¿Por qué Obama publicó su certificado de nacimiento sabiendo que no va a convencer a nadie más ni de una cosa ni de la contraria? Aquí lo explico, en un artículo publicado hoy domingo en Público, que te dejo en versión algo más larga que hubo que recortar:
Certificado contra la idiotez
Donald Trump sólo ha añadido unos cuantos grados más al esperpento que Obama involuntariamente protagoniza desde hace ya casi tres años. El 12 de junio de 2008, en plena campaña presidencial, su equipo tuvo que mostrar el certificado de nacimiento del candidato, en la versión corta que actualmente emiten las autoridades de Hawai, para demostrar que había nacido en Honolulu, y no en Kenia como algunos afirman. Aún hoy puede verse en aquella vieja web,www.fightthesmears.com, la respuesta a ésta y otras tonterías que se decían contra el improbable candidato Barack Hussein Obama, como que no era cristiano sino musulmán, o que tenía una estrecha relación con el incendiario pastor Bill Ayers, o que odiaba y escondía la bandera de Estados Unidos.
Desde entonces la cifra de creyentes no ha cambiado casi. Siempre ha sido aproximadamente un 20 por ciento del conjunto de la población, y un 40 por ciento de los votantes o simpatizantes republicanos, quienes con toda seguridad o con dudas, que viene a ser lo mismo, consideran que su presidente no nació en Estados Unidos, es decir, que es un presidente ilegítimo. El movimiento “nativista” (de los “birthers”, como allí se les denomina), ha sido animado por un grupo nada despreciable de agitadores: políticos republicanos como Sarah Palin, Newt Gingrich o Mike Huckabee entre otros muchos; presentadores y tertulianos estrella de la radio y la televisión ultraconservadora, como Sean Hannity o Rush Limbaugh (las emisoras y canales de la Fox, del Grupo News Corporation que dirigen Rupert Murdoch, José María Aznar y otros 15 miembros de su Consejo de dirección, son el gran altavoz); también celebridades como Chuck Norris o Charlie Sheen.
Es imposible que la Casa Blanca no sepa que es inútil tratar de convencer a los creyentes en las conspiraciones. Uno de los más reconocidos expertos en la materia, el profesor Cass Sunstein, autor del librito Rumorología, trabaja allí como director de la Oficina para la Información y Asuntos Regulatorios. El profesor Sunstein explica que cuanto más tratas de evitar que una teoría de la conspiración se asiente, más se refuerza entre los devotos. Un buen número de investigaciones (en buena parte resumidas en el artículo académico titulado “When corrections fail: the persistence of political misperceptions” de los profesores Brendan Nyhan y Jason Reifler) explican que, ante las refutaciones, los creyentes se refuerzan en la creencia: “¿ves?… si hasta el propio presidente tiene que explicarse es que algo hay…”; “el certificado es falso, y falso seguirá siendo por mucho que lo muestren..”; “todo esto no es más que la prueba de que hay poderes ocultos ahí arriba capaces de todo”…
La dificultad en el desmentido de los rumores y las teorías de la conspiración (aún hoy muchos creen que el hombre no llegó a la Luna, que a Kennedy lo mató la CIA o que hay un “imperio invisible” que gobierna el mundo), está en un mecanismo mental descubierto hace décadas por los psicólogos, que llamamos “disonancia cognitiva”: cuando nos presentan datos que contradicen lo que creemos, buscamos excusas para que nuestra visión del mundo se mantenga. La mayoría de la gente no lee varios periódicos para buscar el punto de equilibrio, ni cambia de tertulia de radio buscando la verdad de las cosas, ni contrasta datos… La mayoría busca cada día hechos que confirman sus posiciones, y si encuentra datos que las desmienten, entonces olvida los datos o los cuestiona, aunque sea apelando a fuerzas y conspiradores misteriosos.
