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El consumo de televisión pública, asociado a un mejor conocimiento de los asuntos públicos

Se ha publicado recientemente un estudio (que puede verse aquí: Soroka et al. 2012. “Auntie Knows Best? Public Broadcasters and Current Affairs Knowledge”, en British Journal of Political Science), que constata una relación entre el consumo de televisión pública y el mayor grado de conocimiento de la población sobre los asuntos públicos. El análisis se ha hecho mediante encuesta internacional en seis países: Canadá, Italia, Japón, Noruega, Gran Bretaña y Corea del Sur. El resumen del artículo dice así:

“Las televisiones públicas son una parte central del sistema de los sistemas de medios nacionales, y a menudo se las tiene por especialistas en la provisión de noticias relevantes (hard news). Pero, ¿influye la exposición a las noticias públicas frente a la exposición a las noticias privadas en el conocimiento que los ciudadanos tienen de los asuntos de actualidad? Esta es la cuestión que se investiga en este artículo utilizando encuestas en varios países y capturando el conocimiento de los asuntos de actualidad y el consumo de medios. … Los resultados indican que, comparados con los medios comerciales, los medios públicos tienen una influencia positiva en el conocimiento de las noticias relevantes, aunque no todos los medios públicos sean igual de eficaces a este respecto. Las diferencias entre países están relacionadas con la independencia jurídica de los medios, la financiación pública de los mismos y la cuota de audiencia que consiguen.”

En resumen: garantía legal de independencia, más audiencia y más dinero, igual a una población mejor informada de los asuntos públicos.

Egipto: ¿dónde quedaron los tuits?

Publicado en InfoLibre el viernes 16 de agosto:

Añoro los análisis contundentes de los ciberutópicos que nos anunciaron la revolución a golpe de tuits, teléfonos móviles, “periodismo” ciudadano, redes articuladas en Facebook y sofactivismo. Tan locuaces entonces, cuando comenzó la llamada Primavera Árabe, y ahora no dicen nada. Deben estar vacacionando o simplemente atónitos y mudos ante la aplastante evidencia de los hechos.

No, no era libertad de expresión ni deseos de democracia a la occidental lo que querían los egipcios. En cuanto pudieron votaron a los Hermanos Musulmanes, que allí llaman “los barbudos”. Los que luego quisieron imponer la Sharía y recortar derechos a las mujeres. Pero también los mismos que proporcionan unos mínimos servicios de salud y educación a través de las muy analógicas redes sociales que se forman entorno a las mezquitas.

No, no fueron los jóvenes universitarios ilustrados y abiertos de Tahrir quienes derrocaron a Mubarak. Y menos aún a través de las redes de Internet (voy a tratar, por respeto a la tradición sociológica, que esas redes no se apropien del adjetivo”sociales”). Fue el ejército quien retiró su apoyo al anciano, rechazando a su hijo y heredero. El mismo ejército que luego convocó elecciones, admitió la victoria de Morsi y los barbudos, dio un golpe cuando no le gustaron las medidas del nuevo gobierno y
reprime en estos días las protestas brutalmente. Ahora que los vemos correr delante de los militares o poblar las morgues de El Cairo, ya no nos producen la misma simpatía que sus compatriotas de la Plaza de Tahrir de la Primavera, porque éstos nos parecen fundamentalistas, machistas, primitivos, terroristas en potencia. Y por eso –y porque ellos escriben en árabe– sus conversaciones y convocatorias en Internet, y sus teléfonos móviles, no nos parecen revolucionarios sino reaccionarios y peligrosos.

No, no es la espontaneidad ni la pretendida inteligencia de las multitudes que concurren en la red lo que encendió la mecha de las
protestas. Eso pudo ayudar, aunque yo me fío más de los investigadores que han descrito la influencia de Al Jazeera (aquí, y aquí), el canal informativo de referencia en el mundo árabe. Fue la decadencia vital y política de Mubarak, la ausencia de servicios públicos, el cobro sistemático de mordidas por todo y el desempleo insoportable.

No, no era una masa pacífica armada solo con sus móviles la que hacía la revolución. Solo quienes estén dispuestos a que los encierren, o a que los maten, o a matar ellos mismos, pueden poner en dificultades a un poder armado superior al suyo. Por eso,
Egipto está al borde de la guerra civil. Y quieran Dios y Alá que los aliados occidentales no se unan a los militares represores y los aliados musulmanes a los barbudos reprimidos… En esa pelea con fusiles, lacrimógenos, toque de queda y barricadas urbanas, Twitter y Facebook resultan sencillamente cómicos.

