Todo el mundo recuerda esta foto, o cualquiera de los centenares que se hicieron en esos minutos. Derribada con esfuerzo y con una fuerte soga, a la vista de todo el mundo, a principios de abril de 2003, la estatua caída de Sadam Husein simbolizó la caída del dictador y, más aún, una supuesta alegría del pueblo iraquí por su “liberación”.
En un largo reportaje de Peter Maass en The New Yorker, se cuenta el desarrollo del acontecimiento. El derribo no fue decidido ni planificado, ni siquiera seguido en directo, por la Casa Blanca de Bush, pero sí por los mandos del ejército iraquí que invadían la ciudad de Bagdad en esos momentos.
En el reportaje se explica que la gran parte de las personas que estaban en la plaza en ese momento eran soldados y periodistas, y que los iraquíes en su mayoría asistieron al derribo más bien pasivos. Unos cuantos se mostraban orgullosos de tirar al suelo la gran estatua, pero eran una minoría y, además, conscientes de que posaban para las cámaras de los periodistas.
En un momento dado, un soldado subió a la cabeza de Sadam una bandera estadounidense, y los mandos le obligaron a quitarla, conscientes del efecto negativo que podía tener para el simbolismo de la ocasión. La sustituyeron a toda prisa por una bandera de Irak.
Dice el redactor que la guerra habría sido muy distinta si no se hubiera forzado ante la opinión pública la sensación de que la invasión contaba con la aprobación del pueblo de Irak, como el derribo trataba de mostrar.



