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El dilema del prisionero y las cuatro estrategias posibles de Rajoy

¿Cooperarán los dos prisioneros para minimizar la pérdida total de libertad o uno de ellos, confiando en la cooperación del otro, le traicionará para quedar en libertad?

La información completa sólo la tenían, suponemos, dos “jugadores”: por un lado, Rajoy y los máximos dirigentes del PP. Por otro, algunos de sus exdirigentes, que le tienen más o menos ganas al presidente del Gobierno, y que también tienen acceso a los (digamos que supuestos) documentos de la caja del partido que se han hecho públicos en estos últimos días. Estábamos hace unas semanas en la típica situación que la teoría de juegos denomina “el dilema del prisionero”: dos prisioneros que cuentan con la misma información y que pueden delatarse mutuamente sin saber a ciencia cierta lo que hará el otro. Rajoy y el entorno de Bárcenas estaban exactamente en esa situación. El dilema explica que probablemente lo mejor era que ambos acordaran no hacerse daño mutuamente (no delatarse) y salir así airosos de la situación.

En “El arte de la manipulación política”, de 1993, Colomer aplica la teoría de juegos a las decisiones de los políticos en la Transición Española. Imprescindible para maquiavelos y aficionados.

Pero aquí uno de los jugadores (del entorno de Bárcenas de ahora o de antes, como es obvio), ya ha decidido maximizar el daño del otro (Rajoy) y minimizar el daño propio. En estas circunstancias, el daño – sea cual sea su gravedad – ya será siempre más severo para Rajoy.

Hay un excelente libro - aunque ya antiguo –  en el que Josep María Colomer aplica la teoría de juegos a varios momentos de la Transición española. Se llama El arte de la manipulación política.

¿Qué hacer en el manejo político de los acontecimientos a partir de ahora, cuando ya no cabe – presuntamente – que los dos jugadores minimicen el impacto encubriéndose mutuamente?

No tengo ni idea de qué saben, qué guardan, qué buscan, cada uno de los jugadores, y qué dinámicas internas se están ejerciendo en su toma de decisiones. Pero basta echar un vistazo a algunos casos similares de la Historia, para ver que básicamente son posibles cuatro estrategias:

Gérald Tremblay dimitiendo en noviembre del año pasado

1. La estrategia Tremblay. Dimitir, abandonar, rendirse. Tremblay era alcalde de la ciudad canadiense de Montreal y decidió dimitir fulminantemente y dejar la política por acusaciones de financiación ilegal de su partido. Es una estrategia muy infrecuente por el tremendo coste personal que conlleva. Para Rajoy es impensable: lleva un año, tiene un enorme poder en las instituciones, y seguramente no se siente culpable de las acusaciones en absoluto (son fundamentalmente actuaciones de sus antecesores; él las paró, según parece).

Dilma, especialista en cortar cabezas para no poner la suya

2. La estrategia Dilma o de la víctima propiciatoria. Dilma Rousseff lleva hasta siete ministros y 18 altos funcionarios cesados o dimitidos desde que es presidenta de Brasil, y es uno de los líderes mejor valorados del mundo. En su país la conocen por la rotundidad con que hace rodar cabezas a su alrededor, a poco que por ellos se pueda poner en riesgo su reputación. Esta estrategia es, suponemos, aplicable al caso de Rajoy: promover una criba contundente en el PP de todo aquel que tenga el más mínimo indicio.

Nixon durante su discurso histórico de Checkers

3. La estrategia Checker o de la victimización. Lo niegas todo, te enrocas, te presentas como víctima de conspiraciones más o menos malignas. Así hizo el entonces candidato Nixon cuando se le acusó de financiación ilegal de su campaña. Montó un fantástico numerito con discurso lacrimógeno incluido, y mención al perrito Checkers que alguien había regalado a sus hijas (como contraste con los regalos más serios que él negó haber aceptado) y logró sobrevivir unos días, y llegar a la presidencia. Como es sabido, finalmente se supo que era un corrupto y fue el único presidente de Estados Unidos que dimitió. El PP está por ahora aplicando la estrategia Checkers, que podríamos llamar también “estrategia Camps”. Por supuesto, esto funciona si es cierto lo que defiendes. Y si, además, es verosímil. El problema es que en el caso del PP, de momento, es bastante inverosímil. De seguir así, Rajoy podría terminar como Nixon o como Camps.

Clinton, que terminó confesando y pidiendo perdón por su conducta inadecuada

4. La estrategia Clinton, o Juan Carlos I, o de la penitencia cristiana. Aplicas y escenificas las fases del ritual del perdón clásico: examen de conciencia, acto de contrición, propósito de enmienda y penitencia. Si se hace bien, funciona. Claro que para eso tienes que haber pecado, reconocer que has pecado y prometer cambiar. Y no parece que el PP, o Rajoy, vayan por ahí, de momeno.

A la vista de otros casos como estos que aquí citamos, y suponiendo que las cosas sean como se ven por lo publicado (que, sinceramente, es mucho suponer), un marciano le diría al presidente del Gobierno que quizá le convenga aplicarse en la estrategia Clinton, reconociendo el pecado del partido en el pasado, pero al tiempo también en la estrategia Dilma (que rueden las cabezas de los culpables anteriores). Pero entonces uno piensa en quiénes eran los anteriores (Aznar, Arenas, Acebes y otros halcones), y el presidente suscita verdadera lástima como pobre prisionero de sus promotores.

Aunque quizá la estrategia que haya escogido Mariano Rajoy sea la del percebe gallego, según la cual lo mejor es pegarse a la roca y aguantar hasta que amaine el oleaje… Para el presidente del Gobierno es una estrategia bien conocida y le ha dado algunos buenos resultados.

El mundialmente conocido y muy resistente percebe gallego