Leo estos días dos libros que recomiendo a mis amigos ciberutópicos muchos y buenos (lo cortés no quita lo valiente). Uno es
Conectados por la cultura, del biólogo Mark Pagel, una vibrante “historia natural de la civilización”. Otra manera mucho más realista, universal y atemporal de entender las redes sociales, las de siempre, las de verdad. Y leo también otra obrita más liviana, de B.J. Mendelson, un ex consultor de marketing en internet, converso y sincero, cuyo título lo dice todo: Social Media is
Bullshit
.

Voz más grave, más poder, más ingresos

Una voz más grave es una ventaja evolutiva en los hombres. Un buen número de estudios ha demostrado que quienes tiene la voz más grave resultan más atractivos a las mujeres, tienen más relaciones sexuales, más hijos, y son física y socialmente más atractivos. La voz profunda se asocia con la competencia, la persuasión, la asertividad y la confianza (en el estudio que voy a citar ahora se refieren todas esas investigaciones).

Es algo que sabemos intuitivamente: el rugido del león ha de ser profundo para inspirar temor. La voz de un fantasma se vuelve cómica y no terrorífica si es aguda. Cuando queremos impostar nuestra voz y hacerla pretendidamente atractiva, bajamos su tono. Las voces radiofónicas más apreciadas en los hombres son graves. El poder masculino (el femenino también, pero ésa es otra cuestión) se asocia a una voz grave.

Los profesores Mayeu y Venkatachalam de la Universidad de Duke han dado un paso más en la constatación de ese hecho, en un estudio interesante (“Voice pitch and the labor market success of male chief executive officers”). Midieron la frecuencia de las voces de 792 máximos directivos de grandes empresas estadounidenses, extraídas del archivo StreetEvents de Thomson Reuters. Y buscaron la asociación con el volumen de la empresa que dirigían y, derivado de esa variable, con los ingresos que percibían por su trabajo. Hay que decir que prácticamente todos eran varones blancos y de edad mediana (rondando los 50). Pues bien, los que tienen una voz más grave dirigen compañías mayores. Ese hecho, a la postre, se asocia con un mayor nivel de ingresos. De manera que un descenso de 22 herzios en la frecuencia de la voz lleva asociados 182.000 dólares más de ingresos al año.

 

La ingenuidad de “Marca España”

Publicado el viernes 26 de julio en @Infolibre

Tuve el privilegio, junto a Javier Valenzuela, de ser el interlocutor por parte del Gobierno en los trabajos iniciales que, durante la legislatura de Zapatero, trataron de vincular a la Administración con la iniciativa privada que, partiendo del Foro de Marcas Renombradas, del Instituto Elcano y de Dircom, buscaba sinergias para promover un mejor conocimiento internacional de España. Lo que ya entonces se llamaba proyecto Marca España. Ya andaban por allí antes el Instituto de Comercio Exterior, el Instituto Cervantes y Turespaña y el apoyo de Moncloa era, naturalmente, un factor decisivo para el éxito de la idea.

Las dificultades se hicieron notar desde el primer momento, y no fueron éstas culpa del Gobierno, sino más bien del hecho incontrovertible de que comunicar España no es tan fácil como puede parecer. Encontramos que marcas muy importantes preferían no añadirle el apellido español a su nombre, porque hacer mención a su origen no les aportaba nada. Aún hoy el banco Santander sigue haciendo publicidad como uno de los mayores bancos del mundo en caros espacios de revistas internacionales, sin que se mencione siquiera que se trata de un banco español. Es dudoso que poner España aporte nada a Telefónica en su publicidad internacional, o al BBVA en los carteles que dan entrada a sus oficinas por medio mundo. Muchas marcas estaban dispuestas a reunirse, a acordar algún plan sobre el papel, o incluso a poner dinero si se pedía, pero a la hora de la verdad, por triste que parezca, renunciaban a su nacionalidad en la comunicación con sus clientes.

Lo mismo les sucedía a las comunidades autónomas. De Cataluña o del País Vasco no hace falta ni comentario. Para ellas la marca España no solo no es una ventaja, sino que es un auténtico obstáculo en la promoción de su “marca” particular preferida. Por lo demás, Andalucía tenía más bien el interés en promover su nombre como destino turístico (y aún en los aeropuertos se ve Andalucía, sin España, en los vídeos y carteles de promoción de la Junta), y La Rioja tiene suficiente entidad
como origen de excelentes vinos sin que España aporte de más al sello.

