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Ciberutópicos: ¡qué bonita es la espontaneidad de las redes sociales!

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Test sobre mensajes conservadores, para ver si tú también puedes ser un guru

Traducción del hiper-irónico post de James Vega en The Democratic Strategist, sobre el conocido autor de La palabra es poder.

¿Estás sin empleo? ¿Cansado de tu trabajo? ¿Estás pensando iniciar un nuevo camino? Podrías convertirte en un famoso guru de mensajes conservadores como Frank Luntz. Completa este test gratuito para ver si estás cualificado.

Este fin de semana, el guru de la comunicación ofreció consejo sobre mensajes a los republicanos en un artículo de opinión en el Washington Post. Completa este test gratuito para ver qué posibilidad tienes de ser un pensador y estratega político tan profundo como lo es él.

 

Primera parte. 

¿Crees que los republicanos deberían dejar de utilizar las siguientes frases?

a) Llamar a la la economía “un secuestrado al que deberíamos dejar que se defendiera con arma de fuego”.

b) Pedir a los latinos sin documentación que se “autodeporten”.

Si contestaste que los republicanos deberían dejar de utilizar ambos términos, felicidades, porque ése también es el consejo de Luntz. Has puntuado 100 de 100 en la parte primera.

Segunda parte.

¿Deberían los republicanos cambiar su retórica en el sentido siguiente?

a) En lugar de hablar de que “los ricos paguen más”, cambiar para decir que “Washinton se lleve más dinero”.

b) En lugar de utilizar el término “cometer abuso fiscal contra los niños”, decir que “acumulamos la deuda sobre nuestros niños” o que “se hipoteca el sueño americano”.

c) En lugar de ser el partido de “las pequeñas empresas y los creadores de empleo”, los republicanos deberían llamarse a si mismos “contribuyentes que trabajan duro”.

d) En lugar de “un gobierno limitado”, los republicanos deberían hablar de “un gobierno más eficiente y eficaz”.

e) En lugar de utilizar el término “reforma fiscal”, los republicanos deberían decir que quieren que el impuesto de la renta sea “más simple, unificado y justo”.

f) En lugar de utilizar el término “reforma de subsidios” o “controlar el gasto en Salud Pública y Seguridad Social”, los republicanos deberían hablar de “cómo fortalecer estos programas para que estén ahí cuando los ciudadanos los necesiten”.

Si crees que eso es lo que los republicanos deberían cambiar en su retórica, enhorabuena, porque ese es también el consejo de Luntz. Has puntuado con un increíble 100 en la Segunda Parte.

Tercera parte 

Los republicanos deberían:

a) “Abogar por una visión centrada en los valores”.

b) “Hablar a los americanos de responsabilidad, responsabilidad personal y libertad”.

c) “Ser más empáticos”.

d) “Abogar por una visión equilibrada y responsable”.

e) “Escuchar a los votantes, más que darles lecciones”.

f) “Hablar a las esperanzas de los votantes, no solo a sus bolsillos”.

g) “Mostrar como las soluciones del Partido Republicano ayudan a quienes aspiran a mejorar su vida, no solo a los que la tienen resuelta”.

Si has dicho “sí” a todas estas recomendaciones, felicidades. Eso es lo que dice también Luntz. Has puntuado 100 en la Tercera parte.

Pues ahora, mantén el aliento. Así es como has puntuado:

  • Si has puntuado entre 90 y 100, también puedes ser un famoso estratega de mensajes como Frank Luntz.
  • Si has puntuado en torno a 50, puedes ser candidato republicano al Congreso en cualquier distrito que no tenga ninguna librería o algún votante demócrata en 200 millas a la redonda.
  • Si has puntuado 20 o menos, podrías fácilmente encontrar un empleo en cualquier emisora de radio que anuncie compraventa de oro, material de supervivencia o el dvd de la película “Nacimiento de una nación”.

Entonces, ¿qué paso realmente en la campaña americana? Liderazgo, estrategia, publicidad, data-mining… o nada

Ya lo sabemos: es una vieja falacia sobre la que ya hemos podido leer aquí: la falacia del “post hoc, ergo procter hoc“: como algo ha pasado, hemos de justificarlo con lo que sucedió anteriormente. De manera que si Obama ganó, todo lo que hizo estuvo muy bien, y como Romney perdió, todo lo que hizo estuvo mal. La publicidad, el discurso, la estrategia, el tratamiento de los datos, la movilización, los debates (al menos el segundo y el tercero)… todo fue fantástico en la campaña de Obama. Las pifias, la torpeza, la publicidad, el discurso, la estrategia… todo lo que hizo Romney, un desastre.

Es naturalmente imposible saber con detalle qué influyó más o menos y en qué medida en la campaña de los dos contendientes estadounidenses, pero sí podemos extraer algunas conclusiones útiles:

Primera conclusión: las campañas importan muy poco en lo que se refiere a cambios sustanciales en el electorado. Y esta no fue una excepción. Aplicando un modelo muy impresionista pero eficaz, el historiador Allan Lichtman anticipaba la victoria de Obama ya un año antes de la elección. Él aplica trece claves que, aún siendo algunas muy subjetivas, le permiten anticipar con mucho tiempo el resultado. El modelo le funciona. Por su parte, Gallup anticipaba medio año antes que el ganador sería Obama, observando una decena de indicadores: la aprobación del presidente, la situación económica, las preferencias y el estado de ánimo del electorado, etc. Algunos otros análisis más estructurales permiten anticipar la victoria de uno u otro partido atendiendo a unas poquísimas variables: el crecimiento de la economía en los dos trimestres previos a la elección, el cambio en el poder adquisitivo de los electores, y los años que el partido lleva en el Gobierno.

En realidad, no hubo grandes cambios por nichos electorales entre 2008 y 2012. Obama obtuvo prácticamente los mismos resultados en ambas convocatorias en cada uno de los estados de la Unión y en cada uno de los grupos sociológicos. Es decir, que la campaña no alteró mucho las cosas tampoco en ese particular. Incluso mirando los resultados en los considerados estados clave, se observa que Obama tuvo peores resultados en 2012 que en 2008, lo que teóricamente querría decir que hizo allí peor campaña. Absurdo. Es mucho más probable que el abandono relativo de los electores se produjera lenta y progresivamente, durante la legislatura. (Todo esto puede verse aquí).

techteam.jpgSegunda conclusión: los frikis de la tecnología de los datos suscitaron en 2012 tanto interés como los frikis de Internet en 2008, pero es más que dudoso que la minería de datos fuera determinante, por mucha importancia que tuviera. Es impresionante la fascinación que esos chicos barbados, medio pijo jipis y aparentemente divertidos, producen en el colectivo. Aquí hay una buena muestra de ello. Se trata de un estupendo resumen de lo más importante escrito sobre este grupo de jóvenes locos que han puesto su conocimiento de los datos y la informática al servicio de la victoria de Obama. Quizá la pieza que mejor idea da del valor justo de su trabajo, mitificaciones aparte, es esta cita de un artículo de Time:

Los datos ayudaron también en la compra de medios. En lugar de dejarse llevar por los consultores externos para ver dónde poner los anuncios, Messina (el director de campaña) se orientaba en la compra por un montón de datos internos. “Pudimos modelar con nuestros votantes objetivo de una manera muy compleja, para poder decir, ok, si las mujeres de Miami-Dade de menos de 35 años son objetivo, así es cómo podemos encontrarlas”, contaba uno de los miembros de la campaña. Así, la campaña compraba espacio en programación poco convencional, como Sons of Anarchy, The Walking Dead y Don’t Trust the B—- in Apt. 23, esquivando la ruta habitual de comprar anuncios cerca de la programación local. ¿Cómo fue eso de eficiente en 2012 en comparación con 2008? Hay algún dato: “En televisión pudimos comprar un 14% más barato… para asegurarnos de que llegábamos a los votantes persuadibles”, afirma el mismo individuo.

Los números también permitieron acompañar a su hombre por caminos que generalmente no eran recorridos en las últimas etapas de las campañas presidenciales. En agosto, Obama decidió responder a preguntas formuladas en la red social informativa Reddit, que los asesores de alto nivel de Obama ni siquiera conocían. “¿Por qué poner a Barack Obama en Reddit?” preguntó alguien en la campaña. “Porque un buen puñado de nuestros objetivos electorales están en Reddit”.

Sin negar que esos ejercicios son imprescindibles, el observador poco apasionado podrá observar que no se distinguen mucho de los que siempre se han hecho (aunque no fuera con Reddit ni con Twitter, claro), y que su importancia está en estos momentos siendo exagerada, como también se exageró la importancia de Internet en 2008. Es parte de la mitificación que sucede casi siempre a las victorias. Hay un buen libro, por cierto, sobre la maquinaria de Obama, que está entre los mejores libros políticos del año pasado: The Victory Lab.

Tercera conclusión: tampoco las pifias tienen tanta importancia en el resultado. Fue curioso observar cómo los indicadores de intención de voto no cambiaban mucho después de que se difundiera el aparentemente letal vídeo del 47 por ciento, o de la tontería del discurso de la silla vacía de Clint Eastwood,  de las muchas frases inoportunas de Romney, o incluso después de la lamentable actuación de Obama en el primer debate. Y si la intención de voto bajaba para el candidato afectado, rápidamente volvía a su nivel inicial. Las pifias no importan tanto.

Cuarta conclusión: es probable que la publicidad negativa insertada muy pronto en la campaña del demócrata, definiendo a Romney como un rico alejado de los intereses de los ciudadanos corrientes, tuviera un impacto importante. Es imposible confirmar en qué medida, pero reconozcamos que para los protagonistas de la campaña y para los propios votantes del soñador y poeta presidente Obama es más bonito decir que la victoria fue gracias al denodado trabajo de los friquis de arriba que a las malignas campañas negativas que ocuparon el 80 por ciento del espacio invertido en publicidad por los demócratas.

