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“El arte del poder” en el Prado, esta semana

Sábado, 6 de Marzo de 2010

Aprovecha estos días grises en Madrid para ver esta exposición única en la que las armaduras originales de los reyes del Imperio español “dialogan” con los retratos de esos mismos reyes. Las armaduras, confeccionadas por los más prestigiosos artistas europeos eran el símbolo más poderoso de los reyes.

(Extracto de la presentación de la colección en la web del Museo del Prado))

Desde principios del siglo XVI hasta finales del XVIII ningún elemento formaba parte tan relevante de las características esenciales de la imagen del gobernante europeo como la armadura. Monarcas, emperadores, príncipes y nobles se hicieron retratar con ella conscientes de su simbólica asociación al poder. El arte del poder. La Real Armería y el retrato de corte incidirá precisamente en el papel trascendente de la Armería como colección de referencia en el desarrollo del género del retrato armado para mostrar la fortuna de la dinastía y su poder dominante en Europa.

La muestra recoge una cuidada selección de piezas forjadas por los armeros más relevantes del Renacimiento como los hermanos Negroli, la familia Helmschmid o Wolfgang Grosschedel, junto a esculturas del taller de Leone y Pompeo Leoni, un tapiz procedente de Patrimonio Nacional, que incluye un retrato armado de Carlos V, y obras de los más importantes pintores del momento como Tiziano , Rubens y Velázquez, procedentes del Museo del Prado y otras instituciones nacionales e internacionales, estableciendo entre ellas una profunda relación en la expresión de la representación del poder y la ideología de los monarcas españoles.

En El Arte del poder: la Real Armería y el retrato de Corte, ese diálogo maravilloso se produce desde el próximo martes al calorcito del Museo del Prado en estos días otoñales. La veré a mi vuelta de un nuevo periplo latinoamericano.

Los siete pilares de la grandeza

Jueves, 25 de Febrero de 2010

Ya vimos ayer – mira un poco más abajo – que el concepto “grandeza” que considera el autor es cuestionable si no te pones hielo en el cerebro, pero es interesante transcribir aquí lo que Ludwig propone como siete características de los grandes gobernantes del siglo XX, sus “siete pilares de la grandeza”

1. Dominio

Los grandes tienen instito y fuerza para ponerse por encima de los demás. Ya desde pequeños suelen ser líderes de su escuela, de su aula, de sus pandillas…

2. Rebeldía

Se rebelan contras sus maestros, contra sus padres, contra su religión o sus autoridades.

3. Presencia personal.

Si no la tienen, la buscan, la alimentan. Además, son reservados en lo más íntimo. Se guardan buena parte para sí mismos o sus más cercanos.

4. Agentes de cambio.

Tienen un cierto estilo autoritario, pero son capaces de sacrificarse: su tiempo, su familia, sus amistades.

5. Vanidad

Tienen compostura, confianza en sí mismos, pose. Se preparan a conciencia. Muchos de ellos han hecho teatro, o música, o han ejercido algún otro arte. Les gusta ser admirados.

6. Coraje

Asumen riesgos, a veces excesivos, pero con mucho convencimiento y persuasión. Si dudan, no lo dejan notar.

7. Constante preocupación

Siempre trabajan. No descansan. Están siempre inquietos. Persiguen incasablemente su objetivo.

Fuente: Arnold M. Ludwig: King of the Mountain

(Ya está bien de este libro. Lo dejo en mi estantería por unos cuantos años y no te aburro más…).

¿Se puede medir la “grandeza política”?

Miércoles, 24 de Febrero de 2010

Eso es lo que propone Arnold Ludwig (para los líderes del siglo XX), en el varias veces citado aquí King of the Mountain. El entiende que la grandeza política debería ser resultado de las siguientes variables:

1. Es más grande quien crea un nuevo país, una nueva patria, antes inexistente, y especialmente si lucha por crearla o liberarla. Como Ben Gurion, Mao o Ataturk.

2. Es más grande quien conquista más territorio y no lo pierde, como Menahem Begin, Arafat, Clemenceau o Wilson.

3. Es más grande quien más tiempo está en el poder. El récord, prescindiendo de emperadores dinásticos y reyes, lo tienen Kim Il Sung de Korea (46 años), Enver Hoxha de Albania (41 años), Franco en España y Selassie de Etiopía (39 años).

4. Es más grande quien gana guerras (como Stalin, Bush, Thatcher o Churchill) y menos quien las pierde (Hitler, Johnson o Nixon).