Incluso quienes estaban (estábamos) de acuerdo con la necesidad de promover la Marca España sin excusas, como los propios promotores de la iniciativa, tenían el problema de que, al poner en marcha planes, costaba definir qué es España, o qué debe ser. De manera que llegamos a un bloqueo irresoluble cuando iniciamos el debate sobre si reforzar los elementos arquetípicos de la marca (un país abierto, amigable, festivo, tolerante, nihilista y alegre), o más bien elementos prometedores o aspiracionales (un país innovador, creativo, vanguardista, productivo). Debatimos un rato y clausuramos la conversación sin conclusiones.

Después de reunirnos con ella, la vicepresidenta De la Vega aplazó sine die la participación del Gobierno, esperando, dijo, a la reforma del servicio exterior que aún estaba pendiente. Más tarde, azuzados por las tendencias centrífugas y la obsesión
patriotera del PP, pusimos el sello Gobierno de España a toda la publicidad institucional
y quisimos que la Cooperación Española pusiera el nombre de España en los miles de lugares en los que distribuye ayuda por el mundo. Rajoy, entonces líder de la oposición, criticó al entonces presidente Zapatero por aprobar tales iniciativas, e incluso le dedicó una pregunta en la sesión de control de los miércoles. Qué cosas.

Es en esa situación que el PP llega al Gobierno y Rajoy decide pasar a la historia como el gran promotor de la Marca España. A través de un alto comisionado de nueva creación –para esto no sobran puestos– pone en marcha una web en español y en inglés que es una visión parcial, selectiva, liviana y trivial de nuestro país. Y una cuenta en Twitter que solo tuitea en español, como si el público prioritario estuviera aquí (me temo que de hecho Rajoy está pensando más en los españoles que en el resto del mundo). En uno de los viajes de promoción, alguien pone de manera ingenua al Rey delante del consejo editorial del New York Times pensando que el periódico hablará maravillas de España y no de los problemas que atenazan a la Casa Real. Más tarde, resulta que a Juan Carlos Gafo, al que conozco y de cuya buena voluntad no dudo, se le va la mano en Twitter, y con ello su cargo como número dos del proyecto. Así, la Marca España, aquí dentro del país, se convierte en un constante hazmerreir a base de tontunas.

Y mientras tanto en otros países, que se supone deberían ser receptores de nuestros buenos mensajes, de España se habla en negativo, porque por mucha buena voluntad y mucho alto comisionado que creemos, lo que nos pasa es más bien negativo, por no decir que vergonzoso. Véase con una simple búsqueda lo que ofrece sobre España en The Economist, que
siempre es una referencia: el presidente Rajoy en su lío sobre Bárcenas, el costoso esfuerzo español en energías renovables, las dificultades del PSOE, la recesión que no cesa… O lo que cuenta el New York Times: más Bárcenas, turismo y curiosidades, y mucho fútbol… El propio Instituto Elcano tiene un observatorio de la Marca España que cuenta lo que podemos intuir: que resultamos simpáticos por ahí fuera, pero que no despertamos la confianza económica y somos percibidos como más bien corruptos.

Esta obsesión ingenua del Gobierno con la Marca España me recuerda a esa repentina aparición de grandes banderas de España que se ubicaron en algunas rotondas de los municipios más conservadores de los alrededores de Madrid. Fue como de repente, hará cosa de tres o cuatro años: mientras unos cuantos alcaldes y concejales se corrompían contratando actos – todo presuntamente – con el muy español Correa, y otros asistentes a la muy española boda de El Escorial, de pronto surgían como setas banderas de tamaño máximo en las cercanías de Boadilla, Las Rozas, Pozuelo o Majadahonda. En una competición para ver quién tenía la bandera más grande. Mientras tanto, la prensa internacional se hacía eco de los casos de corrupción españoles, cubriendo de mierda la imagen de nuestro país.

Si Rajoy quiere hacer un favor de verdad a la Marca España, quizá sería más barato y más rápido que el jueves que viene demostrara de verdad que da la cara, que lidera, que explica, que afronta, y que está dispuesto de verdad a que nadie, por muy cerca que esté de él, o muy amigo que haya sido, se atreve a corromper más nuestro hermoso país. Animo, presidente.

Sacar el percebe

Publicado el viernes en InfoLibre:

 

Rajoy podría haber dimitido, una estrategia impensable en un presidente que lleva dos años y poco de Gobierno, que cuenta con un apoyo interno casi cerrado y con un poder institucional como no han disfrutado ninguno de sus antecesores. Esa decisión, que yo llamoEstrategia Tremblaypor el nombre del alcalde de Montreal que dimitió de manera fulminante cuando se le acusó de financiación ilegal de su partido, tiene un enorme coste personal, inasumible por el presidente español.

