Pues Obama fue suficientemente audaz como para hacer eso mismo. Fue ayer: en una cena fraternal de los representantes republicanos – acérrimos enemigos del presidente Obama – rodeados muchos de ellos de sus parejas e hijos, el presidente demócrata dio un discurso conciliador y luego estuvo respondiendo a las preguntas directas de sus adversarios.
Se supone que los republicanos invitaron a Obama sin pensar que aceptaría. Pero él aceptó. Y el encuentro fue un éxito indiscutible de relaciones públicas. Expuso sus ideas, recriminó que no ofrecieran propuestas razonables, les dijo que si las planteaban las estudiaría y aceptaría, estuvo amable y encantador como siempre, apeló a la unidad en nombre del pueblo americano, y arrancó un buen número de aplausos. Tienes aquí el vídeo de la Casa Blanca con la totalidad del encuentro, y aquí la transcripción de lo que se dijo. Fue durante una hora y 20 minutos. El equipo de Obama ha seleccionado los mejores momentos del encuentro (aquí).
Es cierto que allí no hay sesión de control, como en España o en Reino Unido (”question time” se llama en el Parlamento inglés), y que, por tanto, no hay en Estados Unidos como aquí tiempo de cruce directo de posiciones entre Gobierno y oposición, pero el encuentro de Obama con sus “enemigos” fue una rareza en la política americana, un gesto de audacia portentoso y un ejemplo de buen talante envidiable. No sólo por Obama, que por supuesto, sino también por los republicanos, que se levantaron de sus sillas para aplaudir al presidente al empezar, que le aplaudieron varias veces y que rieron con él con las bromas.
Conviene recordar que aquí ni siquiera se aplaude a otras fuerzas políticas en el Parlamento, ni aún cuando se dicen cosas razonables. Ni siquiera cuando sus posiciones coinciden con las tuyas. Cuando asesoraba al Grupo Parlamentario Socialista en la Oposición, allá por 2003 y 2004, sugerí a los diputados que sería un gesto agradable y rentable aplaudir de vez en cuando las intervenciones de otros (qué menos que aplaudir en aquel momento, por ejemplo, a Llamazares, cuando expresaba su oposición a la Guerra de Irak). No me hicieron ningún caso, por supuesto.