Si no importa tanto la campaña; si no importan mucho las pifias; si la publicidad quién sabe; si el trabajo del “get-out-the-vote” con toda su minería de datos, tampoco parece determinante… entonces, ¿qué importa? Pues una combinación desconocida de todo ello, sin duda. Como en una película o una representación teatral. Una campaña electoral es el último acto de una narración contada desde (mucho) antes. Si en las últimas escenas el protagonista se queda en blanco o no se dispara la pistola en el momento crucial, incluso eso puede ser perdonado si el actor hizo una interpretación estelar durante el resto de la obra. Y al contrario: aunque todo vaya bien y el actor de bien el texto y la pistola suene, si la obra o la interpretación son malas, nada salvará a la compañía del desastre.

En otros términos: las tácticas importan, todas ellas, en una combinación cuya mezcla no podemos cuantificar matemáticamente. Pero importa mucho más la estrategia sostenida, la gran estrategia, la narrativa sostenida en el tiempo, del presidente en su ejercicio, en las condiciones económicas, sociales y políticas que le toquen. Lo explica magistralmente Ed Kilgore en este artículo impresdindible. Como dice él, la gran lección de la campaña de 2012 es que “la gran estrategia mantenida durante cuatro años, funcionó”.

 

Los diez pasos para un gran discurso según Safire, en lectura larga

Traduzco aquí la introducción de la antología de discursos de la historia compilada por el maestro escritor de discursos William Safire, titulada Lend Me Your Ears. Es un texto delicioso, o al menos lo es en el original inglés, sin los errores de mi traducción. El texto explica los diez pasos para la redacción y la pronunciación de un gran discurso. Una lectura larga, de unos 15 minutos.

 Un discurso introductorio, por William Safire, Lend Me Your Ears

Amigos, lectores, estudiantes de la retórica, oradores en potencia: prestadme vuestro oído.

Por favor, entended que se trata tan solo de una metáfora. “Vuestro oído” es una figura del discurso; todo lo que anhelo es que pongáis atención a los discursos pronunciados por figuras históricas.

Esa pequeña antítesis retórica – figuras del discurso, discursos pronunciados por figuras – se conoce como contrapunto. Lincoln utilizó esta técnica para cambiar el cínico “el poder justifica el bien” por “el bien justifica el poder”; John Kennedy hizo lo mismo al pedir que nunca se negociara por miedo, pero que no se tuviera miedo a negociar. Así es como hacen algunos creadores de frases – contrapunteamos – para ofrecer un discurso con alguna semilla que se luego se pueda citar. Desde los años 70, cuando los discursos pudieron ser grabados, a esa semilla se la llama eslogan.

Pero los eslóganes y frasecillas, los aforismos y los epigramas, son para los antólogos de citas. El estudio de las frases de una línea es atractivo si te gusta el batiburrillo para revisión rápida, pero es más interesante la carne y las patatas de la oratoria: la comunicación oral en contexto, la persuasión humana en acción (…).

(…) Querrás saber qué es lo que convierte una exposición cotidiana de un punto de vista en algo más que una conversación respetable, en un gran discurso. Al embajador Robert Strauss le gusta empezar sus alocuciones de esta manera: “Antes de empezar mi discuso”, dice, “tengo algo que decirles”. Antes de empezar la parte instructiva de esta introducción (compuesta en un estilo que permita al lector declamar con tono estentóreo), quisiera decir algo: hay secretos de la escritura y la lectura de discursos que podrás aprender y utilizar. Bucea en los discursos con suficiente profundidad y notarás su peso. He aquí la manera de adquirir elocuencia por ósmosis: cierra la puerta, o márchate al bosque con solo un perro como audiencia, y lee un discurso en alto. Incluso el perro obtendrá provecho, especialmente si es la lectura del lacrimógeno pero inmortal “tributo a un perro” del senador Vest.

Ahora vayamos al tema: los diez pasos para un gran discurso. Uno de los elementos de un buen discurso es la forma del texto. La mayoría de la gente asocia la forma a la figura femenina o al físico masculino, pero para aquellos de nosotros que buscamos los recovecos de la retórica – estudiantes o practicantes de la persuasión – pensamos en la forma como los forenses: los contornos de la comunicación.

Esto es así porque un gran discurso – incluso uno bueno – ha de tener una estructura, alguna anatomía temática. “Di lo que vas a decir; dilo; di lo que has dicho”. Ese simple principio organizativo es el adagio primigenio de la escritura de discursos. Notarás que ese viejo dicho está empaquetado en el perfecto estilo de la oratoria: el modo imperativo, la fuerza de una orden, la estructura paralela que incorpora el ritmo al pronunciar las frases. Fíjate en esta pomposa alternativa: “El discurso bien diseñado debería comenzar con una revisión introductoria del contenido que vendrá, y terminar con un resumen de sus puntos principales”. En las reuniones de la Judson Welliver Society, la asociación de los escritores de discursos de la Casa Blanca, entre las pastas de la sobremesa tras la cena, podrías oír el murmullo en la sala. Son los distinguidos miembros murmurando el mantra: “Di lo que vas a decir; dilo; di lo que has dicho”. Sabemos de lo que hablamos. Haz caso a los renqueantes viejos profesionales: una buena organización – la forma, la hechura – es el segundo paso para un gran discurso.

(Pero, espera un segundo: ¿cuál es el primer paso? El primero es “estrecha la mano de tu audiencia”, como explica Bob Strauss. Haz que ese primer paso sea un paso rápido; sonríe, y ponte a trabajar).

Un esqueleto necesita vida. Tras la estructura está el pulso. Un buen discurso tiene un latido, un ritmo cambiante, un sentido de movimiento que golpea en la mente de la audiencia. Si hay una técnica que los oradores de toda época han utilizado, ésa es la anáfora, el inicio repetido. Aquí está Demóstenes: “Cuando trajeron… demandas contra mí; cuando me amenazaron; cuando prometieron; cuando aquellos malandrines se lanzaron como bestias contra mí…” Aquí está Jesús: “Bienaventurados los pobres de espíritu… Bienaventurados los mansos… Bienaventurados los pacíficos…” Aquí está John Kennedy: “Que ambas partes exploren… Que ambas partes busquen… Que ambas partas se unan…” No desprecies este paralelismo tan obvio. Resuena. Excita. Funciona.

¿Qué más hace que un discurso sea grande? La ocasión. Llega en la vida de una persona o de un grupo o de una nación ese momento dramático que clama por la inspiración y la fuerza de un discurso. Alguien es llamado para articular la esperanza, el orgullo o el dolor de todos. El orador se convierte en el blanco de las miradas, aquel que brilla como guía; allí en la cúspide está él o ella, y el mundo para para mirar y escuchar. Ese acceso instantáneo al prestigio da sentido a los discursos de toma de posesión, o a un discurso en una ocasión de Estado o en una entrega de premios; la ocasión, al estar investida de solemnidad e importancia, eleva el discurso por sí sola. Algunas grandes ocasiones se desperdician con discursos pedestres, como el de la toma de posesión de Jimmy Carter o el de Nelson Mandela cuando le daba las gracias al estrado tras su liberación de la cadena perpetua que le tenía encerrado en una prisión de Sudáfrica. Pero otras ocasiones memorables se convierten en inmortales por las palabras pronunciadas en ellas. El poema de Lincoln en Gettysburg merece no solo que se recite de memoria, sino un análisis minucioso; y el “Hoy tengo un sueño” de Martin Luther King merece una relectura completa, no solo que se tomen de él algunas frases en los aniversarios.

Una idea relacionada íntimamente con la ocasión es la idea de “foro”, término referido al  lugar romano destinado a recitar discursos. Cuando escribía discursos en la Casa Blanca, tenía un foro perfecto: el Despacho Oval, que hoy es un set de televisión permanente. Desde ese lugar un presidente tiene que explicar más que declamar. La técnica para la redacción de discursos televisados es hablar a una audiencia única. Lo cual requiere un tono de conversación, aunque la conversación sea un monólogo, y la solemnidad de la expresión. Ni siquiera Ronald Reagan, el más adepto portavoz de la televisión, sonreía mucho a lo largo de un discurso ofrecido desde su escritorio. También requiere un discurso corto, intenso, de veinte minutos a lo sumo; peligra la concentración del público, física o mental, porque el tiempo de atención se acorta. Cuando el orador quiere exhortar o solemnizar, o añadir un sentido de la ocasión al foro, o cubrir más de un asunto, se lleva las cámaras fuera, a otro lugar. Es entonces cuando vemos los discursos del Estado de la Nación elevar a un parlamento, o los discursos de las convenciones políticas describiendo una visión del país. En esas ocasiones, el orador tiene que decidir si habla a la gente de la sala o mira a la cámara y se dirige a las gentes en sus hogares. Siempre he creído que un gran discurso en sala debe dirigirse a la gente que está en esa misma escena, dejando al espectador que lo ve desde casa la sensación de ser estar allí presente; el receptor toma el discurso como un evento que debe ser observado y se siente no como el objetivo específico del orador, sino como una extensión de una audiencia más amplia. Hablar de persona a persona sirve para vender. Hablar de persona a un millón, sirve para emocionar.

Al saludo, la forma, el pulso, la ocasión y el foro, añade el quinto paso: el foco. Un gran discurso no necesita empezar grande y permanecer grande todo sus curso hasta el gran final. Primero debería despertar el interés, y durante unos momentos permitir a la audiencia que se acomode mientras el orador busca su camino hacia el tema. Es entonces cuando debe llegar a su momento crucial, mucho antes de su conclusión. Aquí está la manera como el economista John Stuart Mill definía el arte del orador: “Todo aquello que era importante para su propósito se decía en el momento exacto en el que el orador había llevado a la audiencia al mejor estado posible para recibirlo”.

