de la infiltración semántica, te dejo aquí un artículo de hace dos años de su “inventor”, el ya fallecido ultraconservador Fred Iklé, que utilizó esas dos palabras por vez primera en los 70. En el artículo acusaba la infiltración progresista con términos como “inmigrante indocumentado” en lugar de su preferido “inmigrante ilegal”, o como “países en desarrollo” o “acción positiva”. Bendita sea la infiltración progresista y qué necesaria es, añado yo. No te pierdas el artículo.

Frases como puños. El lenguaje y las ideas progresistas

Frases como puños

 

Aquí está, después de mucho esperar, el libro que escribimos a partir de una investigación sociológica, y con la ayuda de mis amigos y colegas Oscar Santamaría, Corina Contaris, Josué González, y Metroscopia, con financiación de la Fundación Ideas.

Se trata de una interesante descripción del fenómeno del framing, probablemente el primero experimental hecho en español y con contenido estrictamente político. Añadimos una guía para una mejor comunicación de los principios y las ideas progresistas en competencia con los principios y las ideas conservadores.

Aquí puede verse la referencia editorial completa y leerse las primeras páginas:

http://www.edhasa.es/libros/libro.php?id=13821&t=Ensayo+sociol%C3%B3gico&e=Edhasa&idt

 

¿Más tuits, más votos? No tan rápido

Se ha publicado recientemente un artículo académico con un título bien glamuroso: “Más tuits, más votos: los medios sociales como indicador cuantitativo del comportamiento político (More Tweets, More Votes: Social Media as a Quantitative Indicator of Political Behavior)”. El artículo es muy interesante, aunque sólo sea porque recoge un buen listado de referencias de estudios similares sobre la relación entre el mundo online y offline, en el ámbito político, económico, comercial y social.

El gráfico más interesante del estudio es éste, en el que se observa en efecto una correlación entre el número de tuits que menciona al candidato republicano x y el margen de distancia en votos que obtiene tal candidato. A simple vista, cuantos más tuits, más votos.

El resumen del artículo dice así:

¿Son los medios sociales un indicador válido del comportamiento político? Respondemos a esta pregunta utilizando una muestra aleatoria de 537,231,508 tuits desde el 1 de agosto al 1 de noviembre de 2010, y datos de 406 elecciones al Congreso de Estados Unidos, provistos por la Comisión Federal Electoral. Nuestros resultados muestran que el porcentaje de menciones de los candidatos republicanos correlaciona con el margen de voto republicano en la elección siguiente. Esto sucede incluso cuando se controla el hecho de estar ya en el Congreso o no, el voto tradicional en el distrito,  la cobertura de la campaña en los medios, el tiempo, y variables demográficas como la composición racial o de género del distrito. Con más de 500 millones de usuarios activos, Twitter representa una nueva frontera en el estudio del comportamiento humano. Esta investigación proporciona un modelo para incorporar este medio emergente a la caja de herramientas de la ciencia social computacional.

Suena bien, y se ve bien en el gráfico. Y, efectivamente, más tuits, más votos. Pero las conclusiones, como casi siempre cuando se habla de las redes sociales electrónicas, son demasiado pretenciosas y voluntaristas. Dicen los autores que “el modelo muestra que los medios sociales importan…”. Bueno, en realidad, el modelo muestra que a más votos más tuits, o viceversa, pero en absoluto que haya una causalidad Twitter- Voto. Es decir, que por mucho que te mencionen en Twitter, eso no significa que vayas a ganar. Los autores llegan a decir incluso que da igual que el tratamiento en el tuit sea positivo o negativo. Y que, por tanto, vale la máxima “que hablen de ti aunque sea mal”.

En una ácida crítica de la ingenuidad de los autores, Andrew Gelman, de Columbia, (en el excelente blog The Monkey Cage), discute que podamos predecir el resultado electoral mirando los tuits. Se pregunta Gelman qué pasa en elecciones que son muy reñidas en comparación con las que no lo son.  Porque está claro, señala, que en elecciones al Congreso que son previsibles, y la mayoría lo son, el descubrimiento de los autores del artículo no llega muy lejos, puesto que, evidentemente, los candidatos claramente más populares que sus adversarios son más citados que sus contrarios en las redes sociales. No es un gran descubrimiento. Y desde luego no tiene por qué haber en absoluto relación causal entre la presencia en Twitter y la victoria electoral, sino que ésta última es probablemente independiente de la red, aunque se refleje en ella.

Otra cosa son las elecciones más reñidas (las menos). Y ahí seguramente la predicción no es en absoluto como muestra la curva general.

Señala el autor, además, que sería bueno que los autores pusieran a disposición de la comunidad científica los datos que manejan para que el resultado se pudiera replicar, una exigencia ya extendida con la que los autores del estudio no cumplen.

