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La extrema derecha sube en Europa

Jueves, 30 de septiembre de 2010

Preocupación por la identidad nacional y, en consecuencia, rechazo al inmigrante: ese es el relato prioritario que hay detrás de la subida de la extrema derecha en Europa. Desaparece el modelo clásico desde la II Guerra Mundial, con dos superpartidos, socialdemócrata uno y democratacristiano el otro. Y la extrema derecha, que antes estaba compuesta por un grupo minoritario de jóvenes radicales con la cabeza rapada montando lío en la calle, ahora ocupa posiciones centrales en los parlamentos.

Las cifras son elocuentes:

Holanda: 15,5%

(el Partido de la Libertad del antimusulmán Geert Wilders fue tercero en las elecciones de junio y es hoy la bisagra del Gobierno de derechas).

Francia: 11,9%

(El Frente Nacional de la hija de Le Pen fue cuarto en las últimas elecciones presidenciales, y su ascenso es indiscutiblemente una de las causas de la deriva radical de Sarkozy y sus decisiones con respecto a los gitanos o los símbolos musulmanes).

Italia: 8,3%

(Ese fue el resultado de la Liga Norte de Bossi en las legislativas de 2008. Habría que añadir el peso de los seguidores de Fini, postfascistas reconvertidos, hasta ahora con Berlusconi).

Suiza: 28,9%

(El SVP, Pardido Popular Suizo, obtuvo ese porcentaje del voto popular en las elecciones de 2007)

Hungría: 16,7%

(El curioso y claramente fascista Jobbik, Movimiento para una Hungría Mejor, obtuvo este porcentaje en la primera vuelta de las Elecciones legislativas de 2010. Recientemente ha promovido la Alianza de Movimientos Nacionales Europeos).

Noruega: 22,9%

(El Partido del Progreso – sí, del Progreso, como suena – tuvo este impresionante porcentaje en las elecciones parlamentarias de 2009).

Bélgica: 7,8

(Vlaams Belang, Interés Flamenco, bajó en las últimas elecciones parlamentarias, pero ahí está, con un porcentaje nada despreciable).

El ascenso de estos partidos de extrema derecha es el mayor cambio en la política europea desde la caída del Muro de Berlín, afirma Newsweek. Añade el brillante artículo que Europa tiene un claro problema también en esto, porque produce un caldo de cultivo excelente: tres presidentes – del Consejo, de la Comisión y del Parlamento – pero ningún líder; partidos nacionalistas y contrarios a la unión; 23 millones de parados sin plan que los acoja; presiones migratorias; resentimiento sobre la situación económica; debilidad de los partidos de izquierda, que se acomodan al populismo; permanencia de los nacionalismos regionales (catalán, flamenco, escocés…).

Nota al pie: ayudan a suavizar mucho la imagen dura y extremista, las mujeres rubias que lideran los respectivos partidos en Francia, Hungría y Noruega.

Kristina Morvai, Jobbik, Hungría

Marine Le Pen, Frente Nacional, Francia

Siv Jensen, Partido del Progreso, Noruega

Por qué Europa no tiene relato

Jueves, 18 de marzo de 2010

He escrito en otro lugar que “Europa necesita un relato”. Sí: creo que Europa debe apelar a sus mitos fundacionales, a sus “enemigos”, a sus ritos comunes, a su himno (maravilloso) y a su bandera (inocua y amable). Europa debe celebrarse con patriotismo. Europa necesita más emoción y menos razón, menos burocracia… Si no, Europa se convertirá pronto en el “museo del mundo” y seguirá sumida en la crisis actual de identidad.

