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El Gran Debate Kennedy-Nixon, la verdadera historia en el 50 Aniversario

Ted Sorensen, entonces asesor y logógrafo de Kennedy, nos cuenta hoy en The New York Times, la verdadera historia del famosísimo debate presidencial, el primero de la historia de la televisión. Y desmonta algunos mitos notables. Aquí está el artículo, y aquí abajo te lo traduzco. El gran Oscar Santamaría me ha avisado de su publicación.

Cuando Kennedy se encontró con Nixon: la verdadera historia.

Por Ted Sorensen, 26 de septiembre, 2010

Hace hoy cincuenta años,  el gran debate entre el vicepresidente  Richard M. Nixon, el candidato republicano a la Presidencia, y el senador John F. Kennedy, el candidato demócrata, atrajo 70 millones de espectadores, la más amplia audiencia de la historia de Estados Unidos para cualquier evento político.
Seis mitos han persistido a lo largo de innumerables artículos sobre el enfrentamiento histórico. Como alguien que ayudó a Kennedy a prepararse y negociar las condiciones para el encuentro de Chicago, me gustaría corregir las cosas de esta historia de 50 años.

1. “Nixon ganó en la radio,” en la que la gente no podía ver su apariencia demacrada y tensa (resultado de una reciente hospitalización por un daño en la rodilla), su cara llena de sudor y sus ojos moviéndose nerviosos. Mi amigo Herb Klein, el jefe de prensa de Nixon, culpó a la televisión por el fracaso de Nixon, a lo cual yo tendría que haber contestado: “La culpa, querido Bruto, no está en las estrellas, sino en nosotros mismos.

Para el segundo debate en Washington, los representantes de Nixon insistieron en un plató más frío (¡para mi estaba bajo cero!) y más tomas de las reacciones de Nixon (que nosotros aprobamos). Los oyentes de radio, muy pocos comparativamente como para determinar la victoria, aún pudieron escuchar la sorprendente resistencia del vicepresidente a mostrarse en desacuerdo o incluso contestar a Kennedy sobre muchas cuestiones, y también escucharon como en su lugar se acogía a una aburrida comparación de las estadísticas de Truman y Eisenhower, en un intento futil de presentarse como un “nuevo Nixon”. Como alguien que debate en la Universidad,  se dirigió a Kennedy de manera defensiva, mientras Kennedy se dirigió a la nación y a su competencia con la Unión Soviética.

2. “El debate no cambió suficientes votos como para suponer diferencia alguna.” Insistiendo en que “la cuestión es qué punto de vista y qué partido quieres que dirija la nación”, Kennedy reafirmó su apoyo entre los demócratas que hasta el momento dudaban sobre su edad (demasiado joven, aclaración de Arroyo) y su religión (católica, por primera vez en un presidente de EE.UU., aclaración mía también), especialmente en el Sur, e incrementó sus posibilidades entre los independientes que sabían poco sobre él.

El día siguienten en Ohio, notamos los efectos cuando el senador conservador demócrata, Frank Lausche, decidió aparecer en la caravana, que atrajo a un número récord de espectadores a lo largo de la ruta, incluyendo a un extraordinario número de mujeres “saltarinas” (mujeres jóvenes que saltaban para ver pasar el coche de Kennedy).

Kennedy no resolvió la elección la noche del debate, como dijo más tarde Don Hewitt, el director de la emisión. El día de la votación, sin embargo, con un resultado muy ajustado en el voto popular, la actuación de Kennedy hizo la diferencia.

3. “Kennedy estaba nervioso,” enfrentándose a Nixon, más experimentado, y que era famoso por haber superado en un debate a Nikita Krushchev, el líder soviético. De hecho, Kennedy, que no tenía entrenamiento en debate y casi nunca practicó, llegó a Chicago el día antes del debate y, tras una larga mañana revisando posibles preguntas y asuntos expuesto a los rayos del sol de la azotea de su hotel (su bronceado televisivo, contrariamente a lo que se dijo, no era por hacer campaña en California), estaba suficientemente relajado para descansar. (Nixon, por el contrario, se aisló el fin de semana en una habitación de hotel con un entrenador).

Por supuesto, Kennedy nunca estuvo de acuerdo con aquellos que le decían que lo único que tenía que hacer era aparecer en el lugar del debate. Más tarde dijo en Minnesota: “Es más fácil jugar en Harvard después de haber jugado en Ohio State. Nixon puede haber debatido con Krushchev, pero yo tuve que debaterir con Hubert Humphrey en las primarias.”

¿Quién estaba nervioso? Aunque accedimos al requerimiento de los representantes de Nixon en las reuniones iniciales con las televisiones, a que los dos candidatos estuvieran sentados lejos, el vicepresidente parecía nervioso por la actitud mucho más suave de Kennedy; y para el tercer debate, en Nueva York, Nixon participó desde Los Ángeles.

4. “Los debates presidenciales son un pilar del sistema democrático.” Es cierto, pueden incrementar el interés, la educación y la partipación de los votantes. Pero eso es todo lo que podemos esperar de ellos. Los presidentes y los candidatos no toman (o no deberían tomar) decisiones importantes orientados por párrafos de dos minutos y medio o párrafos de cierre de cuatro minutos. Tampoco logran estas entrevistas colectivas examinar el juicio de los candidatos, como sí hicieran los debates Lincoln-Douglas más de un siglo antes.

5. “La iniciación de los debates en esta serie de cuatro por parte de las televisiones marcaron un cambio en su tradicional resistencia a dar tiempo libre para los candidatos políticos”. Aunque las televisiones han continuado afortunadamente dando tiempo para los debates en casi todas las elecciones desde 1960, aún requieren a cada campaña que capte enormes cantidades de dinero para presentar a sus candidatos en televisión a los votantes, facilitando y ejemplificando la pauta de corrupción que desde hace tiempo ha teñido el sistema político americano.

6. “Fue estilo sobre sustancia, con Kennedy ganando en emisión y presencia.” De hecho, hubo mucha más sustancia en aquel primer debate que en lo que ahora pasa por debate político en nuestra cultura cada vez más comercial y más de eslogan de Twitter, en la que la retórica extremista obliga a los presidentes a responder a acusaciones extravagantes.

Aunque parecía en aquel momento que era una batalla entre dos visiones del mundo distintas, lo cierto es que los candidatos no se distinguían mucho en aquel primer debate. Y aunque Kennedy encontraría hogar hoy en el Partido Demócrata, no es probable que Nixon recibera una bienvenida cálida en el Tea Party.

Ted Sorensen fue consejero especial, logógrafo y consejero del presidente John F. Kennedy.