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Obama, OBJETIVAMENTE más asertivo (y el sorbo de agua de Marco Rubio)

Sus seguidores lo han estado esperando largo tiempo. En su primera legislatura Obama era frecuentemente criticado por condescender demasiado, ofrecer resultados muy matizados, negociar en exceso. Las bases progresistas de Estados Unidos, representadas en organizaciones muy potentes, como MoveOn.org o el Center for American Progress, sufrían, de manera más o menos silenciosa, esa posición aparentemente complaciente de aquel ya lejano candidato de la esperanza y el cambio que parecía omnipotente en campaña.

Después de cuatro años con “victorias” percibidas por la ciudadanía como contundentes (como la eliminación de Bin Laden), medianas (como la tímida recuperación de la economía o la reforma del sistema de salud), o alternativamente acontecimientos vistos como simples fracasos (como la incapacidad para limitar la posesión de armas o para cerrar Guantánamo), hoy el presidente de Estados Unidos se presenta con nuevos bríos, más asertivo y contundente.

No es solo una suposición o una opinión, aunque de estas hay muchas. Es también un hecho objetivo. El presidente de Estados Unidos utilizó un lenguaje más asertivo y más contundente tanto en el debate del estado de la Unión del pasado martes, como ya lo había hecho en su discurso de toma de posesión. Es un hecho objetivo porque la asertividad de un discurso se puede medir: con una compleja codificación, el ordenador puede calcular la asertividad de un texto distinguiendo las palabras complejas y ambivalentes, de aquellas que son simples y contundentes. Y pueden también medir la frecuencia de verbos y tiempos verbales que resultan más asertivos.

El profesor Stephen Benedict Dyson ha hecho exactamente eso y ha presentado conclusiones. El resultado es claro: Obama estuvo más asertivo tanto en la apertura de su segunda legislatura como en el debate anual del estado de la Unión. Todo hace pensar que el prudente, negociador y contemporizador Obama de los primeros años, ha decidido, ahora que ya no tiene que luchar por los votos, convertirse en un presidente más nítidamente progresista, más resolutivo y que deje más huella en la Historia.

Obama recibe el aplauso de todos puestos en pie

Obama recibe el aplauso de todos puestos en pie, foto oficial de la Casa Blanca.

Por lo demás, esa liturgia de unidad en que se ha convertido el debate del Estado de la Unión es reflejo de la enorme fuerza que en Estados Unidos tienen los símbolos del patriotismo, por encima de las querellas partidistas. El presidente entra en el hemiciclo del Capitolio arropado por los aplausos de todos los representantes y senadores e invitados. Todos: de la derecha y de la izquierda, puestos en pie, aunque luego hagan una feroz oposición al presidente. Como se afirma, erróneamente, que Roosevelt dijo de Somoza: “Este será un hijoputa, pero es NUESTRO hijoputa”. Nadie contesta al presidente, ni siquiera le interrumpen. Sencillamente le escuchan. Es el jefe del Estado. (Nota importante: el jefe del Estado en países como España no es Rajoy sino el rey, por supuesto, por lo que las comparaciones hay que hacerlas con cuidado…).

A la liturgia de la unidad se le añaden las palabras del discurso del Obama “storyteller” (que pueden analizarse aquí con una magnífica presentación del New York Times). Una vez más, la épica y la lírica de Obama es una sucesión de historias personales, de carne y hueso: aparecen por el texto soldados uniformados defendiendo la bandera estaodunidense, empresas que funcionan con sus motores a pleno rendimiento (Obama cita por su nombre a Ford, Intel, Apple…), la joven Hadiya Pendleton de 15 años, majorette en su escuela hasta que es asesinada ”a una milla de mi propia casa en Chicago” – dice Obama… Buen estreno, más que digno, del nuevo chief speechwriter de la Casa Blanca, el joven Cody Keenan, que sustituye al brillante Jon Favreau, que se va a Hollywood a hacer guiones para el cine, ni más ni menos. La Casa Blanca no tiene ningún problema en ofrecer al mundo un vídeo interesantísimo, en el que se ve el arduo proceso de producción de ese discurso emblemático:

Este despliegue simbólico de fuerza, unidad, épica, retórica (y en el caso de Obama, progreso, avance y cambio), ha contrastado necesariamente con la pobreza de la réplica que ha ofrecido Marco Rubio desde el lado conservador. Esas réplicas no tienen en realidad mucha importancia. Se instauraron en 1966 y son simplemente un discurso televisado, sin audiencia, que ofrece la respuesta política de la oposición, que aprovecha la ocasión para lanzar o reforzar a alguna de las estrellas supuestamente prometedoras del momento. En esta ocasión, se trató del senador hispano Rubio, esperanza de los republicanos. El llamado “Obama latino” u ”Obama republicano”; por su juventud, su pertenencia a una minoría étnica y su claridad en los principios. Que diera su discurso en español no es una novedad: ya ha habido versiones españolas de la réplica en el pasado. Pero sí ha sido una lamentable novedad ese traicionero trago de agua acelerado, agustioso e infantil, que ha dado la vuelta al mundo y que ha permitido a alguien decir que “los republicanos se muestran demasiado sedientos de poder”. Aunque el gesto en sí no tenga la menor importancia, desde luego traslada la imagen de un partido republicano empequeñecido, débil, torpón, frente a un presidente agrandado por la fuerza de los símbolos y de las palabras.

    “Omnipotencia temporal, o cómo incluso el papa puede convocar elecciones estratégicamente”

    Este es el título de un post que leo en The Monkey Cage, y que no podría escribir mejor que sus autores, por lo que me limito a traducirlo aquí. La tesis es sencilla: el estado de ánimo del afectado, su salud, etc. tienen sin duda un papel en la decisión de Ratzinger. Pero también hay componentes estratégicas bastante prosaicas. Lo escriben los politólogos Forrest Maltzman y Melissa Schwartzberg, coautores con Lee Sigelman de Vox Populi, Vox Dei, Vox Sagittae. En concreto, dicen los autores, el papa puede haber entendido el valor de una buena planificación electoral, tal como les pasa a los primeros ministros o los presidentes en los regímenes parlamentarios. Y podría haber cambiado las normas electorales para que desde marzo, salga sucesor quien él determine. Aquí va el texto en español:

    *****

    En 1996 el papa Juan Pablo II cambió las normas de votación que habían marcado la sucesión papal desde 1179. Después de 33 o 34 rondas de votación, saldría elegido el candidato que tuviera mayoría simple, y no mayoría de dos tercios como se exigía antes del cambio de norma. La causa de esta decisión sigue siendo misteriosa. En un trabajo conjunto con Lee Sigelman, sin embargo, especulábamos que la implicación de Kenneth Arrow en la Academia Pontificia de Ciencias Sociales, podría tener que ver con el diseño de una norma que rompe la tradición de las llamadas “mayorías encíclicas”, para reducir la probabilidad de una parálisis en la decisión.

    Aunque en 1997 se sumó Partha Dasgupta a la Academia Pontificia, y eso podría haber reforzado esa defensa del sistema mayoritario en los cónclaves, en 2007 el papa Benedicto XVI revertió la decisión y volvió a las normas fijadas por el Tercer Concilio Lateranense de 1179. Aquel año de 2007, un portavoz del papa Benedicto XVI afirmó que la razón para el cambio era el deseo de “garantizar el más amplio consenso posible” en la elección del nuevo papa. La preocupación sobre la amenaza que las discrepancias entre los falibles electores podría suponer para el consenso en la elección había ocasionado a lo largo de la historia cambios en las normas electorales. El Canon 1, Licet de Evitanda, del Tercer Concilio Laternanense de 1179 señalaba que el motivo para reducir el margen del voto desde la unanimidad hasta la mayoría de dos tercios era evitar las intenciones de “algunos enemigos que siembran la cizaña”, por su maldad o su ambición.

    Se ha especulado sobre un posible motivo del papa Benedicto para ampliar la exigencia de voto: que podría preocuparle que quienes apoyan a un candidato con mayoría pequeña en las primeras rondas no tuvieran incentivo para capitular o para ceder apoyos, lo que llevaría inevitablemente a cónclaves eternos y a exacerbar lo que Lee denominó la “política de fisión” de la Iglesia.

    Es muy probable que éste sea el caso, aunque es difícil justificar que el desafío de lograr el consenso, dada la existencia de desacuerdos, se remedia mejor con una regla que permite que dos tercios más uno de los cardenales puedan vetar una elección, que una norma que permita vetar con sólo una mayoría de mitad más uno. Es posible que un umbral de voto mayor pudiera animar a los cardenales electores a ponerse de acuerdo mejor que a bloquear, pero también podría ser que la posibilidad de bloqueo persistiera. Una vez logrado, sin embargo – y el voto en el cónclave es famoso por su secretismo – es cierto que el voto alcanzado por una supermayoría indica un grado de acuerdo mayor que el que indicaría una mayoría menor, sin bien un largo cónclave debilitaría esa señal.