Por cierto, hoy viernes y mañana sábado, la Universidad de Nueva York organiza un simposio sobre Internet y la participación política, ¡¡y se puede seguir en streaming, aquí.!!

Si te quieres ir, no vayas

Qué impresión tan triste, tan impresentable, tan torpe, la que dio recientemente el ministro de Economía Hernán Lorenzino en una entrevista que, de no haber sido por el incidente, no habría tenido la más mínima repercusión, puesto que se producía ante una periodista griega y en Grecia.

Es sabido que hay en Argentina una encendida polémica sobre la credibilidad de los datos económicos que el Gobierno proporciona, y que, según los críticos, tiende a minimizar la inflación. Pues bien, la entrevistadora se limita a hacer la pregunta más previsible y simple del momento: “¿Cuál es la inflación en Argentina?” Lo curioso del caso es que el ministro contesta: 10,2, décima arriba o abajo, viene a decir. Pero se complica luego, corta la conversación… “Me quiero ir”, dice. Y luego una ayudante explica que hablar de eso es complicado y que por eso el ministro ha cortado. El corte se expandió a toda velocidad, generó amplia cobertura en el país y fuera, y hasta Cristina Fernández hizo broma del sucedido, salvando la cara de su ministro.

Surgen varias preguntas que son muy ilustrativas del funcionamiento de una entrevista como esta:

  • Si se quería ir, ¿por qué fue?
  • Si tenía la respuesta, y la dio de hecho, ¿por qué se quiere ir después de darla?
  • ¿No había previsto el ministro que le preguntarían esas cosas cuando el mundo entero se cuestiona sobre la credibilidad de las cuentas argentinas?
  • ¿No sabía el ministro que su espantada en la entrevista generaría una polémica infinitamente mayor que si simplemente hubiera dicho la inflación estimada, tal como hizo y sin más?

No, presidente, el Gobierno no sabe lo que hace

Artículo publicado en InfoLibre el pasado viernes 3 de mayo:

Mi despacho estaba dos pisos por encima de la sala de prensa del Palacio de la Moncloa, y desde allí escuché en directo al presidente Zapatero decir, el viernes 29 de diciembre de 2006, que el año siguiente “estaríamos mejor que hoy” en la lucha contra ETA. Al día siguiente, a las 9 y un minuto de la mañana, ETA voló por los aires el aparcamiento de la T4 del aeropuerto de Madrid, matando a dos ciudadanos y liquidando de esa manera el diálogo que el Gobierno y los terroristas habían inaugurado meses antes. Obviamente, el presidente del Gobierno no sabía lo que hacía cuando decía lo que decía.

“El Gobierno sabe lo que hace, y antes de que termine la legislatura crearemos empleo (…) El año que viene a estas alturas estaremos mejor”, dijo el domingo pasado Mariano Rajoy. Es posible –y yo lo deseo sinceramente– que estemos mejor en 2014. Pero no: el Gobierno no sabe lo que hace. No porque sea estúpido (eso podríamos discutirlo), sino sencillamente porque, en realidad, en unas circunstancias como las actuales, nadie sabe muy bien lo que hace.

Nadie anticipó esta brutal recesión. Cuando éramos ricos y famosos por el éxito de nuestra economía, hace tan solo cinco años, España era admirada en el mundo entero por el dinamismo y la fuerza de su crecimiento. Sí, claro, algunos anticipaban el estallido de la burbuja inmobiliaria, pero la mayoría seguía hipotecándose con créditos de nuevo rico, los bancos seguían prestando y los expertos pensaban que no había motivos para alarmarse. Tanto es así, que el nuevo fichaje económico de Rajoy, Manuel Pizarro, quedó como un auténtico cenizo ante un Pedro Solbes más optimista (dentro de lo que admitía el personaje), en el debate que éste último ganó con rotundidad en la campaña de 2008. No: tampoco Solbes sabía lo que hacía, porque partía de previsiones erróneas y predicciones falsas. Recuerdo nítidamente cuando, siendo yo director de gabinete de la ministra de Vivienda, Carme Chacón, en el verano de 2008 y ante la debacle de las subprime estadounidenses, llamé a mi homólogo en Economía, el jefe de Gabinete de Solbes, para preguntar cuál era la línea del Gobierno. “No hay peligro de contagio”, me dijo. “Nuestro sistema bancario es mucho más sólido y nuestras hipotecas mucho más fiables”. De manera que nosotros desde Vivienda podíamos seguir diciendo aquello de que estábamos ante un “aterrizaje suave de los precios de la vivienda”. Con algunos de los
mejores expertos del país
(respetables funcionarios que hoy habitan las mismas instancias), ni Economía ni Vivienda sabíamos muy bien lo que hacíamos. Nadie mentía y nadie tenía la menor mala intención. Pero errábamos como gilipollas.