Descubro en La geopolítica de las emociones, libro de Dominique Moïsi, que el legendario presidente de la Comisión, Jaques Delors se opuso a ese principio. Transcribo a Moïsi: 

“¿Sería acaso la confianza personal de Europa mayor si el amenazado nacionalismo de los países individuales hubiera sido reemplazado por un patriotismo unificado dirigido a todo el continente? Jamás lo sabremos, ya que los fundadores de la Unión Europea deliberadamente eligieron no promover tal patriotismo continental. Jaques Delors, quien encabezó la Unión desde mediados de los ochenta hasta mediados de los noventa, y quien fuera quizá su presidente más destacado, se oponía radicalmente a la creación de tal ‘emoción europea’. Para él, ‘ el patriotismo significa guerra’. Como resultado de esta visión de condena, uno teme que las emociones nacionales estén regresando con más fuerza, siendo la existencia de una comunidad de intereses nacionales la única barrera racional que pude limitar su impacto negativo.

En Varsovia estuve presente en la ceremonia de ingreso de Bulgaria y Rumanía a la Unión Europea. Los himnos nacionales fueron interpretados con fervor y emoción, mientras que el himno de la Unión, la Oda a la Alegría de la Novena Sinfonía de Beethoven, fue tocado con discreta indiferencia. La diferencia simboliza la brecha emocional entre nuestras identidades nacionales y nuestras identidades como europeos”

El libro de Moïsi es sumamente interesante (y simple). El mundo se maneja también por las emociones, y sus relaciones pueden entenderse en clave emocional. Según la atractiva tesis del autor, catedrático de Harvard y presidente del Instituto Francés de Relaciones Internacionales, el miedo domina en Europa y Estados Unidos. En Chindia (India y China) predomina la Esperanza. Y el Islam está dominado por la sensación de humillación. A partir de ahí, Moïsi describe la lucha de esas emociones a veces encontradas.

Buena lectura, quizá excesivamente simple, pero interesante.

Vuelvo a mi fría, vieja y racional Europa… Embarco en una hora.

Europa, “el carisma de una bayeta”

Sábado, 27 de febrero de 2010

Eso fue lo que le dijo el eurófobo Farage al presidente del Consejo Europeo, Herman van Rompuy, en la primera comparecencia de éste en el Parlamento Europeo: “Usted tiene el carisma de una bayeta húmeda y el aspecto de un pequeño empleado de banca”. Muy educado no estuvo el británico con el cultísimo y estirado “presidente de Europa”. Pero algo de razón tiene.

Más o menos al mismo tiempo, The Economist dedica una página a la responsable (“ministra”) de Asuntos Exteriores de la Unión, Catherine Ashton, preguntándose si no será que se está “estrechando el cargo para hacerlo adecuado a esta mujer” (artículo aquí). Esta buena señora es la representante de la Unión por ahí fuera (asume las funciones que tenía antes Solana), tiene un inmenso presupuesto a su cargo y es la interlocutora y en cierto modo “jefa” de los 27 ministros de Exteriores de la UE. Demasiado.

¿Por qué no fueron ni Rumpuy ni Ashton a Haití para poner en marcha el operativo de emergencia? Porque, dice Ashton, eso habría sido “turismo de desastres”. ¿Dónde están los dos líderes de la Unión Europea  en los grandes asuntos, como la crisis, el desempleo o Grecia, o Guantánamo, o Afganistán, o la piratería somalí, o Cuba…? Zapatero, presidente de turno, decidió darles el protagonismo que desde hace unas semanas pueden asumir, y eso es un buen gesto.

Europa no habla con voz propia y con estos dos respetables señores, me temo que no va a hacerlo. Hay una larga tradición en la Unión Europea, desde su origen, de ir al pragmatismo, de despreciar lo simbólico, de “explicar” más que “celebrar”. Yo creo que somos mayoría los que quisiéramos sentirnos orgullosos de este viejo y rico continente, origen de lo mejor del mundo: celebrarlo, respetar su himno y honrar su bandera, emocionarnos con nuestra Historia, nuestro arte y nuestras costumbres compartidas. Pero estos dos pequeños líderes a este humilde europeo no le inspiran absolutamente nada. Europa necesita un relato, dije hace un par de años, pero Ashton y Rumpuy no parecen muy preparados para contarlo.