Fíjate en la palabra “propósito”. Un discurso se debe hacer por una buena razón. Ningún discurso que merezca la pena se hace para que no suene, para colmar el ego de quien lo pronuncia, o para halagar o atemorizar a la audiencia. Fidel Castro ofrece ese tipo de discursos, que llegan a durar siete horas. Un gran discurso se hace para un propósito elevado: para inspirar, para ennoblecer, para instruir, para arengar, para liderar.

¿Y qué hay de las citas en los discursos? En el pasado, los oradores ocasionalmente salpicaban su retórica de algunas referencias  a los griegos antiguos, pero ahora las citas parecen ser obligatorias. Con frecuencia se esparcen para mostrar un poco de erudición; una muleta cuando el texto por sí solo cojea y necesita un toque de clase. Yo lo he puesto hace un momento con John Stuart Mill; su apreciación sobre la necesaria preparación de la audiencia es oportuna, pero no tiene sonoridad. Debería haber robado su idea y redactarla con más fuerza. Si hubiera sentido que tenía que usar una cita directa, debería haber buscado un contexto dramático. Richard Nixon, encerrado en una pequeña habitación cerca del Despacho Oval, solía decir a sus logógrafos “No me deis nunca una cita desnuda. Ponedla en una pequeña historia”. Tenía razón. Intentémoslo así: John Stuart Mill amó a una mujer durante veinte años, pero ella estaba casada. Sólo cuando su esposo murió el filósofo tuvo la oportunidad de casarse con la viuda que había sido la inspiración de su vida. Harriet Mill ayudó a su poco articulado nuevo esposo en el arte de la oratoria. Trabajaron juntos en su obra maestra, Sobre la Libertad, pero ella murió antes de que se publicara. El filósofo, con el corazón roto, se la dedicó a la mujer a la que había esperado, amado y perdido, y en un artículo sobre oratoria, puede que recordara lo que ella le había dicho: “Todo aquello que era importante para su propósito…” Ahí tienes una pequeña historia, un truco útil para poner un poco de fibra en los huesos de una cita.

¿Son todos los discursos memorables “grandes” discursos, emocionantes, con frases profundas pronunciadas en ocasiones destacadas? Por supuesto que no. Algunos son simplemente discursos famosos. Mark Twain hablando de logografía es humor a secas. Kissinger hablando de aislamiento internacional no despertará tu emoción; de hecho, es difícil que cualquier discurso pronunciado por un político vivo sea calificado como “grande” hasta que el orador sea elevado al mito, desterrado al purgatorio, o muerto. Algunos discursos son memorables porque son representativos de una era o de un estilo, o sirven como ejemplo a los oradores modernos: las palabras incendiarias de Malcolm X no son “grandes” porque sean eternas o majestuosas, pero contienen una pasión muy seductora.

Por otro lado, no todo gran discurso es un buen discurso. Lo que el discurso tipo de Harry Truman no tiene de profundidad y hechura, lo tiene de animoso. Lo que en el sermón de Jonathan Edwards carece de gracia, lo aporta en fuego apasionado. El criterio último para que un discurso sea grande es que yo crea que es grande. Que no te sorprenda este relativismo: la oratoria es un arte, no una ciencia, y un gran retor puede elegir dar de comer, agradar, inspirar, provocar, o hacer cosquillas. Sea cual sea el tono que el orador elija, si quiere lograr un discurso memorable, tendrá que construir una frase.

La construcción de frases es sencilla. Supongamos que quieres darle vida a un discurso sobre la división de un continente. Piensa en una metáfora de la división: ¿qué tal la plancha de amianto que se coloca entre la audiencia y el escenario para evitar la expansión del fuego? Se llama telón de acero. Adelante. La metáfora puede estar muy trillada, pero inténtalo. Y puedes adaptarla. Si estás escribiendo sobre China, lleva la metáfora hacia un telón de bambú, o, en discurso elevado una convención sobre ropa interior, a un telón de encaje. Si no quieres que el símil te ayude, siempre tendrás la posibilidad de la aliteración: “el ruido con que rueda la ronca tempestad”, o “ya se oyen los claros clarines”.* Si te quedas realmente en blanco, pon “nuevo” delante de cualquier gran sustantivo, y agranda la frase: funcionó con “nacionalismo”, “libertad”, “pacto”, “frontera” y “orden mundial”, y puede que a ti también te funcione.

A la combinación de bienvenida, estructura, pulso, foro, foco, frase y propósito, añade este otro ingrediente, que es el más importante: tema. Al final, deberías ser capaz de contestar en una palabra o en una frase la pregunta de la persona que no estuvo allí. ¿Sobre qué era el discurso? Churchill, en el discurso radiofónico que acuñó la frase “sangre, sudor y lágrimas”, hizo un discurso sobre el sacrificio. Fue él quien, ante un postre poco suculento, dijo “Llévense este puding: no tiene tema”. El discurso que estás leyendo ahora explica cómo juzgar un gran discurso. Tengo ese tema bien claro en mi cabeza; si tú no has discernido que ése es mi tema, entonces esto no es un discurso que merezca serlo.

Pronunciado por Demóstenes, sin embargo, incluso este modesto esfuerzo podría parecer un gran discurso. En una historieta aparentemente apócrifa, su compatriota Pericles, que también tenía buena reputación como orador, ofreció su admiración con esta comparación: “Cuando Pericles habla, la gente dice ‘¡qué bien habla!’ Pero cuando habla Demóstenes, la gente dice: ‘¡Vamos, en marcha!’”. La oratoria de Ronald Reagan podía levantar por la solapa a un mal discurso, sacudirlo, y hacerlo cantar. Y por el contrario, el discurso mejor escrito puede caer de bruces si no está bien pronunciado. Lo dice el viejo cuento sobre el tejano que camina por la Calle 57 de Manhattan y pregunta a un extraño: “Oiga, amigo, dígame cómo se llega al Carnegie Hall.” El extraño le contesta: “Practicando, practicando”. La pronunciación es el paso final de la elocuencia; requiere práctica, disciplina, pico y pala, y uno mismo puede ser su propio entrenador. Para desarrollar la capacidad de mantener a una audiencia tranquila o excitarla; tus ojos estarán en contacto con la gente, no con la página; tu placer en el oficio se hará contagioso.

Woodrow Wilson era en un principio un profesor de ciencia política, y sus clases eran como su escritura artificiosa. Pero Wilson trabajó para superar el estilo profesoral. Sus escritos tempranos eran sobre oradores y su oratoria. Fundó la sociedad de debate de Princeton y añadió formación en debate a sus enseñanzas; declamó en los bosques; se empeñó en vencer su inclinación natural al distanciamiento y la reserva. Al final, mientras mejoraba, el futuro presidente ganó confianza en sí mismo y escribió a su prometida: “Lo disfruto, porque mantiene radiantes mi mente y mis facultades; y supongo que esta emoción misma dota a mi presencia de una aparente confianza y un autocontrol que atraen la atención. Sea como sea, siento una suerte de transformación, y me resulta difícil dormir cuando me sucede”. Más tarde, en un ensayo sobre la oratoria de William Pitt el Viejo, Wilson escribió: “La pasión es la médula de la elocuencia”.

Y sobre la pronunciación, una advertencia: cuando prepares un discurso, ten cuidado con las palabras impronunciables. “Impronunciable” puede ser una de ellas. Sobre el papel parece bastante fácil, y puede que sea fácil de decir en la mente cuando se lee en silencio, pero cuando llega el momento de empujarla más allá de tus labios, una palabra como esa puede trastabillarse. Y si practicas una palabra difícil en alto, y pones una señal en tu texto, estarás garantizando precisamente que setrastabillará. Cuando era un joven logógrafo, esbocé algunas palabras para una salutación oficial en la ciudad de Nueva York, cuyo objetivo era dar la bienvenida a Singman Rhee de Corea del Sur. Me referí al presidente que nos visitaba como una “voluntad indomable”. El anfitrión, un torpe embajador, sabía que diría algo así como “indomitable” y pidió un sinónimo. Cuando le puse “infatigable”, me echó del lugar; alguien en mi lugar tuvo que proporcionarle “firme”. Ahora entiendo que fui intransigente. (Esa es mi penitencia: al leer ésto en alto, es seguro que se me trastabillaría “intransigente”. Abraza la palabra delgada; evita la palabra gruesa).

Ten cuidado también con las palabras que ponen incómoda a tu audiencia. Hace un momento cité a Wilson diciendo “la pasión es la médula de la elocuencia”. Yo sé lo que significa “médula” – núcleo, quintaesencia, centro – y tú también. Pero nunca me plantaría frente a una audiencia y diría “médula”; suena vulgar. Nadie va a criticarte por ello; pero tú, como orador o como escritor, eres responsable de advertir esos pequeños estremecimientos en la mente de tus oyentes. Distraen la atención del mensaje que quieres ofrecer. Si hablamos del asunto del vocabulario complicado, observa cómo los grandes discursos carecen de palabras engreídas. Las grandes palabras, los términos escogidos por su extrañeza – casi se me escapa “infamiliariedad” – son signo de pretenciosidad. ¿Y qué haces cuando tienes una palabra deliciosa, una que contenga un poco de poesía, que es justo la palabra para el significado, pero sabes que va a navegar por encima de la cabeza de tu audiencia? Puedes usarla, justo como Franklin Roosevelt utilizó “infamia”, y así estirarás el vocabulario de tus oyentes. Pero es mucho mejor si sutilmente la defines al pasar, como si añadieras énfasis. ¿Quién sabe lo que son los “deltoides”, cuando me refiera a ellos en un momento? El orador lo sabe; y si ayuda con sutilidad a su audiencia, nadie debería notar la medicina al tragarla.

