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Pero ¿realmente importan tanto las pifias como dicen los medios?

 Mitt Romney ha vuelto a armarla con unas declaraciones a puerta cerrada grabadas en vídeo que ayer y hoy están ocupando la prensa y los comentarios de todo el mundo. La verdad, tampoco es para tanto: Romney ha dicho exactamente esto:

Hay un 47 por ciento de gente que votará por el presidente de cualquier manera. Bien, hay un 47 por ciento que está con él, que depende del Gobierno; personas que se creen víctimas, que creen que el Gobierno tiene la responsabilidad de cuidar de ellos, que creen que tienen derecho al servicio de salud, a la comida, a vivienda,  a lo que sea… Que ese es su derecho. Y que el Gobierno debería dárselo. Y votarán al presidente hagas lo que hagas… Esta es gente que no paga impuesto sobre la renta. Mi trabajo es no preocuparme por esa gente. Nunca voy a convencerles para que se responsabilicen sobre sus propias vidas.

Muy afortunado no estuvo el multimillonario, y los demócratas han aprovechado la ocasión para rasgarse las vestiduras y decir que el candidato ha insultado a los votantes de manera impresentable. Esta última pifia se une a una lista ya bastante larga de deslices y tonterías del republicano, que ya hemos listado por aquí.

Pero ¿qué efecto tienen esas meteduras de pata en la intención de voto? El padrino David Redoli (@dredoli) me envía un artículo bien interesante de John Sides que muestra que, en realidad, no tienen un efecto notable. Al menos no tienen un efecto notable inmediato y de forma aislada. Como puede verse en el gráfico de arriba y en algún otro que el autor lleva a su artículo, de la campaña de 2008, las encuestas no detectan un cambio en los porcentajes de intención de voto, al menos de manera inmediata.

Con todo, en este caso parece haber sido algo distinto: una encuesta muy reciente dice que aproximadamente un tercio de los independientes dicen que después de escuchar el comentario de Romney es menos probable que voten por el. Por lo demás, los conocidos revisores que hay en Estados Unidos comprobando las afirmaciones de los políticos, como Politifact o FactCheck, refuerzan el perfil frívolo de Romney sentenciando que su argumento del 47 por ciento que no paga impuestos y depende del Estado es falso.

Todos tenemos la intuición de que esas pifias, cuando refuerzan un arquetipo negativo del candidato (como en este caso el de un tipo frío que no siente compasión por la gente corriente), sí importan: porque ocupan el espacio que debería ocupar la economía o la salud o la educación; porque permiten que el adversario haga piezas haciendo leña del árbol caído; porque enmarcan al candidato en su peor caricatura. Ese es más o menos el argumento de este otro artículo del Washington Post: las pifias importan.

Mi experiencia es que, en efecto, una pifia no produce un efecto rotundo inmediato en la opinión pública. Pero sí puede reforzar, y a menudo es eso lo que hace, la narrativa negativa del candidato. Fue un sinnúmero de pifias que confirmaban que se trataba de un hombre frívolo, lo que hizo perder a Hipólito Mejía aquí, donde me encuentro. Fue una ristra de pifias lo que impidió a López Obrador ganar en México. Es – no solo, pero también – una lista de pifias lo que ha deteriorado  la imagen de Evo Morales en Bolivia.

Como saben muy bien Rajoy, Kirchner o el rey de España, por dar tres ejemplos muy diversos, viene bien recordar el chiste:

- Cariño, desde que te conozco, hace 25 años, no me has dicho nunca nada. ¿Por qué?

– ¿Para qué?, ¿para cagarla?…