En la República Dominicana, en la provincia de San Cristóbal en la que nació el dictador, se habla de crear un “Museo de Trujillo”. La iniciativa no está clara y ya ha generado la polémica típica que suele surgir en estos casos.
En España no existe museo alguno “de la Memoria”. Más bien al contrario: aún puede verse prácticamente como fue inaugurado el templo y la cripta del Valle de los Caídos, el gran monumento del franquismo en el que están enterrados Franco y Jose Antonio, junto con miles de fallecidos en la Guerra de los dos bandos. El monumento ha sido punto de reunión de los pocos fascistas que aún quedan, y Patrimonio no se atreve aún a tomar decisiones drásticas sobre el recinto. Qué contraste la brevedad y asepsia con que el Gobierno menciona en la web el “monumento” (aquí), con la lamentable hagiografía de la increíble Fundación Francisco Franco, que dice que aquello es un monumento “a la reconciliación”. Hay que leer el libro de mi admirado amigo José María Calleja, El Valle de los Caídos, y leer también El Gran Manipulador, de Paul Preston.
Aún nos hacen falta unos añitos para que España no se agite tanto con la revisión de sus miserias. Mírese la polémica en la que se ha visto envuelto el juez Garzón por su intento de perseguir los delitos de la época, o la absurda controversia que en 2004 produjo el traslado de documentación de Salamanca a Cataluña.
El pueblo judío ha estado tratando de mantener la memoria sobre el Holocausto de todas las maneras imaginables. Entre ellas, la apertura de un total de 62 museos del Holocausto repartidos por Europa, Japón, Sudáfrica y Latinoamérica. Ninguno en el mundo árabe o musulmán (en realidad hay uno en Nazareth, destinado a los árabes de la ciudad, pero en territorio israelí). Entre los museos de la lista se incluyen los impresionantes campos de concentración de Polonia o Austria, por ejemplo. Mathausen pone los pelos de punta: sin prácticamente ninguna señalización ni aparataje turístico, allí se llega uno a poner debajo de la salida de gas en las cámaras, o a entrar en una de las celdas de castigo en las que caben dos personas de pie. Aterrador. El Museo del Holocausto de Washington DC proporciona una experiencia más sofisticada pero igualmente impresionante. La hermosa casa de Anna Frank en Amsterdam, atracción turística del circuito de la ciudad, y no incluida en la lista de museos, es también emocionante.
Como explica con brillo María Pía Lara en su libro Narrar el mal, que ya he citado aquí, los pueblos necesitan exorcizar su sufrimiento narrándolo. Y los museos de la memoria son una buena herramienta para ello. La autora del libro cuenta que la conciencia mundial sobre el Holocausto no surgió de la noche a la mañana, sino que tardó mucho tiempo en configurarse. De hecho, las primeras iniciativas de creación de museos de la memoria no fueron aprobadas hasta los años 50, bien pasada la Segunda Guerra Mundial.
Los judíos lo han logrado con tenacidad, y obviamente ayudados por la dimensión brutal de su tragedia. Pero hay otras muchas iniciativas que en otras partes del mundo han estado cargadas de polémica. Cuenta algunos casos latinoamericanos Newsweek en un pequeño pero muy buen artículo (”The Art of Darkness”).
Justo antes de dejar el cargo, Bachelet inauguró en Chile el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos. Piñera prefirió no ir a la inauguración. Perú está en camino del construir también su Lugar de la Memoria este mismo año. Y nuevos o remodelados museos están en camino en Guatemala, Argentina o México.
La memoria es buena, sin duda, pero crea tensión, y ese es el problema que está surgiendo en Latinoamérica: las dictaduras y sus crímenes de los años 70 y 80 están aún demasiado cerca, y sus protagonistas “demasiado vivos”.