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El contexto del sueño de King en el 49 aniversario del discurso

Se trata del discurso sin duda más citado de la Historia contemporánea. Te dejo aquí un extracto de El poder político en escena, en el que hablo del contexto en el que el discurso se produjo:

Como todo lo demás, o aún más, la marcha fue minuciosamente preparada. El objetivo era lograr concentrar a 100.000 personas, muy por encima de las más masivas manifestaciones estadounidenses hasta la fecha: los 35.000 miembros del KKK reunidos en 1925, las 8.000 sufragistas de 1913 o los 20.000 veteranos de la Primera Guerra Mundial dispersados violentamente en 1932.

Los seis grandes líderes del movimiento afroamericano unieron sus fuerzas, montaron una sede en el Harlem de Nueva York, y encargaron a un activista curtido en la organización de protestas y varias veces detenido, Bayard Rustin, que montara el evento en unas pocas semanas. En una reunión con los organizadores dos meses antes de la marcha, Kennedy trató de disuadirlos.

Aunque no tenían ni fecha, ni presupuesto, ni programa, ni personal, los líderes negros se mostraron decididos a seguir adelante. Al terminar, Kennedy dijo a sus asesores: «Bien, si no podemos pararlos, controlaremos el maldito asunto». Y así fue en cierto modo: se exigió que fuera un día laborable para ponérselo más difícil a los asistentes, y también que los asistentes llegaran y se marcharan en el día.

En la mañana del miércoles 28 de agosto, más de 2.000 autobuses, 21 trenes especiales, 10 vuelos chárter y una caravana inmensa de coches se movilizan para que la mayor manifestación hasta la fecha tenga lugar a pocos metros de la Casa Blanca.  Desde la muerte de Roosevelt, en Washington ningún suceso tuvo más interés para los medios. La mayor parte de los 1.200 periodistas acreditados en Washington cubrieron la marcha, y se expidieron otros 1.600 pases especiales. No hubo incidentes a pesar del miedo que reinaba en la ciudad en las horas previas. La televisión, que solo tenía una década de desarrollo, pero ya era un aparato familiar en los hogares occidentales, había reflejado hasta entonces las algaradas y las imágenes conflictivas de policías deteniendo a ciudadanos, de negros corriendo, de sentadas y enfrentamientos… Pero esto era otra cosa: allí estaban, a la vista de todo un país mirando a la pantalla, Marlon Brando y James Baldwin, con otros muchos. Allí cantaban  pacíficamente Bob Dylan y Joan Baez acompañando a cantantes negros de gospel.

Para los estándares de 1963, la cobertura de televisión fue contundente: los tres canales nacionales, NBC, CBS y ABC, plantaron 23 cámaras en la explanada y acordaron un sistema de pool con otras 26 situadas en otros lugares. Durante todo el día dieron cobertura especial a lo que sucedía, que podría haber sido una mera fiesta y poco más, si no hubiera sido por las palabras que cerraron las intervenciones del día.

King ofreció el discurso más conocido de la historia reciente, pero sus palabras más memorables no estaban previstas. Cuando King ya terminaba de leer sus siete minutos preparados en papel, el propio orador y quienes le acompañaban notaron que faltaba algo, una suerte de cierre fuerte. Detrás de él, la cantanteMahalia Jackson, le susurró al pastor: «Háblales del sueño, Martin». Y entonces la palabra de King se convirtió en metáfora y en historia. «Y por eso, aunque afrontamos las dificultades de hoy y mañana, yo todavía tengo un sueño… Tengo un sueño: que mis cuatro pequeños hijos algún día vivan en una nación en la que no se los juzgará por el color de su piel, sino por los rasgos de su personalidad… Tengo un sueño…».

King había narrado muchas veces su sueño en homilías, conferencias y manifestaciones. Pero era necesaria una escena solemne como aquella del verano de 1963. Hasta ese día memorable en la historia de los derechos civiles en Estados Unidos, la gente común había pasado por delante del sueño de King sin reparar demasiado en el sonido de su música, como si un virtuoso violinista interpretara piezas a la entrada del metro. Pero un cuidadoso, valiente y largo empeño en llamar la atención de la opinión pública había solidificado aquella mañana, gracias en gran parte a la fuerza de ese nuevo aparato mágico en las casas de los estadounidenses. Como dijo un testigo, “hasta entonces el problema de los negros había sido la comunicación y la dramatización de su causa. No hacia los integracionistas, no hacia quienes tenían implacables prejuicios, sino hacia los millones de blancos indiferentes para los que la integración o la segregación eran de escaso interés personal. El sociólogo de mañana observará que fue la televisión más que cualquier otra cosa la que finalmente penetró en el inmenso mundo de los no comprometidos.”

El acontecimiento, sin embargo, resultó decepcionante para quienes esperaban un cambio repentino en la opinión pública. John Lewis, el más exigente de los organizadores de la marcha, que tuvo que rebajar la virulencia en su borrador de discurso aquel día a petición de los organizadores y de la propia Casa Blanca, se lamentaba del desajuste entre el esfuerzo invertido y el impacto de la manifestación:

“En los días que siguieron, demasiada prensa nacional, en mi opinión, se concentró no en la sustancia del día, sino en la escena. Sus historias retrataron el evento como un gran picnic, una guardería combinada con el espíritu de una reunión renovadora de oración. Demasiados comentaristas y periodistas suavizaron y trivializaron los duros bordes de dolor y sufrimiento que provocaron este día en primer lugar, ignorando los duros asuntos que debían resolverse, los temas que habían despertado tantos problemas en mi propio discurso. Fue revelador que las citas que lograron de los líderes del Congreso en el Capitolio no fueran sobre las posiciones de los legisladores sobre los derechos civiles, sino que, en su lugar, se concentraron en alabar la «conducta» y la «pacífica actitud» de los manifestantes en la masa.”