Rajoy podría haber adoptado la “estrategia Dilma”: buscas unas cuantas víctimas propiciatorias y cargas en ellas las responsabilidades. Te desvinculas de ellas luego y quedas limpio. La presidenta de Brasil ha cesado ya a una treintena de ministros y altos funcionarios de su gobierno para salvarse. Claro que cuando tú mismo has estado recibiendo ilegalmente sobresueldos, según parece, es difícil cargar por completo la culpa en otros.

Podría haber adoptado la “estrategia Clinton o del perdón cristiano”. Escenificas el sacramento en todas sus fases: examen de conciencia, acto de contrición, propósito de enmienda y penitencia. Creo, visto lo que estamos viendo, ésta habría sido la opción más inteligente.

Pero Rajoy optó inicialmente por la “estrategia de la victimización o de Checkers”, el famoso perrito de Nixon que él utilizó en el histórico discurso en el que negó haber recibido regalos a cambio de favores políticos. Lo desmintió todo, acusó a los adversarios de las supuestas insidias, que finalmente se demostraron ciertas, y contó, haciendo llorar de
emoción a miles de estadounidenses, que el único regalo que había aceptado había sido un perro que decidió quedarse para alegría de sus hijas.

Más recientemente, desde que los papeles de Bárcenas se han ido demostrando auténticos, el presidente del Gobierno se ha enrocado en la “estrategia del percebe gallego”. Guiado por los caros y poco audaces consejos de Pedro Arriola, te agarras fuerte a la roca, aguantas los golpes de las olas y esperas a que escampe. Rajoy es el paradigma de la resistencia. Si fuera un animal, sería percebe. Es un corcho. Un flotador. Tiene una capacidad ilimitada para no dejarse hundir por las presiones.

Pero desde el domingo pasado, tiene un problema que ya no es solo Bárcenas. El día en que el director de El Mundo – el siempre personalista y tenaz Pedro J. Ramírez – decide contar una conversación con el extesorero hoy encarcelado, y darle carta de naturaleza al día siguiente con la publicación a cinco columnas del documento original que demuestra que Rajoy cobró ilegalmente sobresueldos siendo ministro, el asunto adquirió nuevas peculiaridades.

En realidad, nada de lo que hemos sabido es nuevo del todo: los documentos que publicó El País fueron validados
por la Justicia hace ya meses
, aunque fueran fotocopias, y España entera intuye que Rajoy y el PP se financiaron con fondos ilegales o al menos oscuros. No hay mucho nuevo en la publicación de documentos originales.

Lo que sí es nuevo es que un periódico muy influyente en el centro derecha y la derecha española, y un director especialmente habilidoso para marcar de forma contundente la agenda a los presidentes, hayan decidido sacar la bistonza, que es la suerte de lanza que los percebeiros utilizan para arrancar al crustáceo de la roca.

Rajoy ha declinado las ofertas de los medios de comunicación españoles para que se explicara sobre lo evidente: que el PP estuvo recibiendo dinero opaco a espuertas y repartiendo parte entre sus líderes. Pero desde esta semana, la cosa se le complica todavía más, porque hay ya una presión insoportable para que deje de aferrarse y dé explicaciones. No digo que sea imposible, pero es difícil que una previsible raquítica recuperación económica en los próximos meses le resulte suficiente para aguantar las bistonzas de los medios, el Parlamento, la Fiscalía y la opinión pública. Siempre he sido un cínico y
sorprendido admirador de la capacidad de resistencia de Rajoy, pero me da que la estrategia se le ha quedado vieja.

(Tras la publicación de este artículo, me escribe Rosa María Artal para reclamar el crédito del concepto de “estrategia del percebe”. Desconocía que ella había utilizado la metáfora antes, pero lo hizo, y el crédito de su creación le corresponde completamente a ella. Luego hizo un libro con la idea: Salmones contra percebes).