Una antología de discursos configura un libro pesado. Intelectualmente pesado también. Algo que no se mete en el bolsillo o en el bolso en el camino a la consulta del médico. Una vez Sidney Perelman, el gran humorista, me envió una antología. Se llamaba Lo más de Sidney Perelman, y en la dedicatoria me decía: “Para William Safire, junto con un pequeño tarro de Antiflogistón para que masajee sus deltoides, si es que lees este compendio en la cama”. Esa nota me hizo acudir al diccionario: los “deltoides” son los músculos del hombro que permiten agarrar un libro y el Antiflogistón es el nombre de una pomada calmante que había inventado Ben Gay. Cojo el libro de Perelman cada cierto tiempo; elevarlo me eleva a mí, como espero que te pase a ti cuando agarres una antología de discursos.

Ahora tú eres parte de una audiencia especial, sofisticada. Conoces los trucos del mercado del discurso, algunos de los rudimentos del hacedor de frases y del logógrafo, y esperas que el orador resuma: que te diga lo que te ha dicho.

Perdón; hay un decimoprimer paso secreto: sorprende una y otra vez. Este es en realidad un discurso para ser leído, no hablado; el metafórico oyente es realmente un lector que puede volver hacia atrás como no podría hacerlo un oyente real. Tú, querido lector de discursos, me estás prestando no tus oídos, sino tus ojos, que son órganos mucho más perceptivos y analíticos. Tras recibir las orientaciones morales resumidas en las tablas que trajo del Monte Sinaí, Moisés habló al pueblo de Israel, pero en ningún sitio está escrito que tuviera que resumir los diez mandamientos.

Lo que toda audiencia necesita, sin embargo, es un sentido de cierre, de clausura; lo que el orador necesita es una salida en lo alto. Ese es un ingrediente necesario de la hechura. Y eso pide una perorata.

Una perorata, amigos míos, es una devastadora defensa contra la letal enfermedad de la escasez. Debería empezar con una frase tranquila y declarativa; debería irse construyendo sobre una serie de puntos y comas; debería emplear el poderío del paralelismo; debería lograr que los pilares más lejanos reverberaran con la acción y la pasión de nuestro tiempo, y, dejando a un lado las normas que establecen la conveniencia de las frases cortas o la autocita, debería alcanzar los corazones y las almas de la eterna especie humana para decir: “Este, éste, es el final del mejor discurso que nunca has tenido la fortuna de experimentar”. (Aplauso sostenido y exclamaciones de “¡bravo!”, “¡vamos, en marcha!”, seguido de un listillo experto que moviendo la nariz se pregunta en alto: “Sí, vale, ¿pero qué es lo que ha dicho?”).


* He introducido dos aliteraciones en español, sustituyendo las originales de Safire: “Not nostrums but normalcy” y “nattering nabobs of negativism”, que obviamente pierden su sonoridad con la traducción.

La letal narrativa conservadora sobre el déficit

Mike Lux, autor de The Progressive Revolution: How the Best in America Came to Be, escribió recientemente este artículo sobre Obama y la oposición republicana en este segundo mandato que comienza en breve. Me ha parecido interesante porque sustituyendo “Obama” por “progresistas”, “republicanos” por “conservadores” y poniendo los datos y matices de cada lugar, el artículo vale para cualquier partido de gobierno o de oposición de la izquierda, en cualquier país del mundo ahora obsesionado por la crisis. Una buena lección, pues, de política audaz – y de comunicación – para los progresistas:

Hubo un titular en el Washington Post el domingo que resume por completo los sueños más profundos de los republicanos y las expectavivas convencionales del establishment de Washington: “La crisis de la deuda definirá el segundo mandato de Obama”.

A los ojos de los republicanos, el Washington Post y el resto de la gente “seria” en el centro del poder del Distrito Federal, los déficits, la deuda y el control del gasto son lo único que importa. El déficit es el mayor problema. El déficit es lo único importante. El déficit es la prioridad por encima de cualquier otra cosa. El déficit es la crisis, la emergencia, el desastre, la catástrofe. El déficit es el centro de cualquier debate. Estamos en quiebra. Tenemos un problema desesperante. Y una y otra vez se nos dice lo mismo. El hecho de que tengamos un paro cercano al ocho por ciento no importa; incluso aunque la principal razón de que en los años de Clinton tuviéramos superávit fuera que teníamos pleno empleo. El hecho de que las escuelas, las carreteras, los puentes, las autopistas, los aeropuertos y nuestra red eléctrica tengan que ser reconstruidos, tampoco importa. Nuestra economía depende fuertemente de unos pocos bancos “demasiado grandes para caer” que podrían dejarnos en la quiebra de nuevo; hay todavía diez millones de propietarios de casas con precios hundidos que impiden la vuelta del sector inmobiliario y de la economía entera; el cambio climático nos amenaza como la ola gigante de un tsunami; las becas excasas de los estudiantes, las tasas por las nubes y el desempleo juvenil están dejando un poso tóxico de deuda a nuestros jóvenes. La columna vertebral de la economía de nuestra nación, nuestra clase media, sigue siendo castigada por los salarios que no suben, los precios de productos básicos en ascenso y la falta de empleo. Pero nada de esto importa, de acuerdo con los republicanos y sus amigos expertos, porque el déficit lo es todo, todo, todo.

Esto me recuerda algo que aprendí la primera vez que vine a Washington, hace dos décadas: el pensamiento típico en el Distrito Federal casi siempre se equivoca. Sonrío cuando pienso en los tiempos en los que prácticamente todos los expertos se equivocaron de plano año a año. Es casi cómico. George Bush padre tenía asegurado el segundo mandato tras la Guerra del Golfo; el déficit era incontrolable y dominaría nuestro panorama político durante los años 90; Bill Clinton estaba acabado como presidente tras la toma del Congreso por los republicanos en 1994; los demócratas perderían 30 escaños en la época dominada por el escándalo Lewinsky; los republicanos mantendrían el Congreso durante la década de 2000; Obama no sería relegido despúes de 2010. Ninguno de estos grandes presupuestos podría haber estado más equivocado. De hecho, es difícil encontrar algún momento importante de los últimos 20 años en que el pensamiento típico acertara. Y es muy fácil que vuelva a equivocarse en los próximos cuatro años. [Sobre los errores de predicción de los expertos, un post reciente aquí]

Eso no significa que el déficit no vaya a seguir siendo un tema: los representantes republicanos se encargarán de ello. Y los demócratas y los progresistas ciertamente deben implicarse en el debate sobre cómo reducir el déficit en el largo plazo: hay muchas maneras progresistas de hacerlo, incluyendo la eliminación de subsidios inútiles a compañías agrarias y petroleras, el recorte del gasto militar supérfluo, la imposición de una ley federal de contratos, una tasa sobre transacciones financieras, una tasa sobre el carbono, y otras muchas ideas.

Al final, sin embargo, será Barack Obama quien determinará si, como sugiere el titular, la deuda y el déficit definirán su segundo mandato. Eso sólo será verdad si él permite que lo sea.

He aquí el primer punto importante: los asuntos presupuestarios no son la única cosa que importa cuando controlas el poder ejecutivo. Cuando se piensa en las cosas que hicieron presidentes como Lincoln, Roosevelt, Truman, Nixon, Reagan, Clinton y George Bush hijo, a pesar de la fuerte oposición del Congreso durante partes significativas de sus mandatos, se recuerda que entre la autoridad reguladora, el Departamento de Justicia, los decretos, y el poder ante la opinión pública, los presidentes han tenido un buen espacio para guiarse por su propia agenda y hacer grandes cosas. Ya he escrito sobre esto antes. Obama puede usar todos los poderes de la presidencia y del poder ejecutivo para lograr que se hagan cosas en nombre de la clase media y devolver la economía a su cauce; y si fuera agresivo usando este poder, nadie escribiría al final de su segundo mandato que la deuda o el déficit marcaron su gobierno.

Otro factor muy importante es si Obama usa los poderes de su Gobierno para definir el debate nacional y ayudar a los demócratas a ganar en [las elecciones intermedias de] 2014. La manera como fueron vistos los dos últimos dos años de Clinton, y por tanto su segundo mandato completo, tuvo mucho que ver con el hecho de que él había salido triunfante de las elecciones de 1998 y no a la defensiva ni huyendo temeroso. Gente cercana al presidente me dice que está muy animado y tranquilo sabiendo que no tiene que afrontar otras elecciones, lo cual es comprensible. Pero si piensa que puede ahora olvidarse de la política partidaria, los demócratas sufrirán la derrota en 2014, y eso hará que sus dos últimos años sean muy feos. La gente le tiene aversión a la palabra “política”, pero diré algo contraintuitivo: Obama necesita ser político para convertir las elecciones de 2014 en su última oportunidad para fijar claramente su agenda, en nombre de la clase media. Si, como Clinton, sale triunfante de esa elección, será capaz de poner a los republicanos a la defensiva todo su segundo mandato.

Obama necesita superar todos los clichés del etablishment que dicen que el presidente debe estar por encima de la política, y que necesita resistir sus propios sentimientos de satisfacción por el hecho de que no necesitará competir de nuevo. Para que tenga un exitoso segundo mandato, un mandato en el que marque agresivamente la agenda y resuelva problemas en lugar de gobernar a partir de un limitado número de opciones dominadas por la obsesión enfermiza con el déficit, Obama necesita abrazar la política y actuar como si tuviera que optar a las elecciones de nuevo, porque, en cierto sentido, tendrá que hacerlo. Obama tiene que pensar en las preocupaciones de los votantes; tiene que tener en mente a la coalición que le dio la victoria: la base demócrata y los trabajadores que son votantes oscilantes. Si pelea por esa coalición, y pone el foco en lo que esa coalición quiere, será un presidente mucho más fuerte y será capaz de definir su segundo mandato de la manera que el desea.