Después de analizar durante década y media las predicciones de 284 expertos de todo tipo – científicos, economistas, politólogos, sociólogos, tertulianos, think tanks – el profesor Philip Tetlock nos descubrió en su libro Expert Political Judgement (2006), que igual nos daría fiarnos de un mono con un dardo: los expertos no aciertan por encima de las leyes del azar. Es difícil de creer, porque hay miles de personas cada día haciendo con una pasmosa seguridad previsiones de todo tipo: sobre las acciones que debemos comprar o vender, sobre el futuro económico del mundo, sobre quién ganará esta o aquella elección, sobre conflictos inminentes o futuros, sobre grandes tendencias… Nadie “respetable” o “digno” de ser escuchado por la
mayoría, predijo sin embargo ni la Primera ni la segunda Guerra Mundial, ni la caída del Muro de Berlín, ni la llegada de Internet, ni, por supuesto, esta inmensa recesión que nos aflige. Si observamos predicciones más concretas, año tras año fallan esos expertos con apariencia tan impecable, esos “hombres de negro” del Fondo Monetario Internacional, de los bancos centrales o de las instituciones europeas, que prevén el crecimiento del PIB o la tasa de desempleo. Aunque fallen sistemáticamente, seguimos orientándonos por sus previsiones, como seguimos tomando en serio a esas malditas agencias de calificación a pesar de sus desmanes.

El problema es que esas previsiones son entretenidas para el espectador, e imprescindibles para el ser humano en general. Necesitamos creer que tenemos el control de nuestro futuro y para eso es necesario preverlo e imaginarlo. Sucede así, nos descubre también Tetlock en su libro, que quienes más éxito tienen en los medios de comunicación haciendo predicciones
simples, contundentes y directas, son quienes más se equivocan. La gente premia a los profetas más locuaces y carismáticos, que resultan ser –qué paradoja– los peores. Quienes más aciertan, porque consideran varios escenarios, hipótesis diversas y soluciones intermedias, resultan ser más aburridos para las tertulias de radio y televisión, y por eso se
les llama y se les escucha menos. A los primeros, Isaiah Berlin los llamaba, inspirándose en una vieja fábula griega, “erizos”: son capaces de someterlo todo a una simple idea. Los segundos, más sinuosos, eclécticos y con más matices, son los “zorros”. En las tertulias encendidas de Telecinco o de Intereconomía, los  zorros tienen poco que hacer. Los erizos dan más juego. Imaginemos lo que
sucedería si el presidente, en lugar de decirnos, “el Gobierno sabe lo que hace”, reconociera su impotencia ante una economía que sólo en una pequeña parte está bajo su control.

Es en este contexto de incertidumbre y ansiadas certezas en el que tenemos que entender que un solo artículo académico, el famoso paper de los muy prestigiosos Reinhart y Rogoff, haya servido sistemáticamente a la Unión Europea para justificar las políticas de austeridad que nos están llevando al desastre. Desde 2010, ese artículo que explica que pasando de una deuda superior al 90 por ciento del PIB no hay crecimiento posible, y que luego ha sido denostado por tener algunos errores, ha sido citado en cinco de las siete Previsiones Económicas de la UE, además de en innumerables documentos de expertos de todo el mundo, defendiendo la sacrosanta “austeridad”. Los propios autores se han encargado (ayer mismo en el
Financial Times por última vez), de matizar sus recomendaciones y renegar del uso simplista que se está dando a su (defectuoso análisis).

Tomando lo que les interesa de ese informe y de otros (que podrían ser rebatidos con argumentos económicos igual de contundentes), los erizos de la austeridad apelan a una seductora idea aparentemente llena de sentido común (“no podemos gastar lo que no tenemos”, o “gastamos demasiado y estamos sufriendo las consecuencias” o “lo primero es pagar las deudas”). Un artículo académico lleno de cuadros, gráficos y números ayuda a dar solvencia a esas ideas, por lo demás
tan simples, aunque podrían haberse buscado cuadros, números y gráficos para demostrar lo contrario (“el Estado tiene que invertir para recuperar el crecimiento”, “nosotros no gastamos demasiado; el problema no lo provocamos nosotros, sino los bancos”, o “no podemos pagar las deudas si no crecemos”).