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¿Obama o “Gran Hermano”? Test de conocimientos

(Publicado en InfoLibre: )

Las ventas de “1984”, la famosa novela de George Orwell que describe la acción totalitaria de un Gran Hermano que controla el pensamiento y la acción de sus ciudadanos, se han multiplicado por cuatro en las últimas semanas en Estados Unidos, según datos de Amazon. El renovado interés por el libro se debe al descubrimiento de que la Administración estadounidense, bajo la dirección de Bush, pero también de Obama, ha estado controlando cientos de millones de llamadas telefónicas y de mensajes de correo y otras informaciones de ciudadanos corrientes dentro y fuera del país. Sabemos que el agente que desveló tales prácticas está escondido en algún lugar del mundo. Los comentaristas tiraron en seguida de la icónica novela, publicada en 1949 para describir la impresentable política de vigilancia desarrollada por la NSA (la Agencia de Seguridad Nacional). Sí, de acuerdo, comparar nuestra sociedad democrática y libre con la Oceanía controlada por el Gran Hermano que imaginó Orwell puede ser excesivo…. O quizá no tanto. Responde este breve test (que encontré en una versión previa en inglés en BuzzFeed Politics), para que tú juzgues hasta qué punto la comparación es impropia. (Respuestas correctas al final).

1.       ¿Dónde se habla de “metadatos de telefonía”?

a. En 1984.

b. En la documentación del Gobierno de Obama.

 2.       ¿Qué es el “Teledep”?

a. El departamento que en 1984 se encarga de re-escribir la historia a través de los medios de comunicación.

b. El departamento del Gobierno de Obama encargado de obtener información de las comunicaciones de los ciudadanos.

 3.       ¿Quién tiene un “Custodio de las Grabaciones”?

a. El Gran Hermano de Orwell.

b. El Gobierno de Obama.

 4.       ¿Quién y para qué aplica la “minería de datos”?

a.- El Gran Hermano que cuida de la seguridad de sus ciudadanos en 1984.

b. El Gobierno de Bush y de Obama que cuida de la seguridad de sus ciudadanos desde el 11S.

 5.       ¿Qué es la “neolengua”?

a. El lenguaje de 1984 caracterizado por el eufemismo y la propaganda.

b. El lenguaje de la Administración Obama caracterizado por el eufemismo y la propaganda.

 6.       ¿Qué es la “Corte de Vigilancia de la Inteligencia Exterior”?

a. Un tribunal secreto de 1984 que vigila las iniciativas que se creen relevantes para la seguridad del país imaginado por Orwell.

b. Un tribunal secreto de EE.UU. que vigila las iniciativas que se creen relevantes para la seguridad de los Estados Unidos de América.

 7.       ¿Qué es la “Pornosec”?

a. La Sección orwelliana del Departamento de Ficción del Ministerio de la Verdad que proporciona porno para distraer a las masas trabajadoras.

b. La división de la Administración de Obama encargada de supervisar las comunicaciones de supuestos terroristas escondidas en páginas con contenido pornográfico.

RESPUESTAS CORRECTAS:

1b. Efectivamente, “Telephony metadata” es el término que utiliza la Administración Obama para referirse a las llamadas recogidas de los ciudadanos estadounidenses, sistemáticamente analizadas por el Gobierno.

2a. El “Teledep” es el “Departamento de Teleprogramas del Ministerio de la Verdad” en la novela de Orwell.

3b. Sí, por grandilocuente que suene, “El Custodio de las Grabaciones producirá para la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) … de forma diaria durante la vigencia de esta Orden, a menos que los Tribunales digan lo contrario, una copia electrónica de los siguientes tangibles: todos los detalles de las llamadas grabadas o “metadatos de telefonía” creados por Verizon para la comunicación entre los Estados Unidos y el exterior, o dentro de los Estados Unidos, incluyendo llamadas de teléfono locales.”

4b. He aquí una de las consecuencias de esas dos prácticas tan admiradas por los especialistas en publicidad, marketing y comunicación: el “data mining” y el “big data”.

5a. Pero podría haber sido también 5b. Al menos eso dicen estos días muchos comentaristas.

6b. Sí, tal cual. Un tribunal que en realidad existe desde hace décadas y que delibera en secreto.

7a. Pero todo se andará…

 

Pequeña sociología del abucheo. Dos casos prácticos.