    Admitimos que no tenemos una relación personal con el papa, sus cardenales, o incluso con algún mayordomo que esté dispuesto a compartir los secretos vaticanos. Sin embargo, resulta esclarecedor mirar la distribución de los nombramientos más recientes de cardenales desde la perspectiva de un posible veto. A la vista de esos nombramientos, es evidente que el papa tiene más capacidad de influencia en la elección de su sucesor bajo una mayoría de dos tercios que bajo una mayoría simple, simplemente por efecto del número más pequeño de votos necesario para vetar otras propuestas.

    En febrero de 2012, el papa Benedicto nombró a 22 nuevos cardenales, 18 de los cuales son electores. En aquel momento, los nombramientos llamaron la atención por la medida en que se separaron de la tendencia internacionalista promovida por Juan Pablo II. Los nombramientos de febrero elevaron la proporción de cardenales procedentes del propio vaticano desde un tercio hasta el 35 por ciento (44 de 125 electores). Para sorpresa de muchos observadores, Benedicto XVI nombró también en noviembre a otros seis cardenales, y lo hizo ostensiblemente para afirmar que “la iglesia es una iglesia de todos los pueblos y habla todas las lenguas”. Había pasado un siglo desde que en un mismo año se eligieran cardenales dos veces, y era espacialmente raro teniendo en cuanta la cantidad de vacantes que se esperaban para 2013. El 28 de febrero, habrá 117 cardenales electores, 67 de los cuales han sido nombrados por Benedicto XVI. De los 117, 61 son europeos y 38 – precisamente justo un tercio – son miembros actuales o antiguos de la Curia romana, del Vaticano. Un miembro antiguo de la Curia, Walter Kasper, cumplirá 80 años el 5 de marzo, quedando fuera de la elección por edad.

    ¿Podría ser entonces que el calendario de salida de Benedicto estuviera afectado por sus preocupaciones sobre los votos que tendría que conseguir para su sucesión? De nuevo, no tenemos suficiente conocimiento para afirmar tal cosa sin dudar, pero es más que posible que la elección de su sucesor fuera un factor en su toma de decisiones. Y es posible que, bien la luz divina o la pura estrategia, llevaran al papa a pensar en 2007 que cambiar las normas podría ser crucial para que la Curia romana tuviera la última palabra.

      Rosell: los funcionarios son los policías que te protegen, los médicos que te cuidan y los maestros que te enseñan

      Funcionarios trabajando

      Juan Rosell, sucesor del presunto delincuente Díaz Ferrán al mando de la patronal española, dijo ayer y ha ratificado hoy, que sobran funcionarios, quizá, dice, 300 o 400.000. Y que  “a lo mejor, es mejor ponerles un subsidio a que estén en la Administración consumiendo papel, consumiendo teléfono y tratando de crear leyes. Eso tiene un coste tremendo”.

      Es un problema de framing, de enmarcado, en el que los conservadores llevan mil kilómetros de ventaja. Dices “funcionario” y la gente piensa en un señor o una señora que se va a desayunar a las 10 de la mañana y vuelve a las 11. Ya esa percepción es penosa, porque la inmensa mayoría de los funcionarios y funcionarias “de mesa en oficina de la Administración” no se ajusta a ese arquetipo. O al menos no más que los trabajadores de cualquier multinacional o de las empresas de Rosell, por poner ejemplos al azar.

      Pero, además, el lenguaje común integra una trampa letal para aquellos que creemos que la función pública y el papel del Estado deben ser preservados frente a este ataque consciente, continuo y bastante sutil, por parte de los conservadores. La trampa es que, en un país como España, aproximadamente el 80 por ciento de los funcionarios están en las categorías de servicio público más visibles y contundentes: son médicos, profesores, policías, militares, científicos…

      Anticipo aquí un extracto del libro Frases como puños, que publicará en breve Edhasa, y que explicará el efecto del framing en las opiniones de las personas, y cómo los progresistas están perdiendo la batalla por el lenguaje.

       

      Un Estado cercano, que protege y sirve

      Una sociedad compuesta de una polvareda de individuos desorganizados que un Estado hipertrofiado se esfuerza en encerrar y retener, constituye una auténtica monstruosidad sociológica. La actividad colectiva es siempre muy compleja para que pueda expresarse por el solo y único órgano del Estado; además, el Estado está muy lejos de los individuos, tiene con ellos relaciones muy externas e intermitentes para que le sea posible penetrar bien dentro de las conciencias individuales y socializarlas interiormente.

      Emile Durkheim

      Podemos imaginar al Estado como una comunidad de vecinos bien avenidos que comparten gastos comunes: el conserje protege la puerta, el jardinero cuida de las plantas, si algo se estropea la hucha común paga al técnico que lo repara. Las decisiones colectivas se votan en las reuniones y se acata la posición de la mayoría. En esta visión amable de la comunidad, los vecinos están de acuerdo con pagar su cuota porque saben qué servicios tienen garantizados. Esta metáfora se corresponde con la evocación de un Estado de médicos que nos curan, maestros que enseñan a nuestros hijos y policías y militares que nos protegen. La inmensa mayoría de la población vive cómoda con esa idea típicamente progresista del Estado y con esa idea de la función pública.

      En cualquier caso, el Estado se imagina con mucha frecuencia desde la óptica conservadora y con frecuencia los progresistas no han hecho nada por evitarlo o incluso lo han fomentado. El Estado puede ser imaginado como una maquinaria burocrática y despilfarradora alejada de los ciudadanos a los que se supone que sirve. Una función pública abstracta, desconocida, incomprensible para la mayoría. Es muy probable que cuando se dice «funcionario», la mayoría de la gente piense en un señor en un edificio administrativo lleno de papeles, probablemente laxo en sus costumbres laborales y mejor pagado comparativamente que la media de los trabajadores de otros sectores privados. Aunque la mayoría de los funcionarios en casi toda Europa son  profesores de la enseñanza pública o concertada (en España casi medio millón), militares (83 000), policías (70 000) o médicos (200 000), el concepto funcionario ha sido enmarcado negativamente, suscitando en la población reservas muy graves:

      Si dices a los españoles:

      “Está bien pagar más impuestos, si eso significa tener más servidores públicos tales como profesores, médicos o científicos“, el 75 por ciento está de acuerdo.

       Pero si dices a esos mismos españoles:

      “Está bien pagar más impuestos, si eso significa tener más funcionarios“, sólo el 21 por ciento está de acuerdo.

      Cuando decimos «funcionario» evocamos de forma inmediata imágenes bien distintas de aquellas que suscitamos cuando personalizamos el servicio público en las tareas del cuidado médico o la educación, la persecución del delito o la protección de los nuestros. De nuevo, el efecto del enmarcado es notable: si se plantea que nuestros impuestos serán utilizados para la  contratación de unos lejanos y abstractos funcionarios, entonces se refuerza el arquetipo menos amable de la Administración pública: una burocracia gigante, poco eficaz y derrochadora. Y al contrario: si se presenta como destino de nuestros impuestos la contratación de unos cercanos servidores públicos que vigilan nuestra seguridad, juzgan a los delincuentes, previenen y curan nuestras enfermedades, investigan para nosotros o educan a nuestros niños, entonces aflora el lado más amable del Estado.

      Una comunicación progresista que ponga en valor el sentido del Estado debería reforzar la idea de una entidad que eduque, proteja y sane a sus ciudadanos, frente a la metáfora de una maquinaria burocrática y voraz que abusa de ellos. Resulta curioso, por otro lado, que en esto no haya diferencias muy notables entre los conservadores y los progresistas.

        Cuatro errores que está cometiendo Rajoy

        No tengo – probablemente nadie la tiene – toda la información que permitiría acertar de pleno en la comunicación del turbio asunto de los papeles de Bárcenas. Puedo imaginarme el trajín de presencias, llamadas y encuentros discretos de abogados, ministros, cuadros del Partido, asesores más o menos repentinos, que caóticamente se estará produciendo en el entorno de la calle Génova de Madrid. Lamentablemente para el atosigado y siempre flemático presidente del Gobierno, estas situaciones se abordan con una reunión permanente de los afectados hasta que se define una estrategia minuciosa, a corto, medio y largo plazo.

