No le va bien en las encuestas: está en el entorno del 40 por ciento en aprobación, más o menos como Zapatero aquí (mírate la tabla de ACOP en el nuevo Molinillo, más fácil de leer, que acabamos de publicar). El hipeactivo presidente francés, que nos contaba su historia de grandísimo rey republicano, dispuesto a devolver la gloria a su país, ahora quiere ser cercano y pegado al terreno, en estos tiempos de crisis.
Por eso estuvo hace unos días en un curioso programa de televisión en el que, por dos horas, debatió con once ciudadanos de a pie: una profesora, un agricultor, y así. Logró un tercio de la audiencia de la noche: nueve millones de franceses. El presidente convenció al 57 por ciento. Sus asesores están, dice The Economist, encantados.
El problema no es lo que representa Sarkozy, que es un maestro en la escenografía, sino lo que hace. Los actos también hablan. Y ahí está el lamentable intento de colocar a su joven hijo, y ahora el nombramiento de su amigo personal Herni Proglio como jefe de EDF, la eléctrica pública.
Sarkozy es muy bueno explicando que hay que hacer. No tanto haciéndolo.