Ese titular “La crisis de la deuda definirá el segundo mandato de Obama”  solo se convertirá en verdad si Obama se queda quieto y permite que ocurra. Tiene el poder ejecutivo, y el poder de su coalición mayoritaria, para hacer que las cosas sean distintas, siempre que esté dispuesto a usar tal poder.

Sociología breve de las predicciones

Nadie predijo la aparición de Internet. Nadie. Ningún gurú de la comunicación. Ningún experto conocido fue capaz de imaginar lo que venía. Nadie predijo la caída del Muro de Berlín. Sucedió de pronto, por sorpresa. Nadie predijo el ataque a las Torres Gemelas. Los expertos no previeron, al menos la corriente mayoritaria no predijo, que el sistema financiero internacional saltaría por los aires en 2008. Desde luego, nadie predijo la quiebra de Lehman Brothers ni las que vendrían después. Ya puestos, nadie predijo que una secta judía minúscula, seguidora de un tal Jesús, iba a generar la cultura más influyente en los dos últimos milenios.

Quizá nadie lo predijo porque, como en una visión radical del asunto nos propone Nassim Taleb en el ya clásico El cisne negro, la historia se mueve a golpe de acontecimientos imprevistos.

Lo curioso, sin embargo, es que los expertos que fueron incapaces de prever, rápidamente encuentran justificaciones de todo tipo para explicar lo acontecido. El ser humano es muy imaginativo para encontrar explicaciones post hoc, a posteriori. Y cuando a los expertos se les señala el error de sus previsiones, los expertos vuelven a mostrar una enorme imaginación: “claro, no pasó, pero pasará…”; o “bueno, no pasó porque falló no sé qué factor… pero si ese factor no hubiera sucedido…”.

En el nunca suficientemente citado Pensar rápido, pensar despacio, Daniel Kahneman estudia esa tendencia tramposa del cerebro a encontrar explicaciones donde difícilmente las hay, origen de las teorías de la conspiración, las justificaciones más peregrinas, o la simple existencia de los supuestos gurús y expertos que tienen que justificar sus altos honorarios de alguna manera.

Hace ya siete años, el profesor Philip Tetlock se tomó la molestia de publicar una investigación larguísima, de dos décadas y media de análisis (Expert Political Judgment: How Good Is It? How Can We Know?), en la que estudiaba el grado de precisión de las previsiones de los expertos estadounidenses. El resultado fue sorprendente: los expertos fallaron tanto como una escopeta de feria. Los expertos no lo hacían mejor que el puro azar. Pero eran los primeros en justificar sus errores con respuestas más o menos peregrinas.

En El poder político en escena le dedicamos un rato al asunto. Transcribo:

Sucede, sin embargo, que los expertos se equivocan con mucha frecuencia. Con demasiada frecuencia. Se ha demostrado que las previsiones financieras de los entendidos fallan habitualmente, de manera que un inversor haría tan bien ubicando su dinero al azar como fiándose del criterio de los expertos. Es difícil de creer, porque cada día esos analistas financieros e intermediarios comentan sus decisiones informadas en los medios de comunicación, y realmente creen que sus decisiones son inteligentes, pero los datos son contundentes: acertarían tanto o más si decidieran con una simple ruleta. En el ámbito político sucede igual: no se acierta más que en el financiero. Philip Tetlock, un psicólogo de la Universidad de Pensilvania, estudió con paciencia durante veinticinco años las previsiones de los expertos en asuntos políticos. Entrevistó a 284 asesores y comentaristas pidiéndoles  que contaran con qué probabilidad sucederían ciertas cosas en el ámbito de su especialidad. Por ejemplo, cuál sería la economía emergente en el futuro, si Gorbachov sería derrocado por un golpe de Estado, o si Estados Unidos se implicaría en una guerra en el golfo Pérsico. Tras recoger 85.000 predicciones en total, Tetlock demostró que los expertos erraron más que si simplemente hubieran respondido al azar. Si hubiéramos puesto a un simio a pulsar botones con las posibles opciones, los monos habrían acertado más que los expertos que se estudian los asuntos y se ganan la vida con sus análisis.

Por lo demás, el cerebro humano, guiado por la ley del mínimo esfuerzo, encuentra atajos, argucias y justificaciones para dar explicaciones pretendidamente racionales a lo que no las tiene y para construir narrativas que den sentido a asuntos difíles de explicar y reduzcan las incertidumbres de la vida. En Thinking, Fast and Slow, el elegante libro de Daniel Kahneman, el autor expone el largo rosario de esas trampas mentales.  Nuestra memoria recupera aquella información que está más fácilmente disponible (por ejemplo, gracias a la cobertura de los medios de comunicación), de manera que damos una importancia inmerecida a ciertos asuntos y se la negamos a otros que sí la merecen. Los escándalos de corrupción en la política nos hacen exagerar de forma injusta la frecuencia real del fenómeno. Un accidente de avión incrementa irracionalmente la sensación colectiva de riesgo, como vimos. Un solo caso de un perro que hiere a una ciudadana que caminaba por la calle y que es cubierto por los medios de comunicación —quizá un verano en el que no hay otras informaciones con las que cubrir el tiempo y el espacio de los medios— puede desencadenar la publicidad de decenas de otros casos parecidos y, en consecuencia, una inflada conciencia social sobre un problema que podría haber pasado desapercibido. No hay más violencia de género en España que en Argentina, probablemente; lo que sucede es que en España se ha construido una mayor conciencia social sobre el problema a partir de la cobertura informativa de los casos.

Hacemos asociaciones sencillas que a veces son engañosas, como, por ejemplo, al deducir que si la economía va mal es porque el Gobierno lo ha hecho mal, y si va bien es porque el Gobierno lo ha hecho bien. Otorgamos a los poderosos capacidades taumatúrgicas que no tienen. El ensalzamiento de Alan Greenspan como gurú imprescindible de la economía mundial y su fulgurante caída en desgracia es un buen caso. Asignamos causalidad donde no la hay. Nassim Taleb, en su libro El cisne negro, ofrece otro ejemplo ilustrativo.

Cuando se capturó a Sadam Husein, el bono estadounidense subió y Bloomberg debió de interpretar que los inversores buscaban lugares más seguros, y ese debió de ser el motivo para que publicara un teletipo que decía: «Sube el bono estadounidense. Se duda de que la captura de Husein reduzca el terrorismo». Pero cuando media hora más tarde el precio de los bonos se redujo, el titular se corrigió y ahora decía: «Baja el bono estadounidense; la captura de Husein aumenta el atractivo de las inversiones de riesgo».

Pero no todos los expertos son iguales. De hecho, lamentablemente, los expertos menos escuchados son los que más matizan y los que menos se equivocan. Los más exagerados, los más extremistas, son los que más se equivocan, pero los que más gustan en los encendidos debates de televisión. Lo explica el propio Kahneman, citando a Tetlock:

Tetlock utiliza la terminología de Isaiah Berlin en su ensayo sobre Tolstói,  El erizo y la zorra. Los erizos «saben una cosa grande» y tienen una teoría sobre el mundo; se aproximan a los sucesos concretos con un marco coherente, sus púas se erizan con  impaciencia contra aquellos que no ven el mundo como ellos y no confían en sus pronósticos. También son especialmente resistentes a reconocer el error. Para los erizos, una predicción errónea es casi siempre «prácticamente correcta» o «un error solo en cuanto al tiempo». Son obstinados y claros, que es justo lo que los productores de televisión adoran ver en los programas. Dos erizos en cada lado de un asunto, cada uno atacando las ideas estúpidas del otro, construyen un buen espectáculo. Los zorros, por el contrario, son pensadores complejos. No creen que una sola cosa grande dirija la marcha de la historia (por ejemplo, es  improbable que piensen que Ronald Reagan por sí solo terminó con la Guerra Fría plantando cara a la Unión Soviética). En su lugar, los zorros reconocen que la realidad emerge de la interacción de muchos agentes y fuerzas diferentes, incluyendo la pura suerte, a menudo produciendo resultados graves e impredecibles. Fueron los zorros los que puntuaron mejor en el estudio de Tetlock, si bien su rendimiento aún era muy pobre. Es menos probable que se invite a participar en los debates de televisión a los zorros que a los erizos.

Aquí te dejo un vídeo-discurso de 45 minutos de Tetlock explicando su interesante aproximación al muy falaz comportamiento de los expertos. Su aportación está transcrita en inglés:

How to win a forecasting. Philip Tetlock.

Mucho mejor con prompter: los cristales secretos delante de los mejores discursos

Quienes están en el auditorio podrían verlos, pero apenas los intuyen. Y para quienes observan en televisión quedan fuera del plano y resultan completamente invisibles. Sólo de vez en cuando, quizá cuándo el zoom se abre y se ofrece una panorámica más amplia de la sala, pueden con mucha atención observarse esos dos mástiles de algo más de metro y medio, que terminan en dos cristales transparentes inclinados, a ambos lados del orador, formando con él un triángulo equilátero.