        Pero cuando eres presidente del Gobierno tienes que gobernar, y cuando además de ser secretaria general del partido eres también presidenta de una Comunidad Autónoma, entonces el vacío de autoridad se acentúa todavía más. La gente piensa que en Moncloa y en Ferraz o en Génova hay una maquinaria exquisita de trabajo en equipo, pero es exactamente lo contrario. Cuando hay problemas, lo más frecuente es que se extiendan entre los cuadros la depresión, el silencio, el rumor y la soledad. O el jefe se muestra decidido, audaz, comprometido en tiempo y actitud hacia la solución de la crisis, o el resto del equipo sencillamente se desvincula de la solución. Si además, como me consta que sucede, la gente del Gabinete del presidente en el edificio de Semillas va por un lado, y la de la Secretaría de Estado de Comunicación cien metros más allá va por otro, entonces la soledad es aún más grave. No me imagino a Rajoy abordando el problema con la autoridad, las ganas y el carisma de un líder trabajando en equipo, sino más bien con la actitud, con perdón, de un percebe que se agarra a la roca hasta que amaine el oleaje, como ya dijimos por aquí, mientras el resto de su equipo va cada uno a lo suyo.

        Y así es como nos encontramos con un presidente enrocado en la “estrategia Checkers” (por el nombre del perrito del presidente Nixon): “soy un buen hombre, mi partido es honrado, y soy simple y llanamente víctima de una conspiración”. Pero esa estrategia tiene varios problemas en su caso:

        Si Rajoy no tiene un repoker de ases, o si sus enemigos tienen una mano superior, perderá la partida

        Rajoy juega como si tuviera un repoker de ases. Cuando juegas al poker, tu jugada depende también de la mano de tu adversario. Puedes apostarlo todo, sin problema, si tienes la mejor jugada posible. En este caso, por ejemplo, que sea todo falso. O casi todo. En realidad bastaría que hubiera una decena de apuntes falsos en esos papeles de Bárcenas para que el PP pudiera invalidar toda la jugada del adversario. Se atribuye a algún Kennedy la frase “La política es como las matemáticas: o está todo bien o está todo mal”. Eso vale para Bárcenas y su maléfico entorno, pero también para Rajoy. Si en las próximas semanas tenemos nuevos papeles, nuevos apuntes, nuevos detalles, Rajoy podría recibir la estocada final.

        En crisis, mejor un solo enemigo

        Rajoy juega contra todos. Floriano hizo un flaco favor a su partido el lunes, anunciando querellas y denuncias “contra todos” . Esos “todos” son ”personas o grupos de personas” que hayan “atribuido actuaciones irregulares al PP, que las hayan filtrado, o que las hayan publicado”. No tiene sentido. Demasidos enemigos. Una buena estrategia de comunicación de crisis elige bien a un único enemigo. Alguien debería haber convocado a un centenar de ciudadanos y ciudadanas a plantarse en Génova con carteles acusatorios y nombre y dni debajo, para desafiar a Floriano a que pusiera cien querellas. Rajoy y el PP tienen en frente, además, a los dos principales diarios nacionales, El País y El Mundo, que han econtrado una curiosa y novedosa confluencia de intereses, y que ha frenado, por cierto, el descenso de sus ventas de papel. Hace falta mirar muchos años atrás para encontrar a ambos periódicos sobre el mismo tema, aunque El Mundo lo equilibre un poco con informaciones sobre los eres de la Junta de Andalucía. Añádase la entrada de la pintoresca Esperanza Aguirre, lanzando pullas a Rajoy con esa sorna populista tan característica: “Rajoy ha empeñado su palabra”, que Ana Mato dimita “es una decisión personal”, hace falta en España una “regeneración democrática”, congreso extraordinario del partido no, pero sólo “por el momento”.

        Demasiado “cantinfleo”

        “Salvo alguna cosa…” y “no sé ni lo que he dicho”. Si se ve el vídeo con un poco de cuidado, se observa que el presidente del Gobierno tiene un simple desliz cuando afirmó el lunes que “No es cierto (lo que se ha publicado), salvo alguna cosa que se ha publicado”. Pero es un desliz imperdonable, incluso para un alumno de primer curso de comunicación. A eso algunos lo llamamos “cantinflear“, como homenaje al gran cómico mexicano. En una situación de crisis es imprescindible huir de las ambigüedades como de la peste. No vale el “por si acaso” ni el “puede haber excepciones” ni el “sí pero no”. En comunicación de crisis se afirma sólo lo que se sabe y se puede explicar, y lo que no se sabe o no se puede explicar, no se dice ni se insinúa. La contradicciones no terminan ahí, claro. Unos apuntes se confirman pero otros no. Hubo o no hubo amnistía fiscal para Bárcenas. Bárcenas es malo y me querello, o no tanto y es una víctima como los demás. Sepúlveda es “otra persona”, como le describe Mato, pero es un empleado que aún cobra del PP… La directora de la Agencia Tributaria, hablando del asunto de la amnistía fiscal a Bárcenas, termina el jueves de añadir su propia dosis de lío al decir ni más ni menos, sin querer y a micrófono abierto, un penoso: “no sé ni lo que he dicho” y que lo que ha dicho podría ser “cualquier barbaridad”.

        Aznar sacando su impecable peineta a un grupo de estudiantes

        La arrogancia, el peor pecado. La gente podría con el tiempo perdonar casi todo, pero ese tono arrogante que es un clásico del PP en casos de crisis (recordemos Gescartera, el Prestige, la Guerra de Irak, el 11M) se está convirtiendo en una rémora de este partido antipático heredero de Fraga y Aznar. Montoro puso la guinda en ese papel el miércoles, con una intervención chusquera en la sesión de control en el Senado. Pero antes estuvieron el mencionado Floriano o el rechazo de un pleno en el parlamento. La ministra Mato, al menos, está resultando más humilde en sus presencias, y aunque su situación es ya muy precaria, al menos mantiene un tono agradable y se muestra dispuesta a dar explicaciones (en su caso más fáciles porque todo el mundo la imagina sin hablarse con esa “otra persona” que es su ex-marido). Mariano Rajoy podría mirarse también en el espejo de Mas, que ha estado más afortunado en  su propia crisis. Acosado por casos bastante evidentes de corrupción, prefiere escenificar su compromiso montando una “cumbre contra la corrupción”, con implicación de los tres poderes. La prensa del día siguiente al menos le reconoce el propósito de enmienda y agradece que no haya rechazado preguntas en su explicación pública.

          El dilema del prisionero y las cuatro estrategias posibles de Rajoy

          ¿Cooperarán los dos prisioneros para minimizar la pérdida total de libertad o uno de ellos, confiando en la cooperación del otro, le traicionará para quedar en libertad?

          La información completa sólo la tenían, suponemos, dos “jugadores”: por un lado, Rajoy y los máximos dirigentes del PP. Por otro, algunos de sus exdirigentes, que le tienen más o menos ganas al presidente del Gobierno, y que también tienen acceso a los (digamos que supuestos) documentos de la caja del partido que se han hecho públicos en estos últimos días. Estábamos hace unas semanas en la típica situación que la teoría de juegos denomina “el dilema del prisionero”: dos prisioneros que cuentan con la misma información y que pueden delatarse mutuamente sin saber a ciencia cierta lo que hará el otro. Rajoy y el entorno de Bárcenas estaban exactamente en esa situación. El dilema explica que probablemente lo mejor era que ambos acordaran no hacerse daño mutuamente (no delatarse) y salir así airosos de la situación.

          En “El arte de la manipulación política”, de 1993, Colomer aplica la teoría de juegos a las decisiones de los políticos en la Transición Española. Imprescindible para maquiavelos y aficionados.

          Pero aquí uno de los jugadores (del entorno de Bárcenas de ahora o de antes, como es obvio), ya ha decidido maximizar el daño del otro (Rajoy) y minimizar el daño propio. En estas circunstancias, el daño – sea cual sea su gravedad – ya será siempre más severo para Rajoy.

          Hay un excelente libro - aunque ya antiguo –  en el que Josep María Colomer aplica la teoría de juegos a varios momentos de la Transición española. Se llama El arte de la manipulación política.

          ¿Qué hacer en el manejo político de los acontecimientos a partir de ahora, cuando ya no cabe – presuntamente – que los dos jugadores minimicen el impacto encubriéndose mutuamente?

          No tengo ni idea de qué saben, qué guardan, qué buscan, cada uno de los jugadores, y qué dinámicas internas se están ejerciendo en su toma de decisiones. Pero basta echar un vistazo a algunos casos similares de la Historia, para ver que básicamente son posibles cuatro estrategias:

          Gérald Tremblay dimitiendo en noviembre del año pasado

          1. La estrategia Tremblay. Dimitir, abandonar, rendirse. Tremblay era alcalde de la ciudad canadiense de Montreal y decidió dimitir fulminantemente y dejar la política por acusaciones de financiación ilegal de su partido. Es una estrategia muy infrecuente por el tremendo coste personal que conlleva. Para Rajoy es impensable: lleva un año, tiene un enorme poder en las instituciones, y seguramente no se siente culpable de las acusaciones en absoluto (son fundamentalmente actuaciones de sus antecesores; él las paró, según parece).

