La tradición dice que los presidentes de los Estados Unidos y otros invitados a hablar en la cena anual de gala de los corresponsales de la Casa Blanca, deben hacer un discurso gracioso. El sábado pasado Obama recitó el suyo, como ya hiciera el año pasado.
Joaquín me envía un artículo de Slate, en el que se indican algunas reglas para incluir humor en los discursos políticos.
1) Reirse primero de uno mismo. No harán gracia nuestros chistes sobre los demás sin reírnos de nosotros mismos primero.
2) Sin pasarse: mejor, dice el artículo, un “no puedo cree que haya dicho eso…” que un “Ohhhh…”. Sí; por ejemplo, no hizo gracia aquella imagen que puso Bush riéndose de si mismo buscando armas de destrucción masiva por su despacho. No, ciertas cosas no tienen gracia. De hecho, es posible que Obama se pasara con su broma sobre la nueva regulación de la inmigración en Arizona, a tenor de la cobertura, negativa, que ha dado la prensa mexicana.
3) Cuidado con reirte de asuntos, como el citado, en los que no tienes mucho que ganar. Clinton siempre trató con humor los asuntos colaterales al caso Lewinski: el impeachment o censura, etc., pero no el affair con la becaria en sí mismo. Bien hecho.
4) Cuidado al hacer el chiste: hay que hacerlo según el guión y con gracia. El artículo de Slate cuenta el caso de Kerry, cuando en 2006 dijo a unos estudiantes que “si no estudias puedes quedarte como George Bush atrapado al tomar decisiones como las que afectan a Irak”. Pero lo dijo mal, y el resultado fue “si no estudias asumes el riesgo de quedarte atrapado en Irak”. Polémica mundial.
Por cierto, se cita en el artículo un libro que tiene muy buena pinta, aunque aún no lo conozco: The Political Speechwriter’s Companion. Si vale la pena, te lo diré.
