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Cómo se conversa con un Teleprompter: caso práctico

 

Fue el mejor discurso de la Convención demócrata, y probablemente uno de los mejores discursos de los últimos tiempos. Lo contamos aquí hace unos días, con una magnífica comparación entre lo que el orador tenía en el papel y en el prompter, y lo que finalmente dijo. Si no lo has visto te recomiendo que lo hagas, porque es realmente una lección impresionante de retórica.

Sí, hablamos de Clinton, el mejor orador relevante de nuestro tiempo sin ningún lugar a dudas.

A los pocos días, un artículo muy recomendable de Nathaniel Stein en el New Yorker, explicaba ese maravilloso arte de Clinton que consiste no en leer bien de un Teleprompter, sino en “conversar con él,” introduciendo elementos nuevos, imprimiendo ritmo, poniendo énfasis. El artículo es tan interesante que me he tomado el tiempo de traducirlo y dejártelo aquí:

CONVERSACIONES CON UN TELEPROMPTER

Nathaniel Stein, The New Yorker, 7 de septiembre, 2012

Muchos políticos de éxito, como George W. Bush y Barack Obama, leen de un Teleprompter con talento. Pero Bill Clinton – como demuestra la comparación entre lo que decía la máquina y lo que dijo él en la convención demócrata – no lee un Teleprompter: conversa con él. Vuelve atrás cuando se ha omitido un detalle crucial y genera algo nuevo cuando la retórica no es suficiente.

Parte de la razón por la que va y viene tanto sobre el texto (doblando la longitud inicial de su discurso, en este caso) es que le gusta el sonido de su propia voz. Pero hay algo más: Clinton es tal maestro de la estrategia retórica – desarrolla con tal maestría reflexiva e innata esa capacidad para que resuene la palabra hablada – que no puede evitar mejorar su discurso según lo está pronunciando. No improvisa en el sentido en que los extras de una película mantienen una conversación de restaurante. Improvisa en el sentido en que Miles Davis o Beethoven lo harían con un trabajo artístico.

El Teleprompter aporta un montón de detalles, pero el cerebro de Clinton palpita tan intenso con sus curiosas elaboraciones que las palabras brotan y fluyen a lo largo del texto. (Los costes de la salud pública se incrementaron “tres veces por encima de la inflación en una década”; en 2009 el PIB se contrajo a una tasa del nueve por ciento; o esas digresiones sobre las tasas de interés y la cooperación entre partidos en el gobierno municipal).  

El Teleprompter, bien gestionado por los profesionales, va a un buen ritmo. Pero Clinton resulta tan natural al conectar con el público que le gana a la máquina con las florituras que añade. (“Escuchen atentamente esto…”; “es realmente alucinante…”; “¿oísteis lo que decían? Yo sí lo oí”; “hay que tener cara dura para atacar a una persona que hizo lo que tú hiciste”). Cuando añade esas pequeñas apostillas – el “espera un momento” y los “escuchad” y el “de verdad, pensemos en esto” – se trata de más que de un tic: está desarrollando una estrategia astuta, promoviendo la ilusión de que el discurso está todo él improvisado.

Cada vez que el Teleprompter da a Clinton una lista, él automáticamente la embellece con intensidad rítmica, construyendo un paralelismo, demostrando que es el mejor escritor de discursos. El Teleprompter le dice que la política energética de Obama “reducirá tu factura de gasolina a la mitad, nos hará más independientes, cortará las emisiones de efecto invernadero, y sumará otros 500 mil puestos empleos.” Pero Clinton dice: “Logrará reducir tu factura de la gasolina ala mitad… Logrará hacernos más independientes… Logrará cortar las emisiones de efecto invernadero…”

El presidente Obama “heredó una economía profundamente dañada, evitó una caída mayor, empezó el largo y duro camino hacia la recuperación,” dice el Teleprompter. Pero Clinton nos dice: “El heredó una economía profundamente dañada. El evitó una caída mayor. El empezó el largo y duro camino a la recuperación:” Y así sucesivamente.