5. Es más grande quien, a modo de ingeniero/a social, hace leyes sin precedentes, como Mao, Roosevelt o Clinton).

6. Es más grande quien promueve o sostiene la prosperidad económica, como Clinton o Reagan o Hitler).

7. Es más grande quien es activo en asuntos internacionales (como Churchill, Kohl o Brandt), algo quien lo es en asuntos regionales, y menos quien es activo en asuntos étnicos o religiosos.

8. Es más grande quien define una idelogía que es original y llega al pueblo, como Hitler, Mao o Jomeini.

9. Es más grande quien destaca por una moral ejemplar, como Mandela, de Gaulle, Churchill o Roosevelt.

10. Es más grande quien deja un buen legado político, con mejor reputación de su patria, como Reagan, Havel o Walesa.

11. Es más grande quien gobierna naciones muy populosas.

Con la frialdad estadística de los datos, el autor llega a la conclusión de que los líderes del siglo XX que puntúan más alto en grandeza son, por este orden aproximado, Ataturk, Mao, F.D. Roosevelt, de Gaulle, Lenin, Mussolini, Stalin, Ho Chi Ming, Nehru, Ibn Saud, Deng Xiaoping, Suharto, Hitler, Kohl, Gorvachov, Jomeini, Keniatta, Bourguiba, Castro, Churchill, Chiang Kai-shek, Ben Gurion, Zulfikar Butho, Clemenceau, Tito, Lloyd George, Nasser, Ali Khan, Truman, Wilson, T. Roosevelt, Reagan, Franco, Sukarno, Sun Yat-Sen, Thatcher, Yeltsin, Kim Il Sung, Mandela, Touré, Sadat,  Masarik, McKinley, Salisbury y Senghor.

¿Discutible, no? Quizá para un marciano no tanto, pero para los demócratas el siglo XXI, mucho, desde luego.

Mañana te cuento un poco más: en concreto, lo que el autor llama “los siete pilares de la grandeza”. Menos discutible te va a parecer. Buenas noches desde Madrid.

Entra Chinchilla, salen Bachelet y Timoshenko: 6 por ciento de mujeres liderando

Martes, 16 de Febrero de 2010

Si se cumplen las previsiones con la ucraniana, que debería dimitir tras perder las elecciones, tendremos liderando sus países a 13 mujeres, un seis por ciento del total.   

Como jefas de Estado:

Laura Chinchilla, Costa Rica.

Gloria Macapagal, Filipinas.

Tarja Jalonen, Finlandia.

Mary McAleese, Irlanda.

Critina Fernández, Argentina.

Pratibha Patil, India.

Dalia Grybautkaite, Lituania.

Doris Leuthard, Suiza.

Ellen Johnson Sirleaf, Liberia.

Y como jefas de Gobierno:

Angela Merkel, Alemania.

Shikh Hasina Wajed, Bangladesh.

Johanna Sigurdarnottir, Islandia.

Jadranka Kosos, Croacia.

Ojalá me esté dejando muchas. Según afirma Arnold Ludwig en King of the Mountain, un informe estadístico impresionante de los líderes del siglo XX, durante esos cien años sólo hubo menos de un 1 por ciento (un 0,8 exactamente) de mujeres liderando sus países, si quitas a las “esposas de” y las “hijas de”. En la lista de Ludwig están Lidia Gueiler de Bolivia, Ertha Pascal-Troillot de Haití, María Lourdes Pintasilgo de Portugal, Reneta Indzhova de Bulgaria, Kim Campbell de Canadá, Helen Clark de Nueva Zelanda, Vaira Vike-Freiberga de Letonia, Golda Meier de Israel, Margaret Thatcher de Reino Unido, Tansu Ciller de Turquía, Mary Eugenia Charles de Dominica, Gro Harlem Brutland de Noruega, Jenny Shipley de Nueva Zelanda, y la emperador Tzu-hsi de China. 14 en cien años.

No está mal el avance. A ver si pronto vemos en la lista a Noemí Sanín aquí en Colombia.

La gélida biografía del mayor escenógrafo de la Historia

Martes, 12 de Enero de 2010

Tiene 857 páginas, ha sido elegido por Babelia uno de los libros del año, está escrita como si fuera una novela, cuesta 42,50 y es la mejor biografía de Goebbels escrita hasta la fecha. La original en alemán es de 1990, obra del historiador Ralf Georg Reuth, y en español ha sido editada por La Esfera de los Libros en 2009.

Deja sencillamente frío e impresionado como ese doctor en filosofía bajito, cojo y acomplejado que no tenía trabajo, logra convertirse en el todopoderoso ministro de propaganda de Hitler y su mano derecha hasta el último momento.

Con independencia del juicio moral que merece el personaje, la historia de Joseph Goebbels es la constatación de la fuerza del manejo de los sentimientos (”el espíritu”, lo llama él, frente al “materialismo”), del miedo, y de los símbolos, para la movilización de los pueblos.