Dando continuidad al post de ayer (Pequeña sociología del abucheo):

  • Zapatero en el incendio de Guadalajara. Después del incendio en el que perdieron la vida 11 agentes forestales, la vicepresidenta de la Vega visitó la zona afectada. Aunque viajó de noche de manera inmediata tras el accidente, tuvo que aguantar los abucheos de parte de los ciudadanos. Incompresible, porque la vicepresidenta tenía muy buena valoración, cumplió de inmediato con su deber y estuvo cercana. Pero no parecía ser suficiente y se llevó una bronca. Los requerimientos pronto se elevaron al presidente del Gobierno. Era julio de 2005 y Zapatero no llevaba ni un año en el Gobierno. El problema era si cancelar o no un viaje a China que el presidente tenía con una importante delegación de empresarios españoles. Cancelar el viaje era claramente un exceso: se había estado preparando el viaje con todo cuidado y el presidente, a efectos prácticos, no hacía “nada” en Guadalajara. Pero no ir significaba que te acusarían de cobarde, de inhumano o de lindezas parecidas. Finalmente, Zapatero fue a China. La presión siguió durante la semana. El PP no hacía más que preguntar por qué el presidente había dejado abandonados a los manchegos tras el accidente. El fin de semana del 23 y 24 de julio de 2005, Zapatero volvía de China. El avión aterrizaba como a las 8 de la mañana. Una hora perfecta para que pudiéramos evitar los abucheos sin problema. El helicóptero del presidente fue directamente hacia la zona incendiada con un aviso a la prensa de apenas unos minutos. Siendo domingo, a primera hora de la mañana, y por sorpresa, los organizadores potenciales del abucheo no pudieron estar presentes. Zapatero pudo decir aquello de “Quería venir a Guadalajara en cuanto llegara a España”. Lo que no hacía falta que dijera es que en su movimiento estaba también, por supuesto, evitar el abucheo por parte de unos cuantos aguerridos voluntarios de las juventudes del PP.

  • Los príncipes en el Liceo. El pasado 30 de mayo, los príncipes de Asturias sufrieron un sonoro abucheo en el Liceo de Barcelona (vídeo), justo antes de la representación de la ópera L’elisir d’amore. Fue sorprendente porque invitaba el propio Liceo y porque en ese prestigioso teatro no es frecuente escuchar broncas. Naturalmente, todo el mundo tendió a interpretar que era un rechazo a los príncipes como símbolo de España (en un momento de máxima expresión de la efervescencia independentista), y como símbolo de la crisis de la Casa Real. Puede que algo de eso hubiera. Pero hay causas más prosaicas. Me cuenta una persona que ha organizado decenas de actos en Cataluña, que el motivo real del abucheo es que mucha parte del público era gente que había pagado por su entrada para asistir a la representación. Entradas que suelen costar en torno a los 200 euros. No era por tanto un público invitado y por tanto cautivo, sino un público comercial, más exigente. Y que a esa gente probablemente no le gustara que la representación empezara con más de media hora de retraso, esperando la llegada de los príncipes. No podemos saber qué habría en otras condiciones, pero es probable que si los príncipes hubieran llegado a la hora, al son de la música de bienvenida bien alta, o de los aplausos promovidos por la claque correspondiente, no habría habido abucheos. Quién sabe…

 

Pequeña sociología del abucheo

 

Son tiempos de abucheo. Príncipes y empresarios, políticos y periodistas, tienen que aguantar todos ellos la enorme desafección del común de la gente con respecto a los poderosos. Eso se traduce cada día en boicots, escraches y abucheos en actos públicos. Quizá sea oportuno recordar lo que sabemos del abucheo. Algo tan útil para quien quiere promover un abucheo como para quien prefiere evitarlo.

Primera cuestión fundamental: a diferencia del aplauso, que casi siempre es espontáneo y rápido, el abucheo tarda más en llegar y es fruto de una consideración previa por parte de la audiencia. Digamos que cuando hay que aplaudir (porque toca en la liturgia o porque el orador así lo indica con sus frases o su entonación), el público responde de manera casi siempre consensuada en un tercio de segundo. El abucheo, por el contrario, requiere que una o unas pocas personas lo inicien, y que luego otras cuantas lo continúen, después de haber “escaneado” brevemente cuál es la situación. En otras palabras: tanto si quieres abuchear como si quieres evitar un abucheo, deberías empezar a abuchear o a aplaudir, respectivamente, en cuanto puedas. Si empiezas demasiado tarde, puedes perder la batalla del ruido. (Sobre la diferencia de la dinámica del aplauso y del abucheo, Steven Clayman, “Booing: the anatomy of a disaffiliative response”, en American Sociological Review, 58, 1993).

Segunda cuestión: no hay abucheo pequeño. Si un tipo se pone a aplaudir solo, lo más probable es que no llegue al segundo aplauso. En el tercero dejará de hacerlo por la presión del público. Pero un abucheo es otra cosa: se trata precisamente de una conducta desafiliativa (perdón por el palabro), de ruptura. Y para que se produzca la ruptura del consenso basta con unos pocos. Incluso con uno. Así, vemos en televisión constantemente imágenes de líderes interrumpidos por un único sujeto, o dos o tres. Lo que se comunica es la ruptura del consenso, aunque sea muy minoritaria.