En ocasiones el Teleprompter va demasiado rápido para su gusto, y se corre el riesgo de que algún matiz no penetre por completo en todas y cada una de las cabezas de la audiencia. De manera que él reduce la velocidad de la acción y, en un momento crítico, aumenta la resonancia insertando una pregunta y su respuesta aparentemente extraña. “¿Por qué? Pues porque…” es su fórmula favorita para pasar de un punto a otro. El “lo que significa” del Teleprompter se convierte en un “¿Qué significa esto? Pensémoslo. Significa que…” En el Teleprompter se lee: “la cooperación funciona mejor; después de todo, nadie tiene la razón todo el tiempo.” Eso se transforma en lo siguiente: “Ahora bien: ¿por qué es esto así? ¿Por qué la cooperación funciona mejor que el conflicto constante? Porque nadie tiene la razón todo el tiempo.”

En un pasaje sobre la ley de Sanidad de Obama, el Teleprompter le dice a Clinton: “Los republicanos lo llaman ‘la reforma Obama (Obamacare)’ y dicen que es una invasión del cuidado sanitario por parte del Gobierno que ellos derogarán.” Clinton contrataca: “Los republicanos lo llaman, despectivamente, la reforma de Obama.’ Dicen que es una invasión del cuidado sanitario por parte del Gobierno, un desastre, y que bastará que les elijamos para que la deroguen.”

Ese “despectivamente”, que destaca el punto principal y lo clarifica para cualquiera que no entiende del asunto, es una buena idea. La inserción de ese “desastre” como punto de apoyo en la segunda frase es incluso mejor. Pero la ironía caustica de ese “bastará que les elijamos,” ese tipo de matiz, es el que se puede esperar de un maestro escritor de discursos que ha pasado días o semanas, no simplemente segundos, considerando la mejor forma de juntar las palabras.

O consideremos el párrafo del Teleprompter que dice que “todos estamos destinados a vivir nuestras vidas entre esos dos extremos.” En su lugar, Clinton dice: “Y cada uno de nosotros – cada uno de nosotros y cada uno de ellos – todos estamos obligados a pasar nuestras vidas pasajeras entre esos dos extremos.” De nuevo el ligero eco que inserta en “cada uno de nosotros,” (añadiendo la distinción entre “nosotros” y “ellos” que será relevante en la siguiente frase), o la poesía de “obligados a pasar nuestras vidas pasajeras,” esas no son las marcas de la espontaneidad, uno sospecha, sino algo que ha sido cuidadosamente planeado.

O consideremos esta pieza del Teleprompter: “Cuando los tiempos son duros, el conflicto puede funcionar bien en la política, pero en el mundo real, la cooperación funciona mejor.” Aquí está Clinton: “Cuando los tiempos son duros y la gente está frustrada y enfadada y herida y confundida, la política del conflicto permanente puede funcionar, pero lo que funciona bien en la política no necesariamente funciona bien en el mundo real. Lo que funciona bien en el mundo real es la cooperación. Lo que funciona bien en mundo real es la cooperación: en las empresas y el gobierno, en las fundaciones y las universidades.

Aquí ha añadido al por mayor, sobre la marcha, no solo una sino dos listas rítmicas, la primera de las cuales, con su cascada de adjetivos precisos (“frustrada y enfadada y herida y confundida”), es en sí misma una buena pieza de poesía.

Los ejemplos siguen. Casi al final, el Teleprompter trata de emitir un clásico elemento de la “sinceridad” clintoniana. “Lo creo con todo mi corazón,” dice. Pero no es suficiente para Clinton, que lo sustituye de la siguiente manera: “Amigos, nos jugamos toda la elección en que el pueblo americano crea lo que acabo de decir. Solo quiero que sepáis que yo lo creo. Con todo mi corazón, lo creo.”

Sabiendo lo que sabemos de Clinton, el hecho de que esa petición a la sinceridad tan clintoniana funcione tan bien es realmente mágico.