Uno de los dos cristales que ofrecen a Enrique Peña Nieto su discurso de toma de posesión como jefe del Estado de México

Hace solo unos días los vimos delante de Enrique Peña Nieto, el nuevo presidente de México. Leyó su discurso de toma de posesión en los cristales. Después de los largos y protocolarios saludos, leídos sin mayor impacto sobre el papel, a partir del minuto 2:15, la mirada del presidente empieza a volar con un efecto impresionante. Peña Nieto establece así conexión con su audiencia, puede entonar mejor, enfatizar y expresarse con sus gestos, en lugar de enseñar la coronilla al público, con ese característico gesto de sumisión y ensimismamiento de quien se limita a leer, con más o menos arte, un papel sobre la bandeja del podio.

Hemos encontrado los dos cristales en los discursos de primeros ministros, de candidatos y líderes sociales y políticos de todo el mundo. Zapatero los utilizó ocasionalmente al principio, pero el que fuera presidente del Gobierno en España rara vez se sometía a la disciplina de un texto escrito, por lo que los cristales quedaron en un almacén de la calle Ferraz en Madrid. Por lo demás, el parlamento español, con su tribuna elevada en el vértice de una breve escalera, impide situar los dos mástiles de manera discreta, como puede hacerse en el parlamento alemán, o, sin ir tan lejos, tan sólo diez kilómetros más allá, en la Asamblea de Madrid. De hecho, la presidenta de la Comunidad, la siempre audaz y locuaz Esperanza Aguirre, ya no ofrecía discurso relevante en el parlamento regional sin la ayuda inestimable de su teleprompter.

En algunos foros del mundo, como el impresionante plenario de las Naciones Unidas, el hemiciclo del Capitolio que reúne la Cámara de Representantes en Estados Unidos, y miles de salones de plenos y conferencias, ya se prevé que el orador de turno pueda hacer uso del artilugio, y se deja allí plantado o se instala bajo petición. La práctica se está extendiendo a toda velocidad: tanto, que ya la han incorporado también los presidentes de corporaciones y los receptores de honores, premios y homenajes. Leer en el prompter se está convirtiendo en una práctica comunicativa tan habitual, proporcionalmente, como abrir una cuenta en Twitter o consultar el seguimiento de las noticias en una tableta. Y de efecto mucho más impresionante.

Aunque la lectura en el cristal ya era imprescindible para sus antecesores Bush hijo y Clinton, ha sido Obama el presidente estadounidense que lo ha utilizado de manera más intensa. Tanto, que para los republicanos se convitió en una jugosa broma decir que Obama no era nadie sin su teleprompter. Recientemente, el influyente diario Politico contó las diez mejores bromas sobre el presidente y su teleprompter. En uno de ellas, el propio vicepresidente Biden, que cuando leía un discurso sufrió la caída de uno de los espejos,  se pregunta: “¿Que le voy a decir al presidente cuando le cuente que su telepromper se ha roto? ¿Que hará entonces?” Claro que el propio bromista estaba leyendo del cacharro en ese mismo momento. Biden lo usa tanto como el propio presidente en sus discursos.

Mientras Eastwood se ríe del mudo Obama representado por la silla, el prompter preside el estrado republicano para que los oradores lean en él sus discursos.

Romney, por su parte, no ha parado de hacer chanzas sobre cómo abusa supuestamente Obama de su máquina. “Habla bien. Lee bien el teleprompter”, suele decir sobre el presidente.

Sin embargo, el propio Romney es un habilidoso lector de los cristales, y reconoció recientemente su utilidad. Fuera (teóricamente) de micrófono antes de una entrevista con el muy conservador Sean Hannity de Fox, reconocía al periodista que el uso del prompter “tiene cierto sentido: te ayuda a no decir lo que no quieres decir. Logras fijar el mensaje”. “Sí, por supuesto,” -coincide Hannity- “Es inteligente. No quieres cometer errores. Déjame que te diga: ahí fuera están dispuestos a destripar a quien cometa un error”. Está bien ese arranque de sinceridad en un presentador/humorista que ha hecho no menos de 200 bromas sobre el uso que el presidente hace de la herramienta.  El periodista que filtró el vídeo de la conversación privada fue despedido de forma fulminante y los republicanos no dejaron de hacer gracias sobre el asunto. En otro ejemplo de lo absurdo de esa crítica, mientras Clint Eastwood se mofaba del candidato Obama hablándole a una silla vacía, como expresando que el presidente no es nadie sin un discurso discurriendo por los espejos, tenía frente a sí los dos mástiles que estaban utilizando prácticamente todos los oradores invitados a hablar durante la convención republicana.

En realidad, el uso del teleprompter es tan frecuente en el lado conservador como en el progresista, y comienza a serlo también en las juntas generales de accionistas, las aulas magnas de las universidades y las salas de prensa de cualquier condición. Hablan con él ministros, alcaldes, obispos y reyes. También consejeros delegados, científicos y premios nobel. El efecto es realmente espectacular. La oradora o el orador ya no mira al papel, sino al público: a un lado y a otro. La conexión visual con la audiencia le permite interpretar mejor su pieza. Mejora la entonación, el gestual y el manejo de las pausas. La sensación, naturalmente, es que, de alguna manera, quien habla improvisa (“prompter” comparte raíz con el latín impromptus: “sin preparación”). La audiencia no se plantea si el orador está o no leyendo en algún lugar o se ha aprendido el texto de memoria o, quizá, está ofreciendo un texto que no tenía preparado.

El efecto es mágico; aunque, en realidad, no ofrezca otra cosa que la extensión de la simple práctica de leer un discurso sobre un papel. Como dice el prestigioso Robert Schlesinger (autor de la mejor historia sobre los escritores de discursos presidenciales en Estados Unidos, White House Ghosts), “el teleprompter es una herramienta. Seguro que es última tecnología si vienes de los años 50 (…), pero en definitiva se trata sólo de un medio para hacer declaraciones preparadas, algo que no es sustancialmente distinto de una hoja de papel o un atril”.

Lyndon Johnson en campaña, 1964

Así es. La idea de poner los textos en un lugar distinto del papel que permita al orador mirar al frente, tiene una larga historia, de ya más de 50 años. Su plasmación inicial era un tosco papiro mecánico metido en un cajón, que mostraba el texto en papel a los nuevos actores y presentadores de televisión. Pero tan pronto como 1952, ya en la convención demócrata de aquel año, 47 de los 58 grandes discursos utilizaron el teleprompter, aún demasiado visible para la audiencia, con una suerte de pantalla enfrente del orador. El expresidente Hoover comenzó a usarlo haciendo campaña para Eisenhower, y el propio Eisenhower lo hizo famoso cuando ese mismo año, durante un discurso, en la radio (aunque no en la sala) se le oyó decir: “¡Vamos, vamos, vamos! ¡Maldita sea, quiero que se mueva!”. La prensa cubrió el asunto con profusión y el prompter se hizo de pronto conocido para el público.

Desde entonces, todos y cada uno los presidentes de los Estados Unidos han utilizado la máquina en mayor o menor medida, una práctica que desde allí se ha ido extendiendo por el mundo entero. Resulta exótico por eso leer de la pluma de expresidente peruano Alan García (en su libro Pida la palabra, p. 21), que “no hay mayor patraña que el llamado telepronter (sic), en el que los expositores, fingiendo espontaneidad, leen lo que otros o ellos mismos han escrito, en la pantalla colocada tras la cámara que los filma. La gente se entera de lo que dicen, se informa, pero no los siente ni se conecta con ellos. El telepronter (sic) y la lectura de papeles son una usurpación de lo escrito sobre la comunicación oral”. Respetable opinión, pero muy anacrónica y poco realista. Para quien tiene que leer discursos, que es la práctica totalidad de los oradores del mundo, el teleprompter es simplemente un sustitutivo del papel que permite mejorar de forma exponencial la conexión con la audiencia, la entonación y la gestualidad, imprimiendo naturalidad al discurso. Que haya pianistas capaces de improvisar magníficas melodías, acaso sin conocer siquiera solfeo, no impide que la práctica recomendable sea practicar con una partitura, y aún interpretar la música con ella delante.

Por lo demás, los mejores oradores no se limitan a leer sin más. Más bien “dialogan” con el teleprompter: añaden alguna frase, quitan otra. Enfatizan los comienzos con alguna exclamación, se dirigen directamente a la audiencia reclamando su atención en algún punto. Con el papel es más difícil hacerlo, porque uno está más pendiente de no perderse en el bosque de letras, que de conectar con la audiencia, y porque la pérdida de la visión del auditorio aleja a la oradora o al orador del lugar en el que realmente está.

Quizá el ejemplo más portensoso de ese trabajo fascinante que es el diálogo con la audiencia, lo proporcionó el mejor orador político de nuestro tiempo, Bill Clinton, durante la última convención demócrata. Alguien se tomó la molestia de comparar el texto que el prompter iba ofreciéndole al expresidente, con lo que finalmente dijo. Como contábamos aquí hace unas semanas,

el Teleprompter, bien gestionado por los profesionales, va a un buen ritmo. Pero Clinton resulta tan natural al conectar con el público que le gana a la máquina con las florituras que añade. (“Escuchen atentamente esto…”; “es realmente alucinante…”; “¿oísteis lo que decían? Yo sí lo oí”; “hay que tener cara dura para atacar a una persona que hizo lo que tú hiciste”). Cuando añade esas pequeñas apostillas – el “espera un momento” y los “escuchad” y el “de verdad, pensemos en esto” – se trata de más que de un tic: está desarrollando una estrategia astuta, promoviendo la ilusión de que el discurso está todo él improvisado.