          Dilma, especialista en cortar cabezas para no poner la suya

          2. La estrategia Dilma o de la víctima propiciatoria. Dilma Rousseff lleva hasta siete ministros y 18 altos funcionarios cesados o dimitidos desde que es presidenta de Brasil, y es uno de los líderes mejor valorados del mundo. En su país la conocen por la rotundidad con que hace rodar cabezas a su alrededor, a poco que por ellos se pueda poner en riesgo su reputación. Esta estrategia es, suponemos, aplicable al caso de Rajoy: promover una criba contundente en el PP de todo aquel que tenga el más mínimo indicio.

          Nixon durante su discurso histórico de Checkers

          3. La estrategia Checker o de la victimización. Lo niegas todo, te enrocas, te presentas como víctima de conspiraciones más o menos malignas. Así hizo el entonces candidato Nixon cuando se le acusó de financiación ilegal de su campaña. Montó un fantástico numerito con discurso lacrimógeno incluido, y mención al perrito Checkers que alguien había regalado a sus hijas (como contraste con los regalos más serios que él negó haber aceptado) y logró sobrevivir unos días, y llegar a la presidencia. Como es sabido, finalmente se supo que era un corrupto y fue el único presidente de Estados Unidos que dimitió. El PP está por ahora aplicando la estrategia Checkers, que podríamos llamar también “estrategia Camps”. Por supuesto, esto funciona si es cierto lo que defiendes. Y si, además, es verosímil. El problema es que en el caso del PP, de momento, es bastante inverosímil. De seguir así, Rajoy podría terminar como Nixon o como Camps.

          Clinton, que terminó confesando y pidiendo perdón por su conducta inadecuada

          4. La estrategia Clinton, o Juan Carlos I, o de la penitencia cristiana. Aplicas y escenificas las fases del ritual del perdón clásico: examen de conciencia, acto de contrición, propósito de enmienda y penitencia. Si se hace bien, funciona. Claro que para eso tienes que haber pecado, reconocer que has pecado y prometer cambiar. Y no parece que el PP, o Rajoy, vayan por ahí, de momeno.

          A la vista de otros casos como estos que aquí citamos, y suponiendo que las cosas sean como se ven por lo publicado (que, sinceramente, es mucho suponer), un marciano le diría al presidente del Gobierno que quizá le convenga aplicarse en la estrategia Clinton, reconociendo el pecado del partido en el pasado, pero al tiempo también en la estrategia Dilma (que rueden las cabezas de los culpables anteriores). Pero entonces uno piensa en quiénes eran los anteriores (Aznar, Arenas, Acebes y otros halcones), y el presidente suscita verdadera lástima como pobre prisionero de sus promotores.

          Aunque quizá la estrategia que haya escogido Mariano Rajoy sea la del percebe gallego, según la cual lo mejor es pegarse a la roca y aguantar hasta que amaine el oleaje… Para el presidente del Gobierno es una estrategia bien conocida y le ha dado algunos buenos resultados.

          El mundialmente conocido y muy resistente percebe gallego

           

            Ciberutópicos: ¡qué bonita es la espontaneidad de las redes sociales!

            A vueltas con la ciberutopía y la ingenuidad de quienes creen que Twitter y otras redes (privadas, incontroladas, arbitrarias…) van a cambiar el mundo. Por cierto, ya va siendo hora. Pues aquí está el correo electrónico promocional que recibo. 350 dólares por 75.000 seguidores… no está mal. Me dan ganas de comprar….

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              Test sobre mensajes conservadores, para ver si tú también puedes ser un guru

              Traducción del hiper-irónico post de James Vega en The Democratic Strategist, sobre el conocido autor de La palabra es poder.

              ¿Estás sin empleo? ¿Cansado de tu trabajo? ¿Estás pensando iniciar un nuevo camino? Podrías convertirte en un famoso guru de mensajes conservadores como Frank Luntz. Completa este test gratuito para ver si estás cualificado.

              Este fin de semana, el guru de la comunicación ofreció consejo sobre mensajes a los republicanos en un artículo de opinión en el Washington Post. Completa este test gratuito para ver qué posibilidad tienes de ser un pensador y estratega político tan profundo como lo es él.

               

              Primera parte. 

              ¿Crees que los republicanos deberían dejar de utilizar las siguientes frases?

              a) Llamar a la la economía “un secuestrado al que deberíamos dejar que se defendiera con arma de fuego”.

              b) Pedir a los latinos sin documentación que se “autodeporten”.

              Si contestaste que los republicanos deberían dejar de utilizar ambos términos, felicidades, porque ése también es el consejo de Luntz. Has puntuado 100 de 100 en la parte primera.

              Segunda parte.

              ¿Deberían los republicanos cambiar su retórica en el sentido siguiente?

              a) En lugar de hablar de que “los ricos paguen más”, cambiar para decir que “Washinton se lleve más dinero”.

              b) En lugar de utilizar el término “cometer abuso fiscal contra los niños”, decir que “acumulamos la deuda sobre nuestros niños” o que “se hipoteca el sueño americano”.

              c) En lugar de ser el partido de “las pequeñas empresas y los creadores de empleo”, los republicanos deberían llamarse a si mismos “contribuyentes que trabajan duro”.

              d) En lugar de “un gobierno limitado”, los republicanos deberían hablar de “un gobierno más eficiente y eficaz”.

              e) En lugar de utilizar el término “reforma fiscal”, los republicanos deberían decir que quieren que el impuesto de la renta sea “más simple, unificado y justo”.

              f) En lugar de utilizar el término “reforma de subsidios” o “controlar el gasto en Salud Pública y Seguridad Social”, los republicanos deberían hablar de ”cómo fortalecer estos programas para que estén ahí cuando los ciudadanos los necesiten”.

              Si crees que eso es lo que los republicanos deberían cambiar en su retórica, enhorabuena, porque ese es también el consejo de Luntz. Has puntuado con un increíble 100 en la Segunda Parte.

              Tercera parte 

              Los republicanos deberían:

              a) ”Abogar por una visión centrada en los valores”.

              b) “Hablar a los americanos de responsabilidad, responsabilidad personal y libertad”.

              c) “Ser más empáticos”.

              d) “Abogar por una visión equilibrada y responsable”.

              e) “Escuchar a los votantes, más que darles lecciones”.

              f) “Hablar a las esperanzas de los votantes, no solo a sus bolsillos”.

              g) “Mostrar como las soluciones del Partido Republicano ayudan a quienes aspiran a mejorar su vida, no solo a los que la tienen resuelta”.

              Si has dicho “sí” a todas estas recomendaciones, felicidades. Eso es lo que dice también Luntz. Has puntuado 100 en la Tercera parte.

              Pues ahora, mantén el aliento. Así es como has puntuado:

              • Si has puntuado entre 90 y 100, también puedes ser un famoso estratega de mensajes como Frank Luntz.
              • Si has puntuado en torno a 50, puedes ser candidato republicano al Congreso en cualquier distrito que no tenga ninguna librería o algún votante demócrata en 200 millas a la redonda.
              • Si has puntuado 20 o menos, podrías fácilmente encontrar un empleo en cualquier emisora de radio que anuncie compraventa de oro, material de supervivencia o el dvd de la película “Nacimiento de una nación”.

                Entonces, ¿qué paso realmente en la campaña americana? Liderazgo, estrategia, publicidad, data-mining… o nada

                Ya lo sabemos: es una vieja falacia sobre la que ya hemos podido leer aquí: la falacia del “post hoc, ergo procter hoc“: como algo ha pasado, hemos de justificarlo con lo que sucedió anteriormente. De manera que si Obama ganó, todo lo que hizo estuvo muy bien, y como Romney perdió, todo lo que hizo estuvo mal. La publicidad, el discurso, la estrategia, el tratamiento de los datos, la movilización, los debates (al menos el segundo y el tercero)… todo fue fantástico en la campaña de Obama. Las pifias, la torpeza, la publicidad, el discurso, la estrategia… todo lo que hizo Romney, un desastre.

