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La extrema derecha sube en Europa

Preocupación por la identidad nacional y, en consecuencia, rechazo al inmigrante: ese es el relato prioritario que hay detrás de la subida de la extrema derecha en Europa. Desaparece el modelo clásico desde la II Guerra Mundial, con dos superpartidos, socialdemócrata uno y democratacristiano el otro. Y la extrema derecha, que antes estaba compuesta por un grupo minoritario de jóvenes radicales con la cabeza rapada montando lío en la calle, ahora ocupa posiciones centrales en los parlamentos.

Las cifras son elocuentes:

Holanda: 15,5%

(el Partido de la Libertad del antimusulmán Geert Wilders fue tercero en las elecciones de junio y es hoy la bisagra del Gobierno de derechas).

Francia: 11,9%

(El Frente Nacional de la hija de Le Pen fue cuarto en las últimas elecciones presidenciales, y su ascenso es indiscutiblemente una de las causas de la deriva radical de Sarkozy y sus decisiones con respecto a los gitanos o los símbolos musulmanes).

Italia: 8,3%

(Ese fue el resultado de la Liga Norte de Bossi en las legislativas de 2008. Habría que añadir el peso de los seguidores de Fini, postfascistas reconvertidos, hasta ahora con Berlusconi).

Suiza: 28,9%

(El SVP, Pardido Popular Suizo, obtuvo ese porcentaje del voto popular en las elecciones de 2007)

Hungría: 16,7%

(El curioso y claramente fascista Jobbik, Movimiento para una Hungría Mejor, obtuvo este porcentaje en la primera vuelta de las Elecciones legislativas de 2010. Recientemente ha promovido la Alianza de Movimientos Nacionales Europeos).

Noruega: 22,9%

(El Partido del Progreso – sí, del Progreso, como suena – tuvo este impresionante porcentaje en las elecciones parlamentarias de 2009).

Bélgica: 7,8

(Vlaams Belang, Interés Flamenco, bajó en las últimas elecciones parlamentarias, pero ahí está, con un porcentaje nada despreciable).

El ascenso de estos partidos de extrema derecha es el mayor cambio en la política europea desde la caída del Muro de Berlín, afirma Newsweek. Añade el brillante artículo que Europa tiene un claro problema también en esto, porque produce un caldo de cultivo excelente: tres presidentes – del Consejo, de la Comisión y del Parlamento – pero ningún líder; partidos nacionalistas y contrarios a la unión; 23 millones de parados sin plan que los acoja; presiones migratorias; resentimiento sobre la situación económica; debilidad de los partidos de izquierda, que se acomodan al populismo; permanencia de los nacionalismos regionales (catalán, flamenco, escocés…).

Nota al pie: ayudan a suavizar mucho la imagen dura y extremista, las mujeres rubias que lideran los respectivos partidos en Francia, Hungría y Noruega.

Kristina Morvai, Jobbik, Hungría

Marine Le Pen, Frente Nacional, Francia

Siv Jensen, Partido del Progreso, Noruega