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¿Y si no han sido los hermanos chechenos?

Publicado hoy en InfoLibre

Hay historias que necesitan un cierre. La madre que desespera al no encontrar el cuerpo de su hija asesinada. Los nietos que buscan el cadáver enterrado de su abuelo en quién sabe qué fosa común (es una estupidez decir que se «reabren las heridas» buscando los restos de los represaliados por el franquismo cuando lo que se quiere es precisamente que cicatricen). Como saben muy bien los guionistas, los novelistas y los dramaturgos, el bueno, o su causa, han de sobrevir. El malo debe ser castigado y su causa defenestrada.

En El poder político en escena relaciono la caza y muerte de Bin Laden con un descubrimiento neurológico bien interesante. Michael Gazzaniga ha descrito casos en los que personas con miembros amputados siguen sintiendo dolor en los miembros ya inexistentes… hasta que por algún procedimiento de espejos, se les hace pensar en la ilusión de que el brazo o la pierna que duele, de pronto están en su sitio. El dolor desaparece. Según parece, esa argucia demuestra que el cerebro, en efecto, sufre cuando el relato – sobre tu cuerpo o sobre tu hija o sobre tu abuelo, o sobre los ataques del 11S – no queda bien cerrado. Y se produce alivio cuando de alguna manera adquiere sentido cerrándose bien. Por eso, explico allí, nadie cuestionó la evidente vulneración del derecho internacional y los derechos humanos en la operación que dio muerte al mayor villano que existía sobre la tierra en ese momento.

La historia del maratón de Boston ha quedado cerrada de manera magistral, pese a lo doloroso de su desarrollo. Alguien rompe el equilibrio en la gran ciudad, mata a tres inocentes y deja malheridas a decenas. De manera inmediata actúa la policía, que asedia sin compasión la ciudad en busca de los malvados. Los ciudadanos de Newtown aguantan estoicamente. Se encuentra a dos sospechosos, cuya foto con gorra, gafas de sol y mochila resuena en el imaginario del mundo entero. Resultan ser hermanos chechenos. Nadie allí sabe muy bien dónde está Chechenia, ni los detalles de su historia, pero su nombre evoca de manera inmediata las mayores atrocidades. El primero es liquidado en un tiroteo sin contemplaciones. El segundo, casi. Se aplica el «primero disparar y luego preguntar» tan poco bostoniano pero muy del admirado arquetipo del cow boy, tan ajeno a Obama como cercano a su antecesor. Putin felicita a Obama, porque los tipos son, se da por hecho, radicales musulmanes chechenos, la pesadilla de Rusia.

Poco importa que los hermanos tuvieran una vida tan americana, según todos y cada uno de quienes les conocían, como la del Pato Donald. Nada importa que ninguno de los dos presuntos asesinos haya podido defenderse ante nadie, ni siquiera ante un abogado. Nada importa lo que digan sus padres y sus amigos, que defienden la inocencia de los dos jóvenes o se extrañan de la imputación. Nada importa que haya más indicios a su favor que en su contra. Algunos hechos se hacen cuadrar con la narrativa: según parece, el mayor ya muerto había estado unos meses en Chechenia recientemente, aunque llevaba en Estados Unidos una década y era ciudadano americano como su hermano; había afirmado que no tenía ningún amigo americano; e incluso, se dice, de pronto había empezado a hacer las cinco oraciones diarias… Suficiente para dar a las buenas gentes del mundo el alivio del brazo fantasma que quita el dolor. Suficiente para consolar a la aturdida humanidad que necesita saber que si los malos nos atacan, serán buscados y castigados. Suficiente para dar sentido narrativo a la tragedia.

No defiendo aquí la inocencia de esos dos hermanos (en las redes sociales hay algunos que lo hacen, y no son afganos ni chechenos ni extremistas musulmanes, sino compañeros muy americanos de la universidad). Defiendo que, aun comprendiendo que en muchas ocasiones tenemos prisa por encontrar explicaciones, que la historia acabe bien no debería ser a costa de los más elementales principios del derecho, tan largamente peleados por el ser humano.

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