                Es naturalmente imposible saber con detalle qué influyó más o menos y en qué medida en la campaña de los dos contendientes estadounidenses, pero sí podemos extraer algunas conclusiones útiles:

                Primera conclusión: las campañas importan muy poco en lo que se refiere a cambios sustanciales en el electorado. Y esta no fue una excepción. Aplicando un modelo muy impresionista pero eficaz, el historiador Allan Lichtman anticipaba la victoria de Obama ya un año antes de la elección. Él aplica trece claves que, aún siendo algunas muy subjetivas, le permiten anticipar con mucho tiempo el resultado. El modelo le funciona. Por su parte, Gallup anticipaba medio año antes que el ganador sería Obama, observando una decena de indicadores: la aprobación del presidente, la situación económica, las preferencias y el estado de ánimo del electorado, etc. Algunos otros análisis más estructurales permiten anticipar la victoria de uno u otro partido atendiendo a unas poquísimas variables: el crecimiento de la economía en los dos trimestres previos a la elección, el cambio en el poder adquisitivo de los electores, y los años que el partido lleva en el Gobierno.

                En realidad, no hubo grandes cambios por nichos electorales entre 2008 y 2012. Obama obtuvo prácticamente los mismos resultados en ambas convocatorias en cada uno de los estados de la Unión y en cada uno de los grupos sociológicos. Es decir, que la campaña no alteró mucho las cosas tampoco en ese particular. Incluso mirando los resultados en los considerados estados clave, se observa que Obama tuvo peores resultados en 2012 que en 2008, lo que teóricamente querría decir que hizo allí peor campaña. Absurdo. Es mucho más probable que el abandono relativo de los electores se produjera lenta y progresivamente, durante la legislatura. (Todo esto puede verse aquí).

                techteam.jpgSegunda conclusión: los frikis de la tecnología de los datos suscitaron en 2012 tanto interés como los frikis de Internet en 2008, pero es más que dudoso que la minería de datos fuera determinante, por mucha importancia que tuviera. Es impresionante la fascinación que esos chicos barbados, medio pijo jipis y aparentemente divertidos, producen en el colectivo. Aquí hay una buena muestra de ello. Se trata de un estupendo resumen de lo más importante escrito sobre este grupo de jóvenes locos que han puesto su conocimiento de los datos y la informática al servicio de la victoria de Obama. Quizá la pieza que mejor idea da del valor justo de su trabajo, mitificaciones aparte, es esta cita de un artículo de Time:

                Los datos ayudaron también en la compra de medios. En lugar de dejarse llevar por los consultores externos para ver dónde poner los anuncios, Messina (el director de campaña) se orientaba en la compra por un montón de datos internos. “Pudimos modelar con nuestros votantes objetivo de una manera muy compleja, para poder decir, ok, si las mujeres de Miami-Dade de menos de 35 años son objetivo, así es cómo podemos encontrarlas”, contaba uno de los miembros de la campaña. Así, la campaña compraba espacio en programación poco convencional, como Sons of Anarchy, The Walking Dead y Don’t Trust the B—- in Apt. 23, esquivando la ruta habitual de comprar anuncios cerca de la programación local. ¿Cómo fue eso de eficiente en 2012 en comparación con 2008? Hay algún dato: “En televisión pudimos comprar un 14% más barato… para asegurarnos de que llegábamos a los votantes persuadibles”, afirma el mismo individuo.

                Los números también permitieron acompañar a su hombre por caminos que generalmente no eran recorridos en las últimas etapas de las campañas presidenciales. En agosto, Obama decidió responder a preguntas formuladas en la red social informativa Reddit, que los asesores de alto nivel de Obama ni siquiera conocían. ”¿Por qué poner a Barack Obama en Reddit?” preguntó alguien en la campaña. “Porque un buen puñado de nuestros objetivos electorales están en Reddit”.

                Sin negar que esos ejercicios son imprescindibles, el observador poco apasionado podrá observar que no se distinguen mucho de los que siempre se han hecho (aunque no fuera con Reddit ni con Twitter, claro), y que su importancia está en estos momentos siendo exagerada, como también se exageró la importancia de Internet en 2008. Es parte de la mitificación que sucede casi siempre a las victorias. Hay un buen libro, por cierto, sobre la maquinaria de Obama, que está entre los mejores libros políticos del año pasado: The Victory Lab.

                Tercera conclusión: tampoco las pifias tienen tanta importancia en el resultado. Fue curioso observar cómo los indicadores de intención de voto no cambiaban mucho después de que se difundiera el aparentemente letal vídeo del 47 por ciento, o de la tontería del discurso de la silla vacía de Clint Eastwood,  de las muchas frases inoportunas de Romney, o incluso después de la lamentable actuación de Obama en el primer debate. Y si la intención de voto bajaba para el candidato afectado, rápidamente volvía a su nivel inicial. Las pifias no importan tanto.

                Cuarta conclusión: es probable que la publicidad negativa insertada muy pronto en la campaña del demócrata, definiendo a Romney como un rico alejado de los intereses de los ciudadanos corrientes, tuviera un impacto importante. Es imposible confirmar en qué medida, pero reconozcamos que para los protagonistas de la campaña y para los propios votantes del soñador y poeta presidente Obama es más bonito decir que la victoria fue gracias al denodado trabajo de los friquis de arriba que a las malignas campañas negativas que ocuparon el 80 por ciento del espacio invertido en publicidad por los demócratas.

                Si no importa tanto la campaña; si no importan mucho las pifias; si la publicidad quién sabe; si el trabajo del “get-out-the-vote” con toda su minería de datos, tampoco parece determinante… entonces, ¿qué importa? Pues una combinación desconocida de todo ello, sin duda. Como en una película o una representación teatral. Una campaña electoral es el último acto de una narración contada desde (mucho) antes. Si en las últimas escenas el protagonista se queda en blanco o no se dispara la pistola en el momento crucial, incluso eso puede ser perdonado si el actor hizo una interpretación estelar durante el resto de la obra. Y al contrario: aunque todo vaya bien y el actor de bien el texto y la pistola suene, si la obra o la interpretación son malas, nada salvará a la compañía del desastre.

                En otros términos: las tácticas importan, todas ellas, en una combinación cuya mezcla no podemos cuantificar matemáticamente. Pero importa mucho más la estrategia sostenida, la gran estrategia, la narrativa sostenida en el tiempo, del presidente en su ejercicio, en las condiciones económicas, sociales y políticas que le toquen. Lo explica magistralmente Ed Kilgore en este artículo impresdindible. Como dice él, la gran lección de la campaña de 2012 es que “la gran estrategia mantenida durante cuatro años, funcionó”.

                 

                  Los diez pasos para un gran discurso según Safire, en lectura larga

                  Traduzco aquí la introducción de la antología de discursos de la historia compilada por el maestro escritor de discursos William Safire, titulada Lend Me Your Ears. Es un texto delicioso, o al menos lo es en el original inglés, sin los errores de mi traducción. El texto explica los diez pasos para la redacción y la pronunciación de un gran discurso. Una lectura larga, de unos 15 minutos.

                   Un discurso introductorio, por William Safire, Lend Me Your Ears

                  Amigos, lectores, estudiantes de la retórica, oradores en potencia: prestadme vuestro oído.

                  Por favor, entended que se trata tan solo de una metáfora. “Vuestro oído” es una figura del discurso; todo lo que anhelo es que pongáis atención a los discursos pronunciados por figuras históricas.

                  Esa pequeña antítesis retórica – figuras del discurso, discursos pronunciados por figuras – se conoce como contrapunto. Lincoln utilizó esta técnica para cambiar el cínico “el poder justifica el bien” por “el bien justifica el poder”; John Kennedy hizo lo mismo al pedir que nunca se negociara por miedo, pero que no se tuviera miedo a negociar. Así es como hacen algunos creadores de frases – contrapunteamos – para ofrecer un discurso con alguna semilla que se luego se pueda citar. Desde los años 70, cuando los discursos pudieron ser grabados, a esa semilla se la llama eslogan.

                  Pero los eslóganes y frasecillas, los aforismos y los epigramas, son para los antólogos de citas. El estudio de las frases de una línea es atractivo si te gusta el batiburrillo para revisión rápida, pero es más interesante la carne y las patatas de la oratoria: la comunicación oral en contexto, la persuasión humana en acción (…).

                  (…) Querrás saber qué es lo que convierte una exposición cotidiana de un punto de vista en algo más que una conversación respetable, en un gran discurso. Al embajador Robert Strauss le gusta empezar sus alocuciones de esta manera: “Antes de empezar mi discuso”, dice, “tengo algo que decirles”. Antes de empezar la parte instructiva de esta introducción (compuesta en un estilo que permita al lector declamar con tono estentóreo), quisiera decir algo: hay secretos de la escritura y la lectura de discursos que podrás aprender y utilizar. Bucea en los discursos con suficiente profundidad y notarás su peso. He aquí la manera de adquirir elocuencia por ósmosis: cierra la puerta, o márchate al bosque con solo un perro como audiencia, y lee un discurso en alto. Incluso el perro obtendrá provecho, especialmente si es la lectura del lacrimógeno pero inmortal “tributo a un perro” del senador Vest.