Cuando lo tenga más avanzado (aún no he llegado ni a un tercio), transcribiré aquí alguno de los párrafos selectos del libro, pero desde ya te recomiendo que lo leas, si tienes buen estómago para la historia de la propagada nazi.

Narrar el mal

Sábado, 28 de Noviembre de 2009

Así, Narrar el mal (Gedisa), se titula el libro de María Pía Lara, de México, una excelente reflexión (filosófica y muy profunda, pero excelente), sobre la importancia de los relatos de la barbarie como creadores de sentido para una sociedad. Llevo sólo un tercio del libro, pero te dejo aquí dos citas. Si encuentro más, te iré diciendo.

María nos cuenta que tuvieron que pasar 20 años para que los asesinatos masivos de judíos se conocieran de forma general, y nos relata cómo sucedió:

Primero los historiadores comenzaron el proceso de captación de los episodios concretos en narrativas, las posibles razones para que dicha tragedia se produjera y las particularidades concretas de la política asesina de Hitler. Una vez que las historias de los supervivientes y de los testigos comenzaron a hacerse públicas, aparecieron otros temas para su debate. Durante la década de 1950, la gente comenzó a entender que los judíos europeos habían sido víctimas de un genocidio. El término develatorio utilizado fue “el Holocausto”, aunque Raul Hilberg no lo usó en su trabajo histórico La destrucción de los judíos europeos, publicado en 1961. El proceso comenzó por definir una forma para denominar a esa catástrofe y con ello aprehender lo que permitía considerarla como un evento singular. El New York Times utilizó ese término primero alrededor de 1959. Para entonces mucha gente ya había escapado de Europa y sus historias y pérdidas familiares habían comenzado a circular en público (…). Se tuvo que esperar algo más de veinte años para que los asesinatos masivos perpetrados contra los judíos fueran ampliamente conocidos. Este proceso se originó por la forma en que las historias acerca de gente concreta comenzó a producir sus efectos en la conciencia pública (…). La miniserie de televisión que en 1978 dramatizó el Holocausto (llamada precisamente  así) fue el momento decisivo para el despertar colectivo oprque se centró en la historia concreta (ficticia) de la familia Weiss. Las atrocidades nazis fueron gráficamente representadas en esta serie rodada para la televisión y el proceso de su recepción indicó que algo había cambiado en la percepción de la gente acerca de la importancia de este evento histórico. El impacto en la audiencia demostró que el público estaba listo para concentrar toda su atención en dicho tema. Las estadísticas mostraron que esta percepción era adecuada, y a que la serie fue vista por 220 millones de espectadores, contando con que al menos 15 millones de ellos eran alemanes (de la entonces República Federal de Alemania).

En otro pasaje del libro, María Pía Lara nos habla de la búsqueda de una palabra “develatoria”, que corre el velo de una verdad social, como ella afirma: la palabra “genocidio”:

Considérese, por ejemplo, la forma en que Raphael Lemkin acuñó el concepto de genocidio. Lemkin ya había escrito Axis Rule in Occupied Europe. Como la respuesta a este libro fue crítica, Lemkin comprendió que debía encontrar una nueva palabra para describir la tragedia que supuso el asesinato de millones de judíos durante el régimen nazi. Antes había utilizado la palabra barbarie para describirlo, pero vio que había muchos otros eventos qeu se podían describir con esa misma denominación y que con esto no podía añadir una nueva dimensión moral a la comprensión de este hecho. (…). Lemkin se dio cuenta de que necesitaba una palabra que no se pudiera utilizar en otros contextos y buscó conscientemente un concepto develatorio que pudiera servir como estímulo reflexivo y conducir hasta la idea de que, al oírlo, debíamos conectar dichas acciones con una reacción de condena que fuera provocada, casi de forma inmediata, al oír que se citaba el episodio histórico en cuestión.

“Si me pones bien me hundes”

Lunes, 15 de Junio de 2009

Lo he leído este fin de semana en la excelente crónica histórica de Juan Cruz en El País sobre Adolfo Suárez. Según parece, el interino presidente del Gobierno de la Transición, en 1977, después de negociar con Carrillo, el líder de los comunistas, la legalización del Partido Comunista de España, le pidió un inteligente y curioso favor. Después del anuncio de la legalización, el Sábado Santo de aquel año, previo a las primeras Elecciones Democráticas, Carrillo debería “poner a parir” al presidente Suárez, a pesar de las buenas relaciones que ambos mantenían en secreto. Así fue: Carrillo criticó a Suárez, que le había dicho antes: “Si me pones bien me hundes”. Razón de Estado, ficciones necesarias, mentiras piadosas…