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Cómo contestar cuánto cuesta un café y por qué Zapatero no supo

Cuando alquien te pregunta cuánto cuesta un café, como le sucedió al entonces presidente José Luis Rodríguez Zapatero en marzo de 2007, en el programa de televisión “Tengo una pregunta para usted,” en realidad no te está preguntando sólo eso. Le interesa saber, en realidad, si eres un ciudadano común, alguien que está al pie de la calle, un ser humano que conoce la vida cotidiana de sus semejantes. Es como si te hubieran preguntado si conduces tu propio coche, si haces la compra habitualmente, si sabes el precio del billete de autobús o del kilo de azúcar, o si cocinas de vez en cuando o haces los deberes con tus hijos.

Por eso, en lugar de volverte loco o loca pensando en todas las respuestas a las infinitas preguntas específicas, es mejor idea (como saben todos los portavoces avezados) preparar un único mensaje ante cualquier pregunta sobre la “vida cotidiana” o sobre “ciudadano común.”

Aquella noche de 2007, ante aquellos cien ciudadanos asesinos, Zapatero podía haber respondido lo que le habíamos puesto desde la Secretaría de Estado de Comunicación en una ficha, cuyo título y contenido decían:

Ciudadano común:

Si usted lo que me pregunta es si yo soy un ciudadano como cualquier otro, tengo que decirle que no. No soy un ciudadano como cualquier otro. Soy el presidente del Gobierno, y eso me impide hacer algunas cosas, como [frecuentar cafeterías, o ir al cine con mi esposa, o conducir mi propio coche, o viajar en autobús, o lo que sea…]. Pero mire, para mi es un privilegio ser el presidente para poder transformar mi país… etc.

Cualquier español recuerda, cinco años despúes, que Zapatero no dijo eso, sino que contestó, desviándose en un 40 por ciento sobre el precio real, que el café en la calle costaba 80 céntimos:

No habría tenido mucha importancia, si no hubiera sido porque el programa se emitía por primera vez y tuvo una audiencia millonaria, y porque la idea de que el presidente del Gobierno no sabía el precio del café reforzaba el arquetipo de un presidente en las nubes, ingenuo, alejado de los problemas cotidianos. Al día siguiente, nadie habló de las 60 preguntas que en hora y media Zapatero contestó bien, sino de su error al contestar por el precio de un café. El café Dunkin ofreció meses después el café ZP, el café de la crisis, a 80 céntimos, y de nada sirvió nuestra argucia (y la fotografía que buscamos y logramos) para explicar que en el Congreso de los Diputados, lugar donde el presidente tomaba café con cierta frecuencia, el café costaba 80 céntimos.

 

 

 

 

 

 

Zapatero no contestó según la ficha porque nuestra documentación llegó tarde y mal, cuando el presidente ya había preparado el programa. Por lo demás, excepto en ocasiones muy marcadas, como los grandes debates con Rajoy, el presidente no consideraba que tuviera que preparar fichas para sus intervenciones y con frecuencia prefería improvisar.

 ¿Y la gente no nota como el preguntado se va por la tangente? Y eso, ¿no irrita al público?

Pues resulta que no. Para nada. Un interesante artículo académico (Rogers y Norton, “The artful dodger: answering the wrong question the right way”) estudia el efecto de ese truco que tanto aplicamos los que nos dedicamos a esto, y que podemos llamar “hacer el puente,” “pivotar” o simplemente eludir la pregunta. Se trata de cuatro experimentos que demuestran que la gente no percibe la elusión, primero. Segundo, que evalúa al portavoz no en función de la corrección o coherencia de la respuesta, sino en función de lo bien o mal que le cae el personaje. Y tercero que, sin embargo, cuando de una forma u otra se señala que el portavoz está pivotando, o lo hace de forma demasiado evidente o brutal, eso no gusta, y empeora el juicio sobre el portavoz.

Por eso es tan importante el papel de los periodistas. Y por eso quien salió peor parado en el primer debate entre Obama y Romney no fueron los candidatos, sino el moderador, Jim Lehrer, que, según se criticó, no desveló las constantes elusiones de ambos.

(Más cosas sobre relaciones con los medios, oratoria, media training, etc., en Los cien errores en la comunicación de las organizaciones).