                  Ahora vayamos al tema: los diez pasos para un gran discurso. Uno de los elementos de un buen discurso es la forma del texto. La mayoría de la gente asocia la forma a la figura femenina o al físico masculino, pero para aquellos de nosotros que buscamos los recovecos de la retórica – estudiantes o practicantes de la persuasión – pensamos en la forma como los forenses: los contornos de la comunicación.

                  Esto es así porque un gran discurso – incluso uno bueno – ha de tener una estructura, alguna anatomía temática. “Di lo que vas a decir; dilo; di lo que has dicho”. Ese simple principio organizativo es el adagio primigenio de la escritura de discursos. Notarás que ese viejo dicho está empaquetado en el perfecto estilo de la oratoria: el modo imperativo, la fuerza de una orden, la estructura paralela que incorpora el ritmo al pronunciar las frases. Fíjate en esta pomposa alternativa: “El discurso bien diseñado debería comenzar con una revisión introductoria del contenido que vendrá, y terminar con un resumen de sus puntos principales”. En las reuniones de la Judson Welliver Society, la asociación de los escritores de discursos de la Casa Blanca, entre las pastas de la sobremesa tras la cena, podrías oír el murmullo en la sala. Son los distinguidos miembros murmurando el mantra: “Di lo que vas a decir; dilo; di lo que has dicho”. Sabemos de lo que hablamos. Haz caso a los renqueantes viejos profesionales: una buena organización – la forma, la hechura – es el segundo paso para un gran discurso.

                  (Pero, espera un segundo: ¿cuál es el primer paso? El primero es “estrecha la mano de tu audiencia”, como explica Bob Strauss. Haz que ese primer paso sea un paso rápido; sonríe, y ponte a trabajar).

                  Un esqueleto necesita vida. Tras la estructura está el pulso. Un buen discurso tiene un latido, un ritmo cambiante, un sentido de movimiento que golpea en la mente de la audiencia. Si hay una técnica que los oradores de toda época han utilizado, ésa es la anáfora, el inicio repetido. Aquí está Demóstenes: “Cuando trajeron… demandas contra mí; cuando me amenazaron; cuando prometieron; cuando aquellos malandrines se lanzaron como bestias contra mí…” Aquí está Jesús: “Bienaventurados los pobres de espíritu… Bienaventurados los mansos… Bienaventurados los pacíficos…” Aquí está John Kennedy: “Que ambas partes exploren… Que ambas partes busquen… Que ambas partas se unan…” No desprecies este paralelismo tan obvio. Resuena. Excita. Funciona.

                  ¿Qué más hace que un discurso sea grande? La ocasión. Llega en la vida de una persona o de un grupo o de una nación ese momento dramático que clama por la inspiración y la fuerza de un discurso. Alguien es llamado para articular la esperanza, el orgullo o el dolor de todos. El orador se convierte en el blanco de las miradas, aquel que brilla como guía; allí en la cúspide está él o ella, y el mundo para para mirar y escuchar. Ese acceso instantáneo al prestigio da sentido a los discursos de toma de posesión, o a un discurso en una ocasión de Estado o en una entrega de premios; la ocasión, al estar investida de solemnidad e importancia, eleva el discurso por sí sola. Algunas grandes ocasiones se desperdician con discursos pedestres, como el de la toma de posesión de Jimmy Carter o el de Nelson Mandela cuando le daba las gracias al estrado tras su liberación de la cadena perpetua que le tenía encerrado en una prisión de Sudáfrica. Pero otras ocasiones memorables se convierten en inmortales por las palabras pronunciadas en ellas. El poema de Lincoln en Gettysburg merece no solo que se recite de memoria, sino un análisis minucioso; y el “Hoy tengo un sueño” de Martin Luther King merece una relectura completa, no solo que se tomen de él algunas frases en los aniversarios.

                  Una idea relacionada íntimamente con la ocasión es la idea de “foro”, término referido al  lugar romano destinado a recitar discursos. Cuando escribía discursos en la Casa Blanca, tenía un foro perfecto: el Despacho Oval, que hoy es un set de televisión permanente. Desde ese lugar un presidente tiene que explicar más que declamar. La técnica para la redacción de discursos televisados es hablar a una audiencia única. Lo cual requiere un tono de conversación, aunque la conversación sea un monólogo, y la solemnidad de la expresión. Ni siquiera Ronald Reagan, el más adepto portavoz de la televisión, sonreía mucho a lo largo de un discurso ofrecido desde su escritorio. También requiere un discurso corto, intenso, de veinte minutos a lo sumo; peligra la concentración del público, física o mental, porque el tiempo de atención se acorta. Cuando el orador quiere exhortar o solemnizar, o añadir un sentido de la ocasión al foro, o cubrir más de un asunto, se lleva las cámaras fuera, a otro lugar. Es entonces cuando vemos los discursos del Estado de la Nación elevar a un parlamento, o los discursos de las convenciones políticas describiendo una visión del país. En esas ocasiones, el orador tiene que decidir si habla a la gente de la sala o mira a la cámara y se dirige a las gentes en sus hogares. Siempre he creído que un gran discurso en sala debe dirigirse a la gente que está en esa misma escena, dejando al espectador que lo ve desde casa la sensación de ser estar allí presente; el receptor toma el discurso como un evento que debe ser observado y se siente no como el objetivo específico del orador, sino como una extensión de una audiencia más amplia. Hablar de persona a persona sirve para vender. Hablar de persona a un millón, sirve para emocionar.

                  Al saludo, la forma, el pulso, la ocasión y el foro, añade el quinto paso: el foco. Un gran discurso no necesita empezar grande y permanecer grande todo sus curso hasta el gran final. Primero debería despertar el interés, y durante unos momentos permitir a la audiencia que se acomode mientras el orador busca su camino hacia el tema. Es entonces cuando debe llegar a su momento crucial, mucho antes de su conclusión. Aquí está la manera como el economista John Stuart Mill definía el arte del orador: “Todo aquello que era importante para su propósito se decía en el momento exacto en el que el orador había llevado a la audiencia al mejor estado posible para recibirlo”.

                  Fíjate en la palabra “propósito”. Un discurso se debe hacer por una buena razón. Ningún discurso que merezca la pena se hace para que no suene, para colmar el ego de quien lo pronuncia, o para halagar o atemorizar a la audiencia. Fidel Castro ofrece ese tipo de discursos, que llegan a durar siete horas. Un gran discurso se hace para un propósito elevado: para inspirar, para ennoblecer, para instruir, para arengar, para liderar.

                  ¿Y qué hay de las citas en los discursos? En el pasado, los oradores ocasionalmente salpicaban su retórica de algunas referencias  a los griegos antiguos, pero ahora las citas parecen ser obligatorias. Con frecuencia se esparcen para mostrar un poco de erudición; una muleta cuando el texto por sí solo cojea y necesita un toque de clase. Yo lo he puesto hace un momento con John Stuart Mill; su apreciación sobre la necesaria preparación de la audiencia es oportuna, pero no tiene sonoridad. Debería haber robado su idea y redactarla con más fuerza. Si hubiera sentido que tenía que usar una cita directa, debería haber buscado un contexto dramático. Richard Nixon, encerrado en una pequeña habitación cerca del Despacho Oval, solía decir a sus logógrafos “No me deis nunca una cita desnuda. Ponedla en una pequeña historia”. Tenía razón. Intentémoslo así: John Stuart Mill amó a una mujer durante veinte años, pero ella estaba casada. Sólo cuando su esposo murió el filósofo tuvo la oportunidad de casarse con la viuda que había sido la inspiración de su vida. Harriet Mill ayudó a su poco articulado nuevo esposo en el arte de la oratoria. Trabajaron juntos en su obra maestra, Sobre la Libertad, pero ella murió antes de que se publicara. El filósofo, con el corazón roto, se la dedicó a la mujer a la que había esperado, amado y perdido, y en un artículo sobre oratoria, puede que recordara lo que ella le había dicho: “Todo aquello que era importante para su propósito…” Ahí tienes una pequeña historia, un truco útil para poner un poco de fibra en los huesos de una cita.

                  ¿Son todos los discursos memorables “grandes” discursos, emocionantes, con frases profundas pronunciadas en ocasiones destacadas? Por supuesto que no. Algunos son simplemente discursos famosos. Mark Twain hablando de logografía es humor a secas. Kissinger hablando de aislamiento internacional no despertará tu emoción; de hecho, es difícil que cualquier discurso pronunciado por un político vivo sea calificado como “grande” hasta que el orador sea elevado al mito, desterrado al purgatorio, o muerto. Algunos discursos son memorables porque son representativos de una era o de un estilo, o sirven como ejemplo a los oradores modernos: las palabras incendiarias de Malcolm X no son “grandes” porque sean eternas o majestuosas, pero contienen una pasión muy seductora.