Jonah Lehrer, autor del superventas How We Decide, lo explica bien: “Aunque creemos que tomamos decisiones políticas sobre la base de los hechos, la realidad es mucho más sórdida. Somos máquinas de afiliación, y editamos el mundo para que afirme nuestras ideologías paritidistas.” Podría pensarse que cuanta más información tiene uno o una, más se sabe de los asuntos y más se resiste ante la desinformación, de manera que una sociedad de ciudadanas y ciudadanos más informados debería tener un conocimiento más preciso de los asuntos públicos. Pero lo cierto es que no es así. Un estudio reciente de la profesora Kimberly Nalder (“The paradox of Prop. 13: The informed public’s misunderstanding of California’s Third Rail”) explica que un 41 por ciento de los ciudadanos de California cree que el mayor gasto público allí se destina al mantenimiento de las prisiones, y sólo un 21 por ciento cree – correctamente- que se dedica a la educación; y que esos porcentajes son todavía mayores entre los más informados, no entre los menos. Haber vivido largo tiempo en California y seguir de manera más intensa la información política, sólo reconfirma la extendida – pero incorrecta – opinión de que las cárceles son un gasto inasumible para el Estado.
Aquí en España, la insistencia en la teoría de la participación de ETA en el 11M ha tenido un efecto más o menos constante, desde las primeras mediciones en 2004, en el 20 por ciento de la ciudadanía. Aquí, como en Estados Unidos, la teoría de la conspiración suele esconderse cobarde bajo la exigencia de “querer saber la verdad”, o “aún no lo sabemos todo”, o “si fue así que muestren las pruebas”. En una de sus últimas apariciones, Trump, que se ha mostrado dispuesto a competir como candidato presidencial, dijo simplemente que era “un poco escéptico” con el nacimiento de Obama, y que cualquier ciudadano que pensara como él, y que como él exigiera la dichosa partida de nacimiento, no podía ser despreciado como un simple “idiota”. Aquí, la encuestadora que le hace los trabajos al diario que más ha extendido la teoría de la conspiración sobre la autoría del 11M, preguntaba recientemente si “sabemos toda la verdad sobre el 11M”. ¿Qué querrían decir El Mundo y Sigma Dos con “toda la verdad”? Las teorías de la conspiración se extienden a fuerza de generar dudas y exigir las pruebas ad infinitum. Trump, después de que Obama le diera el certificado de nacimiento, ya le ha pedido el título de Harvard. Otros terminarán por pedirle hasta las facturas de la luz de su apartamento de juventud en Chicago. Esas insidias, que afirman o insinúan, tienen un efecto de refuerzo, paradógicamente, entre quienes más siguen las tertulias de radio o de televisión que las propalan, y son más bien inocuas entre quienes están más desmovilizados o menos motivados para seguir la información política.
¿Por qué, entonces, Obama se tomó la molestia de solicitar su certificado completo en papel, pidiendo a las autoridades de Hawai que hicieran con él una excepción, y se esforzó luego en mostrarlo y en contestar personalmente, el día 27 de abril, a las imprecaciones de Trump?
La campaña de los demócratas para la reelección acaba de empezar: yo ya he recibido un correo del propio presidente pidiéndome dinero, como lo habrán hecho las dos decenas de millones de personas que están en sus listas de correo. Es probable que la decisión del presidente tenga sentido no como un intento de convencer al pueblo americano de su nacionalidad – las opiniones llevan sin cambiar como hemos visto tres años – sino como un intento de narrar y escenificar dos cosas al mismo tiempo.
Primero, que no se calla y planta cara. El recuerdo de Gore y de Kerry, aquellos extraordinarios candidatos que prefieron no responder a las bobadas de los republicanos y por ello parecieron a muchos débiles y sin criterio, sigue vivo en la memoria de los progresistas estadounidenses.
Segundo, que el otro lado está lleno de cretinos que no tienen otra cosa de la que hablar. Desde un punto de vista electoral, en efecto, a Obama le interesa que se hable de su partida de nacimiento y de otras tonterías, porque eso refuerza a los suyos y constata el peligro de los extremistas y paranoicos. Karl Rove, el listo de los republicanos, advirtió en febrero que seguir con el asunto puede ser “caer en la trampa de la Casa Blanca”. A mi me parece que Rove acierta.




