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Breve antología del uso político del deporte

Más morbo imposible: el Atlétic de Bilbao y el Fútbol Club Barcelona se enfrentan por la Copa del Rey. Dos equipos tradicionalmente identificados en parte con el nacionalismo vasco y el catalán. La presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, que o es muy muy torpe (cosa improbable si tenemos en cuenta su capacidad para la generación de buenos titulares) o muy muy provocadora, se ha encargado de agitar los ánimos de manera insistente diciendo que si ella pudiera, en caso de que hubiera pitidos de protesta contra el príncipe o contra el himno español, ella cancelaría el partido. Pues bien, ante ese ambiente crispado, los analistas apelan a la racionalidad: “esto es fútbol, no política”, “no está bien mezclar el deporte con los asuntos políticos…”, etc., etc.

Eso es inmensamente ingenuo. El deporte y la política siempre han estado íntimamente ligados. La competición deportiva es un extraordinario escenario para visualizar conflictos. Pensésmoslo bien:

- Limitación de espacio: en la forma de un estadio o de las 32 pulgadas de televisión. No un enfrentamiento ubicuo o abstracto, sino muy concreto en el lugar. Un campo de fútbol, una pista de atletismo…

- Limitación de tiempo: 90 minutos de partido, unos minutos de carrera, unos segundos nada más durante los cuales se iza una bandera o suena un himno.

- Un enfrentamiento pacífico (o poco virulento): de manera que se canaliza por vía deportiva un sentimiento que podría ser más belicoso y letal de manifestarse de otra manera.

Audiencias millonarias, o muy numerosas.

De manera que no hay nada como el deporte (quizá añadiendo otros grandes acontecimientos mediáticos, como los funerales, las visitas y ceremonias reales, los viajes de Estado, los grandes eventeos nacionales…), para concitar la mirada concentrada de todo el mundo y en poco tiempo, en torno a un conflicto, simbolizándolo y canalizándolo. En términos muy prácticos: ¿quién de nosotros no mira el partido en televisión y se siente vinculado a una u otra de las corrientes en conflicto? ¿Quién es el aséptico ciudadano o ciudadana de a pie que puede decir que en esas circunstancias no se sentiría movido por una de las posiciones enfrentadas?

Oscar Santamaría escribió hace unos meses un artículo muy recomendable en el diario El Mundo, en el que contaba casos de utilización política del deporte. Aquí dejamos algunos de los sucesos que el contaba, con otros de la historia que recordamos.

- Alemania, Juegos Olímpicos, 1936. Jessee Owens dio una lección al mismísimo Hitler, que esperaba que los Juegos fueran una muestra de la superioridad aria. El afroamericano ganó de calle en atletismo, y Hitler no le felicitó como sí hizo en la primera jornada con los victoriosos alemanes.

- Alemania y Estados Unidos, boxeo, 1936. El boxeador alemán Max Schmeling había sido ensalzado por los nazis como el ejemplo de la superioridad de la raza aria. Se enfrentó y ganó al estadounidense Joe Louis con Hitler en el poder. La revancha vino tiempo después, y el propio Franklin Roosevelt mandó una nota al boxeador diciéndole: “Joe, necesitamos músculos como los tuyos para ganar a Alemania.” Louis ganó, y más tarde dijo: “Sabía que tenía que cazar bien a Schmeling. Tenía mis motivos personales y el maldito país entero dependía de mi.”

- Estados Unidos, Juegos Olímpicos, 1968. Los deportistas afroamericanos Tommie Smith y John Carlos utilizaron el saludo del Black Power como señal de lucha en plena campaña por la defensa de los derechos civiles en el país. .

- Honduras y El Salvador, fútbol, 1969. La bandera y el himno de Honduras fueron pitados durante los partidos clasificatorios para el Mundial de la FIFA, y se generó una tensión tal entre los dos países (ya previamente existente, claro), que derivó en ataques de ciudadanos de un país en el otro, con muertes incluidas, emigraciones más o menos masivas, ruptura de relaciones diplomáticas, y casi una guerra entre los dos estados.

- Inglaterra y Sudáfrica, críquet, 1969. Se consideró que no era adecuado dejar jugar al negro brasileño, de origen sudafricano Basil D’Oliveira contra Sudáfrica, que estaba en ese momento bajo el Apartheid. Se trató de que jugara en el equipo inglés, pero tampoco. Siempre se sospechó que era para no ofender a los sudafricanos.

- Israel y los países árabes, fútbol, 1974. Israel era uno de los países fundadores de la Confederación Asiática de Fútbol, pero a mediados de los setenta, varios países árabes rechazaron jugar con la selección del nuevo país. Hasta que se creó la UEFA.

- Argentina y Reino Unido, fútbol, 1986. En el Mundial, ungido por la “mano de Dios,” según dijo Maradona, o usando su propia mano, según los agnósticos, Maradona metió un gol a los británicos que agitó los sentimientos de las dos naciones, convalecientes de la Guerra de las Malvinas.

- Sudáfrica, rugby, 1995. Mandela, nuevo presidente de Sudáfrica post-Apartheid, manejó magistralmente el mundial celebrado en Sudáfrica para unir al país en la nueva etapa, tal como cuenta la película Invictus.

- China y Japón, fútbol, 2004. En la Copa de Asia de Fútbol, en Beijing, los chinos abuchearon el himno de Japón. El enfado fue sublime cuando Japón ganó a China por 3-1, con revueltas incluidas en las calles de la capital.