                  Por otro lado, no todo gran discurso es un buen discurso. Lo que el discurso tipo de Harry Truman no tiene de profundidad y hechura, lo tiene de animoso. Lo que en el sermón de Jonathan Edwards carece de gracia, lo aporta en fuego apasionado. El criterio último para que un discurso sea grande es que yo crea que es grande. Que no te sorprenda este relativismo: la oratoria es un arte, no una ciencia, y un gran retor puede elegir dar de comer, agradar, inspirar, provocar, o hacer cosquillas. Sea cual sea el tono que el orador elija, si quiere lograr un discurso memorable, tendrá que construir una frase.

                  La construcción de frases es sencilla. Supongamos que quieres darle vida a un discurso sobre la división de un continente. Piensa en una metáfora de la división: ¿qué tal la plancha de amianto que se coloca entre la audiencia y el escenario para evitar la expansión del fuego? Se llama telón de acero. Adelante. La metáfora puede estar muy trillada, pero inténtalo. Y puedes adaptarla. Si estás escribiendo sobre China, lleva la metáfora hacia un telón de bambú, o, en discurso elevado una convención sobre ropa interior, a un telón de encaje. Si no quieres que el símil te ayude, siempre tendrás la posibilidad de la aliteración: “el ruido con que rueda la ronca tempestad”, o “ya se oyen los claros clarines”.* Si te quedas realmente en blanco, pon “nuevo” delante de cualquier gran sustantivo, y agranda la frase: funcionó con “nacionalismo”, “libertad”, “pacto”, “frontera” y “orden mundial”, y puede que a ti también te funcione.

                  A la combinación de bienvenida, estructura, pulso, foro, foco, frase y propósito, añade este otro ingrediente, que es el más importante: tema. Al final, deberías ser capaz de contestar en una palabra o en una frase la pregunta de la persona que no estuvo allí. ¿Sobre qué era el discurso? Churchill, en el discurso radiofónico que acuñó la frase “sangre, sudor y lágrimas”, hizo un discurso sobre el sacrificio. Fue él quien, ante un postre poco suculento, dijo “Llévense este puding: no tiene tema”. El discurso que estás leyendo ahora explica cómo juzgar un gran discurso. Tengo ese tema bien claro en mi cabeza; si tú no has discernido que ése es mi tema, entonces esto no es un discurso que merezca serlo.

                  Pronunciado por Demóstenes, sin embargo, incluso este modesto esfuerzo podría parecer un gran discurso. En una historieta aparentemente apócrifa, su compatriota Pericles, que también tenía buena reputación como orador, ofreció su admiración con esta comparación: “Cuando Pericles habla, la gente dice ‘¡qué bien habla!’ Pero cuando habla Demóstenes, la gente dice: ‘¡Vamos, en marcha!’”. La oratoria de Ronald Reagan podía levantar por la solapa a un mal discurso, sacudirlo, y hacerlo cantar. Y por el contrario, el discurso mejor escrito puede caer de bruces si no está bien pronunciado. Lo dice el viejo cuento sobre el tejano que camina por la Calle 57 de Manhattan y pregunta a un extraño: “Oiga, amigo, dígame cómo se llega al Carnegie Hall.” El extraño le contesta: “Practicando, practicando”. La pronunciación es el paso final de la elocuencia; requiere práctica, disciplina, pico y pala, y uno mismo puede ser su propio entrenador. Para desarrollar la capacidad de mantener a una audiencia tranquila o excitarla; tus ojos estarán en contacto con la gente, no con la página; tu placer en el oficio se hará contagioso.

                  Woodrow Wilson era en un principio un profesor de ciencia política, y sus clases eran como su escritura artificiosa. Pero Wilson trabajó para superar el estilo profesoral. Sus escritos tempranos eran sobre oradores y su oratoria. Fundó la sociedad de debate de Princeton y añadió formación en debate a sus enseñanzas; declamó en los bosques; se empeñó en vencer su inclinación natural al distanciamiento y la reserva. Al final, mientras mejoraba, el futuro presidente ganó confianza en sí mismo y escribió a su prometida: “Lo disfruto, porque mantiene radiantes mi mente y mis facultades; y supongo que esta emoción misma dota a mi presencia de una aparente confianza y un autocontrol que atraen la atención. Sea como sea, siento una suerte de transformación, y me resulta difícil dormir cuando me sucede”. Más tarde, en un ensayo sobre la oratoria de William Pitt el Viejo, Wilson escribió: “La pasión es la médula de la elocuencia”.

                  Y sobre la pronunciación, una advertencia: cuando prepares un discurso, ten cuidado con las palabras impronunciables. “Impronunciable” puede ser una de ellas. Sobre el papel parece bastante fácil, y puede que sea fácil de decir en la mente cuando se lee en silencio, pero cuando llega el momento de empujarla más allá de tus labios, una palabra como esa puede trastabillarse. Y si practicas una palabra difícil en alto, y pones una señal en tu texto, estarás garantizando precisamente que setrastabillará. Cuando era un joven logógrafo, esbocé algunas palabras para una salutación oficial en la ciudad de Nueva York, cuyo objetivo era dar la bienvenida a Singman Rhee de Corea del Sur. Me referí al presidente que nos visitaba como una “voluntad indomable”. El anfitrión, un torpe embajador, sabía que diría algo así como “indomitable” y pidió un sinónimo. Cuando le puse “infatigable”, me echó del lugar; alguien en mi lugar tuvo que proporcionarle “firme”. Ahora entiendo que fui intransigente. (Esa es mi penitencia: al leer ésto en alto, es seguro que se me trastabillaría “intransigente”. Abraza la palabra delgada; evita la palabra gruesa).

                  Ten cuidado también con las palabras que ponen incómoda a tu audiencia. Hace un momento cité a Wilson diciendo “la pasión es la médula de la elocuencia”. Yo sé lo que significa “médula” – núcleo, quintaesencia, centro – y tú también. Pero nunca me plantaría frente a una audiencia y diría “médula”; suena vulgar. Nadie va a criticarte por ello; pero tú, como orador o como escritor, eres responsable de advertir esos pequeños estremecimientos en la mente de tus oyentes. Distraen la atención del mensaje que quieres ofrecer. Si hablamos del asunto del vocabulario complicado, observa cómo los grandes discursos carecen de palabras engreídas. Las grandes palabras, los términos escogidos por su extrañeza – casi se me escapa “infamiliariedad” – son signo de pretenciosidad. ¿Y qué haces cuando tienes una palabra deliciosa, una que contenga un poco de poesía, que es justo la palabra para el significado, pero sabes que va a navegar por encima de la cabeza de tu audiencia? Puedes usarla, justo como Franklin Roosevelt utilizó “infamia”, y así estirarás el vocabulario de tus oyentes. Pero es mucho mejor si sutilmente la defines al pasar, como si añadieras énfasis. ¿Quién sabe lo que son los “deltoides”, cuando me refiera a ellos en un momento? El orador lo sabe; y si ayuda con sutilidad a su audiencia, nadie debería notar la medicina al tragarla.

                  Una antología de discursos configura un libro pesado. Intelectualmente pesado también. Algo que no se mete en el bolsillo o en el bolso en el camino a la consulta del médico. Una vez Sidney Perelman, el gran humorista, me envió una antología. Se llamaba Lo más de Sidney Perelman, y en la dedicatoria me decía: “Para William Safire, junto con un pequeño tarro de Antiflogistón para que masajee sus deltoides, si es que lees este compendio en la cama”. Esa nota me hizo acudir al diccionario: los “deltoides” son los músculos del hombro que permiten agarrar un libro y el Antiflogistón es el nombre de una pomada calmante que había inventado Ben Gay. Cojo el libro de Perelman cada cierto tiempo; elevarlo me eleva a mí, como espero que te pase a ti cuando agarres una antología de discursos.

                  Ahora tú eres parte de una audiencia especial, sofisticada. Conoces los trucos del mercado del discurso, algunos de los rudimentos del hacedor de frases y del logógrafo, y esperas que el orador resuma: que te diga lo que te ha dicho.

                  Perdón; hay un decimoprimer paso secreto: sorprende una y otra vez. Este es en realidad un discurso para ser leído, no hablado; el metafórico oyente es realmente un lector que puede volver hacia atrás como no podría hacerlo un oyente real. Tú, querido lector de discursos, me estás prestando no tus oídos, sino tus ojos, que son órganos mucho más perceptivos y analíticos. Tras recibir las orientaciones morales resumidas en las tablas que trajo del Monte Sinaí, Moisés habló al pueblo de Israel, pero en ningún sitio está escrito que tuviera que resumir los diez mandamientos.

