1. La escritura compleja te hace parecer estúpido.
Muchos lo hicimos en el colegio: tratar de impresionar al profesor con lenguaje sofisticado y frases grandilocuentes, creyendo que eso nos haría parecer más listos. Pero descubrimos pronto que la mayoría de la gente no se lo traga. Esto ha sido confirmado por un estudio que manipulaba la complejidad de un texto para ver cómo los lectores evaluaban la inteligencia del autor. Se observó que cuanto más complicado era el texto, los lectores calificaban peor la inteligencia del autor (Oppenheimer, 2005). (…) (Nota: el contexto del estudio era de estudiantes juzgando a otros estudiantes. Puede que las conclusiones no puedan extenderse a otros tipos de escritura y otros tipos de lectores).
2. Los nombres difíciles son peligrosos
La gente asume que las cosas difíciles de pronunciar tienen más riesgo. Song y Schwarz (2009) encontraron que el aditivo ficticio Hnegripitrom era considerado un punto más peligroso, en una escala de 1 a 7, que el Magnalroxate. El mismo efecto se encontró con respecto a atracciones ficticas en un parque. Darse una vuelta en el “Chunta” parecía mucho más seguro que montar en el ‘Vaiveahtoishi’, de nombre más peligroso (…).
3. Se piensa con más dificultad en los extranjeros.
Entonces, ¿los nombres difíciles de pronunciar tienen connotaciones negativas? Eso no iría bien a los inmigrantes cuyos nombres no resultan familiares en sus países de adopción. Pensando de manera más general, Rubin et al. (2010) se preguntaron si la gente que vive un país, proviniendo de otro, es más difícil de percibir que los demás y si parte de los sesgos de rechazo hacia los inmigrantes proviene de ese hecho. En un experimento se pidió a los participantes que juzgaran las características de gente imaginaria que vivía en el país en que habían nacido, y también de otros que habían emigrado. Se eliminaron las variables típicas que promueven rechazo (sesgo de rechazo a lo externo), como el nombre extraño. Los resultados mostraron que la gente que había emigrado era más difícil de entender y por eso los participantes las evaluaron más negativamente.
4. Compra acciones con nombres fáciles.
Curioso el estudio qeu propone una manera de incrementar tus beneficios en bolsa. Alter and Oppenheimer (2006) se preguntaron si las compañías con códigos fáciles en su nomenclatura de Bolsa, como GOOG para Google, se beneficiarían de el efecto de fluidez con mayores beneficios. Lo midieron utilizando datos reales de cotización, controlando las variables sectoriales y la posibilidad de que las compañías con nombres fáciles tuvieran más beneficio. Tras analizar los datos observaron que si inviertes en compañías con códigos pronunciables tendrás un beneficio un 10% mayor tras un día de cotización.
5. Pero… duda y se te recordará más.
¿Quizá en alguna área podamos encontrar alguna ventaja por no ser muy locuaz? La mayor parte de los discursos de la gente está contaminada con ehhhh y otras interrupciones de la fluidez. Es simplemente como la mayor parte habla. Como se puede imaginar la investigación demuestra que la gente que habla con fluidez es percibida como más solvente y más inteligente. Pero un estudio ha encontrado que cuando un hablante duda de la palabra que sale de su boca, se le recuerda mejor (Corley et al., 2007). ¿Sería ese el método de escritura de discursos de Bush?
6. La gente compra productos fáciles de entender
Novemsky et al. (2007) manipularon la facilidad de comprensión de un producto listando sus características en su envase de manera fácil o difícil de leer. Las fuentes fáciles de leer duplicaron el número de personas dispuestas a comprar.
7. Lo simple produce placer
Las cosas que son fáciles de procesar nos dan momentáneamente placer. Cuando la gente mira objetos que son fáciles de coger, muestran pequeñas sonrisas en comparación con los momentos en los que se enfrentan a productos difíciles de tomar (Cannon et al., 2009— medido con electromiografía). La facilidad sensomotora produce en la gente unas pequeñas dosis de placer.
8. Lo fácil nos permite pensar con menos esfuerzo
La facilidad también afecta a cómo tomamos decisiones. Hablando de manera muy general, nuestro cerebro tiene dos sistemas de razonamiento. El sistema del que somos conscientes es lento y analítico, mientras el que trabaja por debajo del nivel de conciencia es rápido, sin esfuerzo y automático. Esa es nuestra intuición. Cuando pensamos en algo que es fácil de procesar, tendemos a razonar rápido y sin esfuerzo (Alter et al., 2007). Eso no es necesariamente ni bueno ni malo, pero un efecto típico del pensamiento automático es que es la opción que elegimos por defecto.


