Eso fue lo que sucedió en el Debate sobre el Estado de la Unión de la semana pasada en Estados Unidos. Republicanos y demócratas se sentaron juntos y mezclados para escuchar al presidente y al portavoz de la oposición. De esa manera se escenificó simbólicamente la búsqueda de un país unido y fuerte, en línea con la nueva narrativa de la Casa Blanca, no tan partidaria y divisiva como la anterior.
El editor de Time, Richard Stengel, lo cuenta así:
Durante 112 años, hasta 1913, los presidentes enviaban al Congreso sus discursos sobre el estado de la Unión en papel. Woodrow Wilson decidió hacerlo en persona, y casi todos los presidentes lo han hecho así desde entonces. El discurso se ofrecía por la mañana hasta que Lyndon Johnson lo convirtió en una ocasión de prime-time. Los partidos siempre se sentaron aparte. No fue hasta Ronald Reagan que el “Estado de la Unión” se convirtió en un espectáculo completo (lo que el juez Roberts llama “cheerleading“) con pelea de ovaciones incluida. La idea de este año de sentar juntos a los dos partidos – una cita nocturna en el Congreso que traspasa los límites de los partidos – fue un truco, pero un truco perfecto. Muchas viejas figuras de Washington se quejan del hecho de que demócratas y republicanos no socializan como solían. Tip O’Neill solía decir que el partidismo terminaba a las 6 de la tarde, la hora del aperitivo. Pero la amistad más allá del pasillo importa sólo si ayuda a que el Congreso logre algo. Si le dan a escoger entre un congreso de colegas que no logra nada, o uno de relaciones frías pero que saca el trabajo adelate, el pueblo americano escogería sin dudar éste último.
En España, como en tantos otros países, los miembros del parlamento no solo no se juntan en el hemiciclo, sino que jamás aplauden al presidente si no es de su partido. Ni siquiera aplauden las intervenciones de quienes no son “de los suyos”, aunque puedan mas o menos coincidir con su ideología. En España, los diputados del PP no aplauden jamás al presidente, pero tampoco un intervención de CiU, aunque coincida al milímetro con sus posiciones. El PSOE tampoco aplaude a Rajoy, jamás, pero curiosamente tampoco un buen discurso de Izquierda Unida, por ejemplo.
Es cierto que el presidente de Estados Unidos es el jefe del Estado, como el Rey de España para nosotros, y eso le hace algo más respetable, pero resultaría muy sano que, de vez en cuando, los aplausos fueran para aquellos que merecen ser aplaudidos, con independencia de que lo diga uno de los nuestros o no.