                  Lo que toda audiencia necesita, sin embargo, es un sentido de cierre, de clausura; lo que el orador necesita es una salida en lo alto. Ese es un ingrediente necesario de la hechura. Y eso pide una perorata.

                  Una perorata, amigos míos, es una devastadora defensa contra la letal enfermedad de la escasez. Debería empezar con una frase tranquila y declarativa; debería irse construyendo sobre una serie de puntos y comas; debería emplear el poderío del paralelismo; debería lograr que los pilares más lejanos reverberaran con la acción y la pasión de nuestro tiempo, y, dejando a un lado las normas que establecen la conveniencia de las frases cortas o la autocita, debería alcanzar los corazones y las almas de la eterna especie humana para decir: “Este, éste, es el final del mejor discurso que nunca has tenido la fortuna de experimentar”. (Aplauso sostenido y exclamaciones de “¡bravo!”, “¡vamos, en marcha!”, seguido de un listillo experto que moviendo la nariz se pregunta en alto: “Sí, vale, ¿pero qué es lo que ha dicho?”).


                  * He introducido dos aliteraciones en español, sustituyendo las originales de Safire: “Not nostrums but normalcy” y “nattering nabobs of negativism”, que obviamente pierden su sonoridad con la traducción.

                    La letal narrativa conservadora sobre el déficit

                    Mike Lux, autor de The Progressive Revolution: How the Best in America Came to Be, escribió recientemente este artículo sobre Obama y la oposición republicana en este segundo mandato que comienza en breve. Me ha parecido interesante porque sustituyendo “Obama” por “progresistas”, “republicanos” por “conservadores” y poniendo los datos y matices de cada lugar, el artículo vale para cualquier partido de gobierno o de oposición de la izquierda, en cualquier país del mundo ahora obsesionado por la crisis. Una buena lección, pues, de política audaz – y de comunicación – para los progresistas:

                    Hubo un titular en el Washington Post el domingo que resume por completo los sueños más profundos de los republicanos y las expectavivas convencionales del establishment de Washington: “La crisis de la deuda definirá el segundo mandato de Obama”.

                    A los ojos de los republicanos, el Washington Post y el resto de la gente “seria” en el centro del poder del Distrito Federal, los déficits, la deuda y el control del gasto son lo único que importa. El déficit es el mayor problema. El déficit es lo único importante. El déficit es la prioridad por encima de cualquier otra cosa. El déficit es la crisis, la emergencia, el desastre, la catástrofe. El déficit es el centro de cualquier debate. Estamos en quiebra. Tenemos un problema desesperante. Y una y otra vez se nos dice lo mismo. El hecho de que tengamos un paro cercano al ocho por ciento no importa; incluso aunque la principal razón de que en los años de Clinton tuviéramos superávit fuera que teníamos pleno empleo. El hecho de que las escuelas, las carreteras, los puentes, las autopistas, los aeropuertos y nuestra red eléctrica tengan que ser reconstruidos, tampoco importa. Nuestra economía depende fuertemente de unos pocos bancos ”demasiado grandes para caer” que podrían dejarnos en la quiebra de nuevo; hay todavía diez millones de propietarios de casas con precios hundidos que impiden la vuelta del sector inmobiliario y de la economía entera; el cambio climático nos amenaza como la ola gigante de un tsunami; las becas excasas de los estudiantes, las tasas por las nubes y el desempleo juvenil están dejando un poso tóxico de deuda a nuestros jóvenes. La columna vertebral de la economía de nuestra nación, nuestra clase media, sigue siendo castigada por los salarios que no suben, los precios de productos básicos en ascenso y la falta de empleo. Pero nada de esto importa, de acuerdo con los republicanos y sus amigos expertos, porque el déficit lo es todo, todo, todo.

                    Esto me recuerda algo que aprendí la primera vez que vine a Washington, hace dos décadas: el pensamiento típico en el Distrito Federal casi siempre se equivoca. Sonrío cuando pienso en los tiempos en los que prácticamente todos los expertos se equivocaron de plano año a año. Es casi cómico. George Bush padre tenía asegurado el segundo mandato tras la Guerra del Golfo; el déficit era incontrolable y dominaría nuestro panorama político durante los años 90; Bill Clinton estaba acabado como presidente tras la toma del Congreso por los republicanos en 1994; los demócratas perderían 30 escaños en la época dominada por el escándalo Lewinsky; los republicanos mantendrían el Congreso durante la década de 2000; Obama no sería relegido despúes de 2010. Ninguno de estos grandes presupuestos podría haber estado más equivocado. De hecho, es difícil encontrar algún momento importante de los últimos 20 años en que el pensamiento típico acertara. Y es muy fácil que vuelva a equivocarse en los próximos cuatro años. [Sobre los errores de predicción de los expertos, un post reciente aquí]

                    Eso no significa que el déficit no vaya a seguir siendo un tema: los representantes republicanos se encargarán de ello. Y los demócratas y los progresistas ciertamente deben implicarse en el debate sobre cómo reducir el déficit en el largo plazo: hay muchas maneras progresistas de hacerlo, incluyendo la eliminación de subsidios inútiles a compañías agrarias y petroleras, el recorte del gasto militar supérfluo, la imposición de una ley federal de contratos, una tasa sobre transacciones financieras, una tasa sobre el carbono, y otras muchas ideas.

                    Al final, sin embargo, será Barack Obama quien determinará si, como sugiere el titular, la deuda y el déficit definirán su segundo mandato. Eso sólo será verdad si él permite que lo sea.

                    He aquí el primer punto importante: los asuntos presupuestarios no son la única cosa que importa cuando controlas el poder ejecutivo. Cuando se piensa en las cosas que hicieron presidentes como Lincoln, Roosevelt, Truman, Nixon, Reagan, Clinton y George Bush hijo, a pesar de la fuerte oposición del Congreso durante partes significativas de sus mandatos, se recuerda que entre la autoridad reguladora, el Departamento de Justicia, los decretos, y el poder ante la opinión pública, los presidentes han tenido un buen espacio para guiarse por su propia agenda y hacer grandes cosas. Ya he escrito sobre esto antes. Obama puede usar todos los poderes de la presidencia y del poder ejecutivo para lograr que se hagan cosas en nombre de la clase media y devolver la economía a su cauce; y si fuera agresivo usando este poder, nadie escribiría al final de su segundo mandato que la deuda o el déficit marcaron su gobierno.

                    Otro factor muy importante es si Obama usa los poderes de su Gobierno para definir el debate nacional y ayudar a los demócratas a ganar en [las elecciones intermedias de] 2014. La manera como fueron vistos los dos últimos dos años de Clinton, y por tanto su segundo mandato completo, tuvo mucho que ver con el hecho de que él había salido triunfante de las elecciones de 1998 y no a la defensiva ni huyendo temeroso. Gente cercana al presidente me dice que está muy animado y tranquilo sabiendo que no tiene que afrontar otras elecciones, lo cual es comprensible. Pero si piensa que puede ahora olvidarse de la política partidaria, los demócratas sufrirán la derrota en 2014, y eso hará que sus dos últimos años sean muy feos. La gente le tiene aversión a la palabra “política”, pero diré algo contraintuitivo: Obama necesita ser político para convertir las elecciones de 2014 en su última oportunidad para fijar claramente su agenda, en nombre de la clase media. Si, como Clinton, sale triunfante de esa elección, será capaz de poner a los republicanos a la defensiva todo su segundo mandato.

                    Obama necesita superar todos los clichés del etablishment que dicen que el presidente debe estar por encima de la política, y que necesita resistir sus propios sentimientos de satisfacción por el hecho de que no necesitará competir de nuevo. Para que tenga un exitoso segundo mandato, un mandato en el que marque agresivamente la agenda y resuelva problemas en lugar de gobernar a partir de un limitado número de opciones dominadas por la obsesión enfermiza con el déficit, Obama necesita abrazar la política y actuar como si tuviera que optar a las elecciones de nuevo, porque, en cierto sentido, tendrá que hacerlo. Obama tiene que pensar en las preocupaciones de los votantes; tiene que tener en mente a la coalición que le dio la victoria: la base demócrata y los trabajadores que son votantes oscilantes. Si pelea por esa coalición, y pone el foco en lo que esa coalición quiere, será un presidente mucho más fuerte y será capaz de definir su segundo mandato de la manera que el desea.

                    Ese titular “La crisis de la deuda definirá el segundo mandato de Obama”  solo se convertirá en verdad si Obama se queda quieto y permite que ocurra. Tiene el poder ejecutivo, y el poder de su coalición mayoritaria, para hacer que las cosas sean distintas, siempre que esté dispuesto a usar tal poder.

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