Tercera: el abucheo es muy contagioso. A pesar de los mitos sobre la irracionalidad de las multitudes, su excesiva carga emocional, etc., los públicos son bastante racionales. Supervisan cómo está el clima y se adaptan a él. Ver que alguien es abucheado allá donde va fomenta que quienes quieran abuchear se sientan más legitimados para hacerlo, y que quienes rechazan el abucheo tiendan a callarse. Conocemos ese efecto desde antiguo, y especialmente desde que Elisabeth Noelle-Neumann nos regalara su libro La espiral del silencio. Por tanto: si quieres abuchear, hazlo durante unos cuantos días de manera constante. Y si quieres evitar el contagio, quizá te venga bien esperar pacientemente en casa un tiempo de cuarentena.

Cuarta: se trata de una competición, pero nada igual en sus condiciones. La condiciones determinan de forma definitiva el éxito de unos u otros. Si quieres evitar un abucheo, no permitas que quienes te apoyan estén incómodos por nada (por ejemplo, empezando tarde un acto o molestando demasiado en el control de los accesos). Sin embargo, si quieres evitar un abucheo, es también mejor conocer y controlar bien a quien accede. Por otra parte, siempre será mejor que las imágenes sean de un coche entrando en un garaje, a que sean las de un orador que no puede hablar porque no le dejan. Del lado de los abucheadores, basta con romper las normas para lograr atención: saltar semidesnudo al escenario, empezar a gritar en medio del discurso, silbar… La guerra es muy desigual en esto: basta con que rompas la armonía para generar atención y titulares. Como bien sabe Greenpeace, si además te arrestan unos cuantos días, con perdón por la frivolidad, pues aún tienes un poco más de gloria.

 

Crowd-tonting… No digamos que no nos habían dicho que nos espiarían…

Publicado en InfoLibre el viernes pasado.

Día 20 de marzo en Nueva York. El director de tecnología de la CIA ofrece una conferencia que bien podría haber sido argumento de Mortadelo y Filemón. Dice el individuo, un tal Gus Hunt (el nombre tiene ya su gracia): “el valor de cualquier pieza de información solo se conoce cuando puedes conectarla con algo más que llega en el futuro”. “Puesto que no puedes conectar puntos que no tienes, eso nos lleva a… digamos que fundamentalmente tratamos de recogerlo todo y mantenerlo para siempre.” Y advierte luego: “Ustedes son ya sensores andantes” y “la tecnología en este mundo se mueve más rápido que los gobiernos o las leyes… Ustedes deberían preguntarse cuáles son sus derechos y quién es propietario de sus datos”.

El bueno de Gus puede decir tal cosa sin que se le caiga la cara de vergüenza hasta que descubrimos, como esta semana, que, en efecto, la CIA está haciéndose con información de millones de personas, que pasa previamente por las manos de jóvenes en zapatillas y sin corbata en empresas privadas. No será porque Gus no nos había avisado…

Hay acontecimientos que nos despiertan del sueño de la ciberutopía. Como pensábamos que Internet es otro mundo, creímos que ahí sí se podían robar libros o canciones o fotos. Y que eso no era lo mismo que robarlos de una librería, una tienda de discos o una exposición fotográfica. Como pensamos que Internet es un mundo nuevo, confiamos en que esa nueva libertad de
internet nos permitiría derrocar a dictadores y sátrapas
. Hasta que llegaron los cañones y liquidaron las esperanzas infantiles de los sofactivistas. Como pensamos que Internet abre un mundo nuevo, pusimos los periódicos gratis, hasta que recientemente hemos redescubierto que la buena información debe pagarse, y ahí están los viejos periódicos volviendo a pasar factura por lo que debe sin duda pagarse. Como supusimos que Internet abría las posibilidades de la participación política,
fomentamos plataformas, campañas y wiki convocatorias, para descubrir que los interesados y los comprometidos son los de siempre, y que sin riesgo, disciplina y perseverancia no se provocan de verdad cambios sociales. Como pensamos que Internet debía ser “neutral”, dejamos en manos las multitudes, lo horizontal y lo aparentemente espontáneo la autorregulación de
Internet
. Para descubrir que lo único que hemos promovido es una increíble concentración de poder en manos de unas cuantas empresas gigantes en Sillicon Valley; eso sí, con un amable aspecto inofensivo de jóvenes en zapatillas y jugando al billar en espacios diáfanos. Como creímos que el futuro estaba en la “libertad” infinita de la red, nos opusimos a la regulación. Y vemos ahora que eso permite tropelías como la persistencia de patrañas en la red, la vulneración de derechos individuales o
la desnudez de la vida privada de uno.

