¿Recuerdas las superproducciones de la era Bush, en las que los buenos americanos liberaban al planeta en nombre de la libertad? Avatar es más bien una película de la era Obama. Tu hijo de ocho o nueve años es posible que no aguante las más de dos horas y el argumento un tanto complicado (Daniela se durmió en la última media hora), pero la historia merece la pena, no sólo por los efectos especiales, sino también por el mensaje que traslada, también político.
El mito del buen salvaje: los “salvajes” que viven en plena armonía con la naturaleza, a pesar de sus costumbres aparentemente ancestrales…
El poder inteligente o “smart power” de Hillary Clinton: no basta con la fuerza y el pragmatismo (”Soy un guerrero que sueña con la paz, pero tarde o temprano hay que despertar”, dice uno de los buenos). Es necesaria también la diplomacia y el diálogo.
Lo absurdo de los ataques preventivos: Literalmente. El militar brutal (que “ya no obedece a nadie”) ordena una invasión para que esos salvajes sepan a quién tienen enfrente.
Un valioso mineral, metáfora del petróleo de nuestra época, como excusa para arrasar una sociedad y sus bienes naturales. Pues eso.
Los americanos no son tan buenos necesariamente. De hecho, los malos malísimos son claramente mercenarios desaliñados. Pero sin pasarse: son unos pocos héroes americanos los que finalmente resuelven el problema. Por cierto, entre ellos hay una valiente militar (la única soldado buena de la película), que se llama Chacon. Su helicóptero futurista lleva su nombre grabado en la puerta. ¡Viva Chacon!
No pude verla en tres dimensiones, pero la dimensión política es evidente.


