
Han tardado horas los fabricantes de camisetas (20 dólares), tazas ($15), abrigos para perros ($18), gorras ($15), corbatas ($35) y demás baratijas en celebrar la muerte de Bin Laden a través de una oferta numerosa de productos de gusto dudoso.
Como explica a USAToday el antropólogo Grant McCracken, autor de Chief Culture Officer: How to Create a Living, Breathing Corporation “la gente lleva estas cosas para infligir la indignidad final a bin Laden; y 25 dólares no es mucho dinero para ganarte un puesto en el acto nacional de ponerle en ridículo.”
Esta explosión de júbilo colectivo tiene efecto, por tanto, en la cultura popular, pero su origen está en la neurología (la venganza es dulce, literalmente: satisface ciertas zonas del cerebro como lo hacen el sexo, las drogas y el rock&roll) y en la sociología (la muerte de bin Laden es el cierre de una narrativa colectiva que comenzó brutalmente con el ataque a las Torres Gemelas).
El efecto de congregación en torno al acontecimiento de la muerte del malo por el superhéroe, tan americano, se percibe en la audiencia millonaria que tuvo el discurso de Obama anunciando la operación. Con 56 millones y medio de estadounidenses (habría que añadir la gente de otros países) mirando la televisión en directo el domingo por la noche, el breve discurso de nueve minutos del presidente fue el más escuchado de su mandato.
Según las encuestas, la mejoría en la valoración de Obama es sólo relativa. Algunos datos favorables: el 93 por ciento aprueba la operación militar; el porcentaje que cree que Obama es un lider “fuerte y con decisión” ha subido cinco puntos, hasta el 58 por ciento. Otros datos más modestos: La aprobacion sólo sube un punto, cuatro todo lo más. Cuando en 2003 Bush anunció la captura de Sadam, su aprobación aumentó ocho puntos. Algunos esperan que se produzca un efecto mayor de “cierre de filas” (rally round the flag), que eleve su puntuación en los próximos días.