Quienes creemos que es absurdo distinguir Internet de lo real, porque Internet es ya real; o lo on-line de lo offline, porque ambos se funden ya de hecho; o a los cibernautas de los ciudadanos, porque todos somos ya ambas cosas… Quienes creemos que esa distinción es absurda, pasamos por viejos y antiguos. Dicen que queremos manejar el mundo del siglo XXI con normas del XX. Yo digo que los viejos son ellos, que quieren regular el siglo XXI con normas del siglo XV. Lo moderno, con permiso, es entender que los estados, en representación de sus pueblos, deben poner coto a los desmanes de los poderosos, en el mundo real, o en internet, que son exactamente lo mismo.

Infiltración semántica

 

 

Mi artículo de hoy en Infolibre dice así:

Cuentan las noticias de estos días que la izquierda europea está peleando “contra la austeridad” impuesta por las autoridades comunitarias. El problema de tal afirmación es que con dificultad puede estar un ciudadano corriente
“contra la austeridad
”. La austeridad, por definición, es buena: el austero, dice el diccionario, es “severo, rigurosamente ajustado a las normas de la moral”, o también “sobrio, morigerado, sencillo, sin ninguna clase de alardes”. Antónimos de “austero” son disoluto, débil, espectacular, esplendoroso, extremo, licencioso, soberbio, voraz, suntuoso… La austeridad, por lo demás, es una cualidad asociada implícitamente al imaginario conservador.

He aquí un ejemplo de última hora de lo que desde hace años llamamos “infiltración semántica”. Los conservadores han logrado entrar en la semántica de la izquierda, que ha terminado por aceptar el concepto, aunque fuera para negarlo infructuosamente. Tanto es así, que algunos han tenido que inventar términos imposibles, como “austericidio”. Ahora va a resultar que un progresista tendrá que optar por “matar la austeridad” como línea de su programa político. De
locos.

Hay abundantes ejemplos de infiltración semántica. Quienes defendemos el derecho de las mujeres a decidir sobre su maternidad hablamos con naturalidad de los colectivos, las asociaciones o las manifestaciones “pro vida”. Los conservadores se han infiltrado en nuestra semántica, y explícitamente aceptamos que ellos están “por la vida” y nosotros no. Los nacionalistas se han infiltrado en el lenguaje de sus adversarios y han logrado colocar el “derecho a decidir” para esconder el programa independentista, y han logrado poner así a un partido tan honorable como el PSC en la tesitura de tener que contestar si está o no a favor de algo contra lo que nadie puede estar: “el derecho a decidir”.

Acabo de publicar, con el apoyo de la Fundación Ideas y bajo el sello de Edhasa, el libro Frases como puños, una constatación científica del enorme poder de las palabras en la construcción social de la realidad. Si decimos “funcionario”, “sindicato” o “mercado”, la gente se sitúa en línea con las ideas conservadoras. Pero si decimos “médicos y maestros”, “representantes de los trabajadores” o “especuladores”, el  perezoso cerebro humano se acomoda más fácilmente a los
postulados típicamente progresistas.

Cuando el lenguaje se ha extendido y ha colonizado una sociedad, y cuando ha logrado infiltrarse en el imaginario del adversario, ya es difícil sacarlo de ahí. Quizá resulte imposible negar ya que estamos en una batalla imposible “contra la austeridad”, y no tengamos más remedio que librarla. Pero los progresistas del mundo harían bien en reconocer que las palabras no son objetos inofensivos y su tratamiento cosas del marketing. No: las palabras son la materia prima de la política y poderosas armas de influencia en el orden social. En las escuelas de negocios, en las iglesias y en los think tanks conservadores, hace mucho tiempo que se aplican en su uso inteligente.

Si quieres rastrear el origen de la idea de la infiltración semántica, te dejo aquí un artículo de hace dos años de su “inventor”, el ya fallecido ultraconservador Fred Iklé, que utilizó esas dos palabras por vez primera en los 70. En el artículo acusaba la infiltración progresista con términos como “inmigrante indocumentado” en lugar de su preferido “inmigrante ilegal”, o como “países en desarrollo” o “acción positiva”. Bendita sea la infiltración progresista y qué necesaria es, añado yo. No te pierdas el artículo.

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