Cada vez que el Teleprompter da a Clinton una lista, él automáticamente la embellece con intensidad rítmica, construyendo un paralelismo, demostrando que es el mejor escritor de discursos. El Teleprompter le dice que la política energética de Obama “reducirá tu factura de gasolina a la mitad, nos hará más independientes, cortará las emisiones de efecto invernadero, y sumará otros 500 mil puestos empleos.” Pero Clinton dice: “Logrará reducir tu factura de la gasolina ala mitad… Logrará hacernos más independientes… Logrará cortar las emisiones de efecto invernadero…”

Por eso, esos dos discretos espejos frente al orador, en los que nadie repara, ni en el salón ni al otro lado de las pantallas, no son solo una herramienta óptima para ofrecer discursos más persuasivos y más seductores; sino también para mejorar, aunque luego se opte por el uso del papel, la capacidad persuasiva de los oradores de hoy. Una sesión de entrenamiento con teleprompter resulta tan intensa y realista – y tan entretenida – como lo es para un piloto el uso de un simulador de vuelo. Preparar un discurso con papel es imbuirse en la lectura y tratar de levantar el vuelo de vez en cuando, que no es poco. Pero prepararlo con teleprompter es dejar volar la mirada y las palabras al encuentro mágico con el público.

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 Llámenos y le contaremos cómo hacerlo.

En no más de seis horas mejorará exponencialmente su oratoria. Estamos organizando sesiones de entrenamiento en grupo en las principales ciudades de España y América Latina. Si lo prefiere, lo montamos a la medida de sus necesidades específicas.

l.arroyo@asesoresdecomunicacionpublica.com

o.santamaria@asesoresdecomunicacionpublica.com

p.fernandez@asesoresdecomunicacionpublica.com

 

Primavera árabe: no fue la democracia, sino simplemente la comida

Food Prices Riots

En Occidente quisimos creer que aquellas revueltas aparentemente espontáneas de hace dos primaveras, que incendiaron Oriente Próximo y el Magreb, en lo que llamamos desde aquí pomposamente “la primavera árabe”, constituyeron un movimiento por la democracia y los derechos civiles. Así nos gustaba verlo y seguro que algo de eso hubo. Y que las nuevas tecnologías jugaron un papel fundamental en su organización y su desarrollo. Puede ser.

Pero es sumamente interesante el artículo publicado por los profesores Marco Lagi, Karla Z. Bertrand y Yanner Bar-Yam (“The Food Crises and Political Instability in North Africa and the Middle East”), que demuestra que hay una sorprendente correlación entre el índice de precios de la alimentación de la FAO (la línea negra del gráfico de arriba) y la existencia e intensidad de las revueltas (los puntos rojos). Y que es una tendencia que se percibe en países tan distintos como Libia o India. Suena bastante verosímil: cuanto más cuesta acceder a algo tan esencial como la simple comida, más crece la inquietud social y las probabilidades de malestar y revuelta. Una vez más, conviene ir a lo más básico del animal comportamiento humano.

Los autores advierten que la tendencia al alza de los precios puede llegar a un momento peligroso en el verano de 2013.

Por qué el Papa se carga a la mula y el buey

¿Pondrá el Vaticano este año al buey y la mula en su “Belén”?

En el resto del mundo la noticia no ha tenido demasiada repercusión. Basta buscar noticias en Google que mencionen en inglés  “buey, Navidad, Papa” y se observa el poco recorrido de la información. Pero aquí en España, o en Italia, con su larga tradición de representar de mil formas el evento del nacimiento de Cristo, las afirmaciones del papa Benedicto XVI han tenido un cierto impacto.

El papa afirma en el último libro de su trilogía sobre Jesús, que no allí no había buey ni mula, y que los pastores no recibieron la noticia del nacimiento con cánticos… (aquí están las mejores frases del libro según El Huffington Post).

La presentación del libro, una operación editorial mundial de dimensión extraordinaria (el pellizco en España se lo lleva la editorial Planeta), ha generado amplísima cobertura en los medios de comunicación (por ejemplo, en los informativos de televisión) y en las redes sociales. (Leo un tuit divertido  de @Goyojimenez, que dice: “El papá aclara que en el portal de Belén no hubo buey, ni mula, ni pastores. Pero no se pronuncia sobre el río de papel de aluminio”).

¿Por qué sale el Papa ahora con esta minucia sobre los pastores y los animales, a un mes de la Navidad?

Primero, porque no hay mejor fecha para un libro sobre la infancia de Jesús escrito por un papa que un mes antes de la Navidad, por supuesto. El texto, titulado en español La infancia de Jesús, se va a situar desde hoy en las estanterías de superventas en todo el mundo. Si para la presentación el autor ha dejado intencionadamente o no un par de titulares ricos, pues mejor.

Segundo, porque no hay mejor fecha que ésta para que se hable de las anécdotas del Belén, y su relación con el mito o la tradición. Y no hay mejor material que algo que la gente interioriza cada año generación tras generación y que se puede hablar con facilidad. En otros términos, lo de la mula y el buey es un meme con extraordinaria capacidad de réplica y contagio.

Pero tercero, y es esto lo que me parece más relevante, porque negando la validez histórica del asno y el buey y los cánticos de los pastores y el origen de la estrella, se confirma que, sin embargo, lo que no se niega sí es verdad histórica. Renunciando a un par de elementos anecdóticos del relato, se confirma implícitamente que, por supuesto, todo lo demás es verdad: la virgen María concibió ayudada por el Espíritu Santo a un niño que era el Hijo de Dios y que nació, murió y resucitó de entre los muertos. Y eso es una verdad histórica que (al menos de momento) no admite controversia.

La cosa no se deja solo a la libertad del lector, porque Benedicto XVI dice explícitamente: “¿Es verdad lo que decimos en el Credo, que Jesucristo es el hijo único de Dios, que fue concebido por el Espíritu Santo y que nació de la Virgen María? La respuesta, sin reservas, es sí”.

Pero da igual que el papa lo confirme o no con sus propias palabras. Lo relevante es que el papa y sus ayudantes hacen un magistral y falaz ejercicio conocido por la retórica ancestral: párate a negar un par de detalles para que no solo no se cuestione lo esencial, sino que lo esencial, de hecho, quede confirmado con tu pequeña renuncia. Lo saben muy bien también los negociadores con pericia. La Iglesia Católica – como el resto de los credos y las iglesias – lleva aplicando ese principio aproximadamente dos mil años.

Es probable que ya hayas ganado o perdido antes de empezar a debatir

En función de cuáles son las expectativas, así se ve todo. Un libro muy recomendable publicado hace poco revisa la psicología de las expectativas y su impacto en la vida cotidiana. Se llama Mind Over Mind, the Surprising Power of Expectations. De las expectativas también depende en cierta medida cómo se ve a los contendientes en un debate electoral.

Escribí sobre esta cuestión, y en particular sobre el debate electoral en España entre Rajoy y Rubalcaba en 2011. El texto forma parte del libro Debate del debate, 2011, una publicación gratuita de la Academia de la Televisión española y de la Universidad Rey Juan Carlos, presentado recientemente.

Según me dice Manuel Campo Vidal, estará en Internet disponible en breve. Este es el capítulo breve que me correspondió a mi:

 

 

 

“Es probable que ya hayas ganado o perdido antes de empezar a debatir” El contexto previo del debate y la predisposición de la audiencia

Capítulo del libro Debate del debate 2011 de la Academia de la Televisión y de la Universidad Rey Juan Carlos.

 

He preparado un par de decenas de debates televisados y siento mucho decepcionar a los racionalistas con esta mala noticia: por muy bien que lo haga tu candidato, por extraordinarios que sean sus argumentos y minuciosamente preparadas sus “espontáneas” intervenciones, antes de empezar el debate ya sabemos con mucha probabilidad quién va a ganar y quién va a perder. Este hecho hunde sus raíces en el caprichoso cerebro del ser humano, la insidiosa presencia de las predisposiciones ideológicas en buena parte de la audiencia, y la instantánea entrada en juego de los comentaristas que dirigen la opinión de la mayoría. Vamos por partes.

Pese a lo que aún creen los teóricos de la democracia deliberativa, aún enganchados al mito de la Ilustración del siglo XVIII, los seres humanos no estudiamos las minucias de la realidad política para deducir de ella nuestras opiniones. No estudiamos los argumentos de unos y otros y elaboramos nuestra propia opinión a partir de ellos. No vemos primero y luego creemos. Es más bien al contrario: primero creemos y luego, en función de nuestras creencias, así vemos. En ese sentido sí somos muy “racionales”: en lugar de estudiar todas las posibles alternativas a los infinitos problemas que enfrentamos, descansamos en el criterio de los expertos, nos fiamos de lo que nos dicen los líderes de opinión que preferimos, tendemos a buscar las opiniones que refuerzan lo que ya sabemos y a despreciar las opiniones que nos contradicen, y nos dejamos llevar por la intuición, que requiere menor gasto de energía porque es más rápida.

Nuestra cabeza, para que la vida resulte más cómoda, desprecia lo que contradice nuestras creencias y sobrevalora lo que las confirma. Los psicólogos lo llaman desde hace medio siglo “disonancia cognitiva.” De manera que cuando un espectador conservador ve un debate presidencial con su candidato enfrentándose al candidato progresista, todo lo que diga el primero será escuchado con extraordinaria generosidad, y todo lo que diga el segundo será puesto en cuestión de forma inmediata. Eso nos permite anticipar ya, a la luz de las encuestas previas, cuánta gente tenderá a decir que ha ganado uno u otro candidato o candidata, incluso antes de que el debate se produzca.