En el fondo, como explica magistralmente en su libro recientísimo Mark Blyth (Austerity, the History of a Dangerous Idea), esa idea de la austeridad está lejos de ser tan simple y tan de sentido común como parece. A lo largo de la historia, sus defensores conservadores la han utilizado para exorcizar los fantasmas que les asustan: el Estado que iguala y protege, el bienestar que es fomentado desde lo público, el papel nivelador de las instituciones… “Austeridad”, bonita palabra contra la que nadie puede estar en contra, esconde una liquidación de
lo público muy del interés de los poderosos. En lo que respecta a la economía el Gobierno no sabe bien lo que hace: experimenta sobre la marcha, se somete al criterio particular de los socios prósperos del norte, se desespera al confirmar que eso de la confianza no se gestiona con tanta facilidad como esperaba, observa atónito el movimiento caótico y caprichoso de los especuladores. Pero usar cada vez el mantra de la austeridad, ahí sí, el presidente y sus ministros sí saben bien lo que hacen: saben que esa maldita palabra, tan bella e indiscutible sin embargo, lleva a un destino final con el que sí se sienten cómodos: la reducción de lo público – el soporte de la gente más vulnerable – en beneficio de lo privado – el coto de caza de los poderosos.

¿Y si no han sido los hermanos chechenos?

Publicado hoy en InfoLibre

Hay historias que necesitan un cierre. La madre que desespera al no encontrar el cuerpo de su hija asesinada. Los nietos que buscan el cadáver enterrado de su abuelo en quién sabe qué fosa común (es una estupidez decir que se “reabren las heridas” buscando los restos de los represaliados por el franquismo cuando lo que se quiere es precisamente que cicatricen). Como saben muy bien los guionistas, los novelistas y los dramaturgos, el bueno, o su causa, han de sobrevir. El malo debe ser castigado y su causa defenestrada.

En El poder político en escena relaciono la caza y muerte de Bin Laden con un descubrimiento neurológico bien interesante. Michael Gazzaniga ha descrito casos en los que personas con miembros amputados siguen sintiendo dolor en los miembros ya inexistentes… hasta que por algún procedimiento de espejos, se les hace pensar en la ilusión de que el brazo o la pierna que duele, de pronto están en su sitio. El dolor desaparece. Según parece, esa argucia demuestra que el cerebro, en efecto, sufre cuando el relato – sobre tu cuerpo o sobre tu hija o sobre tu abuelo, o sobre los ataques del 11S – no queda bien cerrado. Y se produce alivio cuando de alguna manera adquiere sentido cerrándose bien. Por eso, explico allí, nadie cuestionó la evidente vulneración del derecho internacional y los derechos humanos en la operación que dio muerte al mayor villano que existía sobre la tierra en ese momento.

La historia del maratón de Boston ha quedado cerrada de manera magistral, pese a lo doloroso de su desarrollo. Alguien rompe el equilibrio en la gran ciudad, mata a tres inocentes y deja malheridas a decenas. De manera inmediata actúa la policía, que asedia sin compasión la ciudad en busca de los malvados. Los ciudadanos de Newtown aguantan estoicamente. Se encuentra a dos sospechosos, cuya foto con gorra, gafas de sol y mochila resuena en el imaginario del mundo entero. Resultan ser hermanos chechenos. Nadie allí sabe muy bien dónde está Chechenia, ni los detalles de su historia, pero su nombre evoca de manera inmediata las mayores atrocidades. El primero es liquidado en un tiroteo sin contemplaciones. El segundo, casi. Se aplica el “primero disparar y luego preguntar” tan poco bostoniano pero muy del admirado arquetipo del cow boy, tan ajeno a Obama como cercano a su antecesor. Putin felicita a Obama, porque los tipos son, se da por hecho, radicales musulmanes chechenos, la pesadilla de Rusia.

Poco importa que los hermanos tuvieran una vida tan americana, según todos y cada uno de quienes les conocían, como la del Pato Donald. Nada importa que ninguno de los dos presuntos asesinos haya podido defenderse ante nadie, ni siquiera ante un abogado. Nada importa lo que digan sus padres y sus amigos, que defienden la inocencia de los dos jóvenes o se extrañan de la imputación. Nada importa que haya más indicios a su favor que en su contra. Algunos hechos se hacen cuadrar con la narrativa: según parece, el mayor ya muerto había estado unos meses en Chechenia recientemente, aunque llevaba en Estados Unidos una década y era ciudadano americano como su hermano; había afirmado que no tenía ningún amigo americano; e incluso, se dice, de pronto había empezado a hacer las cinco oraciones diarias… Suficiente para dar a las buenas gentes del mundo el alivio del brazo fantasma que quita el dolor. Suficiente para consolar a la aturdida humanidad que necesita saber que si los malos nos atacan, serán buscados y castigados. Suficiente para dar sentido narrativo a la tragedia.

No defiendo aquí la inocencia de esos dos hermanos (en las redes sociales hay algunos que lo hacen, y no son afganos ni chechenos ni extremistas musulmanes, sino compañeros muy americanos de la universidad). Defiendo que, aun comprendiendo que en muchas ocasiones tenemos prisa por encontrar explicaciones, que la historia acabe bien no debería ser a costa de los más elementales principios del derecho, tan largamente peleados por el ser humano.

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