Por supuesto, puesto que no todo el mundo es conservador o progresista y suele haber en torno a un 20 por ciento de la población (el porcentaje es poco fiable, depende mucho del momento y el lugar, pero sirve para hacerse una idea) que anda realmente indecisa sobre su participación en las elecciones, un debate puede resultar decisivo en algunos casos en el resultado electoral. Pero que un debate sea decisivo no quiere decir que haya producido un vuelco de opinión repentino. Tal cosa no ha sucedido nunca hasta la fecha. Quizá algún día descubramos gracias a un debate que un candidato es un pederasta y veamos cómo el candidato lo reconoce en directo y eso cambie de pronto la intención de voto en 180 grados, pero eso, ya digo, no ha sucedido nunca hasta donde a mi me alcanza la memoria. Si un candidato se atreve a agredir por sorpresa a su contrincante sobre un asunto revelador, lo que suele suceder es que los seguidores de éste último reaccionan victimizándose y reforzando su apoyo al “agredido”: algo parecido le sucedió al candidato al Ayuntamiento de Madrid, Alberto Ruiz Gallardón, cuando el candidato socialista apeló implícitamente a una relación personal extramatrimonial. Lo que sí puede pasar es que estando los dos candidatos muy parejos en sus expectativas de voto, el debate pueda decantar a un pequeño porcentaje de la población, quizá un uno o un dos por ciento, y eso sea suficiente para generar un resultado electoral dudoso o incluso imprevisto. Así pasó con el famoso debate primigenio Nixon – Kennedy, gracias al cual éste obtuvo el puñado de votos que le permitió ganar. O así pudo suceder con el segundo debate González – Aznar, que el presidente ganó impidiendo probablemente una victoria del segundo que parecía inevitable.

Un debate electoral televisado, en fin, no es una comparecencia de dos o más candidatos ante una audiencia que juzga con neutralidad y asepsia. Es un espectáculo televisivo ofrecido a gente que se planta frente a la televisión con su mochila llena de prejuicios, creencias previas y sesgos de todo tipo, y sin ninguna intención de despojarse de esa pesada carga que tanto altera el juicio frío sobre lo que se ve.[i] Curiosamente, además, cuanto más politizado está uno, más tiende a gustarle reconfirmar sus posiciones, para decepción de los defensores de la democracia deliberativa, una suerte de mito que prevé la existencia de un paraíso de ciudadanos muy informados. Resulta que cuanto más informado está el ciudadano o ciudadana, más se polariza, de forma que quienes tienden a ver el debate en su integridad y a comentarlo y a circular opiniones sobre él, suelen ser los ciudadanos más radicales en sus opiniones. Cosas de la condición humana real, no la que dibujan los idealistas de una democracia de personas equilibradas y racionales en el sentido clásico.

En segundo lugar, la evaluación de un debate por parte de la opinión pública es resultado de poderosas corrientes de opinión previas a su celebración. En un debate se confirman, matizan, y muy pocas veces se refutan, narrativas ya fuertemente asentadas en una sociedad. Los contendientes representan papeles ya conocidos, son personajes en un drama más o menos familiar para la ciudadanía. Las grandes sorpresas en algunos debates proceden precisamente de la refutación de narrativas ya existentes, del giro que a veces se produce con respecto a la dirección que hasta entonces habían tomado los acontecimientos. Por ejemplo, Sarah Palin, en el debate más visto de la historia, aquel de los candidatos a la vicepresidencia de Estados Unidos en el que se enfrentó con Joe Biden, dio la sorpresa al presentarse como una mujer más o menos solvente, rompiendo el arquetipo que la identificaba como una gobernadora muy ignorante y poco preparada. Interpretando con desparpajo las fichas que su equipo le había preparado para cada una de las intervenciones, memorizándolas sin salir del guion establecido cada uno de los textos, Palin estuvo muy por encima de las expectativas bajísimas que los americanos y el resto del mundo tenían sobre ella.[ii] Un debate tiene un resultado determinado en función de las expectativas del público. Otro buen ejemplo lo proporcionaron el primer ministro Brown, en favorito David Cameron y el tercer candidato Clegg, en el primer debate “presidencial” de la historia de Gran Bretaña, en 2010. Puesto que ya existía una desafección muy importante por parte de la población con los dos candidatos de las opciones clásicas del país, los conservadores y los laboristas, una muy buena estrategia del tercero en discordia, que constantemente se ponía al margen de la pelea de los dos favoritos, permitió que el público evaluara la actuación de Clegg como la mejor de las tres. En una situación como la que España tiene en 2011, con una desconfianza abrumadora en los dos grandes partidos, PP y PSOE, si Rosa Díez hubiera tenido la oportunidad de debatir con Rajoy y Rubalcaba, es seguro que habría ganado el debate, sólo por representar una tercera opción distinta de las mayoritarias, mucho más cómoda de representar en ese momento. Por supuesto, por ganar o perder un debate no se ganan o pierden unas elecciones. Clegg no ganó las elecciones como Rosa Díez no habría ganado en España por mucho que hubiera destacado en ese muy improbable encuentro con los dos grandes candidatos.

Las expectativas que la audiencia deposita en los contendientes tienen por tanto una influencia trascendental en la recepción del debate. Por eso los equipos suelen rebajar las expectativas sobre la previsible actuación de su candidato, y elevarlas con respecto a la  actuación del contrario. Suelen exagerar, por ejemplo, el tiempo de preparación del propio candidato, como forma de explicar lo dura que será la batalla y con frecuencia conceden que su contrario es un gran debatiente. Lo hizo incluso Obama con McCain. Lograr que la gente espere mucho de tu contrario es importante si quieres que finalmente obtenga de él o de ella menos de lo esperado.

Y, tercero, el resultado está muy marcado por lo que digan los opinantes en quienes la gente confía. Hoy esa opinión, por primera vez en la historia de los debates electorales, es simultánea. Se produce al mismo tiempo que el propio debate, gracias a Twitter y la cobertura en tiempo real por parte de los medios de comunicación digitales. Hace sólo una década o dos, había que confiar en la opinión de unos pocos expertos, que, además, tardaba un cierto tiempo, quizá unas horas o incluso un día, en llegar al público. Hoy tienes que contar con una pequeña brigada de intervención que apoye a tu candidato, que cante sus éxitos, que desmonte los argumentos del contrario. No es fácil, porque si los miembros de esa brigada (el equivalente cibernético de los coros de la tragedia griega, que cantaban las victorias del héroe), no se lo creen, no estarán suficientemente motivados, y sus opiniones se verán inverosímiles, impostadas. De cualquier forma, si antes bastaba con “calentar la oreja” de una decena de opinantes cualificados, hoy es importante también calentar las pantallas de los blogueros y los seguidores en Twitter.[iii]

El mismo día del debate entre los dos candidatos presidenciales españoles, Alfredo Pérez Rubalcaba y Mariano Rajoy, publiqué que muy probablemente el debate lo ganaría Rajoy.[iv] No, decía, porque lo hiciera mejor Rajoy, que de hecho lo hizo mucho peor, sino porque todos estos factores que aquí cito conspiraban para hacer a Rajoy ganador del debate, por muy mediocre que fuera su actuación. En efecto: una población alineada mayoritariamente con los conservadores de Rajoy; unas expectativas muy altas con respecto a la capacidad argumentativa de Rubalcaba, que resultaban fáciles de decepcionar en ausencia de una narrativa poderosa; dos personajes ya construidos: el “presidente” Rajoy con el “aspirante resistente” Rubalcaba; un contexto informativo muy favorable para quien sería pocos días después, de forma inevitable, presidente del Gobierno; y un ejército de animados seguidores conservadores que ya se veían ganadores de las elecciones.

No siempre es así; la casuística es inmensa y las circunstancias muy variables, pero ya antes de empezar un debate, con frecuencia sabemos si un candidato tiene o no probabilidades de ganarlo, haga lo que haga delante de las cámaras.

En un recomendable libro sobre liderazgo, el prestigioso politólogo Joseph Nye señala bien la importancia del contexto en el ejercicio político, que tanto afecta también al momento sublime de un debate televisado. Termino con sus propias palabras:

Además de saber discernir tendencias en la complejidad, la inteligencia contextual también supone adaptabilidad para intentar determinar los acontecimientos. Bismark la definió en una ocasión diciendo que era la capacidad de intuir los movimientos de Dios en la historia y agarrarse al borde de su túnica mientras pasa raudo sin detenerse. Un experto en ciencias políticas estadounidense describe el proceso de gobierno diciendo que líderes y empresarios políticos ‘hacen más que presionar, persionar y presionar en favor de sus propuestas o de su concepción de los problemas. También están al acecho de que se presente una oportunidad.’ Como los surfistas, ‘su presteza, combinada con su destreza para subirse a la ola y usar unas fuerzas que escapan a su control, contribuyen al éxito.’ En situaciones no estructuradas suele ser más difícil plantear las preguntas adecuadas que obtener la respuesta correcta. Los líderes con inteligencia contextual tienen la capacidad de ofrecer un significado o de fijar una ruta definiendo el problema al que se enfrenta el grupo. Entienden la tensión entre los diferentes valores que inciden en una cuestión y saben hallar el equilibrio entre lo deseable y lo factible.[v]

 



[i] Sobre los caprichos del cerebro en la percepción de la realidad, y la fuerza de las emociones y los prejuicios, es altamente recomendable el libro del premio Nobel Daniel Kahneman, Pensar rápido, pensar despacio, Debate, 2012.

[ii] El episodio está contado con detalle en El juego del cambio, el magnífico libro de John Heilemann y Mark Halperin, Planeta, 2010.

[iii] Sobre estos paralelismos históricos, sobre la puesta en escena en los debates y en la política en general y sobre los fenómenos de contagio de opiniones puede leerse en mi libro El poder político en escena: Historia, estrategias y liturgias de la comunicación política, RBA, 2012.

[iv] www.luisarroyo.com: “Apuntes sobre el debate de hoy”, 7 de noviembre de 2011.

[v] Joseph Nye, Jr., Las cualidades del líder, Paidós, 2011, pp. 100 y 101.

 

 

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